16 de marzo 6 (Los ojos de Eire) - Linda Crist

Summary

El crudo invierno ha llegado a la aldea amazona, y Xena y Gabrielle se preparan para pasar una estación tranquila, preparando su ceremonia de unión. Sin embargo, la nieve trae consigo de las lejanas tierras de Eire una visita y una llamada que ni la guerrera ni la bardo podrán evitar responder.

Genre
Romance
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

La lámpara está prendida sobre mi mesa

La nieve está cayendo suavemente

El aire reina en el silencio de mi habitación

Oigo tu voz en voz baja

Si pudiera tenerte cerca

Para respirar un suspiro o dos

Sería feliz sólo por sostener las manos que amo

En esta noche de invierno contigo.

*Gordon Lightfoot, “Canción de una noche de invierno”, The way I feel,

Los últimos rayos del sol que se colaban por la ventana dejaban una luz gris sobre el crepúsculo de la noche, y el fuego ardía bajo en el hogar, las brasas brillando mientras producían un resplandeciente calor. A pesar del bienvenido calor, la mujer de cabello claro temblaba y se levantó de la mesa. Cruzó la habitación para coger un par de troncos de una recia cesta y los dejó sobre la cama al rojo. Utilizó un atizador de hierro para devolver las brasas a la vida, observando las pequeñas llamas lamer hambrientas la madera seca por el invierno.

Una pequeña sonrisa acarició sus labios, y deslizó sus dedos sobre la superficie de metal del atizador, apreciando el delicado trabajo. Una vez que supieron que iban a quedarse indefinidamente en la aldea amazona, su compañera insistió en construir varios muebles, además de otras mejoras que las ayudaron a hacer de su cabaña un hogar.

La alta y morena guerrera había pasado varias marcas en la fundición al aire libre, martillando el atizador y otras herramientas que tenía sobre un banco de trabajo. Parecía dársele bastante bien, pero cuando le preguntaron dónde había aprendido, permaneció en silencio, metida en sí misma. En ese momento Gabrielle se retiró prudentemente, apreciando la mirada repentinamente triste en los ojos de su compañera; guardándose sus preguntas para otro momento.

Xena había pasado más marcas aun acumulando un gran montón de leña que estaba justo al lado de la puerta trasera. Con su omnipresente atención a los detalles, había cubierto el montón de madera con lonas impermeables, cubriéndolas de las lluvias del último otoño y de la nieve del invierno. Había suficiente leña en el montón hasta la primavera. Las ancianas amazonas habían predicho un invierno duro, y la guerrera no iba a correr riesgos cuando se trataba de mantener caliente a su compañera.

Gabrielle se puso de pie y miró distraída por la ventana. Presionó su mano contra el cristal, sintiendo el agudo frío del otro lado, junto con ligeros temblores por culpa del viento del norte, que sacudían la cabaña. La nieve se acumulaba en el patio trasero, y pequeños copos blancos cernían el suelo, agitados por los remolinos que los apilaban contra las paredes. ¿Xena, dónde estás?

La guerrera se había marchado al principio de la tarde. Dos amazonas histéricas habían llegado gritando al comedor, anunciando que sus hijas se habían perdido mientras jugaban. Las dos jovencitas habían salido fuera a jugar justo después del desayuno. Sus madres no tenían ni idea de cuánto tiempo llevaban perdidas, ya que no habían ido a buscarlas hasta que fue hora de comer.

Xena se puso de pie y escuchó en estoico silencio mientras las dos mujeres hablaban rápidamente, gesticulando nerviosas mientras contaban su historia. Unas cuantas amazonas empezaban ya a organizar una partida de búsqueda cuanto la guerrera avanzó unos pasos y se ofreció a ir a buscarlas ella misma, sola. La guerrera era la mejor rastreadora de la aldea, y daba clases de tan fino arte a las amazonas más jóvenes. No había razón para creer que no las encontraría fácilmente y las traería de vuelta, sanas y salvas, a la aldea en un corto periodo de tiempo.

En la última luz antes del ocaso, Gabrielle percibió que gruesas nubes se acercaban sobre el horizonte, algo que amenazaba con dejar caer más nieve sobre una aldea ya cubierta de una alfombra blanca. Frunció el ceño, intentando recordar qué se había llevado Xena puesto. No mucho, reflexionó. La salida debería ser un paseo, y la guerrera se limitó a deslizar la espada dentro de la vaina a la espalda y echarse por encima su largo manto de lana. Solo se llevó una bolsa de agua como provisiones, junto con su botiquín, solo por si acaso. Dejó a Argo allí, ya que el rastreo era mejor hacerlo a pie.

El manto era nuevo, grueso y cálido, un regalo que Cyrene le había enviado poco después de volver de Lesbos. Estaba tejido con lana negra, de un cordero que la guerrera ayudó a traer al mundo cuando estuvieron en Anfípolis, poco después de la crucifixión. El cordero se había convertido en una oveja, y llevaba la sangre de la borrega negra de la que Xena hablaba cariñosamente desde su infancia. Siendo una niña, su madre le hizo una capa negra de la que había estado inmensamente orgullosa. Gabrielle sonrió, recordando la sonrisa de niña que iluminó el rostro de Xena cuando abrió el paquete que contenía el manto nuevo.

Estaba segura de que la guerrera habría dormido con él si Gabrielle no hubiera estado allí para meterse con ella. Bajo el manto negro había uno parecido, con capucha, para la bardo, tejido de un verde oscuro que pegaba muy bien con sus ojos y su piel clara. Caminó sin prisa hasta el conjunto de ganchos de madera colgados de la pared y tomó en un puño parte del grueso material,asegurándose a sí misma que, dondequiera que estuviese, Xena al menos estaría caliente. Las nubes de nieve eran preocupantes.

De acuerdo a las predicciones, estaba siendo un invierno bastante duro, y buena parte de Grecia estaba siendo bombardeada con temporal tras temporal. Incluso los niños estaban cansados de esa cosa blanca y fría, y la abundancia de muñecos de nieve y batallas de bolas que caracterizaban a esta parte del invierno habían pasado ya. Todos estaban ansiosos por la llegada del equinoccio de primavera, para el que aún faltaban dos lunas.

Suspiró y se sentó en la mesa, donde había un pergamino y un tintero, junto con la pluma de metal que Xena le había regalado en el Solsticio. Mordisqueó la punta de la pluma y después sumergió el afilado extremo en el tintero. Pronto estuvo sumergida en su trabajo, y sus precisos rasgueos llenaron la habitación mientras trabajaba en un tratado comercial con Egipto, que esperaba enviar cuando las palomas fuesen capaces de viajar de nuevo. Enviar un mensajero sería una locura, con ese invierno, y el tratado no era, ciertamente, algo urgente.

Unos golpecitos en la puerta sacaron a la bardo de sus pensamientos, y alzó la vista, mientras el corazón se le hundía en el pecho al darse cuenta de que afuera ya estaba totalmente oscuro —Adelante—gritó.

La puerta rechinó al abrirse y Eponin asomó la cabeza. La maestra de armas de las amazonas hizo una pausa, percibiendo la mirada perdida de la reina. —Hola—pasó dentro y se apartó la pesada capucha marrón de la cara—Yo…acabo de terminar la ronda nocturna, Gabrielle—miró al suelo.

—Ni rastro de ella, ¿eh?—la bardo se puso de pie y se acercó a la ventana de nuevo.

—No—Eponin se mordió el labio inferior. —¿Voy a llamar a Kallerine?

Gabrielle sonrió un momento. Era una norma no escrita que cuando Xena estuviese fuera de noche, la asistente personal de la bardo debería montar guardia junto a ella. La joven amazona se tomaba sus responsabilidades muy en serio, y era, de hecho, una de las luchadoras más hábiles de la aldea, a pesar de su tierna edad. Aún seguía viviendo oficialmente en los dormitorios de las chicas más mayores, aunque no era ningún secreto que la mayoría de las noches las pasaba en la cabaña de Amarice. Las dos jóvenes habían comenzado un vacilante romance, no mucho después de que Gabrielle y Xena se mudasen a la aldea. Era la primera relación en la que se embarcaban cualquiera de las dos, y a la bardo le parecían de los más monas.

—Sí, ve a llamarla—la bardo estiró un petate que tomó de una esquina, que estiró frente al hogar para la joven amazona. Xena y ella no lo habían utilizado desde que volvieron de Lesbos. —Dile que quedarse fuera esta noche no es una opción. Hace demasiado frío. Puede estar aquí dentro, y, por lo que a mí respecta, puede dormir. No hay necesidad de que esté despierta toda la noche. Dudo seriamente que nadie vaya a venir a por mí, con la tormenta que está en camino.

—Ya ha empezado—la maestra de armas se limpió un par de copos medio derretidos de los hombros. Vio la cara de la reina y se acercó más, dejando una mano dubitativa sobre el hombro de la bardo. —Mira, Gabrielle. Estoy segura de que está metida en alguna parte, esperando que pase la tormenta. Es inteligente. Puede leer el tiempo. Tal y como han estado esos temporales, no sería inteligente por su parte intentar volver ahora. No sería capaz de ver un burro a tres pasos. Dale además un par de crías, y lo estará pasando bastante mal. Apuesto a que estará de vuelta tan pronto como pase el temporal.

—Probablemente tengas razón—Gabrielle palmeó su mano—¿Cómo lo llevan las madres?

—Tan bien como pueden. Cheridah les ha dado un té sedante, para ayudarlas a dormir—estudió los preocupados ojos azules. Probablemente también debería darte un poco a ti, pensó en silencio.

—Gracias, Pony. ¿Me dirás cualquier cosa nueva?

—Por supuesto, mi reina—la maestra de armas le guiñó un ojo, incluso al usar el título más formal. Eponin era la mejor amiga de Xena en la aldea amazona, aparte de Gabrielle, claro. Las formalidades entre ella y la reina estaban reservadas para ceremonias oficiales y reuniones del consejo. La bardo había desarrollado una amistad con la compañera de Eponin, Raella, y las cuatro cenaban juntas en el comedor con regularidad. Menos frecuentemente, compartían alguna cena privada en la cabaña de la reina.

Gabrielle siguió a Eponin hasta la puerta, viéndola cruzar el patio hacia la cabaña de Amarice. El viento helado atacó las mejillas de la bardo y mordió sus piernas a través de las cálidas medias que llevaba. Cerró la puerta rápidamente, sacudiendo el pomo con fuerza para asegurarse de que quedaba bien cerrada. Ya está bien de trabajo por hoy. Recogió sus útiles de escritura y sopló sobre el pergamino para asegurarse de que la tinta estaba seca, antes de enrollarlo y asegurarlo con un trozo de cuero.

Volvió a su habitación y al baño. Lavándose la cara antes de sacar una suave camisa de dormir. Hizo una pelota con la tela e inhaló con fuerza, captando la salvaje y terrosa esencia de Xena. Se había puesto la camisa la noche antes, y la guerrera había dormido acurrucada firmemente a su alrededor. Tenían un hogar en su habitación, y varias capas de buenas mantas en la capa, pero les valía cualquier excusa, o la ausencia de ellas, para acurrucarse juntas tan frecuentemente como era posible.

Lesbos las había acercado tanto. Antes estaban cerca una de la otra, pero habían alcanzado un nuevo nivel de intimidad en Lesbos, y una nueva familiaridad permeaba su relación. Llevaban siendo amantes casi un año, y mejores amigas mucho más. Estaban familiarizadas, desde hacía mucho tiempo, con las manías de la otra, sus gustos y, en general, sus acuerdos y diferencias. Convertirse en amantes solo había mejorado una amistad ya muy profunda. Pero, junto con la alegría y el placer que traía el amor, también compartían momentos extraños, y ocasiones en las que se manejaban con pinzas.

Eso cambió en Lesbos. Gabrielle estuvo totalmente cómoda con el aspecto sexual de su relación, y se sintió libre para experimentar. Y viceversa, Xena ya no se sintió como si tuviera que sostener a su compañera, sino capaz de expresar sus necesidades y deseos sin temor de asustar a la bardo. Lesbos había conseguido algo más que mejorar su interacción física.

Ambas mujeres se sentían mucho más seguras en general. Lentamente, dejaban atrás la novedad de los inicios de su relación y entraban en una fase mucho más interesante, en donde solamente se centraban en construir su vida juntas. Qué gracia, pensó Gabrielle, Como si no hubiésemos pasado toda la vida juntas ya.

Durante su vida en el camino, y después de que Pérdicas fuese asesinado, hubo unas cuantas veces en las que Gabrielle consideró una vida separada de Xena. Pero la vida en el camino se basaba en satisfacer las necesidades del día a día. Normalmente no hablaban del futuro, o donde estarían dentro de un verano, cinco o diez. Solo vivir para ver otro amanecer era un logro suficiente.

Su venidera ceremonia de unión las obligaba a mirar hacia el futuro. Hablaban de cosas que serían impensables hace solamente un año, incluido su futuro con las amazonas. Por ahora, estaban firmemente asentadas en la cabaña de la reina, y Xena era feliz de alejarse unos cuantos pasos y dejar a su bien capaz compañera ser la gobernante que las amazonas necesitaban que fuera. Tenían un pacto, y es que si Xena necesitaba estar en algún sitio más en algún momento, irían. Ese acuerdo dio como resultado su viaje a Egipto para salvar a Roma y a Grecia de Marco Antonio. Misión cumplida, se habían asentado de nuevo en la aldea amazona, esperando la siguiente crisis. De momento, solo las habían necesitado las amazonas, y habían sobrepasado la mitad del invierno en relativa paz.

Otro golpe en la puerta llevó a la bardo hasta la habitación principal y la abrió para encontrar a una Kallerine que temblaba, de pie, sobre el rellano—Entra, tonta—Gabrielle sonrió y metió a la chica dentro. —No tienes que llamar, Kallerine, entra y grítame para que sepa que eres tú.

—Gr…gra…gracias—los dientes de la cazadora castañeteaban y rápidamente se sentó sobre la piedra del hogar, tendiendo sus manos hacia el bienvenido calor—Está asqueroso ahí fuera.

Gabrielle no dijo nada mientras añadía dos troncos más al hogar. Su cara se tornó con un gesto casi doloroso, y la cazadora lamentó inmediatamente sus palabras—Reina Gabrielle, en serio, no es tan terrible.

—No necesitas endulzar las cosas por mí, Kallerine, y desde luego no tienes que usar formalidades—la bardo consiguió sonreír. —¿Te gustaría algo de té caliente? Creo que podría tomar una taza antes de acostarme. Me ayudaría a dormir mejor.

—Sí, me gustaría, gracias—Kallerine localizó las gruesas pieles de dormir sobre el suelo.

Es duro dormir sola cuando estás acostumbrada a acurrucarte con un cuerpo caliente. Los ojos verdes de Gabrielle centellearon, leyendo los pensamientos de la chica más joven. Sospechaba que la leal amazona preferiría bastante más estar con Amarice, y no la culpaba. Compartieron una taza de té en amigable silencio, Gabrielle pensada en sus pensamientos sobre su compañera y las dos pequeñas. El viento aullaba fuera, mientras el temporal golpeaba con plena fuerza. Los espeluznantes chillidos arrancaban escalofríos a la bardo. Se preguntaba cómo sería dormir fuera, en medio de la furia del temporal, y deseaba fervientemente que Xena y las niñas hubieran hallado refugio en alguna parte. Tienes que volver entera, Xena, ¿me oyes? Viva y de una pieza, se corrigió rápidamente.

Kallerine sorbía de la humeante taza y estudiaba subrepticiamente a su reina. Los ojos verdes y amables de Gabrielle contradecían con la fuerte mujer que latía bajo la superficie. Cierto, la reina tenía músculos que marcar, pero era raro que usara la fuerza bruta para demostrar algo, prefería superar las dificultades que se presentaban en la aldea hablando. Las cejas rubias estaban fruncidas profundamente, y los labios de la reina dibujaban una fina línea recta. La cazadora se aclaró la garganta, rompiendo el silencio—Estás preocupada por ella, ¿verdad?

—Si—Gabrielle alzó la vista, encontrando su mirada con la amistosa intensidad que caracterizaba la mayoría de sus conversaciones cara a cara. —También preocupada por las dos niñas. Sus madres estaban histéricas esta noche en la cena.

La bardo respiró pesadamente, recordando el tenso encuentro. Las dos amazonas, Renna y Mische, eran hermanas, y compartían una gran cabaña a las afueras de la aldea. Las dos niñas desaparecidas eran sus únicas hijas. Gabrielle se acababa de sentar para comer con Chilapa y Rebina cuando las dos mujeres se le acercaron, desesperadas por localizar a Xena. Había hecho falta una buena dosis de sus particulares habilidades conciliadoras para calmarlas, y asegurarles que Xena era más que capaz de traer a sus hijas de vuelta sanas y salvas.

Espero que no me dejes quedar mal, amor. Gabrielle cerró los ojos un momento, y se puso a acariciar distraída al gatito egipcio en el regazo, acariciando la suave piel. Cuando volvieron de Egipto, Xena llamó acertadamente al pequeño pero activo felino Problema, ya que el gato parecía tener un don para encontrar cualquier clase de enredo para meterse en él. —Podría haberle llamado simplemente Gabrielle—se había burlado la guerrera de ella.

La bardo sonrió un momento y después se puso sombría, pensando en las dos preocupadas madres amazonas, empatizando con ellas desde lo más profundo de sí misma, un lugar oscuro que ya era raro que visitase— Espero que estén bien—. Los ojos verdes parpadearon varias veces— Perder un hijo es una de las cosas más difíciles por las que puede pasar una persona. Incluso no saber dónde está tu hijo puede atormentarte.

Si...Recordaba dejar a Esperanza en aquella cesta, y enviarla a la deriva por aquel río, observándola mientras las agitadas aguas llevaban rápidamente a aquel aparentemente indefenso infante lejos de sus brazos doloridos y vacíos. Las mentiras diarias fueron ocultadas, el tormento nocturno su compañía constante. Xena se convirtió en casi muda en los días que siguieron. Montaban el campamento por rutina cada noche, en un ambiente extraño tanto por los conflictos internos como por la dureza física de la vida en el camino. Compartían comidas sin cruzar una palabra, cada una perdida en sus propios pensamientos, demasiado dolorosos como para compartirlos. Gabrielle perdió peso, dado que su cuerpo se entregó al estrés y a la culpa que moraban en su alma.

Cuando llegaron con las amazonas, era un despojo andante. Estaba enferma de la preocupación por Esperanza, pensando que seguramente su hija estaba muerta, y que era culpa suya. Xena y ella aún estaban intentando sanar las profundas heridas que habían resultado del abandono de la guerrera en aquel muelle, y la resultante traición de Gabrielle en Chin. Ninguna de ellas sabía que la otra aún guardaba un horrible secreto más.

Las cosas que tuvieron lugar las siguientes semanas hicieron esta época buena, en comparación. Nunca había sentido tanto frío en su vida, de pie frente a dos piras funerarias. Habían compartido mucho, pero nunca, ni en sus peores pesadillas, había imaginado que también compartirían la pérdida simultánea de sus hijos. Vio todas sus esperanzas y sueños arder con aquellas llamas, junto con su deseo de vivir. Cuando Xena apareció en la aldea días más tarde, las horribles atrocidades que la guerrera perpetró en ella casi no tocaron la superficie del dolor que ya sentía.

Fue impactante para las amazonas ver aquello. Gabrielle misma casi no lo recordaba. La confesión de Xena, en Egipto, de que estaba drogada al menos explicaba la severidad de las acciones de la guerrera. Una parte de la bardo sabía que Xena, en sus cabales, nunca la arrastraría atada tras un caballo. Incluso conmocionada por la pena, mientras la guerrera sostenía a su hijo muerto entre sus brazos, no alzó una mano contra Gabrielle. Su silencio y su desprecio verbal eran más efectivos que cualquier puñetazo o tortazo.

Nadie obligó a Gabrielle a envenenar a Esperanza, al menos no técnicamente. Había tantas razones dentro de ella misma. Al final entendió lo que Xena ya había visto, que Esperanza era mala. Fue increíblemente difícil aceptar que Esperanza le había hecho abrir los ojos a Solan de la manera más dolorosa posible. Parte de ella sabía que, si no eliminaba a Esperanza, Xena lo haría. Así que lo hizo. Para empezar a expiar lo que veía como sus propios pecados. Y también lo hizo, se dio cuenta, para ahorrarle el trabajo a Xena.

Se separaron, cada una para lidiar con su pena y su pérdida a solas, a su manera. Gabrielle se refugió en una estancia autoimpuesta y silenciosa en la choza de purificación de las amazonas. Xena tomó un camino autodestructivo que la llevó a la cumbre de una montaña, donde lloró su pena, seguido de una extensa estancia en un fumadero de colitas, para amortiguar el dolor. Al final, volvió a la aldea. Xena dijo más tarde que no recordaba el viaje a la aldea, cómo llegó allí, o lo que hizo cuando llegó.

Bueno, recordó Gabrielle con tristeza, al menos no tenía pensado

matarme de primeras. De alguna forma, un crimen pasional era más aceptable que un asesinato a sangre fría. La bardo pensó que si no fuera por el milagro de Ilusia, habría muerto, de alguna manera. El método es casi irrelevante, ya fuera una muerte brutal y dolorosa a manos de Xena o una pérdida lenta en la aldea amazona, víctima de su imparable dolor. Solo tenía certeza de que Xena también estaría muerta, si no fuera por la intervención de poderes superiores a ellas.

Tiempo y milagros. Y amor. Fueron las cosas que las sacaron de la tormenta, de vuelta a un lugar más firme que el que nunca había soñado posible. No se preocupaba por eso muy a menudo, y tampoco Xena. Había sucedido tanto desde entonces que parecía que fueran dos personas distintas, en otra vida. Cierto, sabía que volverían a ese lugar de vez en cuando, seguramente durante el resto de sus vidas. Pero ya no era habitual, y normalmente solo lo desencadenaba algún incidente específico, como dos niñas amazonas perdidas.

—¿Reina Gabrielle?—la voz dubitativa de Kallerine la trajo de nuevo frente al fuego. —¿Estás bien?—negras nubes cubrían los ojos verdes, y una triste belleza surgía de los rasgos de la bardo.

—Sí—Gabrielle sacudió lentamente la cabeza, aclarando los pensamientos sombríos. —Lo siento, estaba pensando.

Unos ojos avellana se encontraron con los suyos, en comprensión silenciosa. Kallerine y Gabrielle nunca habían hablado de Solan o Esperanza, o de todas las cosas que pasaron en aquella aldea. Kallerine no era parte de las amazonas cuando Esperanza mató a Solan, pero casi todo el mundo en la aldea había oído historias, aunque nunca nadie lo comentaba frente a la reina o Xena. La mayoría estaban maravilladas porque Xena y Gabrielle siguieran juntas después de todo, y, mucho más después de que, aún después de todo lo que habían pasado, pudieran estar tan profundamente enamoradas.

—Pareces cansada. Quizás deberías intentar dormir un poco—la cazadora se levantó, tomando la taza vacía de Gabrielle y dejándola cerca de la suya, sobre la mesa.

—Estoy cansada—la bardo se levantó de su sitio en el hogar y se estiró. — Buenas noches, Kallerine.

—Buenas noches, Gabrielle—Kallerine la vio alejarse, pensativa, mientras la reina se dirigía a su habitación, con sus hombros hundidos en una postura de derrota.

Maldición. La guerrera caminaba en un amplio círculo, intentando encontrar los dos pares de pequeñas huellas que había estado siguiendo durante dos marcas. ¿Pero cómo pueden llegar tan lejos dos niñas tan pequeñas?, se quejó, colocándose con negligencia el manto sobre los hombros.

Había sido una marcha lenta. Encontrar el rastro fue fácil. Seguirlo había sido algo bastante más difícil. El viento del norte, que soplaba constante, borraba de vez en cuando las huellas sobre la nieve. Cada vez que esto pasaba, tenía que empezar a hacer un círculo, expandiéndolo cada vez más y más en todas las direcciones hasta que encontraba el rastro de nuevo.

Las chicas, gracias a los dioses, parecía que habían cogido un camino que se adentraba en el bosque. Habían ido alejándose de un lado a otro para investigar animales y otros objetos. Sus devaneos, de hecho, habían hecho sonreír a la guerrera. Dentro de los objetos que despertaban su curiosidad había un gran arbusto cubierto con bayas de invierno, un pequeño nido de gazapos durmientes que estaba oculto en un nicho de roca, un alto árbol que parecía habían intentado trepar y dos huecos en la nieve que atestiguaban que habían fallado al intentarlo. Junto a esto había dos ángeles de nieve, también alguna que otra prueba de una lucha de bolas de nieve.

Se detuvo, con las manos en las caderas y cerrando los ojos. Sus fosas nasales se ensancharon, oliendo el aire. Estaba casi exento de olores, salvo el dulce olor de algunas de las moras mezclado con el aroma de los árboles. Inclinó la cabeza, escuchando.

Aaah. Se estaba acercando a la caverna de cristal donde le pidió a Gabrielle que se unieran, y el suave sonido del agua llegó a sus oídos. Incluso las temperaturas bajo cero no eran capaces de detener el poderoso flujo de agua que caía de la poderosa cascada. Me pregunto si habrán ido a ver estalactitas.

Gabrielle y ella habían visitado el estanque una vez después de volver de Lesbos. Era precioso en invierno. La suave superficie estaba congelada, pero el agua de debajo seguía fluyendo, y al final desembocaba en un pequeño arroyo. Sin embargo, el hielo y el frío hacía de su fluir un movimiento lento, y la cascada llenaba el estanque más rápidamente de lo que se vaciaba. Esto daba como resultado algunas fantásticas y poco usuales formaciones de hielo que se formaban en las colinas cerca de la cascada, especialmente si el rebufo de la cascada se encontraba con el aire frío que surgía de la superficie del estanque.

Gabrielle y ella habían observado la maravilla invernal hasta que hizo demasiado frío. La bardo escribió varios poemas sobre ello cuando volvieron a su cabaña aquella noche. Si la misteriosa belleza atraía a dos adultas, solo podía imaginarse qué tipo de magia podría atraer a dos niñas pequeñas. Apuesto a que están ahí.

Dejó el camino y comenzó a vadear el camino, apartando las ramas bajas que le arañaban la cara y las piernas. Su cuerpo estaba cubierto totalmente de sus cueros de invierno, un par de suaves pantalones negros que combinaban con un chaleco de cuero negro. El chaleco estaba cubierto por una ligera armadura pectoral unida directamente al chaleco. Bajo éste llevaba una larga camisa de lana blanca y suave. Botas hasta la rodilla y su armadura habitual en las piernas completaban su atuendo. Guantes de cuero negro cubrían sus manos, y sobre todo esto, llevaba un grueso manto de lana que su madre le había tejido. Su cabeza estaba desnuda, a menos que optase por ponerse la capucha del manto, algo que rara vez hacía.

Al acercarse al estanque, escuchó los sonidos de risas infantiles, y sonrió. Bingo. Pasó los últimos árboles que rodeaban el estanque y su sonrisa desapareció rápidamente. Las dos niñas estaban patinando sobre el hielo, peligrosamente cerca de la cascada y de la fina capa de hielo que se había formado. Era obvio que intentaban acercarse a las esculturas congeladas lo más posible.

—¡Eh!—gritó bruscamente, y echó a correr, llegando al borde del hielo, alejada de las niñas. —Alejaos de la cascada. Poneos de rodillas y arrastraos hasta a mí lo más despacio que podáis—su voz viajó a través del congelado aire, más alto de lo que lo hubiera hecho en verano.

Una jovencita amazona obedeció inmediatamente, su semblante contrito visible desde la distancia entre ellas. Sin embargo la otra niña se asustó y se acercó más a la cascada. Xena hizo un gesto de dolor cuando la niña rompió el hielo y cayó al agua helada, su cabeza desapareciendo bajo la superficie mientras gritaba.

Malditosseantodoslosdioes. Xena se sacó el manto rápidamente y dejó las armas. Sin pensarlo más, corrió sobre el lago, regularmente sobre la superficie resbaladiza. Hizo una pausa, suficiente para sacar a la otra amazona del hielo, tirándola sobre un seguro banco de nieve unos cuantos metros más allá. —No te muevas—gruñó la guerrera, permitiendo que sus ojos mostrasen que no estaba de broma.

Se tensó, en anticipación, incluso mientras atravesaba el aire, con su cuerpo formando un arco perfecto que perforó el agua. Quedó sin aliento. Su cabeza rompió la superficie y jadeó, recuperando las formas. Grandes dioses. Nada podría haberla preparado para un frío tan intenso. Cortaba como cuchillos afilados, congelándole la sangre y quitándole la capacidad de pensar.

Cogiendo aire de nuevo desapareció, sumergiéndose bajo el hielo para buscar a la niña. Localizó un cuerpo pequeño, suspendido en las profundidades cerca del fondo del estanque. Xena buceó directamente hacia abajo, con sus fuertes brazos llevándola rápidamente a su meta mientras cogía a la niña por la cintura. Los pies de la guerrera tocaron el fondo y se impulsó hacia arriba, usando sus piernas para sobrepasar ágilmente la superficie.

Miró a su alrededor, buscando una salida, y nadó bajo la cascada, sosteniendo la figura inmóvil hasta dejarla en el suelo de la caverna de cristal. Emergió del agua con una poderosa explosión, aterrizando cerca de la joven amazona.

La cara de la niña era totalmente blanca y sus labios estaban teñidos de azul. El propio cuerpo de Xena protestaba enérgicamente ante el azote del aire helado sobre sus ropas empapadas. Se estabilizó, ignorando su estado y concentrándose en la amazona. Presionó dos dedos contra el cuello de la niña y dejó escapar un suspiro, agradecida, cuando sintió el pulso débil. Que sus dedos congelados sintiesen algo ya era un logro en sí mismo.

La chica no respiraba. Ha tragado agua. Xena comenzó a hacerle el boca a boca, con sus propios labios casi insensibles, medio congelados.

—Vamos—hinchó las mejillas e insufló pequeñas bocanadas de aire en los pulmones de la niña. —¡Respira, maldita sea!—al final, fue recompensada con una tos, mientras la niña escupía una gran cantidad de agua.

Lentamente, sus ojos marrones se abrieron. —¿Qu…?—la pregunta murió en sus labios.

—Shhh—la palmeó Xena en la mejilla—No intentes hablar. Casi te ahogas.

La niña la miró, confusa. —Frío—el pequeño cuerpo temblaba incontrolablemente, y sus dientes castañeteaban con fuerza.

—Aguanta—la guerrera se levantó—Tengo que ir a por mi manto para taparte con él.

Volvió tediosamente por el estrecho pasadizo de piedra que conectaba la caverna con el prado, con su espalda firmemente presionada contra la pared. Corrió a donde había dejado el manto y sus armas y los tomó.

Podía sentir sus cejas y sus pestañas mojadas congelándose, y maldijo en silencio. —Oye—captó la atención de la otra niña—Rodea el estanque y ven conmigo hasta la pared de piedra. No vuelvas al hielo, ¿de acuerdo?

La amazona asintió afirmativamente y Xena se giró, corriendo hacia el estanque. El viaje a la cueva fue más tedioso, con añadidura de las armas y el pesado manto. Casi pierde pie, y se paró, tomando aliento. Retomó el corto viaje, y metió a la niña en la cueva. Le quitó las ropas húmedas a la niña y la envolvió firmemente en el mano—Tengo que ir a por tu amiga. Volveré ahora.

La chica bostezó y parpadeó distraída, antes de cerrar los ojos. Xena la sacudió violentamente—No te atrevas a dormirte—. La obligó a mirarla— Te congelarás y no volverás a despertar, ¿me oyes?—la cara de la chica reflejó algo de coherencia, y la guerrera la dejó de mala gana para emprender otro viaje en el hielo.

La otra amazona estaba al final del camino, esperándola. —Lo siento— la chica bajó la vista, incapaz de mirarla a los ojos. —Queríamos tocar el hielo bonito.

Amazonas. Xena se guardó de dar alguna respuesta cortante. Solo es una niña, por el amor de los dioses. No debe de tener más de ocho años.

—No pasa nada. Tengo que meterte en la caverna antes de que tu amiga esté lista para viajar de vuelta a la aldea. Puedo hacer fuego. ¿Te parece bien?

La niña consiguió sonreír tímidamente—Sí—. Tomó la mano de Xena— Tengo mucho frío.

Un escalofrío sacudió el cuerpo empapado de la guerrera—Yo también, pequeña. Yo también.

Ambas recorrieron con lentos y dolorosos pasos el borde del estanque, con la muchacha aferrada a Xena con tanta fuerza que tenía miedo de que la niña las tirara al agua otra vez. Al final, la guerrera la cogió en brazos y la llevó el resto del camino, suspirando con alivio cuando llegaron a la cueva. Miró a su alrededor, y sonrió un minuto. En una esquina había un gran montón de troncos, dejados allí la noche que Gabrielle y ella durmieron en la cueva. —Ve a coger alguno de esos troncos, pequeña, mientras yo atiendo a tu amiga.

Después de un rato, un fuego centelleaba en el centro de la caverna. Teresta, la niña casi ahogada, descansaba cerca del calor, aún envuelta en el manto de la guerrera. Anika, la otra niña, merodeaba junto a ella, manteniéndola vigilada y asegurándose de que su prima no se quedaba dormida, según las estrictas instrucciones de Xena. Las ropas de Teresta colgaban de varias estacas para secarse. Anika era la única que había conseguido salir seca de todo el embrollo.

Al otro lado del fuego, una temblequeante guerrera estaba sentada, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos a su alrededor. Se había quitado el chaleco empapado, pero mantenía los pantalones y la camisa interior de lana, decidiendo que la ropa mojada era mejor protección contra el aire frío que la piel desnuda. Dolorosos escalofríos recorrían su cuerpo, y le dolía la mandíbula por el esfuerzo de mantenerse caliente. Casi ni sentía el calor que irradiaban las llamas, salvo en los pies, que estaban tan cerca que estaban casi sobre las ascuas.

Bueno, reflexionó, desde luego que he pasado mejores ratos en este sitio en particular. Miró la caverna, sus ojos se suavizándose con los recuerdos. Le pidió a Gabrielle que se uniesen en esa caverna, de rodillas, con el corazón temblando. La aceptación alegre y llorosa de la bardo aún seguía firmemente grabada en su mente. Después habían hecho el amor, con el rugido de la cascada y la belleza de la cascada realzando ese momento juntas. Gabrielle, daría casi todo porque fuera verano y tú estuvieses aquí conmigo.

El restallido de un trueno sacudió la formación de roca y la trajo de nuevo al presente. No. Sus ojos se ensancharon. —Ahora vuelvo—salió al estanque y reptó hasta que pudo ver el cielo. Maldición, maldición, ¡maldición! ¿Pero podría ser peor? Sobre su cabeza, una gruesa manta de nubes de nieve, y los primeros copos flotando perezosamente hasta el suelo. Incluso mientras observaba, la nieve se endurecía, y observaba con incredulidad como la tormenta se desataba con una fuerza y una rapidez que no podía recordar.

Estaba enfadada consigo misma, a varios niveles. No puedo creer que no haya prestado atención al tiempo. Volvió a la caverna y se sentó, dejándose caer. Aquí estoy…miró a su alrededor. Una piel de agua congelada, un botiquín completamente empapado, una niña medio ahogada y otra medio congelada, y si una sola provisión. Cerró los ojos y se frotó las sientes, que palpitaban dolorosamente desde que se sumergió en el agua. Al menos tenemos leña para un rato. Las dos niñas la observaban en silencio, asustadas. Alzó la vista. Dioses.

Ahora voy a asustarlas. —Em…parece que hay una pequeña tormenta, así que probablemente tengamos que quedarnos aquí esta noche.

—Oh—Anika se mordió el labio, pensativa—¿Qué vamos a cenar?

Xena se obligó a tener paciencia. Señaló el agua con la cabeza— Pescado.

—Oh—la joven amazona digirió la información y miró cuidadosamente por la caverna—¿Y con qué los vas a coger?

El cuerpo entero de la guerrera protestó, mientras la respuesta obvia se formaba en sus labios—Con las manos.

Anika inclinó la cabeza hacia un lado, apreciando la larga figura de la guerrera, estudiando las dos fuertes y capaces manos—Tengo hambre.

Xena continuaba temblando, mientras se levantaba—Supongo que puedo cogerlos ahora, ¿eh?—tomó aire bruscamente mientras se dirigía al borde de la cueva, donde se encontró con el agua—Oye, si me quito la ropa, ¿puedes dejarla cerca del fuego mientras pesco?

—Claro—Anika observó mientras la guerrera se quitaba los cueros, lanzándolos al otro lado de la caverna, hacia ella.

—Ahora vuelvo—Xena miró la cascada durante un largo momento, y después se metió en el agua con resignación. Su cuerpo se rebeló una vez más contra el ataque helado, pero esta vez se acostumbró mucho más rápidamente. Mala señal, sacudió su cabeza, mientras su pelo parcialmente congelado crujía. Podría hacer esto mientras ya estoy mojada y congelada hasta morir. Inclinó la cabeza bajo el agua y desapareció de la vista.

Pensó que no era el momento más miserable de su vida. He estado peor. Mucho peor. Crucé el pasillo. He sido crucificada dos veces. He tenido las dos piernas rotas. He sido traicionada y perseguida más veces de las que me importa recordar. Hades, he muerto dos veces. ¿Qué es un poquito de agua helada?

Lo pensaba mientras veía dormir a las dos amazonas, al otro lado del fuego. Estaban acurrucadas juntas bajo el manto, obviando la tormenta que rugía de pleno al otro lado de la cascada. Sus barriguitas estaban bien llenas de pescado. Había logrado construir un soporte y cocinar su captura fue bastante simple, sin especias, platos ni tenedores. Una roca plana sirvió como fuente, y se comieron los bocados blancos con las manos desnudas.

Tenía tanto frío. Sus ropas congeladas se habían secado, pero su cuerpo seguía estremeciéndose hasta el tuétano. El viajecito para pescar había sido un mal necesario, y lo estaba pagando bien. El fuego no parecía ayudar en absoluto. Podía sentir una pesadez extraña asentarse en su pecho, y rezaba por ser capaz de llegar a la aldea antes de que la enfermedad se asentase.

El fuego restallaba y fuera el viento silbaba constituyendo una sinfonía de gemidos, junto con algunos aullidos que ponían los pelos de punta. Se acercó más a las llamas, con sus brazos envueltos con fuerza alrededor de sus piernas, que tenía recogidas contra el cuerpo. De vez en cuando, un escalofrío recorría su larga figura y maldecía, esperando no coger una fiebre. Tenía las manos tan frías que no podía tomarse la temperatura. La primera tos cosquilleó en el fondo de la garganta y trató de ignorarla, sin mucho éxito.

Gabrielle, se dirigió mentalmente a su amante, voy a llegar a casa por ti, cariño, y me alegro tanto de saber que me vas a cuidar, porque voy a necesitar cuidados serios cuando llegue. Sabía que era una paciente horrible. Cheridah, la sanadora amazona, había dejado caer las manos, en rendición, desde hacía mucho; al intentar darle algún consejo de salud a la guerrera. Había escogido, en su lugar, hacer llegar el mensaje a través de Gabrielle cuando consideraba que algo era importante.

No podía recordar cuándo su amante se había vuelto tan eficiente en el arte de la sanación. Cuando empezaron a viajar juntas, ella era la responsable de cuidarlas a las dos, si necesitaban puntos o se ponían enfermas. Gradualmente, Gabrielle aprendió, observando cuidadosamente a Xena mezclar hierbas para la fiebre, la tos, calambres menstruales, dolores de cabeza, o cualquier otro alimento. En algún momento, permitió a la bardo coserla por primera vez. ¿Cuándo, de todas formas? Frunció el ceño, tratando de recordar, olvidándose por un momento de su estado actual, algo que era bueno.

Oh, sí. Fue poco después de empezar a viajar juntas, después de una pelea con un grupo de merodeadores en las montañas. La pelea no tuvo nada de particular, solo una de tantas que caracterizaban su vida en el camino. Había estado ocupada luchando contra uno de los matones y otro penetró sus defensas y consiguió golpearla en la espalda con la espada.

Por suerte, lo sintió en el último momento y se apartó, evitando la estocada fatal. Aun así, la hoja se deslizó limpiamente por su espalda, justo por encima de su cuero, en un lugar al que ella no llegaba ni con las manos ni con la vista.

Al principio ni siquiera se dio cuenta del corte. Fue el camino caliente de la sangre entre sus omóplatos lo que la hizo darse cuenta. Una Gabrielle que parecía indispuesta confirmó la gravedad de la situación, y se ofreció tímidamente para coserla. Aún no sabía qué la había impulsado a aceptar. Podría haber esperado hasta llegar a la próxima ciudad y al sanador.

Quizás solo estaba cansada. Quizás había perdido suficiente sangre como para no pensar con claridad. O quizás, solo quizás, era el ansia por complacer de esos ojos verdes la que la hizo consentir. El delicado tacto de las manos de la bardo sobre su piel la sorprendió. Era, recordaba, casi placentero, mientras Gabrielle le hablaba con calma, intentando distraerla de los pequeños pinchazos de la aguja y del escozor de las hierbas desinfectantes que distribuyó generosamente sobre la herida.

Había acabado con la bardo deslizando ligeramente las puntas de sus dedos sobre la parte superior de su espalda. Sabía que se estaba metiendo en problemas. Lo había disfrutado demasiado. Recordaba haberse girado y haber mirado en una cara muy preocupada y muy infantil. La larga falda marrón de Gabrielle estaba salpicada de su sangre, y el corpiño azul se pegaba a su cuerpo sudoroso. Sus ojos, sin embargo, fueron los que atrajeron a la guerrera. Aquellos ojos comunicaban que cada fibra del cuerpo de la muchacha estaba en tensión, esperando escuchar que había hecho un buen trabajo. Y lo había hecho.

Xena movió cuidadosamente los hombros y asintió con aprobación. No podía recordar exactamente qué le había dicho, probablemente unas cuantas palabras, “buen trabajo” o algo igual de corto. Fue lo único que hizo falta. La sonrisa empezó con un ligero temblor de los llenos labios, y se extendió lentamente hasta que los ojos verdes centellearon y el puente de la nariz de la bardo se arrugó, algo que Xena siempre había encontrado ridículamente encantador.

Hemos cambiado tanto, ¿verdad, amor? Gabrielle era una de las mujeres más capaces que conocía, perfectamente capaz de cuidar de sí misma, de la guerrera y de una aldea llena de amazonas. Su encantadora alma gemela raramente se paraba ya para pedir permiso.

Si Xena estaba enferma o herida, la bardo entraba automáticamente, administraba cuidados sin preguntar, ni en busca de aprobación después. Maldición. ¿Alguna vez he vuelto a expresarle mi gratitud? Probablemente no, se castigó. Hizo nota mental de cambiar sus hábitos en el futuro. Otro escalofrío la trajo de vuelta al presente, y una tos seca rasgó sus pulmones. Imágenes de su casa, el hogar y de su cama cálida y llena de pieles la aliviaban y la torturaban al mismo tiempo. El interior era una cómoda mezcla de sus talentos combinados. La carpintería de Xena era evidente en la manufactura de los muebles, y el ojo de Gabrielle para la decoración añadía toques de color y belleza, con un alegre cojín por aquí y una acuarela pastel por allá. La pintura del acantilado que compraron en Lesbos colgaba sobre el marco de la chimenea, un recuerdo de una de las mejores semanas de sus vidas.

Hogar.

Una palabra tan simple y tan compleja a la vez. Había dejado Anfípolis, pensando que ya nunca volvería a pertenecer a ningún sitio. Conoció a Gabrielle y comenzaron a viajar juntas, pasando cada noche en un lugar diferente, sin saber nunca dónde acabarían el día de mañana. Un día alzó la vista y descubrió que su hogar estaba sentada al otro lado del fuego, escribiendo atentamente sobre un pergamino. Estar con Gabrielle, en cualquier lado pero con Gabrielle, se había convertido en su hogar.

Recordaba su última visita a la cueva, tan cálida y amorosa, y llena de promesas de futuro. Tan diferente de esta visita. Con Gabrielle, era un lugar de magia y maravilla, la bardo abría sus ojos a los colores del cristal, y sus oídos a la música del agua. Gabrielle había escrito un poema precioso para ella, de inmediato, inspirada por la catarata y la luz de la luna. Gabrielle hacía especial la cueva. Sin ella, era fría, oscura y solitaria. Quiero irme a casa.

Si lo hubiera dicho en alto, habría resultado ser un patético lamento, y se habría avergonzado. Parezco una niña pequeña, razonó. La niña que llevaba dentro gimoteó de nuevo, anhelando las consoladoras manos de su alma gemela sobre su frente, y deseando escuchar las suaves palabras que sabía que Gabrielle le susurraría si se estuviese ocupando de ella. Sí, sus ojos fluctuaron, medio cerrados. Gabrielle haría que todo estuviese bien.

Se despertó sobresaltada, confusa. Después de una observación cuidadosa, se dio cuenta de que era la falta de ruido, más que el ruido mismo, era lo que la había despertado. La tormenta había remitido, y solo quedaba en el aire el ruido de la cascada. El fuego se había consumido casi en su totalidad, y solo una cama de ascuas grises quedaban. Se obligó a levantarse y a caminar hacia el borde del estanque. Un cielo claro y lleno de estrellas la recibió, junto con un buen par de palmos de nieve. Genial. Va a ser divertido abrirse camino por ahí. Volvió adentro y sacudió despacio a Teresta y Anika para despertarlas.

—Levantaos. Tenemos que irnos.

Anika parpadeó, soñolienta, y miró a su alrededor, a la aún oscura caverna—Pero aún no es de día—gimoteó.

—Lo sé—Xena se arrodilló. —Pero la tormenta ha parado. Tenemos que marchar ahora y ver si podemos volver a la aldea antes de que se desate otra.

No había mucho que empaquetar. Pronto comenzaron a recorrer el largo camino entre los árboles y de vuelta a la aldea. La guerrera abría el camino, abriéndose paso con sus dos jóvenes cargas siguiéndola. Las niñas estaban envueltas en sus propias ropas y mantos, y además estaban cobijadas juntas en el manto de Xena, que colgaba sobre el suelo detrás de ellas.

La guerrera llevaba sus pantalones de cuero y su chaleco, y la camisa de lana. Dioses, se estremeció, a pesar de su esfuerzo por permanecer erguida. Miró a la manta de estrellas que aparecían borrosas. No había duda de que la fiebre había llegado. Espero llegar a casa antes de desmayarme.

A medio camino Teresta se desmayó, demasiado débil para seguir. Xena suspiró con resignación y la cogió en brazos, cargándola sobre su espalda. Solo la idea de descansar sobre su propia cama, con Gabrielle acurrucada a su lado, la mantuvo en marchamo

Kallerine entró de puntillas en la habitación de la reina y se sentó en el borde de la cama, dejando una mano sobre el hombro de la reina. — Gabrielle.

—¿Eh?—la bardo abrió los ojos y se despertó inmediatamente. Estaba demasiado preocupada para dormir muy profundamente. —¿Qué pasa?

—Nada—sonrió la cazadora. —Xena y las dos niñas acaban de volver. Está en la cabaña de la sanadora con ellas ahora mismo. Pony ha venido a decírmelo.

—¿Alguna está herida? ¿Necesitan que vaya?—Gabrielle se sentó y dejó colgar las piernas sobre el borde de la cama, inclinándose en busca de sus botas.

—Creo que no. Pony dijo que todas estaban bien, solo con un poco de frío. Creo que lo de la sanadora es solo por precaución—Kallerine se apartó, haciéndole sitio a la reina para que se atase las botas. —Pony dijo que Xena iba a asegurarse de que las niñas quedaban situadas y que luego vendría aquí.

—Voy a ir igualmente—la bardo se levantó y pasó a la sala de estar, tomando su manto de su percha y poniéndoselo. Abrió la puerta para encontrar tras ella a su compañera, de pie, a punto de tomar el picaporte. —Xena—se encontró inmediatamente engullida por un cálido abrazo. Demasiado cálido. Se apartó, dejando el dorso de su mano sobre la mejilla de la guerrera— Cariño, estás ardiendo—. Metió a su bien dispuesta alma gemela en la habitación, y encendió rápidamente unas cuantas velas, que iluminaron una cara pálida y consumida. —¿Dónde está tu manto?—frunció el ceño, acercándose, y estudiando los ojos vidriosos y vacíos—Xena, estás enferma, ¿verdad?

—Estaré bien—tembló la guerrera. —Solo necesito una cama caliente— sonrió, cansada—Y a ti—.

—Necesitas más que eso—la bardo se giró, localizando a la cazadora en una esquina. —Kallerine, ve al comedor y calienta algo de esa sopa de pollo que cenamos. Y haz una tetera de té de hierbas.

—Volveré tan rápido como pueda—la cazadora salió disparada, dejando a las dos amantes a solas.

—Xena—Gabrielle metió a su compañera en el dormitorio, empujándola suavemente hasta que se sentó sobre el colchón. Se arrodilló para quitarle las botas—Cariño, están congeladas—. Las sacó de un tirón, escuchando un sonido aguado. Tocó el interior e hizo una mueca—Y están empapadas.

—¿Fui a nadar?—ojos azules la miraron con cuidado, esperando la batería de preguntas que estaba segura iba a llegar.

—¿¡Estás loca!?—Gabrielle se puso de pie, y empezó a desatar el chaleco de cuero.

—No—dijo la profunda y rasgada voz, mientras la guerrera conseguía no toser. —Bueno, no más loca que de costumbre. Una de ellas se cayó en el hielo, cerca de nuestra cueva. Tuve que meterme para sacarla.

—Oh—la bardo deslizó el chaleco por los hombros de su amante, y empezó a desatar la camisa de lana. —Dioses, han llegado lejos.

—A mí me lo vas a decir—Xena cerró los ojos, disfrutando simplemente de las atenciones y captando la esencia familiar de su compañera, tan cerca de su cara. —Deberías intentar abrir un camino sobre un metro de nieve desde allí hasta aquí. Tuvimos que escarbar para salir de la cueva cuando paró la tormenta. Por suerte, había algo de leña que dejamos cuando estuvimos la última vez.

Los ojos de la bardo se suavizaron, recordando aquel tiempo juntas. Inconscientemente, giró la banda tricolor de oro de su dedo anular, y sintió unos largos dedos agarrar su mano, llevándola arriba.

La guerrera presionó la mano más pequeña contra su mejilla. —Deseé tanto que estuvieses allí conmigo. Y el calor.

—Te habría mantenido caliente—sonrió Gabrielle, y liberó despacio su mano del agarre de su amante para poder quitarle la camisa empapada.

Cuando el aire frío golpeó su piel desnuda un violento escalofrío recorrió el cuerpo de la guerrera y tosió, doblándose durante unos momentos hasta que pasó el acceso. —No retengo el calor.

—Xena, no me respondiste antes. ¿Dónde está tu manto?—ayudó a su compañera a quitarse los pantalones de cuero y sacó rápidamente una camisa de dormir de manga larga para ponérsela por la cabeza, con cuidado de apartar del cuello los largos mechones.

—En la cabaña de la sanadora. Cuando Teresta se cayó al hielo, tuve que quitarle la ropa para que se secase, así que mi manto era la única cosa con la que podía envolverla. Después, cuando ambas estaban congeladas, las dejé dormir con él—la guerrera permitió ser empujada hasta quedar tumbada. Sintió las cálidas mantas envolverse a su alrededor y suspiró con alivio.

Gabrielle se sentó en el borde de la cama, acariciando la cabeza morena—Así que, si estoy entendiendo bien, has estado en una cueva, con la ropa mojada, sin manto, durante la mayor parte de la noche.

—Todo el tiempo no—murmuró Xena, dejando que los consoladores toques aliviasen los escalofríos más profundos—Me quité la ropa cuando fui a pescar.

—Nada más—se detuvo la bardo. No se llevó comida. —Así que te volviste a meter en el agua. Dioses, Xena. No me pregunto por qué estas enferma.

—Teníamos que comer—la guerrera inclinó la cabeza, mostrando a su compañera su más encantadora mirada. —No ha estado tan mal, de verdad.

—Ajá—Gabrielle sacudió la cabeza, sabiamente. —Voy a mezclarte algunas hierbas para la fiebre y el catarro, y volveré enseguida.

—Vale—los ojos azules fluctuaron al cerrarse.

Después de una ronda de hierbas y una rápida cena de sopa y té, Xena sintió finalmente a su compañera acurrucarse bajo las mantas con ella.

—Ven aquí—una perezosa sonrisa tiñó sus labios. —Caliéntame—largos brazos atraparon a la bardo, atrayéndola fuertemente contra el cuerpo de la guerrera.

Gabrielle se giró en sus brazos, mirándola. Tocó su frente y sonrió un poquito. La fiebre remitía. —¿Cómo te sientes?—colocó un mechón de pelo tras la oreja de Xena.

—Calentándome—sonrió Xena. —Hubo un momento, en la cueva, que pensé que no iba a estar caliente nunca más—estudió los ojos verdes, tan llenos de amor y preocupación. Nadie me ha mirado como lo hace ella. Besó la frente de su amante—Gracias.

—¿Por qué?—Gabrielle disfrutó del gesto.

—Por cuidarme bien. Y ayudarme a llegar a casa.

—Cariño, no te ayudé a volver a casa—. Debe estar confusa por la fiebre. —Ni siquiera estaba allí—.

—Tú—la guerrera tocó la punta de su nariz—…siempre estás conmigo. Pensar en ti y en nuestra casa fue lo que me hizo seguir.

—Oh—los ojos de Gabrielle resplandecieron, y sus mejillas se tiñeron de un bonito sonrojo. Lo ha llamado nuestra casa. La bardo se acurrucó en el largo cuerpo, dejando su cabeza sobre un ancho hombro y sintiendo unos largos brazos situarse posesivamente a su alrededor. —Me alegra poder ayudar—. Una suave caricia de unos labios sobre el fino cabello rubio fue la respuesta. Esto. La guerrera se deleitó en la familiar sensación del cuerpo en sus brazos. Nada me va a separar nunca de esto. Las palabras de M’Lila volvieron a ella: “Gabrielle es tu camino”. Te he arrastrado por medio mundo, en mi camino delirante en busca de la redención, pensó.

No tenía que ir a ninguna parte. Ha estado junto a mí todo el tiempo. El cuerpo que tenía detrás se agitaba con vigor, y murmuraba palabras ininteligibles, justo a centímetros de su oreja. Gabrielle hizo palanca suavemente para sacarse el largo brazo de encima de su cintura y se apartó, girando y sentándose. Xena estaba temblando y sus labios se retorcían, luchando contra los demonios de su sueño. —Xena, cielo…— empujó suavemente la curva de una cadera.

—¿Eh?—la guerrera se sentó—¿Qué?—. Unos confusos ojos azules miraron atentamente a su alrededor, para terminar en la bardo, quién era inmediatamente reconocible, incluso en la oscuridad. Los dientes de Xena castañeteaban—Qué frío.

—Shhh. Estabas teniendo una pesadilla—Gabrielle la atrajo a sus brazos, acariciando una cabella llena de pelo húmedo, que acabó sobre su hombro. —Cielo, creo que te está bajando la fiebre. Estás empapada en sudor. Déjame que te traiga una camisa limpia.

La bardo sacó rápidamente una camisa limpia del mueble y volvió a la cama. Sacó la arrugada por la cabeza de Xena, mientras acariciaba la piel por la que pasaba, en un gesto de consuelo, al ponerle la camisa limpia. —Ya está. ¿Qué tal?

—Tengo sed—Xena hizo un puchero, tragando audiblemente.

Oh. De hecho, alguien se está sintiendo bastante mejor. —Toma—tomó una botella de la mesita de noche—La dejé ahí, solo por si acaso—. Inclinó la boca sobre los labios de Xena, escuchando cómo su compañera tragaba a grandes sorbos. —Debería darte otra dosis de esas hierbas mientras estás despierta—.

—No necesito más hierbas—la guerrera se desplomó de nuevo sobre la cama, cruzando los brazos, desafiante.

—Xena, cielo—Gabrielle colocó el cuello de la camisa en su sitio y le echó las mantas por encima, arrebujándolas bien alrededor del largo cuerpo. —Por favor, unas pocas más. Por mí.

Los ojos azules parpadearon en la oscuridad, captando un rayo de luz de luna desde la ventana—¿Por ti?

—Sí—la bardo trazó el contorno de una mejilla sorprendentemente fría. — Solo por mí.

—Bueno—reconsideró la guerrera de mala gana. —Pero no las necesito.

—Ya sé que no, pero me hará sentir mejor si te las tomas igualmente— Gabrielle ya estaba mezclando la fina mixtura de polvo de hierbas en una taza, echando algo de agua de la botella encima. Removió la mezcla y ayudó a su compañera a sentarse—Contén el aliento y traga.

Xena obedeció, y sus fosas nasales se dilataron cuando el amargo e intenso olor asaltó su nariz. —Ugggh—se pasó el dorso de la mano por la boca—Odio esa cosa.

La bardo reprimió una carcajada. Probablemente sea algo inventado por ella. Adoptó su cara más solidaria—Sí, es bastante malo, ¿verdad?

—Y que lo digas—la guerrera se hundió lentamente en el colchón.

Observó a su compañera dejar la taza vacía sobre la mesa. Gabrielle se deslizó bajo las mantas, acurrucándose contra ella una vez más, permitiendo que Xena descansase en su abrazo, como novedad.

—Lo siento—la voz grave estaba rasgada.

—¿Por qué?—la bardo deslizó las puntas de sus dedos ligeramente por el brazo de Xena, sintiendo los finos pelos contra sus dedos.

—Por ser tan mala enferma—Xena permaneció en silencio un momento, y Gabrielle pensó que se había quedado dormida. Saltó un poco cuando la guerrera habló de nuevo, esta vez mucho más suavemente. —No sé por qué me aguantas a veces. No debe ser muy divertido.

—Xena—unos labios calientes acariciaron la cabeza de la guerrera. —No estoy en esto para divertirme, y no solo quiero estar en los momentos buenos. Decidí, hace mucho tiempo, que estaba metida en esto para largo. Así que cuando estás enferma, o herida, o solo estás teniendo un día penoso, sigo queriéndote igual, si no más.

—¿Por qué más?—la voz cayó, casi dudando.

—Porque cuando te sientes mal y eres desagradables es cuando más necesitas que te quieran—la voz sensible de Gabrielle caló en ella.

La guerrera lo sintió sosteniendo su corazón y, de alguna manera, apartando la pesadez de sus pulmones y el picor de su garganta de su conciencia, aunque solo fuera por un rato. Se concentró en el amor que radiaba su compañera, y sintió que su cuerpo se relajaba lentamente. Quería continuar despierta, absorbiéndolo, pero su cuerpo tenía otros planes, y pronto se quedó profundamente dormida, acunada en los brazos de la única a la que jamás permitiría verla en un estado tan vulnerable.

La mañana la encontró sintiéndose mucho mejor, y se despertó para encontrar vacío el otro lado de la cama. Frunció el ceño, y cogió un trozo de pergamino que estaba sobre la almohada de Gabrielle. El ceño fruncido se convirtió en una sonrisa al leerlo: Xena, he ido a comprobar cómo están las dos niñas y a por el desayuno. No te atrevas a salir de la cama, no importa lo bien que te sientas. Tienes que tomártelo con calma esta mañana, ¿de acuerdo? ¿Por favor? Volveré pronto. Te quiero. G.

—Mmmm. ¿Estaría en problemas si me diera un buen baño caliente?— Problema escuchó su nombre y pensó que le hablaban a ella. Saltó desde la alfombra hasta la cama, gateando con gracia sobre las mantas metiéndose bajo ellas para acurrucarse en el hueco de las rodillas de Xena.

—¿Miau?—hocicó la piel olivácea, haciéndole cosquillas a la guerrera con sus largos bigotes.

—Oye—intentó sonar molesta, pero, la verdad sea dicha, secretamente disfrutaba de las atenciones del felino. Gabrielle intentaba explicarle que la mejor manera de conseguir la atención de un animal es ignorándolo.

Nada más lejos de la realidad.

Problema iba y venía de los establos comunitarios, donde vivía su camada de gatitos. A Xena le parecía que, cada vez que entraba en el establo, sus pies quedaban rodeados de pequeñas criaturas peludas, todas ansiosas por jugar con los cordones de sus botas mientras ella intentaba trabajar. Incluso Argo y Estrella parecían burlarse de ella. Cuando más pretendía no apreciar la presencia de los gatitos, más querían éstos jugar, hasta que se dejaba caer en el pajar para rascarles un rato o para torturarlos un poquito con un viejo retal de cuero. Su miedo más grande era que Eponin la pillara algún día, y que se lo estuviese recordando constantemente.

—Bueno, ¿tú qué dices?—agarró al gato, sosteniéndolo frente a ella y dejándolo sobre su estómago. —¿Crees que un baño es suficientemente seguro?

—No tal y como tú sueles tomarlos—Gabrielle rodeó la esquina con una bandeja de desayuno. La dejó en la mesa cerca de la cama y se acercó a ella, dejando sus manos sobre sus caderas.

—¿Qué quieres decir con eso?—los ojos de la guerrera se ensancharon con fingida inocencia y alzó la vista, mientras una mano se escurría y trazaba la curva de la pantorrilla de su compañera, hasta sus muslos. — ¿Mmm?—los dedos bailaron más arriba, rodeando una rótula y pasando al interior de un muslo.

—¡Xena!—Gabrielle se retorció de risa mientras la guerrera cambiaba repentinamente de táctica y se agarraba las dos piernas, tirándola a la cama. —Ahhgg…—la bardo intentó zafarse, mientras Xena se lanzaba a un ataque de cosquillas a pleno rendimiento.

Después de un breve forcejeo, Gabrielle acabó de espaldas, montada a horcajadas por una definitivamente mucho más saludable guerrera. Los ojos azules le sonreían y Xena deslizaba un dedo sobre la línea de la oreja de la bardo hasta el primer botón de su túnica. —¿Te quieres bañar conmigo?—una ceja negra se arqueó, en cuestión.

—Yo…em…—Gabrielle sentía cómo subía rápidamente la temperatura de su piel, y sacudió la cabeza para despejársela. —Te diré qué haremos—se alzó, apoyándose sobre sus codos—Vamos a hacer un trato—. Dejó las puntas de sus dedos sobre la frente de la guerrera, tomándole la temperatura. Frunció los labios. Aún está un poco caliente.

—Te escucho—pronunció la voz de contralto, aunque Xena ya había decidido aceptar cualquier cosa que su compañera tuviese en mente.

—Tú y yo nos comemos ese estupendo desayuno mientras aún esté caliente, y después tú te tomas otra dosis de hierbas—vio que la cara bronceada hacía una mueca, y después sonrió—Y después yo me baño contigo, ¿de acuerdo?

—Oh, está bien—Xena le sonrió y rodó para apartarse, cogiendo las almohadas y arreglándolas de forma que pudieran recostarse y comer en la cama.

—Ha sido muy fácil—la miró Gabrielle, suspicaz. —¿Qué tramas?

—Bueno, tengo hambre, buena señal—. Xena observó a su compañera coger la bandeja y ponerla entre ellas—Pero también puedo decirte que aún tengo un poco de fiebre, así que yo misma pensaba tomar algunas hierbas, de todas maneras.

—Bien—jadeó la bardo, jugando, su sonrisa desmintiendo su actitud. Media marca más tarde, ambas estaban dentro de la bañera, cuando Kallerine entró en la cabaña y se paró, dubitativa, junto a la puerta del baño—Reina Gabrielle, cuando acabes con tu baño, tengo un mensaje para ti.

—Está bien, Kallerine, puedes pasar—la bardo estaba reclinada contra su compañera, disfrutando del raro momento de completa soledad. Habían intercambiado pocas palabras durante el baño, las delicadas caricias y los suaves besos hablaban por sí solos. Xena no estaba para mucho más que algo de mimos inocentes, pero parecía necesitar desesperadamente algún contacto. Gabrielle había escogido no hacer preguntas, de momento, asumiendo que había algo que tenía que ver con lo que había pasado en la cueva, y que la guerrera lo compartiría, si quería, cuando estuviese preparada.

La cazadora pasó y se quedó en el umbral de la puerta. Siempre se mostraba cauta cuando interrumpía a la reina y a su consorte, teniendo presente que necesitaban privacidad. —Los centinelas han detenido a una viajera en el camino del sur, a medio día de viaje de aquí. Es una mujer, viaja sola. Dijo que venía de Eire, y viene para ver a Xena.

Guerrera y bardo intercambiaron una mirada. ¿Eire? La única persona que conocían de allí era Ronan, el capitán del barco que las llevó ida y vuelta a Alejandría. —¿Dijo qué quería?—Gabrielle se inclinó hacia delante, dejando su mentón sobre sus brazos, apoyados en la pared de la bañera.

—No. Todo lo que dijo era que quería hablar con Xena—Kallerine estudió una de las estacas de madera que llevaba en el cinturón, sujetándola con más firmeza. —Han dicho que es poquita cosa. Que no lleva armas. Dijeron que parecía inofensiva.

—La pólvora viene en paquetes pequeños—la guerrera se acercó a su compañera por detrás, apoyando su mentón sobre el hombro de la bardo. —Me pregunto qué querrá. Hace falta un buen motivo para viajar por estos lares ahora mismo, entre tormenta y tormenta.

—¿Quién la escolta?—Gabrielle se estiró para coger una toalla y se levantó, saliendo del agua, envolviendo la gran tela de lino sobre su cuerpo.

—Pony, por supuesto—sonrió la cazadora. —Estaba encima del caballo nada más ser entregado el primer mensaje. Maldecía por los codos, algo sobre lo escaso de las centinelas ahora mismo, por el frío y eso.

—Me pregunto si deberíamos ir a encontrarnos con ella—Xena siguió a la bardo, aceptando una toalla de manos de Kallerine.

—Xena—Gabrielle se giró y la miró severamente—No es buena idea, cielo. Tienes el pelo mojado y aún no te sientes del todo bien. Temo que un viaje al frío te haga recaer.

—Me pondré el manto y la capucha—la guerrera se metió en el dormitorio, tomando sus pantalones de cuero y el chaleco y sacudiéndolos.

—Xena…

—Estaré bien—Xena dejó el cuero sobre la cama y dejó ambas manos sobre los hombros de su compañera. —Es solo…—dejó morir la frase. Sus entrañas experimentaban emociones encontradas, y no estaba segura de dónde venían esas emociones. Parte, sabía, era curiosidad por qué podría impulsar a alguien a viajar desde Eire hasta Grecia para verla, durante el crudo invierno. Parte…—Nada bueno viene de las tierras del norte.

La bardo hizo una mueca de dolor. Recordaba un templo y un altar, y un momento que cambió su vida para siempre, costándole una buena parte de su alma y casi arrancándole todo lo que le era querido. —Quizás esta vez sea algo bueno—unos ojos verdes buscaron otros azules, intentando leer los pensamientos de la guerrera.

—Quizás—. Hay tantas cosas que no le he dicho. Aún así, Eire está lejos del Valhala. Esperemos que esto sea diferente. —Es solo que Eire está tan cerca de…

—De Britania—terminó Gabrielle la frase por ella. —Xena, Hércules mató a Dahak. Está muerto, ¿verdad?

—¿Muerto?—resopló Xena, con sarcasmo. —¿Y desde cuándo eso ha detenido a cualquiera de nuestros enemigos?

—Buen punto—. Gabrielle se dio cuenta de que aún tenían público y se giró, consiguiendo sonreír. —Supongo que parece que estemos hablando en clave, ¿eh?

Kallerine había seguido el intercambio con arrobada fascinación, y se sonrojó furiosamente. —Em…no. Bueno, un poquito. ¿Me marcho?

—Si no te importa, haz saber que Xena y yo salimos para recibir a nuestra huésped.

—Como desees—la cazadora salió rápidamente de la habitación.

—¿Xena y yo salimos?—se burló la guerrera.

—No puedo quedarme aquí a esperar que vuelvas, Xena—Gabrielle abrió su armario, buscando sus cueros más calientes. —Estaría atacada de los nervios.

—Dijo medio día, ¿eh?—la guerrera se puso rápidamente los pantalones, una camisa de lana limpia y el chaleco. Se colocó algunas piezas a mayores de la armadura y buscó sus botas.

—Sip—Gabrielle encontró sus propios pantalones y el chaleco, teñidos de un bonito color chocolate. —¿Voy por algo de comida mientras tú ensillas los caballos?

—¿Un cuarto de marca?—Xena se levantó, dejando la espada en su vaina y el chakram en el gancho de su cadera.

—Es una cita, compañera—engancho a su compañera mientras salía por la puerta, envolviendo con un brazo su cuello y atrayéndola para darle un breve beso. Se apartó, leyendo la incerteza en los pálidos ojos. —Xena, sea lo que sea, lo afrontaremos juntas.

—Siempre—la guerrera le sonrió y le devolvió el beso, y después desapareció por la puerta, adentrándose en el patio cubierto de nieve.

Estrella y Argo encontraron el camino a través de la profunda capa de nieve que cubría el suelo, y su aliento formaba nubes que salían de sus hollares, frente a ellas. De vez en cuando se tocaban sus narices, conspiratorias, e intentaban acelerar el paso, con sus cascos haciendo cabriolas sobre los montones de fría y blanca nieve. Xena y Gabrielle toleraban cada tanda de juegos unos minutos, antes de reconducir a las yeguas suavemente a un paso más cómodo.

—Han estado encerradas en el establo demasiado tiempo—la guerrera señaló con la cabeza a las dos yeguas, mientras los caballos resoplaban y se lanzaban a trotar de nuevo. —Eeeh—tiró regularmente de las riendas de cuero, sintiendo la lengua de Argo luchar un poco antes de rendirse.

Mientras el palomino disminuía, Estrella le seguía el paso.

—No las hemos sacado mucho este invierno, ¿verdad?—Gabrielle rascó al apaloosa debajo del freno que se cruzaba sobre sus elegantes orejas.

Estrella estiró el cuello hacia atrás, disfrutando obviamente de las atenciones, mientras relinchaba de contento.

—Ha nevado demasiado—Xena miró atentamente el cielo claro, agradecida por el cese de las tormentas durante el breve viaje. — Supongo que tengo que sacarlas al ruedo más a menudo. Si no, van a engordar y a volverse vagas.

—Como yo—la bardo se palmeó con remordimiento la panza, a través del grueso manto de lana. —No he hecho nada este invierno, más que sentarme en la sala del consejo, sentarme en mi mesa a escribir y a la mesa para comer. A este paso, no voy a caber dentro del traje ceremonial para nuestra unión.

—Siempre te podemos hacer otro nuevo—la guerrera guio a Argo más cerca de Estrella, estudiando la cabeza baja de su compañera. — ¿Gabrielle?

—Es que no quiero que pierdas interés en mí—dos ojos verdes y tímidos parpadearon, inseguros. —Que me cambies por alguna más delgada.

—Jamás—Xena se estiró, deslizando sus dedos sobre la mejilla, roja por el frío, de su compañera, una de las pocas zonas expuestas a los elementos. —Tú eres, y siempre serás la mujer más bella de la tierra para mí. Quiero que estés sana, Gabrielle. No me importa que cojas algunos kilos. Yo…a veces me sentía mal cuando estábamos en el camino. Siempre parecías tener tanta hambre. En invierno, especialmente, cuando hacía tanto frío que teníamos que compartir el petate para permanecer calientes. Me acurrucaba contigo, y juro que podía contarte las costillas, aún por encima de las camisas de lana más gruesas que tenías. Recuerdo…— dejó morir la frase, sacudiendo la cabeza lentamente ante los recuerdos. —Yo…iba a cazar, y las presas eran tan escasas, especialmente en las montañas en invierno. A veces, si no encontraba conejos o venados, si solo encontraba nueces, me quedaba fuera más tiempo. Después volvía y te decía que yo ya me había comido mi parte, al volver al campamento—una sonrisa triste apareció en sus labios—Me hacía sentir mejor ver que llenabas la tripa con lo que hubiera encontrado.

—¿Xena?—Gabrielle esperó hasta que los ojos azules se encontraron con su mirada. —¿Me estás diciendo que pasabas sin comer nada y me dabas todas las nueces que encontrabas?

—A veces, sí—Xena bajó una mano, jugando distraída con la hebilla de una alforja.

—Xena, es…—la bardo se acercó más, capturando la mano inquieta. — …me duele el corazón, pensando en el hambre que has debido pasar.

—El hambre era mejor que pensar que tú te ibas a dormir con el estómago vacío—apretó la mano más pequeña. —En fin, este invierno ha sido tan bueno verte comer todo lo que querías. Así que no te preocupes por tu aspecto. No es un secreto que asentarnos con las amazonas ha requerido hacer algún ajuste, pero si eso significa que estás más sana y más cómoda, y que yo no tengo que preocuparme tanto por ti, valdrá la pena cada momento que he tenido que acostumbrarme.

—¿Ha sido tan malo?—Gabrielle sabía que a su compañera no siempre le había gustado tener amazonas cerca, y había visto la mandíbula de la guerrera apretada más de una ocasión, mientras Xena luchaba por controlar sus reacciones hacia las normalmente infantiles ridiculeces de las mujeres con las que compartían la aldea, especialmente las de las más jóvenes.

—Al principio, si—Xena miró fijamente a la distancia, escogiendo sus palabras con cuidado. —Tú no eres la única que tiene miedo de ablandarse. Siempre he estado orgullosa del hecho de que la mayor parte de mi vida adulta la he pasado en el camino…durmiendo bajo las estrellas sobre el suelo duro, y dependiendo de nada más que de mí misma para recorrer mi camino en este mucho. Cuando te conocí, y llevábamos viajando un tiempo, honestamente, nunca pensé que volvería a vivir bajo techo, salvo alguna posada de vez en cuando.

—A veces, echo de menos estar ahí fuera—sonrió Gabrielle con cariño.

—A veces sí, y a veces no—declaró Xena, para sorpresa de su compañera. —Me gusta la soledad de la noche, y de las mañanas, más que nada. Creo que me gustaba estar a solas contigo, más que nada— los ojos azules hicieron un guiño cariñoso a la bardo. —Creo que el ajuste más grande ha sido compartirte con las amazonas. Y ser parte de una comunidad más grande que dos personas. Aunque…creo que ha sido bueno para mí.

—¿Cómo?—Gabriele inclinó su cabeza, en cuestión. Está llena de revelaciones.

—Durante mucho tiempo, todo lo que veía en mi futuro era la lucha. Pensaba que siempre sería una guerrera—largos dedos se deslizaron con absentismo sobre el borde de su chakram. —Pero al estar con las amazonas soy capaz de verme en otros roles. Enseñando en las clases de rastreo, entrenando caballos, ayudando en las cosas de la aldea, creo que, por primera vez desde que Cortese atacó Anfípolis, soy capaz de imaginarme un futuro donde quizás ya no sea una guerrera. Dando por sentado que luchar y las amazonas parecen ir de la mano, hasta cierto punto, pero quizás…algún día pueda dejar la espada, después de todo, tener una vida normal…me gustaría…

La mirada melancólica de los ojos de su compañera hizo que el corazón de Gabrielle se le parase en el pecho, sintiendo un grueso nudo que siempre era el preludio de las lágrimas. Tragó y deslizó un pulgar sobre el dorso de una fuerte mano—¿Qué te gustaría, amor?

Xena mantuvo sus ojos clavados al frente, con la mandíbula trabajando mientras intentaba articular sus pensamientos. —Me gustaría que cuando tuviésemos niños…me gustaría que pudieran pensar en mí como en alguien honorable. Me…me gustaría ser alguien de quién pudieran estar orgullosos—susurró la profunda voz.

Oh, Xena. Algún día, espero que vea aunque solo sea la mitad de lo que yo veo cuando la miro. La bardo parpadeó para apartar algunas lágrimas que habían aflorado. —Lo harán, Xena. La gente que importa, todos estamos orgullosos de ti. Tu madre, Toris, y especialmente yo. La gente que te conoce…que te conoce como eres ahora…no te vemos como fuiste. Te vemos como eres ahora…una de las más generosas, altruistas personas y más valientes de la tierra. No hay nadie de quién pudiera estar más orgullosa. Y nadie con quién prefiriese tener hijos.

Observó moverse los músculos de la garganta de la guerrera. Xena bajó la vista y cerró los ojos un momento. Me gustaría creerlo. Lentamente, se giró para mirar a su compañera. —Gracias. Espero estar a la altura— consiguió sonreír pero duró poco, porque un ataque de tos sacudió su cuerpo. Se inclinó, conteniendo el aliento. Maldición. Sus costillas le dolían por haber tosido durante la noche. Había esperado recuperarse, durante la mayor parte de la mañana su pecho había permanecido despejado.

Ahora…podía sentir el principio de pesadez cuando metía aire en los pulmones, y detectó un ligero soplido. No es bueno. Gabrielle frunció el ceño. —Acércate a mí—Xena suspiró y obedeció, observando a su compañera quitarse un guante y después sintió una ligera presión, la de la mano de Gabrielle contra su frente. —Xena, estás caliente de nuevo. ¿Cómo te sientes?

—Estoy bien—se quejó—Me pica un poco la garganta, es todo.

—Eso no ha sido picor—la bardo echó una mano hacia atrás y tomó una botella. —Toma, bebe.

—Tengo agua—Xena encontró la botella en su mano de todas formas.

—No esa agua—el tono de Gabrielle no admitía réplica. —Hice la mezcla cuando preparé la comida. Tiene hierbas para la fiebre y la tos.

—Entonces me aturdiré—argumentó la guerrera. —No es buena idea en el camino. Mis reflejos no son tan agudos.

—Xena, estamos en mitad del invierno. Hay casi metro y medio de nieve, incluso en el camino. Es más alta incluso entre los árboles. Nadie va a atacarnos aquí fuera. Pony está entre nosotras y quienquiera que quiera verte, así que cualquiera que intente llegar a nosotras tiene que pasar por ella primero. Ahora, a menos que temas caerte de Argo, por favor, bébete las hierbas. Ya es bastante malo que estés aquí fuera, al aire frío y húmedo. No puede ser bueno para tus pulmones—rogó la bardo.

—Pero…

—Sin peros. Bebe—Gabrielle tamborileó con los dedos sobre el arzón de la silla, sacando el genio. Juro que es como un bebé cuando está enferma.

La guerrera suspiró con resignación e inclinó la botella sobre sus labios, tomando varios sorbos. Tapó la botella y la acomodó sobre el arzón de la silla. —Ya está—alzó una ceja—¿Satisfecha?

—Gracias—la bardo palmeó su pierna—Solo quiero que te pongas bien.

—Sí—Xena mantuvo su máscara gruñona—Bueno, no me culpes si me caigo de Argo y tienes que apañártelas para subirme otra vez.

—No me preocupa—se burló Gabrielle suavemente—Iría a por Pony y ella me ayudaría a subirte.

La guerrera hizo una mueca, imaginándose la escena, y el acoso incesante que resultaría por parte de la maestra de armas. Gruñó, e inconscientemente se agarró con más firmeza a los costados de Argo con los muslos. Sus labios se torcieron cuando Gabrielle empezó a reírse y, finalmente, tuvo que unirse a ella. —Gracias por cuidarme—Xena le otorgó a su compañera una sonrisa genuina.

—Alguien tiene que hacerlo—la bardo le guiñó un ojo y después se giró, cuando unos pasos crujiendo sobre la nieve llamaron su atención.

Los ojos de Xena ya estaban sobre el camino, con su atención firmemente centrada en la próxima curva. Detectó el distintivo sonidos de un par de cascos de caballo. Al dar la curva, localizó a Pony sobre su garañón negro, junto con una extraña a su lado, una pequeña persona montada sobre un gran bayo. —Debe ser nuestra visita—entrecerró los ojos, intentando identificar a la mujer, pero estaba abrigada para que la guerrera identificase algún rasgo de su rostro.

Al final, quedaron separadas por quince pasos. La extraña tiró su daga a la nieve y saltó de su caballo, entrelazando sus manos sobre su cabeza, haciendo el signo de paz de las amazonas. Alzó la vista, dejando que sus pálidos ojos azules recayeran primero sobre Gabrielle y después sobre Xena. —Mi nombre es Morrigan. Vengo en son de paz.

La bardo sonrió, encantada por la cantarina voz. Desmontó y avanzó, agachándose a por la daga. La giró en su mano, estudiando la intrincada contera. Una divertida figura con forma de gárgola decoraba en extremo de un mango de cuero, limitado en el otro extremo por una guía de bronce que tenía tallada la cabeza de un caballo a cada lado de una hoja de doble filo. —Bonita—sonrieron los ojos verdes. —Descansa. Soy Gabrielle, la reina de las amazonas griegas. Bienvenida a nuestras tierras—le tendió la daga.

Morrigan metió su daga en una vaina de cuero y lana y se apartó la capucha de la cabeza, revelando cortos mechones pelirrojos que encuadraban un fino rostro claro. Era de la misma altura que la bardo, aunque una musculatura desarrollada la hacía parecer más baja. Le tendió una mano, entrelazando su antebrazo con el de Gabrielle. —Me alegro de conocerte, reina Gabrielle.

La bardo miró sobre su hombro, donde la guerrera seguía sentada sobre Argo, con una máscara fría e impasible que impedían leer cualquier pensamiento oculto tras los ojos azules. —Morrigan, esta es mi consorte, Xena de Anfípolis.

—Vaya, vaya—sonrió Morrigan. —Hércules me habló con cariño de ti, Xena. Pero se olvidó mencionar que hablábamos de una muchacha robusta como tú.

La guerrera parpadeó, momentáneamente desconcentrada. ¿Hércules?

—¿Conoces a Hércules?

—Sí. Más que eso. Estaré siempre en deuda con él—el rostro de la pelirroja se tornó serio. —Me salvó la vida. O, más concretamente, mi alma.

Ya somos dos, entonces. Xena consiguió mantener su sorpresa oculta. Después recordó. Ronan, el capitán del barco que las llevó a Alejandría, había mencionado a Hércules y a una mujer de Eire. Una mujer que Ronan creía estaba enamorada de Hércules. Sonrió ampliamente y deslizó una pierna sobre la silla, aterrizando con ligereza sobre la nieve frente a la pelirroja. —Cualquier amigo de Hércules es amigo mío— extendió su mano, recibiendo un buen apretón, con mucha más fuerza de la que habría esperado de la pequeña mujer.

—El sentimiento es mutuo—la mirada de Morrigan cambió, hacia arriba, hasta que dos pares de ojos azules se encontraron. Algo pasó entre las dos mujeres, una comprensión silenciosa imposible de describir con palabras. Las dos sabían, instintivamente, que estaban mirando a los ojos de un espíritu similar.

—Bueno—Xena rompió el hechizo. —¿Qué te ha traído a Grecia durante el peor invierno que podamos recordar en años?

—He venido a pedirte ayuda, Xena—Morrigan frunció los labios, pensando. —Los destinos de Eire están en peligro—dudó, y luego continuó—Quizás el destino del mundo.

La guerrera y la bardo se miraron a los ojos, compartiendo una mutua aprensión. Gabrielle se acercó más, hasta quedar de pie al lado de su compañera. Miró fijamente sobre el hombro de Morrigan, donde una silenciosa Eponin estaba de pie al lado de su caballo. La maestra de armas se encogió de hombros, indicando que no tenía ni idea de lo que estaba hablando su invitada.

—Bueno—Xena sintió un escalofrío que, estaba segura, no tenía nada que ver con el frío aire. —¿Por qué no volvemos a la aldea y compartimos tu historia con un poco de comida caliente?

—Bueno, eso sí es un plan que es como música para mis oídos—Morrigan retrocedió y volvió a montar en el caballo, quedando detrás de guerrera y bardo mientras se giraban para dirigirse de vuelta a la aldea.

¿Por qué tengo la sensación de que nuestro tranquilo invierno termina aquí?, gimió Gabrielle internamente.