16 de marzo 7 (Historias cortas) - Linda Crist

Summary

Una alta figura paseó entre los árboles, sin hacer ruido, pasando por encima de cada matorral con calculado cuidado. El aire era cortante y frío, y cuando respiraba pequeñas nubes de vapor salian de su boca y una nariz disipándose en la ligera brisa. Olió el aire y alzó la vista, sobre las altas copas hasta las nubes que oscurecian parcialmente las estrellas.

Genre
Romance
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Primer Solsticio


Una alta figura paseó entre los árboles, sin hacer ruido, pasando por encima de cada matorral con calculado cuidado. El aire era cortante y frío, y cuando respiraba pequeñas nubes de vapor salian de su boca y una nariz disipándose en la ligera brisa. Olió el aire y alzó la vista, sobre las altas copas hasta las nubes que oscurecian parcialmente las estrellas. Tomó aliento de nuevo, detectando el limpio aroma de la nieve, aun cuando no había caído todavía. Genial-pensó— Aquí estamos en medio de ninguna parte, a kilómetros de cualquier aldea y sin cuevas o colinas a la vista. Debería haber calculado nuestra ruta con más cuidado. Tendrá frío. Y no dirá nada, ¿verdad? Fingirá que está bien.

Siguió moviéndose, agachándose ante las ramas bajas hasta que llegó al campamento y escuchó un ligero tarareo. Su cara se descompuso cuando sus maltratadas orejas protestaron. No afina ni queriendo. Aun así se detuvo un momento, escondida entre los árboles al borde del pequeño claro, escuchando. La chica parecía tan feliz. Contenta, de hecho, y el tarareo se convirtió en una canción, un viejo villancico que los pastores solían cantar sentados en sus campos mientras vigilaban sus rebaños y los llevaban de los pastos de verano a las cumbres de invierno.

Por supuesto-rio entre dientes-. Es de Potedaia. Su familia debe de haber tenido rebaño. Probablemente la única cosa que tenemos en común.

Resopló en silencio y entró en el claro, dejando un haz de leña con estrépito que hizo saltar a la chica, casi volcando una pola que tenía junto al fuego. -Oh! -Se giró la chica, recuperando el color de la cara cuando reconoció a la guerrera, Xena, me has asustado-rio nerviosa, recolocando la cazuela sobre las bien situadas rocas sobre las llamas - No es que no des miedo. Bueno, quiero decir, puedes dar miedo cuando tienes que hacerlo, con esas cosas de guerreros y eso. Quiero decir, tienes que dar miedo, ¿no? -rio de nuevo, limpiándose las manos sobre su nueva falda marrón.

-¿Cosas de guerreros? -Sacudió la cabeza y se arrodilló, recolocando la leña, lo suficientemente cerca del fuego como para tenerla a mano si la necesitaban, pero no tanto como para que se quemase. Solo Zeus sabia que la chica era un imán de problemas. Podía verlo, tirando la preciosa carga a llas lamas en uno de sus aspavientos artísticos. La muchacha no podia estarse quieta mientras hablaba: sus brazos y su cuerpo estaban siempre en movimiento.

Bueno, si Gabrielle se acercó cautelosamente y se detuvo para ayudarla-Tus cosas de guerreros. Ya sabes, cuando pones esa cara y tu voz es grave y retumba, y a veces los malos salen corriendo sin levantar un dedo siquiera.

Los ojos azules se alzaron, plateados a la luz del fuego.

- Esa cara - inclinó la cabeza, inquiriendo, con los largos mechones casi rojizos por el fuego.

-Si - los ojos verdes se encontraron con el azul, perdiéndose en ellos un momento.- Esa mirada. Les asusta siempre.

-Te asusta a ti? -Unos dientes blancos asomaron durante una breve sonrisa, y su voz adquirió un tono burlón.

-Oh. No, no, no me asusta-La muchacha apartó la mirada, de repente muy interesada en dos troncos - Te conozco -Terminó en voz baja. Incluso ante la tenue luz, el sonrojo que coloreaba sus mejillas era evidente.

Hmmm. Interesante.

-Estás colorada. No te estarás poniendo enferma, ¿no? - La chica se rascó el cuello, un gesto nervioso que incluso la guerrera había llegado a reconocer. - No. Es por estar muy cerca del fuego, es todo. Hace mucho calor por aqui --Su voz casi chimiaba mientras hablaba- No te preocupes, no tendrás que cuidarme una fiebre de nuevo. Recuerdos, de prometí que la próxima vez te diría si me siento mal, en lugar de esperar hasta no poder caminar-Por favor, no me mandes a casa, rogaron los ojos verdes.

-El fuego. Claro-Terminando su tarea, la guerrera se levantó y olisqueo el aire de nuevo, acercándose a la cazuela hirviente. Cerro los ojos ante recuerdos largamente guardados, aromas de la posada de su madre en

-Anfipolis Gabrielle, que estás cocinando? --Sus ojos se abrieron de golpe, sus rasgos se suavizaron.

Escalofríos recorrieron su piel pálida. Increíble, cómo Xena podía pronunciar su nombre, y provocárselos. Lo paladeaba, lentamente, casi con música.

-Oh, nada. Nada, en serio... solo...

-venado con especias - Terminó la guerrera por ello - Pensaba que habíamos vendido todo el venado en la ciudad anterior del ciervo que cacé.

-Si, casi todo-La muchacha estaba sonrojada de nuevo, y se movió al otro lado del fuego, tomando un palo largo para remover la fragante mezcla.- Ya me conoces, como regateo. Conseguí conservar un poco. Pensé que te gustaría algo especial, por ser Solsticio y eso -Alzó la vista, vacilante-Tengo también algo de pan de nueces y una botella de vino, ¿ves? -Señalo un zurrón de cuero cerca del círculo del fuego- He puesto un poco de canela y clavo. Pensé... -Su voz desapareció con una nota triste, y se puso un largo mechón de cabello tras la oreja, otro gesto nervioso.

-El estofado de venado es mi favorito -respondió Xena en voz baja ¿Cómo...

-Te escuché, hace tiempo, en una de esas posadas. Lo mencionaste a una cocinera: le dijiste cómo te gustaba - había sido coser y cantar sacarle el “secreto” de la receta a la cocinera. Lo habia anotado cuidadosamente en un trozo de pergamino, metiéndolo en su bolsa de pergaminos, esperando al momento correcto, y decidió que el Solsticio sería un buen momento. Había recogido las especias apropiadas en aldea amazona junto con una pequeña sorpresa, solo por si tenia el valor de dársela-Solo pensé, ya sabes, es la noche del Solsticio.

Solsticio, Maldición. No se había dado cuenta de que era el Solsticio. Era siempre consciente del paso del tiempo y las estaciones. Era solamente que el Solsticio no significaba mucho para ella, desde hacía mucho tiempo. Pobre niña. Apuesto a que en su casa su padre mataría a un gordo becerro y tendrían una gran celebración. Y yo tengo... tenía un pequeño detalle en una alforja, adquirido con un capricho tonto. No tenía ni idea de por qué. Quizás...

-Eso es todo -Se alejó del fuego, sacando la espada de la vaina que descansaba contra la silla de Argo, colocada sobre un tronco. El palomino estaba en un lado del claro, masticando contenta una bolsa de bellotas. Xena buceo en la alforja, tocando un bulto enrollado. Lo sintió, ponderándolo un momento, y dejándolo ir finalmente, localizando en su lugar una piedra de afilar y un paño. Con familiaridad, cruzó el campamento hasta quedar al otro lado de Gabrielle y empezó a afilar y limpiar su espada, mientras la muchacha terminaba de hacer la cena. Era su acuerdo. Xena las protegía y conseguía la comida. Gabrielle la cocinaba. La chica estaba colocada en silencio al otro lado del fuego, removiendo el estofado mientras añadía un poco de esto y de lo otro, hierbas que la guerrera fácilmente habría podido nombrar con solo olerlas.

Estudió a la muchacha subrepticiamente mientras deslizaba la espesa piedra por el filo de la espada. Para su sorpresa, descubrió que la gordura infantil del rostro y los brazos de la muchacha habían desaparecido. Con su nueva ropa, Xena podía observar fácilmente los músculos que la chica empezaba a desarrollar: fuertes pantorrillas y unos biceps definidos, y un torso sorprendentemente musculoso. La falda de estilo amazona colgaba de sus caderas, y a ojos de la guerrera era mona. Su cabello también lo era, brillante a la luz del fuego, con reflejos rojos y dorados que enmarcaban bien su rostro, unos vívidos ojos verdes que estaban inclinados sobre su comida.

Xena sacudió la cabeza de nuevo, apartando sus pensamientos. Estaba mal, de alguna manera. Apreciaba a las mujeres bellas, y había pasado bastante tiempo en su compañía. Aunque Gabrielle pudiera entrarle bien por los ojos, era una niña, ¿verdad? Una niña que pensaba en enviar a casa o dejar segura en la próxima aldea, al menos al principio. Ahora... suspiró, y se permitió reconocer la verdad: había llegado a disfrutar de la compania de la muchacha, la mayoría del tiempo.

La muchacha era un imán para los problemas, de eso no había duda. Había perdido la cuenta de cuántas veces había tenido que rescatarla, o cuántas veces la chica las había metido en circunstancias que con certeza podrían ser la causa de su muerte. Y las preguntas. Por los dioses, sa chica no dejaba de hablar o preguntar por todo lo que había bajo el sol. O la luna. O las nubes. A veces sentia que le iba a explotar la cabeza por el incesante balbuceo. Otras veces, en las noches como esta, la muchacha mantenía sus demonios a raya, contándole historias o hablando con inteligencia, observando detalles que quizás Xena habría obviado. Los días que siguieron a su separación de Hércules habían sido los más solitarios que conoció jamás. Ya sin su ejército, o sin nadie más que Argo, su propia consciencia la perseguía día y noche, sin darle descanso mientras avanzaba con dificultad por un mundo que ya no conocía en absoluto.

Bueno. Ahí estaba, un año después, durante la noche del Solsticio, en un claro helado, a kilómetros de la civilización. Habría sido dolorosamente solitario, si no fuera por la presencia de Gabrielle. Qué diferente del último Solsticio. Había llegado a las colinas, poco después de dejar a Hércules, y en la noche más larga del año se encontró en una cueva fría y húmeda, lejos de casa, con nada más que carne seca y un puñado de nueces para comer. Había prendido un pequeño fuego, para calentarse y hacer algo de té, pero por lo demás, no hubo festejos. No había nada que celebrar.

En su lugar, había reflexionado sobre su vida con angus preguntándose cuándo las cosas se habían torcido tanto, y si algún día volvería a encontrar su camino en el mundo. Casi había perdido la esperanza cuando apareció Gabrielle. Había creído en Xena cuando la guerrera ya no encontraba nada en lo que valiese la pena creer. Con sus maneras pacientes aunque insistentes, la chiquilla había aguantado, sin rendirse nunca ante una amistad que seguro parecía extraña a aquellos con los que se encontraban. Había escuchado comentarios velados en las tabernas en las que entraban: sucias y groseras insinuaciones sobre la naturaleza de su relación, y sus intenciones hacia su joven compañera de viaje. Aunque para Xena personalmente no suponían una falta en absoluto, su joven amiga era otra historia. A espaldas de Gabrielle, varias veces la guerrera se habia escabullido para meter algo de sentido en cualquiera que se atreviera a hablar mal de la muchacha.

Dejó a un lado la piedra de afilar y tomó el paño, deslizándolo por la bien afilada hoja, el pomo enjoyado y la culada recubierta de cuero. Alzo la vista cuando Gabrielle colocó un pequeño zurrón cerca del fuego, seguramente el pan de nueces que había mencionado. Una pequeña sonrisa tiró de los labios de la guerrera, e inconscientemente empezó a tararear la canción que había estado cantando Gabrielle antes. Terminó con la espada y comenzó con la daga de la bota: que definitivamente había visto dias mejores. La empuñadura necesitaba un repaso, y la hoja había sido tan afilada que se estaba volviendo demasiado delgada. Se mantuvo trabajando hasta que se dio cuenta de que Gabrielle estaba muy callada.

- Pasa algo? -La muchacha la miraba con silenciosa maravilla.

-No-Gabrielle bajó la vista, avergonzada,- Estabas tarareando... antes, yo... no importa-La expresión triste volvió a su rostro y alzó la vista de nuevo, con los ojos reflejando una soledad que la propia Xena conocía demasiado bien.

-Te escuché-rio entre dientes Xena-. Se me debe haber metido en la cabeza.

-Oh-El molesto sonrojo volvió, y la muchacha serecolocó su fino manto sobre los hombros-Tu voz es mucho mejor que la mía. Cuando Marcus murió, cantaste para él... -Se detuvo, esperando no haber traído algún recuerdo doloroso en una noche que quería que fuese especial

-Tienes una voz preciosa.- Fue el turno de Xena para sonrojarse.

-Gracias-Se encontró rehuyendo la mirada de Gabrielle, algo que no hacia muy a menudo. Las piernas y el torso de la muchacha estaban cubiertos de escalofríos a pesar del fuego, y la guerrera reconoció que hacía frío, su propio manto grueso la protegía bastante mejor que la escasa ropa de la muchacha-. Apuesto a que echas de menos la falda larga y la blusa

Gabrielle frunció el ceño, mirando a su falda marrón y a su pequeño corpiño a juego. -Esto está mal Solo pensé, ser una princesa amazona y eso... debería parecerlo un poco. Quizás no debería...

-Gabrielle - La guerrera se levantó, acercándose a su compañera Estás bien. Me gusta tu ropa. Es... bonita --Se permitió una franca mirada a la muchacha antes de volver a colocar la máscara estoica en su sitio.

-Si?-balbuceo la chiquilla, rogando una aprobación que había llegado a necesitar de su amiga. -Si. Te... te quedan bien-Sonrió, tocando brevemente el hombro de la chica-Solo quería decir que no parecen muy calientes.

-Oh-Sonrió Gabrielle, una cálida expresión que arrugó las esquinas de SUS Ojos y arrugó el puente de su nariz de una forma encantadora - Gracias. - La guerrera se debatió consigo misma antes de apartarse del fuego y dirigirse a las alforjas. Solo era un regalo práctico, ¿verdad? No tenía por qué significar nada. Abrió la gruesa solapa de cuero y removió dentro localizando el fardo de nuevo. Volviendo junto a la muchacha, le tiró distraída el paquete, riendo en silencio cuando la chica consiguió atraparlo antes de que cayese al suelo

-Es solo algo que podría venirte bien-comentó antes de sentarse de nuevo en el tronco, mirando atentamente a su daga mientras la limpiaba.

El ruido del papel marrón arrugándose llegó hasta ella, seguido de un silencioso jadeo cuando Gabrielle desenvolvió cuidadosamente el regalo: una túnica de lana de claro color verde, con un cinturón de cuero marrón.

-Xena-Alzó la vista, con los pulgares acariciando el suave material-¿Compraste esto para mi?

-Hace unas cuantas aldeas, si - la guerrera alzó la vista brevemente, tragando saliva cuando la chica se le acercó, cayendo frente a ella y dejando una mano sobre la rodilla de Xena. Qué cosas, como la chica podia salirse con la suya al tocarla así y que ella no sintiese la necesidad de mandaria de un tortazo a la semana que viene. La caricia era cálida, y la muchacha acarició inconscientemente su piel, casi como había acariciado la lana momentos antes.

-Gracias --Los ojos de Gabrielle brillaban, y la guerrera deseo fervientemente que no se pusiese a llorar. Nunca sabía que hacer cuando Gabrielle lloraba. La muchacha se levanto, quitándose su manto lo suficiente como para ponerse su nueva túnica por la cabeza, asegurándola en la cintura y dando una vuelta frente a la guerrera - ¿Qué tal?

-Muy bien-sonrió Xeno- Hace juego con tus ojos.

-Sí, ¿verdad? - Gabrielle le devolvió la sonrisa y volvió a ponerse el manto, pero no antes de alisar cuidadosamente el frontal de su cálida túnica y tirar maravillada de su nuevo cinturón de cuero . También es caliente. Mucho mejor, ¿ves? Ya no tengo escalofríos --Le tendió ambos brazos para su inspección.

-Me alegro de que te guste - la guerrera observó a su compañera mientras Gabrielle volvía al lado del fuego y servía dos cuencos de madera con estofado, llevándole el suyo a Xena junto con la botella de vino. Empezó a dirigirse a su lugar habitual, el tronco al otro lado del fuego, cuando sintió un leve tirón en su túnica-Sientate aqui conmigo -La guerrera palmeó el tronco a su lado, y se apartó rápidamente para hacerle sitio.

-E... está bien-Gabrielle se sentó lentamente, sintiendo el calor corporal de la guerrera y deseando que ella misma pudiera calentarse tan rápido.

-Es más fácil compartir el vino si estamos del mismo lado -comentó Xena amigablemente.

-Oh. Por supuesto - Gabrielle rio nerviosa, después apartó sus pensamientos y sensaciones y se concentró en el estofado y el vino, que se deslizaba fácilmente por su garganta cada vez que le tocaba la botella. La conversación fue escasa entre ellas mientras comían, porque Xena disfrutaba obviamente del venado, masticando y tragando con gran satisfacción hasta que se comió la última miga, repitiendo dos veces.

-Estaba delicioso -Finalmente dejó su cuenco y tomó la botella. Igual que me lo hacía mi madre-comentó en voz baja.

-¿En serio? -Era raro que la guerrera hablase del hogar, la familia o incluso de su pasado, solo proporcionaba información cuando era necesario. - Me alegro de que te guste. Yo... yo también tengo algo para ti, Xena-Se levantó y fue hacia sus alforjas, sacando una pequeña caja que dejó en silencio en el regazo de la guerrera.

-Gabrielle... -Xena desenvolvió el lazo que rodeaba la caja y alzó la tapa, revelando una nueva daga, con un mango forrado de cuero y un pomo con joyas, muy parecido al de la espada -Oh, Gabrielle, es preciosa... -La guerrera alzó la vista, incrédula- Cómo sabías...?

-Te escuché murmurar sobre la que tienes unas cuantas veces -sonrió tímida la muchacha- No estaba segura de cuál comprarte. Esta era de las amazonas. Conseguí que Ephiny y Eponin me ayudaran a escogerla. Me aseguraron que es buena. Espero...

-Es perfecta - Xena se levantó y abrazo a la chica-Gracias. -La muchacha la abrazo con fuerza durante un momento, disfrutando del calor y de la amistad entre ellas. Finalmente, después de todo el tiempo durante el que habían viajado juntas, podía sentirlo: Xena podría, quizás, estar abriéndose a ella, solo un poquito.

-Me alegro de que te guste. Oh... -Un copo de nieve cayó entre ellas, seguido de otro y otro más, mientras el Solsticio se hacía notar.

Pronto los perezosos copos blancos cayeron regularmente a su alrededor, acumulándose en las ramas desnudas de los árboles y sumándose a la tranquilidad de la noche. Se separaron de su abrazo para preparar el campamento para la noche, cuando Xena encontró un lugar cerca de un arbol y cerca del fuego para estirar sus pieles de dormir. Pronto el campamento estuvo listo y la guerrera se sentó, estirando sus piernas en las cálidas pieles y cubriéndose con una de ellas mientras se recostaba contra el árbol y miraba la nieve caer. Miró al otro lado del fuego, donde su compañera estiraba su petate, e incluso con la túnica nueva y el manto, era obvio que la muchacha tenía frío de nuevo.

- Gabrielle -La chica se giró rápidamente, mirando a través de las llamas—. ¿Vienes conmigo?

-Em... -La chica se rascó el cuello de nuevo y tomó sus pieles -De acuerdo.

-Hará más calor-Xena se movió rápidamente, haciéndole sitio a la chica, que se sentó vacilante a su lado y se cubrió con sus propias pieles -No pasa nada, Gabrielle. No te mordere, te lo prometo -Atrajo más a la muchacha hacia ella y echo su grueso manto por encima de ambas, esperando hasta que la respiración de la chica se regularizó y su cuerpo se relajó a su lado. -¿Estás bien- ronroneó una voz cerca de su oreja, y la muchacha asintió en silencio- Bien.

-Yo... podría contarte algunas historias -dijo suavemente, esperanzada Gabrielle -de Solsticio, si quieres.

--Me gustaría -Xena se recostó cerrando los ojos y escuchando mientras la muchacha se lanzaba a contar una serie de historias, algunas divertidas, algunas con mensaje. Se perdió en la animada voz, permitiéndose disfrutar del Solsticio por primera vez en años.

Gradualmente, la voz de la chica se fue haciendo más leve y sus ojos parpadearon, soñolientos. Xena sintió su cabeza aterrizar lentamente sobre su hombro, y sintió ralentizarse su respiración.

-Feliz Solsticio, Gabrielle-Acarició la cabeza rubia, y dejó un rápido beso sobre la frente de la muchacha. Me ha besado, se dio cuenta la chiquilla, aturdida por el sueño.

-feliz Solsticio. Xena -Envolvió con un brazo el torso de la guerrera, acurrucándose con ella y disfrutando del calor-Gracias.

--Por qué? -La guerrera apoyó la mejilla sobre la cabeza de la muchacha.

-Por hacer el Solsticio especial - Gabrielle cerró los ojos cuando la guerrera empezó a cantar suavemente de nuevo, recordando algunas melodias del Solsticio de su infancia.

Gabrielle se dejó ir en un placentero sueño, cálido a pesar de la nieve. Era raro, como no se sentía sola en absoluto a pesar de estar a kilómetros de su familia. Xena sintió el cambio cuando su compañera se quedo dormida, con la cabeza todavía apoyada sobre el hombro de la guerrera. Sonrió, echando el manto y las pieles más alrededor de las dos, contenta de quedarse allí sentada toda la noche si fuese necesario. El fuego crujía y las ascuas volaban hasta desaparecer en los copos de nieve. La tranquilidad de la noche se situó sobre ellas hasta que juraba poder oir caer los copos sobre la manta de nieve que se estaba construyendo más allá del refugio de árboles. Bajó la vista, a su dormida compañera, sonriendo como reflejo ante la pacifica expresión del rostro de Gabrielle. “No estás sola”. Las palabras de la chica resonaban en su cabeza, durante su angustiada visita a la tumba de su hermano en Anfípolis. —No -Reflexionó con maravilla Creo que ya no.

Fin