22 - Mila Martinez

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Summary

¿Existe el destino? ¿Las casualidades son tales? ¿Hasta qué punto somos libres? El 22 de agosto de 2022 va a ocurrir algo anómalo en Valencia; algo de lo que, a lo largo de la Historia, no se tienen antecedentes. Solo ocho personas lo saben; ocho personas que, a su modo, se revelan especiales. ¿Qué tendrán en común una doctora, una joven desempleada, un recepcionista de hotel, un físico, una ingeniera, una fotógrafa, un bombero y una periodista? Aparentemente, nada. No obstante, acabarán arrastrados a una meta común, un destino del que no van a poder escapar. Esta novela te sumergirá en una intriga no exenta de terror, angustia, pasión y complicidad. Te hará amar la diferencia y creer en lo que no puedes ver. ¿Existe el destino? Responde tras leer 22. Puede que tu percepción se transforme.

Genre
Romance
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
28
Rating
n/a
Age Rating
16+

Roberto


Hacía días que no paraba de caer una lluvia persistente y densa; la clase de tiempo que solo podía disfrutarse tras el vidrio de una ventana, con el arropo de una manta y sin perspectivas de acción inmediata. Nada más alejado del escenario en el que se encontraba Roberto. Acunado por su madre en el asiento de atrás del coche, el niño se sujetaba el abdomen con ambas manos con un rictus de sufrimiento en la cara. Nunca había sentido un dolor de tal intensidad. Diminutas gotas de sudor le brillaban en la frente a pesar de que la temperatura era baja.

—¡Date prisa, por Dios! —gritó la madre.

Los limpiaparabrisas no daban abasto y el padre intentaba ver algo a través de la luna delantera inundada por el agua.

El pequeño procuraba abstraerse observando los regueros de lluvia correr por los cristales. Era como si el vidrio llorara por él. Se centró en la imagen. Le daba la sensación de que, al distraerse con los hilillos de agua, el pinchazo agudo que le perforaba el estómago se mitigaba un poco.

En cuanto el vehículo se detuvo en la puerta de urgencias del hospital, la madre se separó de él para correr hacia el interior pidiendo ayuda. Por la portezuela entreabierta se coló un intenso olor a tierra mojada. Roberto respiró hondo una bocanada del aroma terroso con la esperanza de alejar la mente del dolor, serenarse y hallar algo de alivio. Al cabo de unos segundos, dos celadores acudieron con una silla de ruedas. Sacándolo del coche en volandas, se llevaron al muchacho hacia el interior a toda prisa. La madre corría tras ellos con el rostro tenso por la preocupación.

El pequeño centró su atención en el hombre de bata blanca que fue a su encuentro en el pasillo, un médico de mediana edad y mirada serena. Él le observó un instante e indicó que le siguieran. Roberto cerró los ojos y se concentró en su dolor, con el fin de conseguir un poco de control. Llegados a la consulta, el facultativo se inclinó hacia el niño.

—¿Dónde te duele?

Él se señaló el estómago con la cara contraída. Sin mucho ánimo, permitió la exploración conteniendo el aliento. Al acabar, el médico lo miró atentamente y le preguntó su nombre.

—Roberto Marinas —respondió con un hilo de voz.

—¿Cuántos años tienes, Roberto?

—Diez.

—Ahora mismo te duele menos, ¿verdad?

—Un poco menos —reconoció el muchacho.

—¿Qué tiene, doctor? —preguntó la madre, sin poder esperar más. La ansiedad se reflejaba en su voz.

—No lo sé todavía, pero no parece grave. Él mismo reconoce que el dolor va cediendo. Es un cólico o en un ataque de apendicitis no desaparece el dolor sin ayuda de medicación. De todas formas, voy a pedirle unas pruebas.

Al cabo de unas horas, Roberto había recuperado la normalidad por completo. Para desconcierto de los sanitarios, los resultados descartaron cualquier causa física que pudiera haber originado semejante padecimiento. No lograron hallar ninguna disfunción en su organismo, salvo ese raro síntoma de origen desconocido. «Debe de tratarse de algo psicosomático», dijeron a la madre. «Posiblemente, producto de la ansiedad o los nervios».

Los padres de Roberto habían sido testigos de esta clase de episodios desde que nació, aunque nunca se revelaron tan intensos como ese día. De vez en cuando, el bebé se ponía a llorar sin causa aparente, pero todos los esfuerzos resultaban vanos para averiguar el origen del llanto. El pediatra les aseguró que en los recién nacidos eran bastante común sufrir cólicos. Cuando Roberto creció y pudo hacerse entender, identificaron de inmediato de dónde procedía el dolor. El niño se agarraba siempre el estómago con ambas manos.

No obstante, ningún médico fue capaz de determinar la causa. Para sorpresa de todos, el episodio siempre finalizaba al cabo de un rato. El dolor, igual que llegaba, se iba.

Cuarenta años después, Roberto Marinas saboreaba tranquilamente un café junto a sus compañeros de trabajo. El día prometía ser ocioso, ideal para charlas relajadas y tranquilos paseos por la memoria. Sin embargo, se trataba de una promesa engañosa. De golpe, Roberto soltó la taza y se agarró el estómago con las dos manos, contrayendo la cara.

—¡No jodas! —soltó el más veterano, suboficial jefe del parque de bomberos en el que trabajaba.

—¡Poneos el equipo, algo pasa! —exclamó sin aliento, todavía encorvado a causa del dolor.

Desde hacía casi tres décadas, Roberto pertenecía a la plantilla del parque central de bomberos de Valencia. Era oficial de operaciones. Los que habían compartido años de servicio con él ya no cuestionaban su rara capacidad para predecir toda clase de cataclismos. Su organismo disponía de un mecanismo infalible. En cuanto captaba la proximidad de una catástrofe, le sobrevenía un agudo dolor de estómago.

Cuando Roberto, con diez años, sintió el terrible dolor que lanzó a sus padres hacia el hospital a toda prisa, eran las 19:14 horas del día veinte de octubre de 1982. Valencia estaba sufriendo en aquel momento la peor gota fría de su historia. A las 19:15, un minuto más tarde, la presa del pantano de Tous se vino abajo, vertiendo sus aguas sobre las poblaciones circundantes. En los pueblos más próximos, como Sumacàrcer, Gavarda y Beneixida, la inundación alcanzó los ocho metros de altura. En Carcaixent y Alzira se superaron los cuatro metros. Durante años se siguió hablando de la rotura de la presa y sus fatales consecuencias. Varias personas murieron por su causa y hubo miles de damnificados, así como daños materiales incontables. Aquello fue tan devastador, que el rescate solo pudo hacerse por medio de helicópteros y lanchas. De hecho, al cabo de dos días tras el desmoronamiento del pantano, miles de personas todavía continuaban aisladas en las montañas cercanas, a la espera de ser evacuadas.

Por descontado, nadie relacionó el extraño dolor de un niño de diez años con el espantoso incidente. Solo Roberto, tras muchos años de padecimientos inverosímiles, pudo identificar aquello como una alarma generada por su cuerpo; un maldito e incomprensible aviso que le acompañaría durante toda su vida.

Desde que decidió hacerse bombero, supo que la condena que de cuando en cuando convertía sus días en un suplicio facilitaría de alguna manera su trabajo. Al menos sus sufrimientos servirían para algo útil. Lo único que no alcanzaba a identificar era la causa concreta que originaba su dolencia, pero lo que tenía claro era que, cuando sentía aquella perforación punzante en el estómago, algo terrible estaba a punto de suceder.

Roberto regresó a casa después de varias horas de fatigoso trabajo; horas durante las cuales su equipo tuvo que sudar para buscar entre los escombros del derrumbe de un edificio en mal estado. Era preciso descartar la existencia de víctimas, lo que, afortunadamente, hicieron. Según los datos del Instituto Geográfico Nacional, un pequeño seísmo producido en la zona podría haber sido el origen del hundimiento.

Por la noche, mientras Roberto y su mujer se relajaban en la cama con sus respectivas tablets, él tenía la mente distraída intentando decidir cómo ocupar ese año sus vacaciones. Quizás podrían cooperar de nuevo con Bomberos Sin Fronteras y acudir a algún país damnificado, como ocurrió en 2017 cuando se desencadenaron los incendios forestales de Chile. Montse era enfermera y también cooperante, así que aquel año viajaron los dos allí y vivieron una de las experiencias más intensas de sus vidas.

Sus dos hijas eran ya mayores y estaban emancipadas. Admiraban la iniciativa solidaria de sus padres, pero ambas preferían disfrutar de un viaje algo diferente con sus respectivas parejas.

Roberto se hallaba enredado en esos pensamientos cuando su mujer le interrumpió.

—¿Has visto esto? —dijo, mostrándole la pantalla de su dispositivo electrónico.

—«Investigación científica del fenómeno telepático» —leyó él en voz alta—. Será una de esas chorradas de videntes.

—Por lo que he leído, me da la sensación de que es algo más serio. Creo que deberías echarle un vistazo —insistió Montse.

Él la miró con extrañeza, pero le hizo caso y comenzó a leer lo que le había sugerido.

Montse era muy racional y si le recomendaba que se fijara en aquel evento anunciado en las redes sociales habría un motivo de peso. Se aproximó con curiosidad. A medida que recorría la información, una expresión de interés se iba dibujando en su cara. Si participaba en aquello, tal vez tuviese ocasión de averiguar algo sobre su extraño don y, de paso, aportar su granito de arena a lo que parecía un estudio atrayente. Lo malo era que tendría que sacrificar el mes de agosto.

—Muy interesante, pero esto no es exactamente lo mío y además afectaría a nuestras vacaciones —dijo, volviendo a prestar atención a su propia pantalla.

—Ya sé que ese estudio no se refiere específicamente a lo que te pasa, pero puede que tenga relación. Además, se limitaría a las tardes, de lunes a viernes, durante el mes de agosto. Eso nos dejaría libres las mañanas y los fines de semana. Y dicen que será remunerado. Un dinero extra no nos vendría mal.

—¿Estás segura? —inquirió, mirándola a los ojos—. De todas formas, probablemente habrá mucha gente dispuesta a participar. Dudo que me elijan a mí. Te repito que lo mío no es telepatía.

—Según mi opinión, tú tienes telepatía con la naturaleza, que es mucho más increíble. Creo que deberías intentarlo. No perdemos nada y te vendrá bien hablar de esto con alguien que pueda darle una explicación científica a lo que te pasa.

—Está bien, voy a enviar un mensaje. Si luego no lo veo claro, siempre podré retirarme, ¿no crees?

—Seguro que sí. Hazlo.

No hay peor agonía que llevar con nosotros una historia que no ha sido contada.

Maya Angelou