72 Horas - Lais Arcos

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Summary

72 Horas es una novela de actualidad, nos cuenta una historia ambientada totalmente en nuestros días. Los personajes frecuentan bares de ambiente, viven en peligro constante, hay un secuestro, los ordenadores y los móviles de última generación son utilizados de manera imprescindible, podríamos decir que como en la vida misma. La novela se desarrolla a partir de un asesinato cometido en un céntrico parque de la capital francesa. Marion hacía deporte en el lugar del drama y Laia, que es la principal testigo del homicidio, ha sido acosada por un desconocido, posiblemente porque trabaja en el Ministerio de Asuntos Exteriores francés. Sospechan una de la otra, y ponen sus vidas en peligro, hasta que Manu, policía español al servicio de su embajada en París, interviene para aclarar la situación. A partir de ese momento todo empieza a complicarse. Entra en escena Kamel, integrista islámico, que prepara un doble atentado... Las pesquisas de las dos protagonistas nos pasean por las calles de París, Lyon y Barcelona

Genre
Action
Author
WNLesb
Status
Complete
Chapters
64
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO I


22 de marzo — Miércoles — Laia

Un acto reflejo la impulsó a encoger sus largas piernas para que un grupo de gente que pasaba haciendo deporte no tropezara con ellas. Si no llega a darse prisa, la chica medio pelirroja que encabezaba el grupo se le hubiera llevado por delante una de sus botas.

Se metió un mechón de pelo detrás de la oreja, como hacía tan a menudo.

El día era luminoso y daba aún más brillo a su melena corta y castaña. Sus ojos, de un color teja ardiente, estaban ensombrecidos por pequeñas venas ensangrentadas que los atravesaban en todas las direcciones y seguían cubiertos, como desde hacía varios días, por unas oscuras gafas de sol que le habían regalado para sus 29 años —pensó en la marca, demasiado caras para mí, se dijo. El simple hecho de saber su precio la incitaba inconscientemente a perderlas, romperlas o algo por el estilo. Iba a intentar prestarles un poco más de atención que de costumbre, porque sabía que venía de aquéllos a los que se sentía tan unida, Manu entre otros.

Estaba segura de que el chico que acababa de sentarse a su lado tenía la intención de entablar conversación, puesto que había aprovechado el instante en que ella tenía la cabeza en la luna para acercarse. Incluso dándole la espalda se sentía observada. Ése era uno de sus dones: cada vez que la miraban por detrás sentía un escalofrío que le recorría la nuca. Esa sensación siempre le había parecido inquietante y es que no podía aceptar las cosas así por las buenas, sin explicación. Se apartó un poco, el chico se le pegaba cada vez más o, al menos, ella lo sentía de esa manera.

Una abeja, o uno de esos numerosos insectos que se agitan entre las flores al llegar la primavera, acababa de pasarle no muy lejos de la oreja y estaba prácticamente segura de que había acertado de lleno en la frente del tipo de al lado. Había oído un fuerte zumbido y justo después un pequeño gemido. A pesar de todo, la cosa no era como para exagerar, el tipo era un maleducado y no sabía cómo ligar, pensó.

La estaba sujetando por el brazo y la atraía bruscamente hacia él. Cuando se dio la vuelta para decirle lo que se merecía, se dio cuenta de que el muchacho no se movía, que tanto su cara como la manga derecha de su propia camisa estaban manchadas de sangre. Enseguida se dio cuenta de que el muchacho había recibido un proyectil en la cabeza, cerca de la ceja, pues un gran hoyo negro usurpaba el lugar de lo que debería haber sido la cuenca de un ojo.

Se levantó aturdida, se puso la chaqueta y aceleró el paso hasta casi ponerse a correr; siguió la primera bifurcación a la izquierda del camino de tierra y se adentró un poco en los árboles siguiendo el circuito de la marcha a pie. Siguió adelante sin parar, sofocada, el aire no le llegaba bien a los pulmones, no sabía bien qué hacer, lo mejor sería salir lo antes posible del parque. Divisaba el lago al final del camino, lo que quería decir que, si caminaba por su orilla sin perder velocidad, encontraría una de las salidas secundarias en unos cinco o siete minutos. Lo importante era irse de allí y rápido.

Tocó casi instintivamente el bolsillo trasero de sus téjanos para asegurarse de que el móvil seguía en su sitio. Verificó que no hubiera habido ningún mensaje o llamada durante ese lapsus en que había estado sentada en el parque, mientras ocurrió “eso”, no sabía aún qué nombre darle. Igual que el día anterior, un mensaje de texto con un simple “veo, veo”, el número del teléfono que lo había emitido seguía siendo anónimo. Del mismo género que el de hacía unas horas: “¿Adónde va el ratón? El gato no te olvida”. Era inquietante, alguien la observaba y por mucho que miraba a su alrededor no conseguía saber quién demonios la estaba acosando de esa manera.

Siguió acelerando el paso mientras ya empezaba a distinguir la salida entre las ramas de los árboles. La mochila se volvía cada vez más pesada, llevar el ordenador a todas partes era práctico, aunque podrían hacerlos un poco más ligeros, pensó, ya le había echado el ojo a uno de esos de bolsillo y no iba a tardar en hacerse con él.

Cada vez estaba más claro: todo había empezado después de ese maldito email.

No sabía si “eso” tenía algo que ver con ella, pero la verdad es que empezaba a sentir una especie de paranoia que la invadía poco a poco y, en su fuero interno y con la lucidez de la que disponía en esos momentos, había un eco en el fondo que le decía: “Sí, claro que tiene que ver contigo, si no te hubieras metido en lo que no tenías que meterte y si no hubieras jugado a ser más lista que los demás...”

Pero a lo hecho pecho, como dicen.

Llegando a la salida del parque se empezaron a oír sirenas de policía o ambulancias, nunca supo diferenciarlas, aunque eso ahora no importaba mucho; probablemente había un muerto en el recinto y alguien tenía que hacer algo. Los remordimientos emanaban a borbotones, quizás el chico no estaba muerto y, ¿por qué había salido corriendo?, ella no había hecho nada malo, sólo estaba sentada allí, en ese preciso momento. Además había sido él quien se había acercado. Quizá no estaba muerto, sólo tuerto, pero no, el hecho de que no se moviera le parecía demasiado sospechoso. ¿Se puede sospechar la vida o la muerte? Tenía que dejar rápidamente de pensar idioteces o su turno sería el siguiente. Entró de lleno en estado de alerta, lo había leído en un libro sobre la inteligencia de las emociones; como siempre, no se acordaba del autor: el estado de alerta te ayuda a salir de las situaciones peligrosas.

Lo mejor era ir a casa, ducharse y llamar al trabajo contando un rollo y diciendo que no podía ir por la tarde, pero si alguien la observaba, como bien indicaba el teléfono—y para sacar deducciones de ese tipo no hay que ser de una inteligencia prodigiosa, se dijo— a estas alturas ya sabrían dónde vivía.

Las últimas horas lo había hecho con discreción, pero ahora estaba demasiado nerviosa para coger atajos y preguntarse cómo llegar a su casa. No, lo mejor era ir a la oficina, tenía en su despacho la ropa que utilizaba cuando iba a correr al parque. Metería su camisa en la bolsa de deporte y se pondría una de las camisetas limpias; como siempre se vestía de manera informal, nadie iba a darse cuenta. Ella no era como la mayoría de sus colegas, que miraban a la gente desde arriba para ver si iban o no vestidos con cosas digamos “chic”.

Los vigilantes vieron a través de las cámaras la silueta de Laia y le dieron acceso a la sede.

Las medidas de seguridad habían empezado a acentuarse desde hacía unos meses. La ciudad iba a acoger a los representantes de los países más poderosos del mundo. El G7-P8 inquietaba a las autoridades y empezaba a irritar a los ciudadanos, que encontraban calles cortadas, desvíos de circulación y entradas y salidas forzadas en algunos lugares públicos. Se encontraban en el ojo del huracán, en el llamado Vigipirate1, el plan de alerta del estado. Laia imaginaba que la situación para llevar al muchacho al hospital iba a presentarse un poco complicada con tanto atasco y, aunque no era creyente sino más bien agnóstica, intentaba buscar la oración apropiada para que el chico se salvara —es lo mínimo que puedo hacer por él, pensó; yo no creo, pero si él es religioso tal vez le sirva de algo.

Había discutido el tema del G7-P8 con sus amigos en varias ocasiones y la verdad es que no llegaba a comprender por qué los rusos tenían que estar invitados a esas cosas cuando el puesto correspondía más a otros estados que a ese pobre país por el que sus dirigentes habían sido incapaces de hacer lo más mínimo, haciendo sufrir a su población una situación de decadencia enorme, dejándola morir de frío en invierno. Lo peor era esa cabezonería de su presidente que no quería dejar el puesto a alguien mejor por simple egocentrismo, pero bueno, en realidad la política no era lo que más le interesaba; todos los políticos eran iguales, a su parecer.

A las doce del mediodía no esperaba encontrarse a mucha gente en la sede, los del primer turno habrían acabado y estarían en la planta baja comiendo, los del segundo no tardarían mucho en llegar y su compañera estaba de baja con el rollo de siempre (que sus niños están malos), así que a ciencia cierta sólo se podía topar con el personal de seguridad y con los de mantenimiento.

En lugar de coger el ascensor transparente que daba al patio, sacó su tarjeta de identificación, la pasó por la máquina que registraba los movimientos del personal y subió a pie al primer piso, donde se encontraba su despacho. Sacó temblorosa las llaves y abrió su armario, se hizo con la bolsa de deporte y se precipitó a los servicios. Una veintena de pasos la separaban de ellos. Por suerte no había nadie; encendió la luz, se miró un instante en el espejo por encima del lavamanos, se encerró en uno y se cambió rápido.

No sabía qué hacer con la camisa impregnada de sangre fresca. El desayuno le subió a la garganta como la lava al cráter de un volcán en erupción y vomitó intentando hacer el mínimo ruido posible. Salió a hurtadillas de la cabina, se enjuagó la boca y con su pie izquierdo bloqueó la puerta de entrada mientras pasaba la manga de la camisa bajo el chorro de agua fría (pensó en su madre: si me viera... seguro que estaría orgullosa de mí: “La sangre se va mejor con el agua fría”. Total, cosas de mujeres, nosotras nos manchamos de sangre más a menudo que los hombres, la única ventaja de ese lastre mensual es saber que la sangre se va mejor bajo un chorro de agua fría. Eso sí que es jugar con ventaja, pensó cínicamente).

Dudó un momento, se decidió, cogió la dichosa camisa y la pasó bajo el secamanos automático que se encontraba al lado de la puerta durante más o menos un minuto, el tiempo justo para conseguir que estuviera húmeda en lugar de empapada. Se volvió, algo más tranquila, hacia la cabina, cerró la puerta y observó detalladamente el resultado: no es que estuviera blanca del todo, un tono ocre persistía, pero a primera vista no era sangre. La metió en una vieja bolsa de plástico y la empujó al fondo, al lado de la toalla multicolor donde se leía “Tennis” marcado con letras enormes que la atravesaban en su parte más larga. Cerró la bolsa azul marino de deporte, salió, se lavó la cara con agua abundante y se preguntó cuál sería su aspecto con los tejanos, las botas y ese polo gris con capucha de estilo, de estilo tenis, justamente, que utilizaba para correr. Salió del baño y se dirigió a su despacho.

—¡Laia! Qué sorpresa, creía que estarías comiendo con el resto, con tus compañeros... —titubeó un poco—. ¿Has ido a correr?

—¡Ah!, hola, Kamel, pues sí, como esta semana he tenido que hacer horarios especiales y estoy un poco harta de tanto ordenador, he pensado que lo mejor sería soltar un poco de adrenalina en el parque y ¿tú? ¿No hacías el turno de tarde? —A Laia no le gustaba hablar de ella y el momento no era el más apropiado para confesiones. ¡Mierda! Seguro que se había mojado parte del pelo.

—Yo, igual, cuando vosotros hacéis horas fuera de lo normal nosotros también y, pues, lo de siempre, pasando la aspiradora para que luego os lo encontréis todo impecable... Si un día coincidimos podríamos ir a darle una vuelta al parque juntos, yo voy muchas veces antes o después del trabajo. Acabo de volver de dar una.

—De acuerdo. Dime, ¿has visto a Cristina? ¿Sabes? Mi compañera, ¿hace mucho que se fue a comer? Es que no veo su hoja de servicio —echando un ojo a su mesa y metiéndose un mechón de pelo húmedo detrás de la oreja— y tiene que marcar en ella los detalles del punto en que ha dejado el trabajo en curso...

—¿Christine, quieres decir? Creía que era francesa. Sí, creo que nos hemos cruzado cuando bajaba a comer, pero no me ha dicho nada, ya sabes, aquí a la gente no le gusta mezclarse mucho, no todo el mundo es como tú.

—De hecho ella es francesa, tres de sus abuelos eran españoles, pero tienes razón, es más francesa que española... —añadió Laia pensativa.

Demasiado. Cuando decía “no todo el mundo es como tú” estaba aprovechando para hacer reflexiones racistas. Kamel Mebarki era de origen argelino como miles de personas en Francia y probablemente pensaba que todo el mundo lo menospreciaba.

—Debes echar mucho de menos a tu familia, ¿no? Yo sí; dime, ¿llevas mucho tiempo aquí? —En realidad, no lo conocía mucho.

—Unos seis meses. Entré por una agencia de trabajo a la que me había inscrito y poco después me llamaron para venir aquí y los fines de semana trabajo como conductor de autocar, de esos que llevan a los aficionados de fútbol a ver los partidos del equipo parisino que se juegan fuera de casa, si te refieres al trabajo, pero en Francia llevo desde siempre, yo soy francés y argelino, tengo la doble nacionalidad, por la historia de las colonias y todo eso.

Laia se sentó al otro lado de la mesa mientras ojeaba el despacho y observada discretamente las facciones de Kamel, que era evidente que acababa de mentirle, pues Cristina debía estar en casa con sus niños enfermos.

El chico era un poco más mayor que ella, sobre los treinta y tantos, treinta y tres o treinta y cuatro a lo mejor. Era alto y delgado, pero de una corpulencia más bien nerviosa; aun siendo tan fino parecía musculoso; pelo negro, rizado y corto; tez mate con la nariz un poco aguileña; unos espléndidos ojos negros rasgados con esa mirada sanguínea que caracteriza a los magrebíes. Minúsculas gotas de sudor cubrían su frente.

Kamel estaba sentado en la silla giratoria delante de la estación continuamente conectada a Internet. Había terminales como ésa en todos los pisos; las conexiones eran casi instantáneas porque la sede está equipada con su propio servidor, con cables de fibra óptica, lo que optimiza las consultas del personal de manera sorprendente.

Mientras que para bajarse una canción en casa uno podía pasarse casi media hora, en la sede bastaban dos o tres minutos, dependiendo del peso de la canción. En el despacho había muchas otras cosas: el ordenador de Laia, el de Cristina, una impresora, varios armarios personales y ventanas que daban al exterior o un magnífico patio interior lleno de plantas. Pero había algo que faltaba, se dijo Laia, y era una aspiradora. La que Kamel debería estar pasando.

—Bueno, Laia, te dejo, que si no un día me van a pegar una súper bronca —dijo mientras se levantaba.

—Vale, pues hasta la próxima, que trabajes bien y no te canses demasiado. Lo de pasar la aspiradora cada día me parece una exageración, además no ensuciamos tanto

—A ver qué dices ahora, pensó.

—La verdad es que tienes parte de razón pero no toda. —Kamel miró directamente a los ojos de Laia durante lo que a ésta le pareció una eternidad.

Laia le respondió con una mirada interrogante.

—Por ejemplo, Laia, tu bolsa de deporte, ¿ves? Aunque no te des cuenta está dejando una mancha húmeda en la moqueta, así que luego pasaré para ver si es agua y se ha secado o para limpiarla con un producto especial si fuese otra cosa —sonrió—, pero seguro que es champú o agua de tu toalla mojada, ¿no, Laia? Bueno, te dejo.

—Sonrió y desapareció por el pasillo.

Laia empujó violentamente su bolsa con el pie. Tal y como había pensado hacía unos minutos, la bolsa de plástico en la que había metido la camisa era demasiado vieja.

1. El plan que despliega el estado francés en momentos de alerta, bajo amenazas de atentados o después de los mismos.