What If...?
Liam Blake descubre, una tarde de frío otoñal tras discutir con Aidan, que no figura en la historia de la Cosa Nostra. Su nombre, a diferencia de sus contemporáneos, fue borrado del tiempo. El artículo de internet lleva fotos a blanco y negro de hombres que él no vio envejecer y vuelven palpable un futuro que negó. Por una fracción de segundo el niño del Low East Side se pregunta qué habría sido de él de quedarse en su época.
Luego llega a casa, el chico por el que cambió un ambiguo futuro de grandeza, lo espera con un tazón de palomitas, su puchero de disculpas y un departamento cálido donde suena la canción que Aidan tituló como el himno de su amor.
—Aceptaré mi parte de culpa si aceptas la tuya y la noche de películas no se verá comprometida ¿Qué dices?—pregunta Aidan.
Liam suspira, con una resignación a la que le encuentra un dulce sabor. Cruza hasta llegar al sofá, toma a su novio del mentón, alza su rostro y lo besa como si fuera la primera vez
—Eso es trampa, Blake...Blake...
No lo deja continuar, un beso más y otro y otro hasta que lo único que puede hacer Aidan es pronunciar su nombre entre plegarias de placer. No es nadie para la historia, pero su nombre significa todo para este chico que se aferra a sus brazos desde que cayó del cielo. Y ese es el mayor sueño que alguna vez pudo haber tenido.
Puede que esa sea la vida del Liam Blake que saltó desde un noveno piso. Pero no es la realidad del Liam de 1946.
El Liam de 1946 mira por la ventana del casino que se ha vuelto el proyecto de su vida, mientras espera que Mayer cierre la boca. Están en la habitación privada de Liam, sentados uno frente al otro.
Por la ventana no se ve más que un páramo de tierra seca y agrieta que el viento eleva en humaradas de polvo.
—Los jefes no están contentos —dice su amigo
—Nunca lo están —comenta en un bufido sin apartar la vista de la ventana.
Solo escucha el profundo suspiro de Jireh Mayer.
—Van a tomar medidas, Blake. Si estoy aquí es por la amistad que tenemos, para alertarte.
—El Silber dará ganancias —insiste Liam por tercera vez esa noche—. Dile a Sender que me dé hasta la inauguración para ver los resultados. No puede juzgarlo antes de eso.
Mayer se quita las gafas, hay una marca profunda en el puente de su nariz, ya permanente por los años. Se inclina y deja las gafas en la mesa ratona de patas gruesas de madera de caoba, la barrera que los separa.
La habitación ha sido revestida paredes metálicas, Liam ha ganado muchos enemigos con los años y los atentados contra su vida han sido recurrentes que su paranoia ha incrementado. La mala iluminación depende de dos lámparas de pedestal colocadas a ambos lados de la cama. Los relámpagos de la tormenta iluminan la habitación con destellos rápidos por las ranuras de las ventanas.
—Hace dos años que pediste la primera inversión, desde entonces tu deuda se ha incrementado sin que nadie haya visto ni un céntimo. Esto ya ni siquiera está en manos de Sender, pasó a ser problema de toda la directiva.
Liam patea la mesa, Mayer no se inmuta cuando esta le pega en las rodillas.
—¡Directiva! Nombre glamuroso para lo que son. Que no mientan, no es por el dinero —Escupe el sabor de la amarga frustración. Su boca está permeada de un regusto al metal de las monedas que necesita para saldar su deuda—, se enteraron que soy alemán ¿No es así?
Mayer apoya los codos sobre sus rodillas, lo escruta con una mirada cansina y la mandíbula tensa. Liam lo toma como una confirmación, de nada le sirvió cambiar su acento, fingir otra ascendencia para tener contentos a las familias que se codeaban con Sender. La guerra le había vuelto a joder las oportunidades.
—Si estuvieras dando los resultados que Sender esperaba nada de esto estuviera pasando. Pero fuiste imprudente, gastaste tanto en sobornos, metiste dinero que no tenías asegurado en este proyecto que se cae a pedazos... se suponía que tenías que vender droga no convertirte en un soñador sin fundamentos.
Liam saca el arma de la funda que siempre lleva consigo atada al cinturón. Jugar con ella lo calma.
—He asesinado a decenas por sus órdenes. También las tuyas. He aplanado su maldito camino para que fuera el capo de capos y ese camino está lleno de cadáveres ¿Y ahora quiere darme la espalda por unos dólares?
Meyer se pone en pie, le da la vuelta al sillón hasta ponerse detrás del respaldo, sus manos agarrando la cabecera con una ira reprimida que es muy difícil ver en el Contador de la Mafia. El hombre con la cabeza más fría en la Cosa Nostra.
—¡Fuiste a la cárcel por tu puta imprudencia! Desde Wright te volviste errático, violento sin razón ¡Tú solo te metiste la cárcel! ¡Tú solo te ganaste la reputación de “gusano”!
Liam se levanta de un movimiento, da un manotazo al jarrón de la mesa, este se rompe contra el suelo en un estruendo que no alcanza a opacar el bramido de Liam Blake:
—¿Qué mierda tiene que ver ese chico con esto? ¡Eso fue hace diecisiete años! Supéralo, Mayer.
La fuerza de la ira del sicario resuena en la habitación como el chasquido de un látigo, sus dientes rechinando de frustración y resentimiento.
—Tú eres quien no lo supera —exclama su amigo, rojo—. No importa cuánto lo niegues, no eres el mismo desde entonces.
Liam se ríe, le quita el seguro a la pistola. El arma está fría al tacto, pero los dedos hábiles del hombre se deslizan sobre ella con facilidad. Siente una sensación de poder y control al sostenerla en su mano.
Sacude la cabeza y sofoca el arrebato violento. Se siente derrotado.
—No te importó mi cambio cuando estuve en Los Ángeles, al contrario, alentaste mi violencia porque les reporté las mejores ganancias durante esos años.
Liam no solo fue quien convenció a Sender de unirse al negocio de la droga, fue también quien solucionó el problema de las rutas de distribución que habían sido cerradas durante la guerra y habían sumido a la Cosa Nostra en una crisis sin precedentes agravada cuando Sender fue encarcelado.
Hizo todo para demostrar su valía, para evitar que lo mataran por ser alemán. Hizo todo para olvidar haber sido el hombre que Aidan amó.
—Cúlpame lo que quieras. Pero acepta que tú solito te estás cavando la tumba. Tienes dos opciones: O vas con Sender y pagas, o escapas de aquí. Llévate a Virginia contigo, empieza de nuevo.
Liam bufa, se deja caer en el sillón que se va hacia atrás por la fuerza y contempla el brillo de su arma que apunta hacia Mayer, este se mantiene estoico con la cabeza bien erguida.
—¿La mujer que me pusieron de tapadera?
Jireh suspira, da vuelta al sillón y se sienta en el reposabrazos, una pierna sobre la otra.
—Cuando la conociste pensé que te haría enderezar el camino, que te curaría de esa... esa desviación... que podrías amarla y seguir.
Un silencio espeso se apodera del cuarto, Liam raspa con el talón de sus caros zapatos el exótico tapizado, un horrible patrón de rombos morados y amarillos que eligió Victoria para las habitaciones de lujo.
—Vete ya, Mayer. Dile a Sender que me consiga más tiempo. Inauguraré este lugar y luego podrán sacarme hasta el último maldito céntimo. ¡Me lo debe, maldita sea! Me lo debes tú también.
Mayer cierra los ojos un momento, regresa hacia la mesa donde toma sus lentes y antes de colocárselos le dirige una mirada de desolación que él se esfuerza por ignorar. Luego su amigo asiente. Será la última vez que Liam Blake hable con él.
Tan solo una semana después, el día de la inauguración llega con su dosis de una torrencial lluvia que jode las previsiones de ganancia. Un 40% menos de lo que Liam necesitaba.
Es su fin. Lo sabe mientras observa las gruesas gotas impactar en el lodo desfigurando las huellas de sus únicos clientes.
Para disimular la mezcla de emociones, se mueve por el lobby principal del Silber con una sonrisa ensayada y ojos cansados. El suelo de mármol brilla bajo la luz de las arañas de cristal que cuelgan magnánimas del techo, proyectando destellos que se reflejan en las paredes adornadas con espejos dorados. Las columnas, revestidas en un elegante mármol rosa, le parecen increíblemente horribles.
Fueron decisión del anterior dueño del proyecto.
Así que no se quejará.
Incluso si este proyecto le arrebata la vida, este ambicioso salón es el que lo sostuvo en pie, lo que le recuperó la ilusión de hacer algo que no fuera lamentarse.
Tardó años en mudarse lejos de New York , durante años se negó a irse lejos del Lower East Side que lo vio crecer y, por supuesto, lejos del departamento donde vivió los escasos mejores meses de su vida sin saberlo.
Liam saluda a las pocas celebridades que aceptaron llegar esa noche de lluvia para darle más prestigio a la inauguración, navega entre las mesas de apuestas, el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintineo de las máquinas tragamonedas y el susurro de las cartas en las mesas de juego. El aroma de las primeras comidas preparadas en el restaurante tientan a los turistas que recién cruzan las puertas de vidrio.
Por fuera la fila de autos apenas se vislumbra gracias a la torre de luz con el letrero del hotel-casino. Los escasos negocios alrededor son casinos de poca monta, con apenas luz al interior. Y es que Las Vegas es un paraje desértico en cuyo suelo la única ventaja es que el juego es legal.
“Algún día habrá un millón de personas aquí” pensó desde que se mudó al lugar para aumentar sus negocios.
Si Aidan estuviera ahí podría preguntarle si su visión de ese páramo convertido en la cuna de las apuestas, el glamour y el desfalco se hará realidad.
Pensar en él nunca le sienta bien, los primeros años desde su separación tortuosa en el Little Paradise, Liam se forzó a alejarlo de su mente. A enterrarlo en montañas de trabajo. Dios, era un chico engorroso que solo causó desajustes en sus planes, se tendría que borrar de su cabeza pronto.
Tenía qué.
No lo hizo.
Estuvieron juntos escaso medio año y Liam llevaba diecisiete fingiendo ante Sender y Mayer que fue algo pasajero, una loca anécdota en la larga lista de experiencias acumuladas.
Con los años dejaron de sacar el tema, había otros asuntos que atender, más grandes, más gloriosos. Lo mundano era para hombres comunes y ellos ya no eran uno de ellos. Sin embargo, la ropa del chico, abandonada al cruzar el portal, sigue doblada entre las pertenencias del Liam actual. Patético para un hombre que ha visto de todo, que gracias a su intervención en el negocio de la droga y su buen aspecto, se codea día a día con altos mandos y celebridades.
Su novia tapadera, la maravillosa Virginia Hill, lo hace la envidia de sus círculos y el Silber, ahora, le ha quitado del renglón de un criminal y lo ha puesto en el de un empresario. Por fin ha conseguido el sueño de su infancia, por fin el trabajo duro manchado de sangre estará siendo recompensado. Todo son oportunidades a partir de ahora
Sin embargo, esta noche, en lugar de sentirse orgulloso, está consumido por una oscura desazón. Su conversación con Mayer le ha hecho darse cuenta que ellos jamás volverán a ser esos mocosos buscándose la vida en el Lower Side y eso le molesta más de lo que quiere admitir.
Sender fue a prisión y ahora reside en Cuba, quien sabe cuándo vuelva a verlo. Zaida y Suri dejaron a Mayer cuando se involucró en los problemas políticos derivados de la guerra.
¿En qué momento esto se convirtió en todo lo que le quedaba?
Cumplir su sueño solo le ha desmostrado cuan vacío tiene el interior.
Liam se detiene en el bar y pide un whisky doble. Bebe lentamente, observando a la multitud. Sabe que esta noche no es solo la gran inauguración del Silber, sino también un juicio sobre su destino. Los líderes de Cosa Nostra han llegado a los límites de su paciencia. La deuda es insostenible y esperar ya no es una opción.
Mientras sus ojos escanean el lobby, pasando de las personas a las que debería estar saludando por ser el anfitrión, se encuentra con una figura que lo hace congelarse. Un destello de cabello plateado entre la multitud lo confunde. Su corazón late a revoluciones, las manos le sudan yparpadea, convencido de que debe estar imaginándolo, Dios sabe que no sería la primera vez. Pero cuando la figura se aparta de la multitud, es como si el mundo se diera la vuelta.
Aidan Wright. El chico al que amaba y perdió hace diecisiete años. Su rostro, marcado por una belleza atemporal cada detalle de él: desde la curva de sus delgados labios que saben a irreverencia hasta el brillo en sus ojos castaños, despierta en él una avalancha de recuerdos y emociones que nunca logró enterrar.
Aidan aún no lo ha visto, escanea frenéticamente entre la multitud que bloquea su vista y Liam sabe que lo busca de él y esa revelación golpea en su pecho llenando ese espacio que segundos atrás estaba vacío. Liam traga grueso y deja caer su vaso con un golpe sordo sobre la barra. Las voces y risas en el lobby se vuelven un murmullo lejano, y antes de darse cuenta está caminando hacia él, a trote, golpeando contra quien se atraviese.
Antes de llegar, Aidan por fin se gira hacia él, la sorpresa en su rostro crea bonitas arrugas alrededor de sus ojos. Liam no puede detenerse, es tan abrupto al encararlo que Aidan trastabilla hacia atrás golpeándose contra una de las tragamoneadas.
—¿Cómo...? —comienza Liam, pero es incapaz de terminar la frase. Todo lo que quiere preguntar, todo lo que quiere decir, se atasca en su garganta—. ¿Cómo sé que no es un sueño?
Aidan abre la boca para hablar, pero ningún sonido sale. Sus ojos se llenan de lágrimas. Con decisión, Liam toma su mano y lo guía hacia el interior del pasillo, hacia los cuartos. Estarían mejor en el piso superior, la oficina blindada que construyó para su uso personal considerando sus antecedentes, pero esta situación lo supera y no sabe si cuenta con el tiempo suficiente como para desperdiciarlo subiendo escaleras.
Liam revisa alrededor y con la llave maestra entra en la primera habitación de la zona del hotel que aún no ha sido inaugurada.
Cierra la puerta detrás de él. No suelta al chico, tocar su mano lo hace corroborar que es real. La tibieza de su piel, el temblor de su cuerpo. La expresión de Aidan es una mezcla de miedo y esperanza mientras lo observa.
—He intentado volver durante años —confiesa finalmente, su voz que sigue igual de melodiosa que aquella noche en que cayó a sus brazos—. He fallado tantas veces... yo… no sabía si… ha sido mucho tiempo…
Liam suspira tembloroso, acariciando suavemente la mejilla de Aidan con el pulgar.
—¿No sabías si qué? —pregunta ante el hipo del chico. No lo culpa, él mismo escucha lo fuerte de su ansía por hacer algo, todo, en un instante. Como si esos diecisiete años no existieran.
—Si tú ya… no… ha pasado una vida, quiero decir, sería normal que…
—¿Que te hubiera olvidado? —Ríe sin humor, es un resuello de absoluta ternura—, Nunca dejé de pensar en ti —confiesa con voz ronca, sosteniendo su rostro con ambas manos—. Ni siquiera un solo día. Ni cuando no quería hacerlo porque me hacía extrañarte con una devoción malditamente dolorosa.
Aidan cierra los ojos, disfrutando del contacto mientras se apoya en esa caricia tan familiar.
—Me asustaba que hubieras dejado de amarme.
Liam niega con la cabeza con vehemencia, lo envuelve entre sus brazos e inhala la fragancia familiar del menudo cuerpo.
—Sheibe!, mausebar… —pronuncia Liam en su acento natal, saboreando las palabras que no ha dicho en años—. ¿Ni la edad te ha quitado ocurrencias tan estúpidas?
Aidan le pega en el pecho.
—A ti la edad te ha hecho más guapo, Blake. A mí más ocurrente.
Liam se separa, busca el rostro del chico y lo fuerza a levantar el mentón y verlo a los ojos.
—Di mi nombre, Aidan.
—Di que me amas y lo haré.
Liam se ríe, de verdad, con una carcajada ansiosa. Toda su piel caliente, el aire en sus pulmones oprimiendo mil palabras de amor.
—El casino debería llamarse Flamingo —excusa, sus manos pican tocando más de la piel expuesta de los brazos de Aidan que resuella aferrándose a su traje—, cuando me dieron el control del lugar lo cambié a Silber por el color de tu pelo. Guardo tu horrible sudadera debajo de mi almohada y Dios que me mate, he contratado charlatanes ocultistas buscando la forma de volver a ti.
Aidan asiente, enterrando la nariz en su pecho. Sus lágrimas mojan su camisa.
—Casi cincuenta años y sigues siendo malo con las confesiones de amor —susurra—Te extrañé tanto, Liam Blake —dice con toda la ternura de sus labios cuando se para en la punta de sus pies y lo besa.
Y es un beso que le devuelve la vida cuando está a punto de perderla. Lo atesora como el momento fugaz que está destinado a ser, como ese tiempo prestado que una vez lo bendijo con su presencia y luego lo maldijo con su ausencia.
—Perdón yo… no tenemos mucho tiempo, esta noche… —las palabras salen ansiosas, de bordes afilados en sentencia cuando el peligris acaba el beso que se aleja como un soplo de su alma—, la historia dice que esta noche van a asesinarte.
Durante un momento Liam se queda en blanco, luego, poco a poco, se da cuenta de que no le cuesta imaginarlo, las noches de insomnio desde el ultimátum han sido bastante premonitorias para saber que ese desenlace se acercaba. No sabía cuándo, pero era una certeza y ahora la guillotina del destino le corta la piel como papel.
—¿Y viniste justamente el día de mi ejecución? Aidan…
—No logré activarla hasta hoy, la piedra… es como, no sé, tal vez me está dando la oportunidad de hacer algo, por favor.
Liam rompe el abrazo, lo toma de los hombros con firmeza.
—O solo quiere reírse de nosotros. No debes estar aquí. No quiero que estés presente cuando... cuando ocurra.
Aidan sacude la cabeza con resolución.
—¿Por qué te lo tomas con tanta calma? —suelta en un exabrupto—. Saben que Vriginia Hill tiene una cuenta en el extranjero y creen que eres cómplice de ella. Te han acusado de traición. Huyamos. Nos queda algo de tiempo…. Podemos irnos e intentar abrir el portal de nuevo, tal vez con los dos… reaccione.
—¿Sabías de Virginia y aun así viniste?
—¿Eso es relevante ahora? —clama Aidan zarandeándolo.
—Me hace sentir muy querido, eres lindo cuando estás celoso —sonríe Liam.
—¡Blake! Tómatelo en serio.
Liam aspira profundo. Teme a la muerte, incluso cuando le ha visto la cara de cerca tantas veces. Antes de Las Vegas, antes del glamour, cada misión en su línea de trabajo era poner un pie en el cementerio y nunca se echó para atrás pese a ello.
Al igual que esa tarde en el Little Paradise con la visita de Vicent, Liam nota el miedo de ver a este chico herido.
—Nos separamos tanto tiempo porque quise mantenerte con vida, Aidan. No tendría sentido todo este… sufrimiento… para que exista la posibilidad de que mueras por mi culpa en el fuego cruzado.
—No, no puedo dejarte solo. Vine aquí para estar contigo, pase lo que pase. Tengo que salvarte.
Liam quiere protestar, pero la determinación en los ojos de Aidan lo detiene en seco. En su lugar, lo abraza con fuerza, desesperado y urgente en su amor que ha resistido el paso del tiempo.
Su conversación se ve interrumpida por un golpe en la puerta.
—Blake, sé que estás ahí. Tengo un mensaje de Sender.
Liam maldice, el tiempo, nuevamente, no es más que su verdugo.
—Quédate debajo de la cama, Aidan. No salgas por nada del mundo. Nada.
Aidan se quiere adelantar, imprudente como si no tuviera ya más de cuarenta años. Liam lo toma del brazo con fuerza, su respiración se ha puesto agitada cuando vuelven a tocar la puerta.
—Dispararán si no abro. Por favor… —implora—, lo único que salvó mi corazón después de tu partida fue la idea de que vivirías bien, en tu tiempo, haciéndote mayor y llegando a una edad en la que yo no me veía a mí mismo. Me debes eso, amor. Me debes envejecer la parte de años que no viviré, me debes tener las experiencias en ese tiempo maravilloso que no conoceré…
—No vine a verte morir —solloza.
—No, viniste a acompañarme hasta el final. No me castigues poniéndote en riesgo.
Liam lo empuja debajo de la cama. Cubre con los largos holanes rosas que tanto odia. Abre la puerta, apenas un poco. El pie de Eddie Cannizzaro bloquea el espacio para que no cierre. El arma con silenciador hace un sonido ahogado cuando dispara en su abdomen, escucha tres tiros.
Cannizzaro lo empuja con fuerza, una sonrisa en su rostro sería lo último que vería luego de que su asesino cerrara la puerta. Pero no es así, acallando los sollozos Aidan se arrastra fuera de su escondite y acuna el rostro de Liam, para quien todo se desvanece en un silencio pacífico.
—No eres justo, Liam —solloza bañándolo en sus lágrimas.
—Tal vez en otra vida, mausebar.
En ese último aliento, sabe que ha encontrado la paz. No tuvieron un futuro juntos, pero lo último que sus ojos ven antes de cerrarse para siempre es el rostro del único hombre al que ha amado y eso es todo lo que siempre había querido.
En otra vida, en otro tiempo.
Si el destino los ha unido, les debe un nuevo milagro.