Introducción
Se encontraba sentada sobre unas húmedas maderas, en completa oscuridad, escuchando los lamentos de varios hombres y unas cuantas mujeres, lamentos que eran cada vez más espaciados, más susurrados, más resignados.
Se acomodó mejor, sintiendo las ratas caminar por sus piernas, pasar debajo de sus rodillas, o subir por su espalda para atravesar la hilera de personas y así llegar hasta la otra punta de aquella bodega, de ese diminuto espacio donde se guardaba casi nada de comida, comida que estaba podrida, que no la comería nadie que estuviese en sus cincos sentidos, pero que ellos, en aquellas nefastas condiciones, la devoraban sin pensar, sin detenerse a analizar las consecuencias, en aquellas que solo se traducía en vómitos constantes, en deshidratación extrema y muerte segura.
Eran humanos, todos los que estaban allí, pero parecía que Dios se había olvidado de aquel detalle, que los había dejado abandonados a la deriva, metidos en aquel diminuto espacio donde buena parte de ellos yacían sin vida, generando un olor nauseabundo que apenas les permitía respirar. Para su fortuna había quedado cerca de las rejillas que daban acceso al lugar, para su desgracia la lluvia le golpeaba la cabeza sin piedad y varias madres, muchas de ellas ya fallecidas hacía días; habían rogado porque dejara que los pequeños se subieran a su regazo, para recibir así, aire más fresco y un poco de luz del Sol, que no aparecería hasta dentro de tres horas, cuando el amanecer despuntara y un nuevo día de agonía los abrazara con sus fatales brazos.
Escuchó un gemido extraño detrás de ella, pero con tan poco espacio apenas pudo girar para contemplar qué sucedía.
«Otro más», afirmó en su mente, ya anestesiada de tanto horror.
Las primeras muertes se habían llorado, la habían obligado a pedir clemencia a aquellos hombres que no hablaban su lengua y la observaban con burla; que la sacaban, cada tanto, solo para violarla por varias horas, devolviendola a aquel pozo adolorida y sangrando. Ahora ya ni lloraba, ya no sabía qué era sentir, ni siquiera el pequeño que dormía entre sus brazos lo hacía.
Es que les habían quitado todo, absolutamente todo, hasta sus almas, por eso los llamarían esclavos, por eso, en cuanto abrieran aquella puerta que los encarcelaba, los pondrían en fila y los marcarían con carimbas como se acostumbraba a hacer con el ganado. Desde aquel trece de Febrero, ella pasaría a llamarse Pascuala, y portaría una marca enorme en su omóplato derecho que la declararía propiedad de alguien más, de un completo desconocido. Desde que bajó de aquel barco, Pascuala juró venganza, juró desatar su ira sobre cada uno de esos que, a punta de látigo, la obligaron a avanzar durante trece kilómetros de camino lodoso hasta el hogar de su dueño, de aquel que la vendería a muy buen precio gracias a su juventud, su piel tersa y brillante y aquella fuerza que le permitía trabajar demasiadas horas sin más paga que algo de comida en mal estado.
Pascuala se vengaría, aunque nunca sospechó quiénes serían sus aliados.








