CapÃtulo 1: El Susurro de la Muerte
La carretera estaba desierta, envuelta en la niebla espesa que cubrÃa la pequeña ciudad de Blackwood cada noche. Alex caminaba con las manos en los bolsillos, el eco de sus pasos resonando en el vacÃo. Aún podÃa sentir el ardor en sus mejillas, el rastro de la discusión que habÃa tenido con su padre hacÃa apenas una hora.
—Siempre lo mismo... —murmuró, pateando una piedra hacia el asfalto—. Como si yo tuviera la culpa de todo.
HabÃa algo reconfortante en el silencio de la noche, aunque esta vez le parecÃa demasiado opresivo. El viento susurraba entre los árboles que bordeaban la carretera, y una sensación incómoda le recorrió la espalda.
Miró por encima del hombro. Nada.
Negó con la cabeza, tratando de calmarse. Tal vez era solo el cansancio o la tensión acumulada. Sin embargo, el aire estaba cargado de algo que no podÃa explicar, como si la oscuridad misma lo estuviera observando.
De repente, el rugido de un motor rompió el silencio. Alex giró la cabeza hacia el horizonte y vio los faros de un auto acercándose a toda velocidad. La luz lo cegó por un instante, y antes de que pudiera reaccionar, el vehÃculo se desvió violentamente, perdiendo el control.
—¡No! —gritó, pero su voz fue devorada por el impacto.
Todo sucedió en un parpadeo: el chirrido de los neumáticos, el golpe seco de su cuerpo contra el capó, y el dolor, un dolor tan intenso que le arrancó el aliento. Cayó al suelo, incapaz de moverse, mientras el mundo comenzaba a desvanecerse en un manto de oscuridad.
Pero entonces, lo sintió.
Una presencia.
Alguien se inclinó sobre él, tan cerca que podÃa sentir el calor de su aliento. Intentó abrir los ojos, pero la vista se le nublaba cada vez más.
—No puedo dejar que mueras... no todavÃa. —La voz era suave, casi un susurro, pero habÃa algo inquietante en ella, como si no perteneciera a este mundo.
Alex quiso preguntar quién era, pero las palabras no salieron. La única respuesta fue el frÃo, un frÃo que se extendió desde su pecho hasta cada rincón de su cuerpo, acompañado de un dolor punzante que lo hizo jadear. Era como si algo estuviera desgarrándolo desde dentro.
Y luego, la oscuridad total.
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Alex despertó de golpe, jadeando y con el corazón desbocado. La habitación estaba iluminada por una luz tenue que no reconocÃa. Intentó incorporarse, pero el cuerpo le pesaba como si estuviera encadenado.
—Tranquilo, aún no estás listo.
La voz lo sobresaltó. Giró la cabeza y vio a una mujer parada junto a la ventana, con la silueta delineada por la luz de la luna. Era alta, de piel pálida y cabello negro como la noche. Sus ojos, un rojo profundo, parecÃan atravesarlo.
—¿Dónde estoy? —logró murmurar, su garganta seca como el desierto.
—En un lugar seguro —respondió ella, dando un paso hacia él—. Aunque eso dependerá de ti.
—¿Qué me pasó? —preguntó, tratando de recordar. Fragmentos del accidente volvieron a su mente: el auto, el impacto, la voz...
La mujer sonrió, pero no era una sonrisa reconfortante.
—Moriste, Alex.
El aire se le atascó en los pulmones.
—No... eso no es posible.
—Y sin embargo, aquà estás —dijo ella, inclinándose hacia él. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad que le heló la sangre—. No te preocupes. No fue tu elección... fue la mÃa.
Alex sintió que el pánico comenzaba a apoderarse de él.
—¿Quién eres?
—Mi nombre es Cassandra. Y a partir de ahora, soy lo más cercano a una familia que tendrás.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, y un hombre de rostro severo entró apresuradamente.
—Cassandra, los rastreadores del Consejo están cerca. Tenemos que irnos.
Ella se giró hacia él, su expresión endureciéndose.
—Prepáralo para el viaje. No podemos quedarnos aquÃ.
—¿Viaje? —preguntó Alex, su voz temblorosa.
Cassandra lo miró de nuevo, pero esta vez con una mezcla de tristeza y determinación.
—Bienvenido a la eternidad, Alex.
El frÃo regresó, esta vez como un recordatorio de que su vida, tal como la conocÃa, habÃa terminado.