Cuentos Calientes 2 [+18] by Ninfadora P. Brown at Inkitt
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Cuentos Calientes 2 [+18]

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Summary

¿Disfrutaste de las cautivadoras historias de la primera edición de Cuentos Calientes? ¿Te gustaría sumergirte en más relatos apasionantes? Sé que no pudiste resistirte a leerlas todas, así que he preparado una nueva colección repleta de protagonistas frescos y situaciones desbordantes de deseo, morbo y escenas ardientes sin censura, perfectas para disfrutar en cualquier momento y lugar. Lo emocionante de esta edición es que algunas de las historias están narradas desde la perspectiva masculina, brindándote una experiencia única. ¡Espero que las disfrutes todas! PD: Este libro contiene escenas de sexo explícito y no es apto para menores de 18 años. Si quieren conocer más sobre ésta y otras historias, ve inmediatamente a mi cuenta de Instagram @ninfadorabrown44 y sígueme para más novedades literarias. Disfruten 🔥

Status
Complete
Chapters
51
Rating
5.0 6 reviews
Age Rating
18+

Pelirroja tentación - 1/4


Hoy era un día de esos en los que me habría gustado estar acompañado. Había amanecido con una erección de caballo que no me dejaba tranquilo y los huevos me pesaban pidiendo un poco de acción.

Pero claro, vivir en este barrio desde hacía tanto tiempo y conocer a todo el mundo limitaba mis posibilidades de cazar algo nuevo. Además, me había vuelto demasiado exigente últimamente. Las mujeres de mi edad ya no me atraían para nada. No es que fuera a despreciar una oportunidad si se presentara, pero lo que yo ansiaba era una joven inocente a quien enseñarle cosas y moldearla a mi antojo.

El morbo de saberlas inexpertas me encantaba. Sin embargo, tenía los pies en la tierra, ninguna jovencita me iba a hacer caso así porque sí. Tenía 48 años, vivía solo y no tenía dinero; al menos no el suficiente como para ser un “sugar daddy”. En fin, me tenía que conformar con mi mano derecha para desahogarme.

Una tarde, el eco de un jaleo en el pasillo me sacó de mi rutina. Me acerqué a la puerta para curiosear qué pasaba. Al asomarme por la mirilla, vi a una pareja rodeada de maletas y cajas, peleándose con la cerradura del piso de enfrente. Al ver que no conseguían abrir, decidí que era el momento perfecto para presentarme.

—Hola, buenas tardes. ¿Les ayudo en algo? Veo que tienen dificultades para abrir...

—Ah, hola. Sí, es que nos está costando bastante hacer girar la llave —me dijo el hombre, frustrado.

—Si me permiten, yo puedo intentarlo. Todas las puertas tienen sus trucos.

Él se apartó y yo manipulé la cerradura con calma. Con un poquito de paciencia, logré que la llave cediera. La puerta se abrió de par en par.

—Ya está.

—Mil gracias. Ya estaba pensando en llamar a un cerrajero.

—Soy Víctor —le dije, extendiendo mi mano con mi mejor sonrisa de buen vecino—. Vivo aquí, justo al frente.

—Encantado, Víctor. Soy José, y ella es Fátima, mi mujer.

—¿Son los nuevos propietarios?

—Sí, hoy nos estamos mudando por fin —respondió el hombre.

—Bienvenidos, entonces. Yo llevo viviendo aquí muchos años y se vive muy bien; el barrio es muy tranquilo.

—Precisamente eso es lo que queremos: tranquilidad. Tenemos dos hijas, una en la universidad y otra en el último año de cole. Pero la menor vivía metiéndose en problemas en el barrio anterior y necesitábamos un cambio urgente. Espero que aquí encontremos esa paz familiar —me contestó Fátima, con un rastro de preocupación en la mirada.

—Seguramente. Por aquí el ambiente es muy sano.

—Eso nos han dicho.

—Ya deben estar por llegar. Así que, si ve a dos chicas pelirrojas por el pasillo, son nuestras hijas —me soltó José, y esa información me encendió la curiosidad al instante.

—Vale. Pues ya saben que estoy aquí al frente para lo que necesiten. Vivo solo, así que no es molestia nada de lo que me pidan.

—Muchas gracias. Eres muy amable, Víctor. Seguramente te tomaremos la palabra.

Ellos entraron a su nueva casa despidiéndose, y yo hice lo mismo. Por lo visto, tendría unos días entretenidos viendo en primera fila la mudanza. No iba a negar que estaba intrigado por ver a las hijas. ¿Pelirrojas? ¿En serio? Parecía que mis súplicas habían sido escuchadas y que ahora tendría material visual de primera sin siquiera salir de mi rellano.




Esa tarde me quedé en casa ordenando un poco y cocinando, cuando de pronto sentí el timbre. Fui a abrir y me encontré con una visión: una chica hermosa, pelirroja, con pecas salpicándole el rostro y unos ojos color miel que me estremecieron hasta la médula.

—Hola, señor Víctor. Soy Fabiola, su nueva vecina.

—Hola, Fabiola. Encantado, mi niña —le respondí, intentando que no se me notara el hambre en la voz.

No podía dejar de mirarla de pies a cabeza; era un caramelito insoportablemente deseable.

—Le molesto porque mis padres me pidieron que lo invitara a cenar hoy. Quieren agradecerle lo de la puerta.

—Vaya... diles a tus padres que con gusto acepto la invitación.

—Vale. Entonces nos vemos en la cena, don Víctor.

—Nos vemos pronto, mi niña.

Esperé a que entrara en su casa para darle un repaso entero. Tenía un cuerpo precioso; era menudita, de baja estatura, pero con sus curvas bien definidas. Tenía un culo de infarto y el cabello le caía en una cascada de fuego hasta la cintura. Me imaginé de inmediato enredando mi puño en esa melena mientras la embestía por detrás. Ufff, qué clase de tentación se acababa de poner en mi camino.




Esa noche, antes de vestirme para la cena, tuve que ceder a la urgencia de masturbarme porque la visión de esa niña me tenía trastornado. Solo de pensar en la posibilidad de follármela, se me había puesto la sangre hirviendo desde el momento en que se despidió de mí.

Cuando estuve listo, ajusté mi camisa, aspiré una bocanada de aire y salí de casa animado por conocer a la familia al completo. Toqué la puerta de enfrente. Al rato se escucharon unos pasos y me abrió otra belleza pelirroja. Debía ser la hermana mayor, que también estaba para perder el juicio.

—Hola, usted debe ser don Víctor, ¿cierto?

—Ese mismo. Buenas noches.

—Pase, soy Fabiana. Un gusto conocerlo —dijo, echándose el pelo hacia atrás y dejándome vía libre.

—El gusto es mío, Fabiana.

—Disculpe el desorden, ya sabe que las mudanzas son así.

—Lo entiendo perfectamente. Si me necesitan para sacar cajas o lo que quieran, estoy totalmente disponible.

—Seguramente lo llamaremos para eso... y quién sabe para cuántas cosas más —me soltó de pronto, en ese tono que no supe cómo interpretar, pero que me dejó con la curiosidad.

Llegaron los padres a nuestro encuentro, interrumpiendo la conversación que estaba teniendo con la hija mayor, y me invitaron al salón. Me explicaron que esperábamos a que estuviera lista la pequeña para ir a un restaurante cercano. En cuanto Fabiola apareció con un vestido que le quedaba como un guante, salimos todos del piso. Iba conversando con el padre de los dos bombones y descubrí que viajaba mucho por su trabajo como ingeniero, y que la madre era médico, por lo que rara vez estaban en casa.

Esa información me supo a gloria; significaba que podía tener a los caramelitos para mí solo. Sí, lo sabía, mi mente perversa estaba pensando en cosas que no debería, pero ante semejante tentación era imposible ser un santo. Esas dos niñas eran el milagro que había pedido en mis súplicas, dos inocentes criaturas que podía manejar a mi antojo para follarlas sin parar. Solo esperaba que ahora que tenía delante esta oportunidad, se cumpliera mi deseo.

La velada estuvo genial; los padres eran excelentes personas y nos despedimos quedando en vernos para ayudarlos en lo que pudiera.

Así fue, a la mañana siguiente me puse con ellos a deshacer cajas y armar muebles para cada habitación.

—¿Una cervecita, don Víctor? —me preguntó Fabiana, apareciendo en el umbral de su habitación y ofreciéndome una lata bien fría.

—Oh sí, muchas gracias. Me has leído el pensamiento.

—Se vale descansar un poco. Tampoco quiero que se me agote el primer día.

—Gracias.

—No, gracias a usted por la ayuda.

Nos sentamos en la cama de su habitación, en donde estaba armando un pequeño mueble con cajones. Al sentarnos sobre el colchón, nuestras rodillas quedaron a escasos centímetros. Yo no podía apartar la mirada de sus piernas desnudas; llevaba un vestido corto que me quemaba los ojos y que daría lo que fuera por quitarle.

—¿Vive solo, don Víctor? —preguntó y me interrumpió la fantasía.

—Sí, mi niña —le respondí con la garganta seca, aunque disimulé con un trago de cerveza—. Me divorcié hace muchos años y, desde entonces, este soltero no tiene quien lo cuide.

—¿Y no tiene hijos?

—No. Ninguno.

—Ya... ¿Y no se aburre estando solo?

—A veces. Pero la mayoría del tiempo busco con qué entretenerme. Soy muy creativo para eso.

—Bueno, ahora ya tiene algo nuevo con qué entretenerse, ¿no? —soltó ella con una mirada que me recorrió entero.

Yo la miré y ella me sonrió, lo que provocó que mi pene saltara de puro instinto. Si ella supiera todo lo que mi mente estaba proyectando en esa cama, saldría corriendo... o se quitaría la ropa ahí mismo.

—Sí, estar aquí ayudándolos me entretiene bastante —le dije, clavando mis ojos en los suyos.

—Me alegra que se divierta.

—Fabiana... y cuéntame más de tí, ¿tienes novio?

—No, don Víctor. No tengo —respondió tajante.

—¿Y eso por qué? ¿En la universidad no hay ningún chico que te guste?

—Ese no es el problema, don Víctor.

—¿Y cuál es?

—Que me gusta ser libre y experimentar. Me aburre tener siempre a la misma persona.

—Eso es tremendamente interesante... y muy bueno saberlo.

—¿Ah sí? —me respondió, humedeciéndose los labios.

—Sí, porque cuando quieras algo diferente, puedes experimentar conmigo —le solté, sosteniendo la lata de cerveza como si fuera un brindis prohibido.

—Don Víctor, qué atrevido —me dijo, fingiendo una timidez que no tenía, aunque sus mejillas se encendieron. Era hermosa—. Pero me temo que no podremos vernos mucho; me voy mañana a la universidad. Solo vine para la mudanza.

—Es una lástima. Pero por suerte todavía falta mucho para que se acabe el día.

—Es cierto —me contestó risueña, acercándose un poco más en el borde del colchón—. Algo se nos puede ocurrir, ¿no?

Vi que estaba cediendo y eso me disparó el pulso. ¿Sería que el caramelito mayor quería guerra antes de marcharse?

—Yo solo te digo que, en cuanto termine aquí, me voy a mi casa a ducharme... y mi puerta siempre estará abierta para quien quiera visitarme.

Le dejé caer ese comentario mientras terminaba la cerveza, clavando mi mirada en la suya. Esperaba que hubiera captado el mensaje. No quería ser demasiado tosco, pero ella no decía nada; solo me observaba con esa sonrisa enigmática que me estaba volviendo loco.

En ese momento apareció su padre para consultarle algo y ella salió de la habitación, dejándome con la intriga de una conversación que se había quedado vibrando en el aire. Solo esperaba que se me hiciera el milagrito y me dejara jugar con ella un rato a solas.

Me espabilé para terminar el mueble pronto; ya tenía un incentivo más que suficiente para acabar rápido y cruzar el rellano. Pero, cuando más concentrado estaba, apareció otro caramelito para hacerme compañía.

—Don Víctor, ¿necesita ayuda?

Si ella supiera que la única ayuda que necesitaba estaba escondida entre sus piernas...

—No, mi niña, esto ya está casi listo.

—Es que hay un mueble más pequeño en mi habitación, una mesita de noche... ¿Me ayudaría a armarlo?

—Claro. En cuanto termine aquí, nos ponemos con el tuyo.

—Gracias, don Víctor. Ni mi hermana ni yo sabemos hacer nada de estas cosas, y papá está ocupado en el salón con los cables instalando el internet. Sin usted, estaríamos perdidas.

—Bueno, aquí estoy yo, feliz de poder ayudarlas. Lo que necesites, me lo pides, ¿sí? Ya sabes que estoy a un paso.

—Sí, don Víctor. Muchas gracias. En cuanto esté todo instalado, tendremos que buscar la forma de agradecérselo como es debido.

Mi pene volvió a dar un salto al escuchar el tono que usó al decir eso.

—No te preocupes, mi niña. Tendremos tiempo de sobra viviendo al lado.

—Es cierto. Además, voy a estar sola en casa muchas veces. Con mis padres trabajando fuera y mi hermana en otra ciudad, no tengo mucho entretenimiento. ¿No le molestará que lo vaya a visitar de vez en cuando, verdad?

—Para nada. Es más, si no me visitas, me llevaré un buen disgusto contigo.

—¿Entonces también me ayudará con mis tareas del cole?

—Con las que quieras... y con las que te falte por aprender.

—Qué bien, don Víctor. Es usted muy amable prestándonos ayuda tan desinteresadamente.

En ese instante, se me escapó un clavo que rodó hasta quedar debajo de la cama. Ella me dijo que no me preocupara y, sin dudarlo, se puso a cuatro patas para meter la mano y alcanzarlo. No pude disimular mi fascinación y solté un suspiro profundo al ver cómo su culito respingón se balanceaba frente a mis ojos. Llevaba unos pantalones tan cortos que la curva de sus nalgas se asomaba descaradamente, saludándome.

La visión era insoportablemente provocativa. Finalmente se incorporó y me entregó el clavo; yo le sonreí, porque apenas me salían las palabras. Lo que me pedía el cuerpo era darle un azote y dejarla en esa misma posición para follármela entera.

Ella salió de la habitación porque su padre la llamaba y yo me quedé allí, con la sangre hirviendo, pensando en ambas criaturas. No podría decir cuál me gustaba más, pero tampoco quería elegir. Las quería a las dos sometidas bajo mi mando.

Ya vería cuál de ellas sería la primera, pero lo que era seguro era que me las iba a follar de mil maneras... empezando hoy mismo, en la vida real o en mi imaginación.


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NB ✨

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1. Pelirroja tentación - 1/4
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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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Dios mío, comenzamos bien 🔥🔥🔥

a year
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Que emoción nuevas historias 🥵😈🔥🔥🔥🔥

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Releyendo😌😏

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