Parte I
«Está nevando afuera y todo está tranquilo y silencioso. En esos momentos es posible creer que el mundo aún podría ser bueno».
Richard Paul Evans
A la pequeña Giusy le era imposible conciliar el sueño. No era a causa del intenso frío que anunciaba la proximidad del invierno, en el Palacio Subterráneo siempre se estaba a una temperatura agradable, gracias a los hechizos especiales de Mandrakus que la mantenían fresca en verano y cálida en invierno. La razón de su insomnio era una profunda sensación de nostalgia por algo que había perdido hace años, tantos que ni siquiera tenía memoria de aquellos días, cuando todo en el reino era tranquilo y próspero.
Salió de su habitación, envuelta en su manta favorita, y se encaminó a buscar al viejo mago o a cualquier otro de los adultos que acostumbraban quedarse despiertos hasta muy entrada la noche.
Al pasar frente al cuarto de su inseparable amigo Ferruccio, éste abrió la puerta al escucharla arrastrar los pies y asomó la cabeza, entrecerrando los ojos.
—¿Qué ocurre? —le preguntó, preocupado—. ¿Te sientes mal?
—No, es sólo que… que no puedo dormir —respondió la niña, sacudiendo la cabeza.
—Oh… en realidad yo tampoco —confesó el niño—. ¿Por qué no vamos con Glenda a que nos dé una infusión y nos cuente alguna historia interesante? —le propuso.
Giusy asintió y los dos se fueron corrieron y riendo por el pasillo en dirección a la cocina.
Tal como imaginaban, el ama de llaves se encontraba todavía despierta, poniendo en orden la despensa; acompañada de Lampo, que dormía a pierna suelta cerca de la estufa. En cuanto los vio llegar, soltó una exclamación de sorpresa.
—¡Madre Naturaleza divina! ¿Qué hacen fuera de la cama a esta hora? —los interrogó, dirigiéndoles una mirada severa con los brazos en jarras.
—Se nos fue el sueño —se apresuró a explicar Ferruccio, mientras él y Giusy se acomodaban en las sillas que rodeaban la pequeña mesa donde los criados se sentaban a comer y conversar en sus ratos libres.
—¡Ah! En ese caso, lo que ustedes dos necesitan es mi receta especial contra el insomnio: una taza caliente de infusión de manzanilla y una buena historia.
Los dos amigos intercambiaron miradas triunfantes entre ellos y Glenda puso el agua a calentar.
—¡Háblenos de las Siete Noches Pre-Invernales! —le pidió Giusy, muy emocionada.
Ferruccio la secundó.
—¡Sí, por favor!
—¡Pero si a estas alturas ya deben saberlo todo sobre esas fiestas! —exclamó Glenda, sorprendida—. Ha sido su tema de conversación preferido desde que aprendieron a hablar, no hay invierno que no me pidan que les cuente algo sobre ellas.
—¡No importa! Siempre estamos dispuestos a escuchar —replicó Ferruccio, acomodándole a su amiga un fuerte codazo en las costillas—. ¿Verdad, Giusy?
—¡Claro que sí! —respondió la aludida y le lanzó una mirada asesina a Ferruccio por el golpe recibido—. Jamás nos cansaremos de hablar de las fiestas invernales y la Facultad de las Tres Lechuzas.
Glenda soltó una carcajada, divertida.
—¡Me consta! El pobre de Mandrakus a veces ya no sabe qué hacer para cambiarles el tema.
En cuanto el agua hirvió, sacó tres tazas de la alacena, preparó las infusiones y se sentó a la mesa con los niños.
—Bien, aquí vamos de nuevo. Estas son fechas muy especiales que se acostumbran pasar con los seres queridos y disfrutar juntos, pero ahora ya no es así —les explicó el ama de llaves, suspirando con melancolía—. Lázarus Rovigo ha prohibido todos los festejos por los solsticios y equinoccios, así que a muchos ya no les queda otra opción mas que quedarse solos en casa, si se atrevieran a hacer aunque sea una pequeña reunión familiar, podrían levantar sospechas y meterse en serios problemas.
—¡Es injusto! —protestó Ferruccio, golpeando la mesa con los dos puños—. No entiendo, ¿por qué a ese Lázarus le molesta celebrar algo tan especial como un cambio de estación?
—No lo sé, es un hombre cruel con el corazón lleno de maldad y amargura —respondió Glenda, encogiéndose de hombros. Y bajando la voz, agregó—. Pero como él no sabe que nosotros estamos aquí escondidos, entonces podemos tener nuestro propio festejo privado. ¿Les gusta la idea?
Los dos niños gritaron llenos de felicidad.
—¿Podemos alumbrar los pasillos del palacio con velas? —preguntó Giusy, emocionada—. Usted nos ha dicho que se acostumbra hacerlo en cuanto empieza a oscurecer.
—¡Cosmos bendito! ¡Eso no es posible! Aquí dentro sería muy peligroso —replicó la mujer, muy asustada ante semejante idea—. ¡Podríamos incendiarlo todo!
La enorme sonrisa de Giusy se curvó hacia abajo y estaba a punto de echarse a llorar, Ferruccio también se había desanimado. Glenda pensaba en qué podía hacer para alegrarlos un poco.
—¡Ya sé lo que haremos! —exclamó entusiasmada, en cuanto le vino una idea a la mente—. Existe otra costumbre de la que aún no les he hablado, no es riesgosa y estoy segura que les va a encantar.
—¿Cuál es? —preguntaron Giusy y Ferruccio al mismo tiempo, como solían hacer a menudo.
—Un intercambio de regalos.
—Oh… ¿Y eso en qué consiste? —preguntó Ferruccio, muy intrigado.
—Primero, tenemos que escribir los nombres de todos nosotros en trozos de pergamino; después, los doblamos hasta que queden muy pequeños, los colocamos dentro de una vasija, la agitamos muy rápido para revolverlos bien; y por último, cada quien sacará uno y leerá el nombre ahí escrito, en silencio —les explicó Glenda.
—¿Por qué en silencio? —cuestionó Giusy, con mucha curiosidad.
—Porque se supone que debe ser un secreto —espetó el ama de llaves, llevándose el dedo índice a los labios—. Nadie debe saber a quién tocó hacer un regalo, o de lo contrario, se arruinará la sorpresa.
—¡Vaya! ¡Suena divertido! —comentó Ferruccio, totalmente emocionado.
—¡Sí que lo es! —corroboró Glenda—. Pero vamos a organizarlo mañana, cuando todos estén despiertos.
En cuanto terminaron de tomar su infusión, el ama de llaves condujo a los niños de vuelta a sus respectivas habitaciones. Cuando terminó de arroparlos y se aseguró de que ambos dormían plácida y profundamente, suspiró con tristeza.
—Quién pudiera ser como ellos, que a pesar de todo, siguen teniendo ilusiones.








