CHOCANDO DESTINOS
Observé nuevamente por la ventanilla. El paisaje no había cambiado: una calle tranquila, bordeada de árboles frondosos cuyas ramas danzaban ligeramente al ritmo del viento. El cielo, de un gris opaco, parecía reflejar mi ánimo. Luego bajé la vista hacia el reloj en mi muñeca. Habían pasado más de quince minutos desde que llegué. Nathaniel aún no hacía acto de presencia. Solté un largo y grave suspiro, uno que me dejó el pecho vacío, como si con él se escapara también mi paciencia.
Justo en ese momento, la puerta del vehículo se abrió de golpe. Me enderecé en el asiento de forma automática, como si intentara parecer más presentable ante lo desconocido. Subió un hombre pelirrojo, con una sonrisa tan amplia que me resultó irritante al instante. Había algo exasperante en su alegría, tan ajena a mi estado de ánimo.
Cuando se acomodó frente a mí, el interior del vehículo se impregnó de su fragancia. Era una mezcla interesante de cítricos y madera, cálida, pero penetrante. Mis ojos se clavaron en él, estudiándolo con detenimiento. Era alto. Demasiado alto. Su piel tenía una palidez que hacía resaltar aún más el vibrante color rojizo de su cabello, que también se extendía, cuidadosamente recortado, por su barba. Vestía ropa semiformal: una camisa azul cielo, un saco gris oscuro y pantalones perfectamente planchados. Todo eso era demasiado semiformal para ser el atuendo de Nathaniel, un hombre que, según me habían contado, siempre estaba impecablemente formal. Algo no encajaba.
Lo que más llamó mi atención, sin embargo, fueron sus ojos. Azules. De un azul tan claro y frío que parecían hielo derretido. Nunca en mi vida había visto un pelirrojo con ojos así, y eso me dejó un tanto desconcertado.
El vehículo arrancó de nuevo, pero sentí una incomodidad creciente al notar que nadie más se uniría a nosotros. ¿Dónde estaba Nathaniel? Mi ceño se frunció de forma automática.
—¿Y Nathaniel? —pregunté con tono duro, casi acusador.
El pelirrojo alzó las cejas, como si no hubiera escuchado bien o, peor aún, como si no entendiera mi pregunta.
—¿Dónde está Nathaniel? —repetí, esta vez sin molestia contenida.
Para mi sorpresa, el hombre frente a mí sonrió, y no de manera incómoda, sino como si la situación le divirtiera.
—Tú jefe —recalqué con impaciencia—. Nathaniel Blackwood. ¿No eres su asistente?
El pelirrojo parpadeó varias veces, como si estuviera procesando mis palabras.
—Oh, él —murmuró finalmente, como si el nombre le resultara familiar pero distante—. Llegará luego.
—Genial —dije con evidente sarcasmo, dejándome caer contra el respaldo del asiento—. Así que vine para nada.
Él ladeó la cabeza, con una curiosidad que parecía genuina.
—¿Y tú eres...?
Su pregunta sonó lenta, casi deliberada. Lo observé por un momento antes de responder.
—Al parecer, su futuro esposo —respondí con frialdad, casi escupiéndolo. Mi tono dejó claro que no estaba encantado con la situación. Luego añadí con desgano—: ¿No te comentó por qué está aquí?
El pelirrojo negó lentamente, con una expresión neutral.
—No. Él no suele hablar de su vida personal.
Bufé una respuesta vaga y cerré los ojos. La conversación ya me parecía agotadora, y decidí ignorarlo hasta que el coche se detuviera.
Cuando finalmente lo hizo, y la puerta a mi lado se abrió, supe que habíamos llegado. La mansión de mi familia se alzaba majestuosa frente a nosotros, con su fachada imponente y los jardines perfectamente cuidados. Sin mirar atrás, bajé del coche y me dirigí directamente hacia la entrada principal.
Federick, nuestro mayordomo, me recibió con la misma puntualidad y profesionalismo de siempre.
—¿Cómo te fue? —preguntó mi madre apenas crucé la puerta. Su tono era más curioso que preocupado, lo que me irritó un poco.
—Bien —respondí cortante—. No tuve que verlo.
La expresión de mi madre cambió ligeramente, arrugando el entrecejo en un gesto de duda.
—¿A qué te refieres? —insistió.
—No se presentó. El muy idiota no llegó, solo envió a su asistente.
—Lo verás en la celebración de esta noche, entonces —interrumpió mi padre con su habitual tono autoritario.
Mi madre, sin embargo, no se dio por vencida.
—Dominic —dijo, dirigiéndose a él con una mezcla de frustración y exasperación—. No puedo creer que sigas adelante con esto. ¡Rompieron la alianza!
—Eva —respondió mi padre con un tono que pedía calma—. Todo está bien. El negocio lo manejará Nathaniel, y eso es lo que importa.
—¿Cómo va a ser lo mismo? —replicó ella, claramente molesta—. James se iba a casar con Zack. Ahora lo hará un chico que no ha compartido con nosotros en años.
—Aun así, es mejor que James —sentenció mi padre, con voz firme y definitiva—. James ha puesto en duda su comportamiento más de una vez. Ya conoces su historial. Nathaniel, en cambio, ha demostrado ser competente y exitoso en el negocio familiar.
La conversación quedó en un incómodo silencio. Yo deseaba con todas mis fuerzas que todo aquello terminara lo antes posible, pero sabía que no sería tan sencillo. Lo peor de todo era la impotencia de no poder decidir por mí mismo. Al final, opté por guardar silencio y esperar resignado a la noche. Después de todo, en este asunto no tenía ni voz ni voto.
Mi padre había sellado una alianza con la familia vecina, los Blackwood, titanes de la banca privada e inversiones internacionales. Un verdadero imperio financiero que manejaban con la precisión de un reloj suizo. Nosotros, en cambio, éramos los Fitzroy, dueños de Industrias Fitzroy, una de las empresas de manufactura y tecnología más reconocidas del país. Nuestra reputación no era menos imponente, pero nuestros campos de negocio eran diferentes, y esa diferencia, al parecer, era la clave para crear algo que mis padres consideraban “invencible”.
Lo planeado entre ambas familias era, según ellos, una “estrategia brillante”: unir a los herederos de sus fortunas en matrimonio, consolidando así una relación no solo financiera, sino también personal. “Dos son mejor que uno”, repetían constantemente, como si fuera un mantra que justificara cualquier sacrificio. Y en este caso, el sacrificio era mío.
Inicialmente, mi destino estaba atado a James Blackwood, el primogénito, heredero natural de todo el imperio familiar. James encajaba perfectamente en el molde de lo que se esperaba de un Blackwood: apuesto, carismático, el tipo de hombre que lograba encantar a cualquiera con una sonrisa. Sin embargo, todo se fue a la borda de un día para otro. James, el supuesto perfecto heredero, apareció un día con un anillo en el dedo... y una esposa a su lado. La bomba estalló sin previo aviso.
¿Y cuál fue la solución que dieron los Blackwood? Pues, como siempre, pensaron en el negocio antes que en cualquier otra cosa. Decidieron que James no era confiable para liderar la empresa ni la alianza, no después de sus decisiones impulsivas y su comportamiento dudoso. Así que trasladaron toda la responsabilidad a Nathaniel, el segundo hijo. Según ellos, Nate era el cerebro de la familia, un hombre brillante, metódico y práctico, el pilar que mantendría a flote el negocio familiar.
Inteligente, sí. Pero, según mis recuerdos, para nada atractivo. Lo poco que recordaba de Nathaniel era casi nulo. De niños, nuestras familias se reunían en ocasiones especiales, pero Nate no destacaba entre los demás. Siempre estaba unos pasos detrás de su hermano, más callado, más tímido. La última imagen que guardaba de él era de un chico regordete, con mejillas redondeadas y siempre un poco apartado del resto, como si prefiriera observar en lugar de participar. “Gordito” era el único apodo que seguía rondando mi cabeza. Y eso era todo.
Después de esos encuentros esporádicos, Nathaniel desapareció. Se fue al extranjero, según escuché, y desde entonces no se volvió a saber nada de él. Mientras James y su padre se encargaban de brillar y acaparar la atención, Nate quedaba relegado al olvido. Hasta ahora. El hijo “invisible” había regresado, y con él, una nueva carga: se suponía que hoy debía conocerlo, a mi supuesto futuro esposo.
El destino parecía tener un extraño sentido del humor. Aquí estaba yo, esperando al hombre que, si mi padre lograba salirse con la suya, cambiaría mi vida para siempre.
La noche cayó, y con ella llegó la celebración que, como siempre en casa de los Fitzroy, era un espectáculo por sí misma. Los invitados fueron desfilando lentamente, cada uno con su porte elegante y sus conversaciones impregnadas de superficialidad y negocios. Yo, como buen anfitrión —o más bien, como el anfitrión que mi padre esperaba que fuera—, me dediqué a recorrer el lugar con una sonrisa ensayada en el rostro, saludando a todos y asegurándome de que cada uno se sintiera bienvenido, aunque por dentro lo único que deseaba era que la noche terminara.
Todo seguía su curso, hasta que algo, o más bien alguien, llamó mi atención. Una cabellera roja cruzó mi campo de visión, destacando como una llamarada entre los trajes oscuros y los vestidos brillantes de los invitados. Me detuve en seco, frunciendo el ceño al reconocerlo. Era él. Aquel pelirrojo del coche.
Confundido y molesto, me dirigí hacia él con pasos decididos, dispuesto a aclarar por qué estaba aquí. Conforme me acercaba, lo observé mejor. Su atuendo, completamente negro, era inesperado pero sorprendentemente elegante. Llevaba un pantalón ajustado, zapatos impecables, y una camisa negra con el cuello abierto, dejando a la vista un pecho pálido y cubierto de un vello rojizo que no podía pasar desapercibido. Esta vez, además, llevaba unas gafas oscuras que ocultaban esos intensos ojos azules que tanto me habían desconcertado antes.
De nuevo, su aroma me envolvió antes de que pudiera decir algo. Era una mezcla de madera ahumada y un leve toque cítrico, un contraste que me resultaba perturbadoramente atrayente.
—Disculpa —dije, plantándome frente a él con firmeza—. ¿Estás invitado?
El pelirrojo levantó la vista y, al verme, su sonrisa se ensanchó aún más. Era una sonrisa despreocupada, segura, que me irritaba tanto como me descolocaba.
—Claro —respondió con una voz calmada y llena de confianza—. De lo contrario, no estaría aquí.
Mi ceño se frunció aún más.
—¿Ahora invitan también a los asistentes? —solté con un tono seco, casi despectivo.
Estaba a punto de continuar cuando la voz de mi padre, proveniente de mi espalda, me interrumpió de golpe.
—¡Nathaniel! —exclamó con entusiasmo mientras avanzaba hacia nosotros.
Lo vi extender su mano hacia el pelirrojo, quien la aceptó con un apretón firme y respetuoso, antes de retirar lentamente las gafas y revelar, finalmente, sus intensos ojos azules.
—¿Cómo has estado? —le preguntó mi padre, irradiando una calidez que reservaba solo para aquellos que consideraba importantes.
Me quedé helado. Mi mente tardó unos segundos en procesar lo que acababa de escuchar. ¿Nathaniel? ¿Mi padre acababa de llamar “Nathaniel” al pelirrojo?
—Bien, señor Fitzroy. ¿Y usted? —respondió el hombre con voz tranquila, devolviendo la cortesía como si aquello no tuviera nada de extraordinario.
Mi cuerpo se tensó mientras observaba la escena, incapaz de ocultar mi sorpresa. Aquel chico pelirrojo, que yo había descartado como un simple asistente, no era otro que Nathaniel Blackwood, el hombre con quien se suponía que debía casarme.
De pronto, todos mis prejuicios y las pocas imágenes que tenía de él en mi memoria se desmoronaron frente a mí. No era el chico regordete e inseguro que recordaba de mi infancia. Este hombre era completamente diferente: alto, imponente y, lo más desconcertante de todo, seguro de sí mismo.
Mi mente se llenó de preguntas mientras mi padre seguía hablando con él como si nada. Una mezcla de incredulidad y enojo me invadió. ¿Cómo era posible que este fuera el mismo Nathaniel que había vivido en mi memoria como una sombra? Y peor aún, ¿cómo no me habían advertido que este encuentro sería tan diferente a lo que había imaginado?
Porque, a diferencia de los Blackwood, donde predominaban las cabelleras rubias como rayos de sol, y una piel dorada que parecía haber sido acariciada por el verano, aquel hombre era un contraste absoluto. Los Blackwood siempre habían sido el epítome de la elegancia clásica, con rasgos bien definidos y una apariencia que parecía diseñada para las portadas de revistas: cejas perfectamente delineadas, ojos marrones o verdes que irradiaban calidez, y esos lunares característicos que parecían pequeñas constelaciones en sus rostros, un detalle distintivo que solo hacía reforzar su linaje.
Pero este hombre... Este hombre no encajaba en esa imagen.
Su cabello no era rubio ni dorado, sino de un rojo intenso, como llamas bajo la luz tenue. Su piel, lejos de ser bronceada, era pálida, casi translúcida, como si el sol no se hubiera atrevido a tocarlo en años. Era un tipo de palidez que contrastaba con los tonos cálidos que recordaba de los Blackwood, pero que, de alguna manera, le otorgaba un aire etéreo, como sacado de otra época.
Y esos lunares que siempre habían sido tan característicos de la familia Blackwood... No estaban ahí. Observé detenidamente su rostro mientras intentaba encontrar al menos uno, alguna marca que lo conectara con el linaje al que supuestamente pertenecía. Nada. Su piel era uniforme, como un lienzo impecable, sin rastro de las señales familiares que identificaban a los Blackwood.
No podía negar que poseía una belleza innegable, pero era una belleza completamente distinta, casi desconcertante. No era el tipo de perfección cálida y accesible que esperaba. Su rostro tenía ángulos definidos, una mandíbula fuerte, y una barba rojiza recortada que añadía un toque de rudeza a su apariencia. Era un contraste absoluto con la suavidad que usualmente definía a los Blackwood.
Y esos ojos... esos ojos eran el detalle más extraño de todos. Nunca antes había visto un Blackwood con ojos azules. Profundos y brillantes, eran como dos zafiros encerrados en hielo, algo hipnótico y perturbador al mismo tiempo. No tenían nada de la calidez familiar de los ojos marrones o verdes que tanto recordaba.
Por más que lo intentara, no podía reconciliar su imagen con lo que sabía de los Blackwood. Este hombre era un enigma, una anomalía dentro de un linaje perfectamente esculpido y predecible. Por supuesto, su belleza no era menos impactante, pero no podía evitar sentir que era una belleza ajena, extraña, completamente diferente a lo que había esperado encontrar.
Mientras lo observaba, no podía dejar de preguntarme: ¿realmente era un Blackwood? ¿O acaso se habían equivocado?
El chico hablaba con mi padre con una familiaridad que me dejó desconcertado. Sus palabras fluían con naturalidad, como si compartieran una historia en común que yo ignoraba por completo. Reían con complicidad, intercambiando anécdotas que parecían remontarse a tiempos que yo no recordaba o en los que, claramente, no había estado presente. Incluso, en algunos momentos, sus miradas se cruzaban y sonreían al unísono, como si entendieran algo que a mí me era ajeno.
Observé la escena desde un costado, intentando no delatar mi incomodidad. Pero algo dentro de mí se removió, como un nudo apretándose en mi estómago. Era una sensación extraña, una mezcla de desconcierto y celos que no lograba identificar del todo. Era como si ese hombre, al que apenas conocía, ya estuviera ocupando un espacio en mi mundo que no le correspondía.
Llevaba toda mi vida esperando el momento de casarme con los Blackwood. Específicamente, con James, a quien había idealizado desde que tengo memoria. Para mí, James siempre había sido la imagen perfecta de lo que un Blackwood debía ser: atractivo, encantador y carismático, con esa habilidad casi mágica de atraer miradas y dominar cualquier habitación. Había crecido imaginando que, algún día, esa perfección sería parte de mi vida.
Cuando las cosas cambiaron y se decidió que sería Nathaniel quien tomaría su lugar, intenté consolarme. Me repetí a mí mismo, una y otra vez, que esto sería fácil. “Será un matrimonio por conveniencia”, pensé. “Cumpliremos con el acuerdo, haremos lo que se espera de nosotros y, después, cada uno podrá vivir su vida como quiera”. No había espacio para emociones ni complicaciones. Todo debía ser mecánico, casi impersonal.
Después de todo, no iba a enamorarme de Nathaniel. ¿Cómo podría? En mis recuerdos, Nathaniel era todo lo contrario a lo que siempre había deseado. Un chico tímido, algo torpe y con una apariencia que, francamente, nunca había destacado entre la perfección de su familia. Para mí, él siempre había sido “el otro”, el hermano que quedaba en segundo plano mientras James brillaba.
Pero ahora, mientras lo observaba interactuar con mi padre, algo dentro de mí no cuadraba. Este hombre no se parecía en nada al Nathaniel que recordaba. Había algo en su presencia, en la seguridad con la que se movía y en la manera en que lograba que incluso mi padre, un hombre difícil de impresionar, se relajara y lo tratara con una cercanía casi afectuosa.
No quería admitirlo, pero la situación no se estaba desarrollando como había planeado en mi mente. Lo que debía ser simple y sin emociones comenzaba a desmoronarse, y no podía evitar preguntarme si el Nathaniel que estaba frente a mí podría llegar a ser mucho más complicado de lo que había anticipado.
—Bueno, no te quito más tiempo. Dejaré que te conozcas mejor con Zack. Tengo entendido que esta mañana no pudiste presentarte —dijo mi padre, dirigiéndose al pelirrojo con esa calidez que solo reservaba para personas que le caían bien, lo cual ya empezaba a irritarme.
—Lamento aquello. Fue un descuido de mi parte, y le aseguro que no volverá a pasar —respondió Nathaniel con una sonrisa impecable, mientras volvía a estrechar la mano de mi padre con esa cortesía exagerada que parecía sacada de un manual de “Cómo impresionar a los suegros en cinco pasos”.
Cuando mi padre finalmente se marchó, dándonos un respiro incómodo, el pelirrojo, que ahora sabía que era Nathaniel, se giró hacia mí con una sonrisa ladeada. Una de esas que gritan “me estoy divirtiendo muchísimo a tu costa”. Genial. Justo lo que necesitaba.
—Con que Nathaniel —murmuré, recuperando la compostura y cruzando los brazos.
—Con que Zack —respondió con el mismo tono, como si estuviéramos jugando a un concurso de sarcasmo.
—Muy divertido eso de hacerse pasar por el asistente —solté, entrecerrando los ojos mientras lo estudiaba.
—No se me había ocurrido hasta que lo mencionaste —replicó, alzando una ceja y dejando caer su sonrisa en un gesto que solo podía describirse como descarado.
Ahí estaba, parado frente a mí, como si esto fuera el espectáculo de comedia del año y yo el principal protagonista de su broma privada. ¿Qué clase de persona se presenta a una reunión importante fingiendo ser otra cosa? Oh, claro, el mismo tipo que llega tarde sin una buena excusa y que, para colmo, parece disfrutar del caos que genera.
—Bueno, felicidades —dije, dejando caer las palabras como si pesaran toneladas—. Te has ganado tu premio: un matrimonio conmigo. Supongo que el humor es tu estrategia para lidiar con la tragedia.
—¿Tragedia? —Nathaniel rió suavemente, como si hubiera escuchado el mejor chiste del mundo—. Yo lo llamaría... ¿cómo decirlo? Un giro interesante del destino.
—Oh, claro, interesante —respondí, mi tono cargado de ironía—. Porque nada dice “interesante” como un matrimonio arreglado con alguien que no se molestó en llegar a tiempo para conocer a su futuro esposo.
—Tienes razón, fue un error —admitió, aunque la sonrisa no abandonó su rostro—. Pero al menos he conseguido algo inesperado... una conversación bastante entretenida.
Resoplé, sintiendo que mi paciencia se agotaba a pasos agigantados. Este hombre, con su actitud despreocupada y su tono juguetón, estaba probando los límites de mi tolerancia. Pero algo en su seguridad, en esa forma descarada de enfrentar la situación, también me descolocaba. No era lo que esperaba. Nada de esto lo era.
En algún punto, nuestro choque de personalidades se hizo tan evidente que no pude evitarlo más. La tensión se volvía palpable, y no podía seguir pretendiendo que todo estaba bien. Así que, sin pensarlo demasiado, tomé a Nathaniel y lo llevé a un lugar más privado, a una habitación apartada, donde nadie pudiera interrumpir nuestra inevitable confrontación.
La conversación parecía no tener fin, y cada palabra que salía de la boca de Nathaniel solo aumentaba mi molestia, aunque no podía negar que, de alguna manera, su descaro era algo entretenido... si es que uno podía encontrar diversión en el caos.
Nathaniel se acomodó en el sillón con una facilidad preocupante, como si estuviera en su propia casa. Yo me quedé de pie, mirando cómo se comportaba como si todo esto fuera una broma privada entre él y su propia conciencia. La verdad, no sabía si quería gritarle o reírme. Al final, elegí no hacer nada.
—¿Y qué tal la vida en el extranjero? —pregunté, con una falsa amabilidad que me costó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Tenía que aprovechar la oportunidad para sacar algo útil de esta conversación, o al menos intentar hacerle entender que no estaba aquí para bromear.
—Oh, ¿quieres saber sobre mis aventuras? —dijo, levantando una mano como si se estuviera preparando para contar una historia épica—. Bueno, no ha sido tan emocionante como la vida en casa. No todos los días uno se encuentra con un futuro esposo tan... encantador.
Me quedé en silencio un momento, dejándome llevar por la ironía de su respuesta. Si pensaba que iba a caer en su juego, se equivocaba.
—Vaya, ¿encantador? —repetí, casi asqueado por la falsedad de sus palabras—. Me pregunto si eso es lo que se dice para suavizar el golpe de un matrimonio con alguien que no es de tu agrado. Porque, déjame decirte, todo esto... no tiene nada de encantador. Pero, claro, a ti te debe parecer fascinante, ¿no? Estás disfrutando el espectáculo, mientras yo soy el que tiene que lidiar con este circo.
Nathaniel soltó una risa suave, esa risa que solo los tipos que saben perfectamente lo que están haciendo sueltan, mientras fingen ignorarlo. —¿Te han dicho que tienes un sentido del humor bastante peculiar? —rió, su tono cargado de esa seguridad arrogante que ya comenzaba a cansarme—. De verdad, espero que nos llevemos bien. Cuando estemos en Nueva York, tendremos más tiempo para... conocernos...
—¿Estemos? ¿Quiénes? —interrumpí, no pudiendo ocultar mi sorpresa.
Nathaniel alzó las cejas, esas cejas tan rojas como su cabello, y me miró con una expresión que claramente decía “¿De verdad no lo sabes?“.
—¿No te dijeron? —preguntó, su tono ahora mucho más serio, como si por fin se diera cuenta de que esto no era un juego para mí.
—¿Decirme qué? —respondí, mi voz más baja, sintiendo que algo no estaba bien.
Nathaniel dejó escapar un suspiro, dejando atrás su sonrisa juguetona y dejando ver un aire mucho más firme.
—No estoy aquí solo para conocerte, Zack —dijo, cada palabra cargada de un peso inesperado—. He venido aquí por ti. Me dijeron que te irías conmigo a Nueva York.
Las palabras de Nathaniel quedaron suspendidas en el aire, como una bomba que acababa de estallar sin previo aviso. Mi mente tardó unos segundos en procesarlas, y cuando finalmente lo hizo, la incredulidad me recorrió por completo.
—¿Qué... qué estás diciendo? —musité, aunque mi voz sonaba más fuerte de lo que esperaba.
Nathaniel me observó, sus ojos azules ahora serios, sin rastro de aquella sonrisa irónica que lo había acompañado hasta ese momento. De repente, su presencia se volvía más imponente, más definitiva.
—No soy yo quien decide, Zack. —su tono, ahora cargado de una firmeza que no me esperaba, me hizo darme cuenta de que no estaba bromeando—. El acuerdo entre las familias está hecho. Mi familia necesita que tú te unas a nosotros, y yo... bueno, yo simplemente estoy aquí para asegurarme de que todo se cumpla.
El aire a nuestro alrededor parecía haberse espeso, como si una capa invisible de tensión nos envolviera. Yo solo podía mirarlo, procesando lo que acababa de escuchar. Esto no era solo un matrimonio arreglado. No era solo una unión de negocios. Estaba claro que había algo mucho más grande en juego, algo que no tenía control.
—No sé qué clase de broma es esta, pero... —comencé, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba, como si estuviera perdiendo el control de la situación—. ¿Acaso me estás diciendo que de repente voy a irme contigo a Nueva York, sin preguntar, sin preguntar qué quiero yo? ¿Porque esto suena a una locura?
Nathaniel me observó, sin moverse, y su expresión cambió, como si la situación lo estuviera cansando también.
—Créeme, no es lo que quiero —dijo, aunque su voz ya no sonaba tan imperturbable como antes—. Pero las decisiones ya están tomadas, Zack. Tú y yo no tenemos mucho margen para opinar al respecto. Las familias han hablado, y es por el bien de los negocios.
Me quedé allí, mirándolo, incapaz de moverme, mientras la habitación a nuestro alrededor parecía desvanecerse. Todo lo que había planeado, toda la imagen que tenía en mi cabeza de lo que iba a ser mi vida, se había roto en pedazos. Y en el centro de esa destrucción, estaba Nathaniel, el tipo que hasta hace un par de horas ni siquiera recordaba.
—¿Qué pasa si no quiero ir? —pregunté, la voz más firme de lo que me sentía. Necesitaba saber si realmente no tenía elección.
Nathaniel no parpadeó. Su mirada estaba fija en mí, casi desafiante.
—Tendrás que hacerlo, Zack. No tienes opción.
La respuesta fue tan directa, tan fría, que una parte de mí comprendió que esta no era una negociación. Ni siquiera un acuerdo entre iguales. Era una imposición.
Tomé aire, tratando de calmar los nervios que se agitaban dentro de mí. Al final, solo pude soltar una risa irónica.
—Perfecto —dije, casi sin darme cuenta del sarcasmo que colaba en mis palabras—. Parece que, al final, no tengo nada que hacer aquí. Solo obedecer.
El silencio dominó la habitación, pesado y denso, como si el aire mismo supiera lo que se venía y no quisiera tocarlo.
—¿Cuándo? —pregunté, rompiendo finalmente el silencio, casi como si lo hiciera por costumbre en medio de la tensión.
—¿Qué? —respondió Nathaniel, claramente no esperando la pregunta.
—¿Cuándo nos vamos? —insistí, como si la respuesta ya debiera estar tan clara como el agua.
—Mañana... —murmuró, su tono bajando, casi como si estuviera arrepentido de haberme dado esa noticia.
El “mañana” resonó en mi cabeza una y otra vez, como un mal chiste que nunca dejaba de repetirse. Esta mañana estaba fastidiado por el cambio de planes, y ahora, para rematar, me enteraba de que, para colmo, tenía que irme de este lugar y vivir con un completo desconocido.
—¿Y qué se supone que haré yo allá? —pregunté, alzando una ceja, porque claro, eso de mudarse a una ciudad ajena con alguien que apenas conoces tiene “gran” potencial para ser una experiencia inolvidable.
Nathaniel frunció nuevamente esas cejas rojas, como si intentara buscar en su cerebro una respuesta que no se le ocurriera.
—¿De verdad no te han dicho nada? —me preguntó, con una mezcla de sorpresa y... ¿misericordia? Era como si me estuviera mirando a un niño que acababa de descubrir que le faltaba la parte más importante de un rompecabezas.
—Fantástico —murmuré, sin poder evitar el sarcasmo—. Más sorpresas. Claro, ¿por qué no? Es exactamente lo que necesitaba en este preciso momento: más sorpresas. ¡Qué emocionante!
—Se hicieron remodelaciones en Industrias Blackwood. Trabajarás ahí, conmigo. Claramente, tú manejarás el negocio de tu familia. —dijo Nathaniel, como si estuviera presentando una brillante oportunidad.
—Genial... —murmuré, la emoción en mi voz tan palpable como una pared de ladrillos. La ironía no podría ser más evidente.
—Podemos hacer que esto funcione —respondió, bajando un poco el tono, como si me estuviera haciendo una promesa de que todo iba a salir bien.
Levante la vista, conectando con sus ojos azules. Y entonces lo vi: algo que no había mostrado hasta ahora. Una chispa de... ¿ilusión? Como si realmente pensara que todo esto tenía potencial para funcionar. Una especie de fe ciega en que este desastre podría transformarse en algo positivo.
Me quedé un momento, observándolo, y mi cara no pudo evitar romper la imagen. Sonreí, claro, con esa sonrisa que solo se puede dar cuando todo te parece un chiste cósmico.
—¡Vaya! —dije, con todo el sarcasmo del mundo—. Eso suena... absolutamente maravilloso. ¿Sabes? Yo también tengo toda la fe en que esto va a ser un éxito rotundo. Como si fuera lo más natural del mundo que mi vida ahora dependa de una familia con la que no tengo ni un maldito vínculo. ¿Qué podría salir mal?
De inmediato, la ilusión que había visto en sus ojos se desvaneció, como si fuera humo. Y la conversación pasó a otro nivel de incomodidad.
Nathaniel pareció quedarse en silencio por un momento, procesando mi respuesta. Su sonrisa ya no era tan amplia, más bien se había transformado en una especie de mueca incómoda. Estaba claro que mi sarcasmo le había golpeado, aunque intentó disimularlo.
—¿Sabes? —comenzó, claramente buscando algo que decir para romper la tensión—. No todo en la vida tiene que ser una tragedia, Zack. Puede que al final encuentres que esto no es tan terrible como piensas.
—¡Oh, claro! —respondí rápidamente, con un tono tan cortante que ni siquiera me molesté en ocultarlo—. Después de todo, vivir con un desconocido y tener que compartir mi futuro con alguien que no he elegido suena como un plan de ensueño. Lo peor que podría pasar es que todos empecemos a cantar kumbayá en círculo y las cosas se solucionen solas.
Nathaniel parpadeó un par de veces, claramente sin saber si tomarme en serio o si estaba jugando. Pero no lo dejé respirar, porque este circo ya estaba tomando un rumbo bastante ridículo.
—¿Sabes qué sería lo mejor? —continué, cruzando los brazos—. Que me digas que todo esto es parte de un reality show y, de repente, las cámaras se prenden y alguien me lanza un cheque gigante. Eso sí que sería la sorpresa que estoy esperando. O no... ya no sé ni lo que espero.
La expresión en su rostro vaciló. Algo en mí, tal vez la misma frustración que estaba acumulando, no podía dejar de sacarle punta a cada una de las situaciones ridículas que me estaban obligando a vivir. Aunque podía ver que no le estaba cayendo nada bien mi actitud, algo me decía que no sería tan fácil zafarme de esto. Estaba atrapado, y él lo sabía.
Nathaniel no dijo nada más en ese momento, su mirada se perdió en el vacío, como si estuviera esperando que algo cambiara en el aire, que la conversación tomara un rumbo más amigable, más... fácil. Pero yo ya no estaba dispuesto a seguir el guion que él había escrito para mí.
Lo que no esperaba, sin embargo, fue que simplemente se levantara y se fuera. Caminó hacia la puerta con una calma que me irritó. Se detuvo justo antes de salir, giró levemente la cabeza y, con una frialdad que no me había mostrado antes, soltó:
—Nos vamos al amanecer.
No hubo una sonrisa, ni una mirada desafiante, nada. Simplemente dijo esas palabras y se marchó, dejándome allí, solo con la tensión en el aire y la sensación de que todo esto iba a ser aún más complicado de lo que imaginaba.