Capítulo uno
La noche era helada y ninguna estrella se veía reflejada en aquel manto oscuro, pues las gruesas nubes y aterradora neblina acompañaban el escenario perfecto para su macabro espectáculo.
Era cerca de la media noche, la calle vacía y el sonido del viento eran una ambientación adecuada mientras esperaban con paciencia.
Hasta que lo vio.
En medio de la neblina, con su gorra puesta y su pesado bolso después de un largo día en la universidad, aquel chico rubio con mejillas cubiertas de pecas y rostro angelical, caminaba a paso lento por la estrecha calle.
Lo había estado observando con anterioridad, meses de simple vigilancia para decidirse a hacer esto, aprender sus horarios para que todo saliera perfecto en su retorcido plan.
Era la única pieza que le faltaba.
—Lo tenemos en la mira, señor —le había dicho uno de los hombres que había contratado para todo esto—. ¿Podemos proseguir?
Una sonrisa se formó en sus labios, lo tenía, casi lo tenía, ya podía saborear el terror y las lágrimas que resbalarían por el bello rostro de ese chico dentro de unas horas.
Aunque no sería el único que estaría llorando.
—Adelante.
Fue su última palabra antes de ver cómo los cinco hombres encapuchados corrían hacia el pecoso, tomándolo a la fuerza y haciendo que se desmayara.
Todo estaba saliendo perfectamente, solo le faltaba la otra parte.
•••
El persistente sonido de un tintineo lo hizo despertar, abrió los ojos con lentitud, esperando que su visión borrosa comenzara a despejarse. Sentía un dolor agudo en su cabeza, y había un pitido que ensordecía su oído. Claramente, algo estaba mal.
Quería volver a dormir o desmayarse, se sentía tan agotado, sin embargo, necesitaba explicaciones de dónde estaba y por qué se encontraba tan mal.
Cuando sus sentidos se restablecieron, lo primero que escuchó fue un golpe fuerte contra algo metálico que hizo retorcer su cabeza de dolor, después de eso, un grito frustrado también retumbó en aquel lugar.
Sus ojos se dirigieron hacia allí, recorriendo parcialmente el lugar en el que estaba.
Una habitación blanca, no muy grande, seis metros cuadrados, quizás un poco más, en medio de esta había un gran espejo empotrado contra la pared, uno que casi llegaba al suelo y al techo. Esto comenzaba a inundarlo de pánico, si estuviera entendiendo un poco más la situación, probablemente ya estaría llorando, pero su cabeza no parecía recabar nada de lo que estaba pasando.
—¡Mierda! —La desconocida voz se escuchó de nuevo, del otro lado de la habitación, un chico que parecía un par de años mayor a él se veía afligido—. ¡¿Qué puta broma es esta?!
Más golpes a lo que, ahora sabía, era una puerta metálica gigante e impenetrable, con solo verla podía saber lo difícil e imposible que sería para él abrirla.
Intentó levantarse, pero algo pesado en su pie lo detuvo, el choque de la cadena contra el piso lo hizo jadear de sorpresa, estaba encadenado contra la cama en la que había estado inconsistente. Una base metálica simple que se fundía con el azulejo blanco y liso del suelo, y un colchón realmente cómodo se posaba sobre esta.
El desconocido se giró a verlo cuando lo escuchó, su semblante molesto y preocupado cambió a uno de terror, casi lo vio palidecer cuando lo miró.
—Oh, Dios mío, estás vivo —susurró aquel pelinegro—. Creí que estaba encerrado aquí con un maldito cadáver.
Si hubiera estado en otra situación, quizás hubiese reído, pero no lo estaba, ahora se sentía más aterrado, quería echarse a llorar.
—¿Dónde estoy? —Tartamudeó pasando su mirada por el resto de la habitación.
Al igual que en su lado, el pelinegro tenía su propia cama, y en esa misma pared contraria estaba ubicada la gran puerta, de resto la habitación se encontraba vacía, sin ninguna ventana, aún así podía sentir el aire fresco recorriendo el lugar, miró hacia el techo y sí, como pudo notar, había un sistema de ventilación, también se dio cuenta de la pequeña base que sobresalía del techo, una en la que estaba ubicado un proyector que apuntaba hacia la pared contraria al espejo.
Aún más frustrado, miró su pared, dándose cuenta de la puerta que tenía a su lado, no se veía como la metálica del lado del pelinegro, esta lucía más normal.
—No lo sé —respondió aquel chico—. Mierda, yo, yo no lo sé —la voz entrecortada y las lágrimas acumuladas en los ojos del contrario lo alarmaron por completo—. Solo sé que iba a casa y... unos tipos se me acercaron, no sé cómo terminé aquí.
Cortos recuerdos llegan a su cabeza de golpe, él caminando después de su última y exhaustiva clase en la universidad, y entonces un grupo de hombres se le fueron encima, todo se volvió negro y no recuerda más.
—Estamos secuestrados —afirma con terror.
Lo había anticipado unos minutos atrás, pero no quiso creer en eso, y decirlo es dar entrada a lo que parece su peor pesadilla.
Siente que todo gira a su al rededor, se marea, quiere vomitar, su estómago se siente pesado y sus ojos han comenzado a derramar lágrimas sin cuidado. Su visión se vuelve borrosa conforme su rostro se empapa, el pelinegro lo mira fijamente mientras llora, como diciéndole que con eso no logrará nada, o al menos así lo siente.
Le da la espalda al chico y camina hacia la puerta del lado de su pared, sin esperanza, gira el pomo, solo para notar que efectivamente se abre con facilidad. Escucha al contrario detrás suyo levantarse de golpe, su ojos se iluminan y empuja la fina madera para salir de esa horrible habitación.
Solo para romper sus esperanzas al darse cuenta que aquella puerta conducía a una extensión más de su prisión, era un baño, un simple cuarto con un lavamanos, inodoro, tina y ducha.
La cadena en su pie no lo deja entrar por completo, así que solo le da una mirada superficial antes de echarse al suelo a seguir llorando.
—Nada —dice entre suspiros entrecortados—. Es solo un baño.
—¿Alguna puerta o ventana? —Lo cuestiona el pelinegro, éste no puede acercarse debido a que también está encadenado —. ¿Algo que nos haga salir de aquí?
—Esta habitación está hecha para retenernos —responde aún en el suelo—. Quien sabe a cuánta gente habrán encerrado aquí, a cuantos les habrán hecho lo mismo.
La solo idea lo hace querer morir, pero eso también le aterra, es joven, apenas está en sus veinte, le faltaba un año para terminar sus estudios, los que sus padres habían pagado con tanto esfuerzo, él iba a ser quien sacara a su familia adelante y ahora todos esos sueños se reducían a esa habitación, su vida estaba en manos de las personas que lo tenían retenido.
—Mi familia no tiene dinero para pagar un rescate —llora con mucho pesar—. No sé qué quieren de mi, pero yo no podré darles nada.
No se lo dice a nadie en particular, no sabe si sus captores pueden escucharlo, pero es la realidad de las cosas, si quieren dinero, secuestraron a la persona incorrecta.
El desconocido no dice nada, solo mira desde su lugar, odia el silencio, odia que eso lo haga recordar en qué situación está metido, así que intenta hablar de nuevo buscando desaparecer el silencio de esa habitación.
—¿Cómo te llamas? —Pregunta al pelinegro, quiere saber quién es, quizás así también recaude pistas de por qué están ahí. Por qué ellos.
—Hyunjin —contesta sin más, con su único nombre de pila—. ¿Y tú?
—Lee Felix —el contrario no parece querer decir nada más, solo lo mira fijamente, así que prosigue—. ¿Qué edad tienes?
—¿Qué clase de interrogatorio es este? —Hyunjin frunce el ceño, entiende su molestia, solo quiere olvidarse un rato de todo ese meollo antes de esperar lo inevitable.
—Yo tengo veinte —dice ignorando la respuesta anterior del pelinegro.
—Veinticinco —Hyunjin suspira y vuelve a mirarlo fijamente—. Estás muy tranquilo para ser alguien que está secuestrado.
¿Tranquilo? No, sin esperanzas mejor dicho.
¿Cuánto tiempo lleva encerrado en aquel lugar? ¿Su familia ya habrá notado su ausencia? ¿Habrán puesto un informe por su desaparición? ¿La policía lo estaría buscando ya?
Da igual, probablemente termine muerto para mañana si tiene suerte antes de que sus captores se enteren de que su familia no puede pagar su rescate con nada.
Si es que piden un rescate, claro, también existe la posibilidad de que sean retenidos aquí en espera de algo peor, una red de trata, venderán sus órganos, serán esclavos, incontables pensamientos pasan por su cabeza haciéndolo llorar otra vez.
Ahora que observa bien a Hyunjin, el chico es atractivo, a simple vista puede notarlo, es alto y sus brazos se ven musculosos, pero no con exageración, quizás un poco más fornidos que los suyos, su rostro es bonito, su aura es hipnótica y eso lo asusta, pues los chicos bonitos son vendidos como esclavos sexuales o al menos eso ha visto en las películas.
Aunque no tendría sentido que lo hayan capturado a él para eso, él ni siquiera es lindo, no como Hyunjin al menos.
Su llanto comienza a ser descontrolado, su shock inicial ya ha pasado, ahora solo quiere llorar, siente su cabeza doler con cada lágrima que baja sobre su rostro.
¿Qué hizo para merecer esto?
—Felix —lo llama Hyunjin—. Tranquilo, saldremos de aquí.
Trata de sonreír ante el intento del mayor por calmarlo, sus palabras suenan sinceras, tanto que logra tranquilizar su llanto un poco, pero aún sigue asustado.
Aunque siente que puede confiar en Hyunjin, después de todo, ambos están en la misma situación horrible, son iguales, independientemente de lo diferente que podrían ser sus vidas antes de esto, ahora los dos son lo mismo.
Limpia sus lágrimas, solo suspiros entrecortados salen de su boca, sus manos se enrollan en su ropa sucia, desesperado, hay tantas preguntas pasando por su cabeza, pero no quiere seguir pensando en lo que está viviendo y cómo llegó ahí por más que quisiera saber las respuestas.
Y como si realmente la vida no quisiera que olvidara la situación en la que está, las luces que iluminaban la blanca habitación se apagan.
—¡Hyunjin! —grita asustado.
—Aquí estoy, Felix, tranquilo —la voz calmada del mayor lo ayuda a tranquilizarse un poco, solo un poco—. ¿Estás bien?
—Sí —pero está estúpidamente aterrado—. Tengo miedo.
—Lo sé —escucha la voz de Hyunjin, sin embargo no puede verlo—. Necesitamos estar tranquilos, ¿de acuerdo?
—Sí.
La habitación se vuelve a iluminar solo un poco, pero no por las luces, ahora el proyector que estaba colocado en la base sobre el techo se ha encendido, mostrando lo que parece un video en baja calidad.
La imagen tarda unos segundos en estabilizarse, cuando lo hace pueden notar las fotografías que proyecta sobre la pared.
Fotos de él, Felix, de lejos y de cerca, en la universidad, en su trabajo, inclusive en su hogar, también hay fotografías de su habitación, siente repulsión de solo verlas, su estómago se revuelve, quien los tiene aquí es un maldito psicópata, un loco que estuvo planeando esto con mucha anticipación.
Sus fotografías terminan y siguen con las de Hyunjin, éste observa fijamente la pared sin ninguna mueca, aunque después frunce el ceño cuando se muestran más fotografías de su rostro.
—Idiotas —lo escucha susurrar.
La pantalla vuelve a ponerse negra, el zumbido del aparato resuena en las cuatro paredes antes de que una voz se escuche, no sabe de dónde viene, pero suena distorsionada y aterradora.
—Hola, chicos —les dice, casi puede imaginar la tétrica sonrisa que ese psicópata ha de tener en su rostro—. Probablemente se preguntarán por qué están aquí, ojalá hubiera una respuesta profunda que hable sobre una venganza o algo así, pero no, están aquí por pura mala suerte, fueron elegidos porque me gustaron para esta tortura.
Lágrimas vuelven a correr por su rostro, ¿entonces es solo eso? Es alguien encerrado por una mente macabra para su disfrute, eso es inhumano e inmoral, más que el tenerlo aquí para sacarle dinero o alguna otra cosa.
¿Quién sería tan enfermo para hacerles esto?
—Pero no se preocupen —continúa aquella distorsionada voz—. Si hacen todo lo que se les pida, podrán salir de aquí, será cuestión de ustedes, pueden estar encerrados un par de días o unas semanas, incluso meses si así lo desean.
No desea estar un segundo más en ese horrible lugar. Haría cualquier cosa para salir de ahí. Cualquiera.
—¡Ya sácanos de aquí, hijo de puta! —Grita Hyunjin pateando la base la cama—. ¡¿Acaso no sabes quién soy?!
La tétrica risa le causa escalofríos, un suspiro se escucha en todo su alrededor.
—Te conozco muy bien, Hyunjin, sé quién eres —se burla, el pelinegro no dice nada más—. Entonces —hace una pausa—. ¿Qué les parece empezar con la primer prueba?
—¡¿Qué te hace pensar que haremos lo que quieras, imbecil?!
—Cállate, Hyunjin —el nombrado lo mira con sorpresa—. Deja que nos explique.
—Como verán, están encadenados a sus camas —dice esa persona—. Si quieren ser liberados, deberán encontrar la llave de sus candados, así podrán caminar con libertad por la habitación, hacer sus necesidades con libertad, será más cómodos para ustedes, me preocupo por su comodidad —soltó eso último con un fingido puchero distorsionado.
—¿Dónde está esa llave? —Pregunta Hyunjin a la nada.
La voz no responde, un ruido pesado se escucha, la gran puerta del lado de Hyunjin se abre, pero no por completo, solo un compartimento por la parte de abajo, aunque no es tan pequeño, quizás con un poco de dificultad podría escabullirse por ahí, pero sabe que no podrá escapar tan fácil así que ni lo intenta, el mayor ni siquiera se inmuta.
Por el hueco apenas entra luz, del otro lado escuchan como arrastran algo hasta meterlo en el interior de la habitación, es grande y largo, cubierto con bolsas negras de plástico, cuando está completamente adentro, el compartimiento de la puerta se cierra con brusquedad, se escucha como ponen los seguros que probablemente sean impenetrables.
—Ahí está la llave —vuelve a hablar esa desconocida voz—. Anda, desenvuelvan el paquete.
Las luces se encienden dejado ver a la perfección aquello cubierto con bolsas, no quiere creer que es lo que su cabeza piensa, pero es la única forma que le encuentra.
Hyunjin empuja con dificultad las bolsas hasta el centro de la habitación, donde ambos puedan alcanzarlas. Gatea temeroso hacia el paquete, fácilmente mide más que él mismo, pero intenta ignorarlo. Sus temblorosas manos van hacia el nudo que se forma en una de esas, y entre lágrimas, lo deshace para revisar su interior.
Un grito sale de su boca al revelar el rostro de alguien, otro chico joven con la piel pálida y el contorno de los ojos morados, sus labios están sin color y entreabiertos.
Sus manos van a su boca absteniéndose de vomitar, tragándose las náuseas, aguantando hasta regular su respiración.
Hyunjin termina de romper las bolsas, dejando a la vista el cuerpo completo de aquel pobre chico, el mayor no se mira igual de afectado que él, solo mantiene el ceño fruncido con una mueca de desagrado.
—¿Dónde está la llave? —La molestia en la voz del pelinegro es grande—. ¡¿Donde?! —Grita al no obtener una respuesta inmediata.
—Busca en sus bolsillos —vuelve a hablar aquella voz.
Con asco, Hyunjin lleva las manos a los bolsillos del pantalón de aquel pálido chico, mientras él intenta controlar sus nervios. El mayor saca una navaja de uno de los pantalones, va hacia el otro encontrándose con otra navaja.
—¿Qué mierda significa esto? —Pregunta con una sonrisa sarcástica mientras levanta las navajas—. Déjate de juegos, imbécil, dilo de una vez.
Le aterra la manera en la que Hyunjin le habla a aquel psicópata, no quiere que éste se moleste y decida matar a su compañero, no podría soportar quedarse solo en aquel lugar.
—Es lo que necesitarán para encontrar la llave —explica la voz—. La llave está dentro del chico. En su estómago.
Ahora sí va a vomitar.
Se levanta con un salto y corre al baño, por suerte su cadena es lo suficientemente larga para hacerlo llegar al inodoro que está al lado de la puerta, arroja todo lo que su estómago ha contenido, el asco y el miedo invaden su cuerpo, además de los nervios y de toda la situación que ha estado pasando, esto es demasiado para él.
Cuando ha vaciado todo su estómago se siente mucho mejor, a pesar del dolor en su garganta y sus ojos rojos. Limpia su boca con el cuello de su camiseta y camina tambaleándose hacia Hyunjin, quien ahora está sentado en la cama mirando el cuerpo de ese chico.
Las navajas están arrojadas en el suelo, toma la suya e intenta liberarse con esta, abrir el candado o cortar su cadena, pero es imposible.
—Si no lo hacen a mi modo, van a terminar como ese chico —suelta esa voz con molestia—. Serán los siguientes en tener una maldita llave en sus estómagos en espera de que otros aquí me den el espectáculo que merezco.
Asustado, se detiene y llora, grita molesto con todos, maldice y golpea su lugar, Hyunjin lo mira fijamente, como lo ha hecho desde que despertó.
—¿Quieren salir vivos? Hagan lo que les pedí o mueran, los mataré a ustedes y a sus familias.
Vuelve a sollozar, ¿por qué a él? ¿Qué hizo mal para merecer esto?
—No quiero morir —dice golpeando el suelo—. Tengo tantas cosas por hacer, quiero ver a mis padres, quiero graduarme, tener mi familia, por favor.
Sabe que sus súplicas no servirán de nada, pero odia que le arrebaten sus sueños de esta forma.
—Los tendrás, Felix —de nuevo esa voz—. Solo tienes que seguir mis instrucciones y saldrás libre y recompensado —eso lo hace llorar aún más—. Que empiece el juego.
Le lanza una mirada larga a Hyunjin, éste se la devuelve y niega, maldice por dentro, realmente quiere seguir viviendo.
Observa con atención el chico recostado frente a él, dándose cuenta de que aún respira, es apenas perceptible, pero su pecho sube y baja lentamente.
Que acto de crueldad es este.
—Está vivo —susurra con pesar—. Quiere que nosotros lo matemos.
No puede hacerlo, no puede quitarle la vida a alguien.
—Felix —lo llama Hyunjin desde su cama—. Hazlo.
—No puedo —llora—. No soy un asesino.
—Es él o nosotros, tú decide.
Su pecho se oprime, puede sentir sus ojos hinchados de tanto llorar, le duele todo, se siente tan enfermo y monstruoso, pero sabe que Hyunjin tiene razón.
—¿Y por qué no lo haces tú? —Pregunta afligido, no quiere hacerlo él.
—Porque yo sé que tú eres capaz de hacerlo —murmuró Hyunjin acercándose a él, ahora ambos estaban hincados, uno a cada costado del cuerpo en el suelo—. Yo sé que tú serás la pieza clave para sacarnos de aquí.
Niega, él es solo un simple chico, alguien común y corriente con una vida difícil, no es el héroe de esta historia, no podría.
—Escúchame, escúchame, Felix —las grandes manos del mayor sujetan sus mejillas con delicadeza obligándolo a mirar—. Sé que puedes, confío en ti, en que eres fuerte y valiente, ambos saldremos vivos de esta, juntos, pero necesitas ser tú el que lo haga.
—¿Por qué yo? —Hyunjin parece pensarlo un momento mientras limpia las lágrimas que escurren por sus ojos con su pulgar, es un toque suave que lo hace sentir seguro.
—Confía en mi, así como yo confío en que tú puedes hacer esto por nosotros.
Nadie jamás había depositado tanta confianza en él, pero aquel chico desconocido lo había hecho y se escuchaba completamente sincero. Su corazón latió rápidamente y asintió, dejando que Hyunjin siguiera acariciando sus mejillas.
Cuando se alejó, volvió a sujetar la navaja con fuerza, observó al chico inconsciente, el pecho subiendo y bajando lo hacia sentirse mal. Pidió perdón, también pidió por su alma a Dios o quién mierda fuera que le diera el descanso eterno a ese pobre chico sin nombre.
—Lo siento tanto —susurró antes de apuñalar el estómago del desconocido, lo hizo varias veces, éste permanecía inconsciente, esperaba que no le doliera.
La sangre salió a borbotones, manchando toda su ropa, todo su cuerpo y el suelo, observó el pecho del sujeto, éste ya no se movía, había muerto.
Sin embargo, se sentía liberador haber hecho eso, lo había cumplido, y aunque le gustaría sentir algo de culpa, la verdad es que no sentía más que satisfacción, logró pasar esa prueba y una pizca de esperanza lo iluminó.
Buscó los ojos de Hyunjin, lo miraban con un brillo particular, y había una pequeña sonrisa orgullosa en el rostro de éste. Los haría salir de ahí.
A pesar de estar cubierto de sangre, Hyunjin volvió a tomar su rostro y agrandó su sonrisa.
—¿Ves? Te dije que podías hacerlo —le dijo en un susurro apenas audible—. Eres mucho más de lo que crees, Felix, eres increíble.
Nadia ajeno a sus padres lo había elogiado de tal forma, ni hablado con esa dulzura, y a pesar de la situación en la que se encontraban, en esa escena de película de terror, no podía evitar sentir su pecho cálido.
Hyunjin se alejó un poco y lo dejó seguir con su tarea después de unos segundos, sus manos fueron al estómago destrozado de aquel tipo, con una mueca de asco intentó encontrar la llave entre la viscosidad de los órganos deshechos. Sus dedos sintieron algo duro en el fondo, hundió su mano y tomó la pequeña llave con un suspiro de alivio.
Se la dio a Hyunjin, pues sus manos estaban demasiado resbalosas como para abrir su candado. El pelinegro se liberó con una sonrisa, después caminó hacia su lado de la habitación y quitó su cadena. Y a pesar de que seguían encerrados, no podía evitar pensar que esto era un pequeño paso para volver a tener su libertad.
—Tengo tantas ganas de abrazarte —el mayor lo miraba con una sonrisa—. Pero creo que lo mejor será que te limpies primero.
Miró su cuerpo, sus acciones estaban empezando a afligirle un poco, su mirada fue detrás de Hyunjin, a donde estaba el cuerpo inerte, pero el pelinegro se colocó frente a él tapándolo.
—No lo mires, yo limpiaré aquí, tú ve a ducharte.
Hyunjin tomó sus hombros con sus grandes manos y bajó hasta sus codos en una suave caricia mientras lo observaba fijamente.
—Anda ve, relájate un poco antes de que vuelvan a llamarnos —asintió y caminó hacia el baño detrás suyo sintiendo la pesada mirada del mayor.
Abrió la regadera y soltó un jadeo al sentir el agua caliente recorriendo su cuerpo, sus músculos dejaron de estar tensos y se dedicó a disfrutar del calor, cerrando los ojos al ver la gran cantidad de sangre que caía de su cuerpo, no quería mirarlo, no quería comenzar a sentir culpa, después de todo, fue por un bien mayor, dos vidas a cambio de una, al menos intenta convencerse.
Se sorprende de la cantidad de jabones y cremas costosas que hay en el baño, demasiada atención para dos simples chicos a lo que van a torturar, aún así, si ha de morir, por lo menos quiere verse decente.
No hay toallas para secarse, así que sale de la ducha con su cuerpo temblando por el aire frío.
—Hyunjin —lo llama abriendo la puerta unos centímetros—. ¿Te importa si me quedó un rato en la tina?
No quiere dejar solo al mayor durante mucho tiempo, y tal vez esté también quiere ducharse, después de todo se ha encargado de guardar el cuerpo en las bolsas que llegó, también hay sangre en su ropa.
—Tarda el tiempo que quieras, cariño, te lo mereces —contesta sin voltear a verlo, demasiado ocupado limpiando su desastre.
Pero el apodo lo hace sonreír, es extraño sentirse así por lo que están viviendo, pero es menos espeluznante con Hyunjin, a pesar de no conocerse agradece que sea él quien está atrapado consigo, si estuviera solo probablemente ya hubiera muerto, pero con Hyunjin siente que puede lograrlo.
Vuelve a cerrar la puerta y camina hacia la tina, la llena con agua caliente y deja caer algunas sales de baño que encuentra por ahí, extrañamente se siente más seguro de sí mismo ahora, algo tranquilo, sin ningún malestar por el momento. Ingresa al agua, recostándose contra el frío mármol de la bañera y cierra los ojos, hace un recuento de lo que fue su vida, algo difícil, pero siempre pudo salir adelante. También piensa en lo que hará cuando salga de aquel lugar, porque su esperanza crece con cada segundo que su seguridad también lo hace.
Un sonido brusco lo hace abrir los ojos, el metal pesado siendo arrastrado contra el suelo lo sobresalta.
¿Alguien ha entrado a la habitación?
—¿Hyunjin? —Pregunta en voz alta sin poder moverse—. ¡¿Hyunjin?!
Al no obtener respuesta se levanta con rapidez, casi cayendo al suelo por lo resbaloso que está, se dirige rápidamente a la puerta, pero alguien se le ha adelantado.
Hyunjin lo mira con calidez, aún asustado mira detrás del mayor, dándose cuenta que el cuerpo ya no está ahí.
—Vuelve a la bañera —le dice el pelinegro—. Te enfermarás.
—¿Qué-qué? —Tartamudea sin saber poner en palabras sus pensamientos—. Creí que...
—Vinieron por el cuerpo y a dejar la cena, está allá, también nos trajeron ropa —dice tendiéndole un conjunto de camiseta y shorts, junto con ropa interior, todos blancos—. ¿Te importa si me ducho? Puedo esperar a que termines, pero me gustaría que cenáramos juntos.
No sabe qué decir, maldice por haber estado en la bañera, quizás hubieran podido escapar ahora que no estaban encadenados, después de todo son dos, algo se les hubiera ocurrido, aunque dentro de su ser sabe que escapar así es prácticamente imposible.
—¿No prefieres la tina? —Pregunta después de unos segundos, Hyunjin niega.
—Quédate ahí un rato, está bien.
Le hace caso, vuelve a la calidez del agua mientras el mayor se desnuda para entrar a la ducha, sus ojos viajan cuerpo desnudo del pelinegro, es encantador, y a pesar de que quiere apartar la mirada, la presencia hipnótica de Hyunjin no lo deja. Escucha la leve risa y eso lo hace volver en sí, parpadea un par de veces y regresa su mirada al agua.
—Te veo mucho mejor, más tranquilo —la voz de Hyunjin llega a su oído, el sonido de la ducha lo silencia un poco—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor, sinceramente tú compañía ayuda mucho —siente la mirada de Hyunjin en su cuerpo, no quiere mirarlo, no quiere volver a perderse en su desnudez, pero sabe que el mayor lo observa con atención y no puede evitar sonrojarse.
—Me alegro, Felix —responde con una sonrisa.
Después de eso, ambos hablaron durante un rato más de sus vidas, Hyunjin no contó mucho, pero él habló de casi todo, tuvo la confianza de compartir su vida al pelinegro, de abrirse a él.
La cena fue tranquila, aunque comenzaba a sentirse tenso por no saber lo que le esperaba en los próximos minutos u horas.
Las luces se apagaron un tiempo después, realmente no sabía qué hora era, pero suponía que era tarde y debían ir a dormir, aún así, la oscuridad lo aterraba.
—Hyunjin —pronunció el nombre del mayor en un susurro—. ¿Estás dormido?
—Todavía no.
—Hace frío —no había mantas que los calentaran, solo el suave colchón, pero no ayudaba mucho—. Tengo miedo de que vengan en la noche mientras estemos dormidos y nos hagan algo.
Hubo un silencio de unos cuantos segundos, pensó que el pelinegro se había dormido ya, así que no dijo nada más.
—¿Quieres que duerma contigo? —Habló Hyunjin después de unos minutos, no podía distinguir su rostro, pero sabía que lo preguntaba en serio.
—¿No te molesta?
De nuevo, Hyunjin no respondió, pero escuchó como avanzó por la habitación hasta su cama, sintió el peso de él hundirse en el colchón mientras se recostaba a su lado.
—Ven aquí —el mayor abrió sus brazos y lo atrajo contra su cuerpo—. ¿Mejor?
—Estás calientito.
Cerró los ojos e increíblemente pudo dormir con facilidad.
A pesar de estar en un lugar en contra de su voluntad, perdido sin saber exactamente en qué parte del mundo, después de haber acabado con la vida de un desconocido, aún así, en los brazos de aquel chico que acababa de conocer, se sentía extrañamente protegido.