Persecución
El Banco de Gringotts, el bastión de la seguridad en el mundo mágico, se alzaba imponente sobre las bulliciosas calles del Callejón Diagon. Su fachada de mármol blanco brillaba bajo la tenue luz mágica que iluminaba los faroles, mientras las puertas de bronce custodiadas y protegidas por duendes severos y astutos y que dentro de esas paredes se esconden los más valiosos secretos y fortunas del mundo mágico.
Ni siquiera el más insensato de los magos se atrevería a desafiar la seguridad inquebrantable de Gringotts. Aquellos que alguna vez osaron intentarlo encontraron su destino sellado entre los incontables peligros ocultos en los pasillos de las cámaras subterráneas. Para los clientes del banco, la gigantesca puerta de plata que conduce al interior guarda más que un acceso a su protegida fortuna; lleva un mensaje grabado con palabras solemnes, un recordatorio grabado para aquellos que piensen en cruzar la línea:
“Entra, desconocido, pero ten cuidado
Con lo que le espera al pecado de la codicia,
Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,
Deberán pagar en cambio mucho más,
Así que si buscas por debajo de nuestro suelo
Un tesoro que nunca fue tuyo,
Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado
De encontrar aquí algo más que un tesoro.”
El mensaje grabado en la entrada de Gringotts era una advertencia temible, un recordatorio de las severas consecuencias de desafiar la seguridad inquebrantable del banco más seguro del mundo mágico. Y sin embargo, esta amenaza había sido ignorada por una figura osada, la ladrona más buscada del mundo mágico “La gata ladrona” quien acababa de realizar el atraco del siglo. La bóveda que había robado no solo guardaba un tesoro invaluable, sino también secretos que podían poner en jaque el equilibrio del poder mágico.
—¡Detente ahí, ladrona!—rugió un guardia desde la entrada de la cámara principal, alzando su varita mientras una explosión mágica iluminaban las sombras del corredor.
El eco de las botas de los guardias mágicos resonaba en cada pasillo, mientras la figura encapuchada corría con todas sus fuerzas. Su respiración era rápida, pero sus movimientos eran ágiles, casi felinos. Las antorchas mágicas del banco proyectaban su sombra alargada mientras serpenteaba entre columnas imponentes y mesas llenas de pergaminos y libros de contabilidad.
Los duendes, aunque no la perseguían físicamente, no permanecían inactivos. Desde sus escritorios y estaciones de trabajo, pronunciaban palabras en su idioma duendigonza que parecían estruendos, activando hechizos defensivos. Las puertas de bronce que llevaban al vestíbulo principal comenzaron a cerrarse automáticamente con un ruido profundo y pesado. El suelo bajo sus pies vibró cuando los hechizos de contención se activaron, haciendo que las baldosas de mármol comenzaran a brillar con runas doradas.
—“¡Rápido, bloqueen las salidas!“—ordenó uno de ellos mientras varios magos corrían tras ella, sus varitas alzadas lanzando hechizos en un intento de detener aquella figura que se movía como el viento
Mientras corría, las enormes puertas de las cámaras comenzaron a cerrarse una tras otra, intentando bloquearle el paso. Pero la ladrona, con reflejos extraordinarios, deslizaba su cuerpo por los huecos antes de que estas se cerraran por completo. Un hechizo de contención estalló cerca de su pie, haciéndola trastabillar por un momento, pero recuperó el equilibrio antes de que los guardias pudieran alcanzarla.
—“¡No permitas que llegue a la salida!“—gritó uno de los magos, apuntando con su varita mientras las losas del suelo comenzaban a brillar con runas mágicas. Un encantamiento activado por los duendes hacía que el mármol se volviera resbaladizo, casi como hielo.
La ladrona, sin embargo, anticipó el truco. Saltó sobre una mesa cercana, deslizándose ágilmente por su superficie y volcando pergaminos y libros de contabilidad en su camino. Los guardianes magos y alguno que otro duende que intentaron seguirla cayeron de bruces, patinando en el suelo encantado, mientras ella giraba en dirección al vestíbulo principal.
Allí la esperaba un nuevo desafío: las imponentes puertas de bronce del banco, ahora cerrándose lentamente bajo el control de los duendes. A su alrededor, el espacio estaba lleno de magos y brujas que observaban la persecución con asombro.
—“¡Apártense!“—gritó otro guardia furioso, pero el caos ya se había desatado. Las personas gritaban y trataban de apartarse del camino, algunas tropezando con los bancos de madera o derramando el contenido de sus bolsas.
La ladrona aprovechó el tumulto. Con movimientos calculados, se escabulló entre la multitud, usando a los demás como escudos improvisados, obligándoles a detenerse momentáneamente para no lanzar hechizos que pudieran herir a los inocentes.
Finalmente, la ladrona alcanzó las puertas, que ya estaban casi cerradas. Sin detenerse, se lanzó hacia adelante, rodando por el suelo justo antes de que el último espacio se cerrara por completo. Afuera, el bullicioso Callejón Diagon la recibió con un torbellino de ruido y movimiento.
—“¡Deténganla, rápido!“— gritó un duende hecho en ira, seguido de los demás guardias que lograron abrir las puertas mágicamente para continuar la persecución.
La ladrona, ahora en su elemento, corría entre los puestos del mercado y las tiendas abarrotadas. Esquivó un carrito de helados flotante, saltó por encima de una pila de cajas de ingredientes mágicos y derribó una jaula de lechuzas, cuyos chillidos distrajeron momentáneamente a los magos que la perseguían.
Una bruja que pasaba con un caldero lleno de pociones chilló cuando la ladrona pasó corriendo junto a ella, volcando el líquido brillante por todo el suelo. Los aurores se deslizaron torpemente, uno de ellos cayendo al suelo mientras intentaba mantener el equilibrio.
—“¡Encerrad las calles! ¡No dejen que salga del Callejón Diagon!“—ordenó otro mago de túnica negra, apuntando con su varita hacia el cielo. Pero era demasiado tarde. La ladrona, con una sonrisa triunfal en el rostro, había desaparecido en un callejón estrecho, dejando tras de sí un caos absoluto y a sus perseguidores exhaustos.
Había logrado lo imposible: escapar del banco más seguro del mundo mágico y, con ello, burlar a los mejores guardias y hechiceros del Banco de Gringotts, dejando al mundo mágico boquiabierto ante esta hazaña. Había hecho historia.
Sin embargo, La persecución no terminaría tan fácilmente. Los guardias no descansarían hasta atraparla, y los duendes del banco probablemente ya habrían activado sus rastreadores mágicos. Sus manos aún temblaban de adrenalina mientras se escabullía por un callejón oscuro.
El lugar estaba desierto, apenas iluminado por un farol parpadeante que proyectaba sombras alargadas contra las paredes de ladrillo. Escuchaba los gritos y órdenes a los lejos del caos, cada vez más cerca, y supo que debía actuar rápido.
—“¿Donde se habrá metido ese imbécil?, No puedo quedarme aquí por más tiempo, debo hacer algo para salir de aquí sin que me persigan”— murmuró pensando con frustración hasta que una idea surgió en su cabeza, sus labios curvándose en una pequeña sonrisa
De un momento a otro, su figura cambió. Su cuerpo comenzó a encogerse mientras un suave destello plateado la envolvía. Sus brazos y piernas se transformaron en patas ágiles, su capa desapareció, y en su lugar quedó un gato esbelto de pelaje negro como la noche, con ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo la luz tenue.
Ya no era una ladrona perseguida. Ahora era un gato callejero más, insignificante entre las sombras.
Con un movimiento ágil, el gato saltó al borde de una ventana y se deslizó con gracia sobre un muro bajo, alejándose del callejón y adentrándose en el laberinto de calles traseras del Callejón Diagon. Desde su posición elevada, observó cómo los guardias pasaban corriendo por la calle principal, lanzando hechizos de detección y revisando cada rincón, pero ninguno de ellos levantó la vista hacia el pequeño felino que ahora se encontraba inmóvil, observándolos desde las alturas.
Uno de los guardias, frustrado, golpeó el suelo con el mango de su varita, haciendo que un destello rojo iluminara la noche.
—“¡Busquen por todos lados! No pudo haberse desvanecido en el aire. ¡Está aquí, en alguna parte!“—
El gato apenas movió una oreja ante el ruido, su mirada fija en la escena mientras los magos continuaban su búsqueda inútil. Aprovechando la confusión, saltó silenciosamente al suelo y se perdió entre los pies de la multitud que se había reunido, curiosa por el escándalo. Nadie le prestó atención. Para todos, solo era un gato más, posiblemente asustado por el caos.
Se detuvo contemplando la vista de su caos con diversión en su mirada felina, su cola se movía de un lado a otro disfrutando la frustración de los magos y duendes ante tal humillación.
—(“Bien, solo debo debo de dirigirme al Caldero Chorreante y a esperar a que aparesc-“)—Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando sintió que dos manos la levantaba con emoción—
La gata soltó un maullido sorprendida al sentir las manos pequeñas y emocionadas de la niña que lo levantaban del suelo. La ladrona, ahora en su forma felina, trató de mantener la calma mientras sus ojos verdes destellaban con una mezcla de sorpresa e incomodidad.
—“¡¿Mira, abuela! ¡Un gatito negro, tan bonito! ¿Puedo llevármela? ¡Será perfecto como mi mascota para Hogwarts!”— exclamó la niña con una sonrisa radiante, abrazando al gato contra su pecho.
La abuela, una bruja de cabello plateado recogido en un moño flojo, levantó una ceja mientras observaba al animal. Se inclinó un poco, ajustando sus lentes grandes y redondos para mirarlo de cerca.
—“¿Estás segura de que quieres a este gato callejero, querida? Hay animales mucho más bonitos y saludables en aquel puesto de mascotas. Este parece medio salvaje, y mira cómo mueve la cola; claramente está molesto. Podría venir de una tubería o, peor aún, de algún basurero”— comentó con un tono rancio, arrugando la nariz como si el simple pensamiento del origen del gato fuera ofensivo.
La niña, sin embargo, no se dejó intimidar. Acarició al gato detrás de las orejas, ignorando completamente cómo la cola del animal se agitaba de manera inquieta.
—“¡Por supuesto que quiero este! Está asustado, eso es todo. Hay demasiada gente alrededor. Además, necesito una mascota para Hogwarts, y todos llevan lechuzas o ratas. Pero un gato negro... es especial, único. ¡Será perfecto para mí!“— exclamó con un entusiasmo que iluminaba su rostro, abrazándolo un poco más fuerte.
—(“¡Por Merlín, niña, suéltame! No soy tu juguete”)pensó la ladrona mientras forcejeaba frenéticamente, sin demasiado éxito, para librarse del apretón. (“No soy ningún gato callejero, mucho menos un animal salido de una tubería. ¡Bruja estúpida! Pero si me transformo ahora, tendré a todos encima en un segundo”) —pensó, frustrada por su situación.
La abuela suspiró profundamente, mirando alrededor. La conmoción por el robo en Gringotts seguía en el aire, con guardias revisando cada rincón y apuntando sus varitas a los lugares más insospechados.
—“Muy bien, llévatelo si tanto insistes, pero escúchame bien: si este gato causa problemas, será tu responsabilidad. Y más vale que lo revises para asegurarte de que no esté maldito. Los animales callejeros en el Callejón Diagon no siempre son lo que parecen”— dijo la anciana, lanzando al gato una mirada aguda y desconfiada.
La niña, ajena a cualquier advertencia, sonrió de oreja a oreja y sostuvo al gato con más entusiasmo que antes.
—“¡Gracias, abuela! Prometo que lo cuidaré. Ya sé cómo lo llamaré: Eclipse. Su pelaje es negro como la noche, pero sus ojos brillan como la luna. ¡Es un nombre perfecto!”
El gato ladeó una oreja mientras su mirada esmeralda, ahora con un brillo de ironía, se desvió hacia los aurores que todavía revisaban la zona. (“Eclipse. Perfecto, dice. Qué original. ¿Por qué no simplemente Sombra, o Mister Noche? Esto es tan insultante”) pensó con resignación.
La niña comenzó a caminar hacia la entrada del Callejón Diagon, aún abrazando al gato, mientras su abuela la seguía de cerca, refunfuñando algo sobre lo imprudente que era recoger animales desconocidos.
El gato, por su parte, sabía que su situación era más complicada de lo que había imaginado. No podía transformarse de vuelta a su forma humana sin exponer su identidad, y mucho menos con todos los aurores rondando. Tendría que seguir el juego, al menos por un tiempo, hasta que encontrara una oportunidad para escabullirse.
—“¡No puedo esperar a llegar a Hogwarts contigo, Eclipse! Exploraremos todo los rincones del castillo, ¡serás la gata mas linda de todo Hogwarts!”— decía la niña mientras acariciaba al gato con cariño.
—“Inseparables, claro. Hasta que tenga la oportunidad de desaparecer, niña tonta” —pensó la ladrona, dejando escapar un suave maullido de fastidio, que la niña interpretó como una señal de aprobación.








