Prólogo
La vida, un escenario donde la injusticia es un actor principal, con guion escrito por el destino, que a veces se disfraza de coincidencia, y escenografía construida con la desigualdad. La traición, un complice silencioso, que te susurra al oído promesas falsas, mientras te empuja hacia la oscuridad de la manipulación. En este teatro de la existencia, las vidas se cruzan como hilos de diferentes colores, pero algunos son cortados antes de tiempo, dejándolos en la sombra, mientras otros brillan con una luz que no les pertenece. En este laberinto de realidades, donde los mundos distintos se rozan sin comprenderse, la injusticia nos recuerda que el dolor puede ser un huésped inesperado en la casa de la vida. Y aún en los corazones más puros, la maldad puede encontrar un resquicio para sembrar su oscuridad, dejando una cicatriz que nos recuerda la fragilidad de la bondad.
Yo nunca he tenido suerte en la vida. Cuando nací, mi madre murió, y aunque no la conocí, mi padre siempre se esforzó en que la recordara.
Mi padre siempre fue alguien muy cercano a mí. Él fue la persona más especial de mi vida, y yo para él, o al menos eso creía, hasta que un día apareció una mujer. Era hermosa, no lo puedo negar, pero tenía un carácter terrible.
Yo no le agradaba para nada, y así fue hasta que un día mi papá fue llamado a participar en una expedición, una de sus misiones en el trabajo. Pese a que él era uno de los soldados más importantes, tenía que asistir sin siquiera pensarlo. En un desafortunado descuido, perdió la vida.
Fue un momento que me marcó, había quedado huérfano, y las palabras de la ahora viuda mujer -porque si, se casaron- no me ayudaban en nada.
Lo primero que ella hizo después de que mi padre falleció, fue echarme a la calle, la descarada no pudo siquiera esperar a que lo velaran. Ella decía que estando ahí no cambiaria nada, y eso, para un adolescente de 15 años, fue lo más triste que pudieron decirle en su momento.
Me fui, como ella tanto deseaba desde el momento en que supo de mí. No sabía muy bien a dónde ir, hasta que el único amigo que tenía me ofreció quedarme unos días en su casa, mientras encontraba algo.
Y ese fue uno de los errores más grandes que pude cometer. A los pocos días de no encontrar trabajo en ningún lado, porque en todas partes "era muy joven y sin experiencia", él me ofreció un trago de alcohol, y fue ahí donde comenzó mi pesadilla.
Comencé a vagar por las calles estando ebrio, buscando una gota más de ese amargo líquido, pero con el tiempo, eso dejó de funcionar. Ya había pasado poco más de un año, y estaba a punto de cumplir los 17. Fue entonces cuando "mi amigo" me ayudó a terminar de llevar todo a la mierda. Una pequeña bolsa con una especie de polvo, sabía lo que era, pero no de dónde venía. Él me explicó que quería venderla, pero necesitaba alguien que lo ayudara a hacerlo. Antes, tenía que probarla junto a él. Al hacerlo, lo primero en que pensé es que ya no quería dinero a cambio de ayudarle, sino una dosis. Y él accedió.
Y así fue, por casi un año. Pero un día, sin saber si era un castigo o una recompensa por todo lo que había vivido, me tiré en una de las bancas públicas que estaban por ahí, quedándome dormido.
Cuando desperté, una bola de 4 jóvenes estaba rodeándome, además de que la dura banca de antes, fue sustituida por un suave colchón.
Ellos comenzaron a interrogarme y preguntar por mi salud, cuando intenté convencerlos de que todo estaba bien, insistieron en saber la verdad y como prácticamente ya no tenía nada que perder; se los conté.
Después de eso ellos me ayudaron a dejar esas porquería, no fue fácil, pero tampoco fue imposible, unos meses después lo dejé y comencé a trabajar con ellos.
Al principio, no tenía mi idea de que trabajaba, y al explicarme estaba demasiado confundido, al parecer ellos vivían asaltando personas y en ocasiones lugares.
No tenía planeado aceptar, pero ellos me habían ayudado tanto que termine por hacerlo.
Me mudé con ellos, y con el tiempo esos pequeños asaltos que parecían no hacerle nada a nadie, se convirtieron en contrataciones de terceros para algo más grande, así fue como llegamos al príncipe