Capítulo 1
>>Hace dos años que no se ven, pero dos años pasan rápido.<<
Amanece lentamente, mientras corre una brisa agradable por la ciudad, con cierto aroma fresco del río que la atraviesa.
Ciertas veces estas en medio de la ciudad y al cerrar los ojos podes sentir que te transportas a una isla. Solo de noche, o muy temprano en la mañana.
Son las seis de la mañana, no dormí nada, pero acá estoy. Sentada en la vereda esperándolo. Fumando un cigarrillo mientras veo algunos perros pasear antes de que sus humanos vayan a sus trabajos.
A lo lejos se lo ve a él, con su traje caminando de esa forma tan particular que nunca estoy segura si camina, baila o salta. Sonríe a lo lejos y le sonrío de vuelta.
Se acerca, y me extiende la mano, la tomo y llego a su altura. O casi, porque me lleva varios centímetros incluso con mis botas puestas. Me da un beso y aspiro su aroma, siempre con ese perfume que me lleva lejos por los caminos de mi mente.
Caminamos algunas calles buscando dónde tomar un café, hablando de la vida, de lo mismo de siempre. Con Leo siempre es así. Podemos pasar años o días sin vernos, pero el resultado es el mismo. Comodidad. Nunca hay silencios incómodos, incluso los silencios tienen palabras dichas en la mirada que flotan y nos hacen entendernos.
Alguna vez creí que somos víctimas de nuestra comodidad, de esos silencios hablados, de esas palabras que siempre saben cuándo salir. Pero lo cierto es que no lo somos. Somos víctimas de nuestros vicios. Y culpables de tenerlos.
Llegamos a un café, pedimos lo mismo de siempre, un café negro con edulcorante para él, un café con leche sin azúcar para mi. En los últimos dos años Leo cambio de trabajo, de pareja, de dirección, de corte de pelo, incluso de número de teléfono. Y sin embargo, yo siempre veo al mismo chico de 4 años que era cuando lo conocí. De eso pasaron veinte años.
Por mi parte, en los últimos dos años cambié de trabajo, de dirección, de corte de pelo y de pareja. El número lo conserve. Pero solo eso. Y sé que él aún ve en mí a esa chica de 4 años que conoció alguna vez volviendo de la escuela con sus dos colitas desiguales y su muñeca en la mano.
Terminamos el café mientras hablamos de cosas sin sentido. Al rato salimos a una ciudad más despierta, más bulliciosa y llena de gente. Caminamos hasta mi casa, pero no lo invito a pasar.
Ante esa falta de perspectivas por mi parte, pienso en el tiempo en que no nos vimos. Y veo en sus ojos que él también. Flota en el aire una sensación confusa, que no termino de definir, algo así como anhelo, deseo, añoranza, tristeza. O una mezcla de todo eso.
Me abraza en despedida, y al oído me susurra que le agrado verme, y que espera volver a verme, pero en otro lado. Esas últimas palabras estaban cargadas de sentido.
Pienso en su pareja y algo en mí debe indicarlo, porque lo siguiente que me dice es que no me olvide que entre nosotros las cosas son diferentes, con pareja o no, nosotros somos diferentes.
Me da un beso y se va, dejándome como siempre. Esta vez podría ser diferente... Que más da, nunca lo es.
Siempre lo dije y sostengo, somos la excepción que confirma la regla. O algo así...