Capítulo 01

Violeta Bennett
¿No les ha pasado que, cuando creen tenerlo todo bajo control, la vida llega de repente y ¡zas!, les da una cachetada que los despierta de golpe? Pues eso fue lo que me pasó, y cómo dolió esa bofetada cuando menos la esperaba.
Había sido muy duro encontrar a mi novio —con quien llevaba dos años de relación— en nuestra cama, con otra chica. Y que fuera tan descarado como para negarme lo que estaba viendo.
—Violeta, no es lo que parece —me dijo el muy sinvergüenza, cuando los vi en pleno acto al entrar a la habitación.
—¿Cómo no va a ser lo que parece? —le grité. Dos cuerpos desnudos en nuestra cama, besándose como si yo no existiera. ¿Qué más necesitaba ver?
Nerea era su “amiga”, una de las tantas con las que salíamos. Y yo, de idiota, pensaba que entre ellos solo había bromas y confianza.
Ese día me largué de su casa sin mirar atrás.
Había pasado tres días de viaje con mi mejor amiga, Gisela, y nuestro grupo cercano, para celebrar su despedida de soltera. Se casaba en tres semanas. Pero para mi novio, claramente, fue la oportunidad perfecta para disfrutar al máximo, sin distracciones, ni testigos. Y por supuesto, aprovechó cada momento a solas.
Sabía que nuestra relación no estaba bien desde hacía un tiempo, pero me dolió que todo terminara así. Daniel Márquez no solo era mi novio, también era mi amigo, y traicionó esa confianza, tirando a la basura más de dos años de relación.
Después de ese día, en el que salí furiosa de su piso para no regresar jamás, él intentó hablar conmigo, me suplicó que lo perdonara, que había sido un error. Pero yo no quería ni verlo. No podía tolerar una traición. No soportaba que me mintieran ni que me hicieran sentir como una idiota. Me sentía humillada, engañada y, sobre todo, decepcionada. Pero no tanto de él… sino de mí misma, por no haber visto antes las señales.
En ese momento supe que necesitaba recalibrar todo mi mundo, que había quedado completamente sacudido por un engaño, de la persona de la que menos me lo esperaba.
Había pasado una semana desde aquel día en el que, como una idiota, quise sorprender a mi novio con mi regreso… y terminé sin querer volver a verlo. Él intentó contactarme por todos los medios, me buscó, pero simplemente no podía.
Esta situación me hizo entender muchas cosas. Me preguntaba si realmente lo había querido como para hablar con él e intentar arreglar las cosas, o si simplemente todo había terminado y yo no lo había notado.
No lo sabía. Pero de lo que sí estaba cien por ciento segura era de que no quería volver con él.
No era de las personas que perdonaban fácilmente. Me costaba volver a confiar en alguien que me había mentido. Y después de ser testigo de semejante traición, mucho menos.
Durante esa semana también hice un repaso sobre nuestra relación y me di cuenta de que, quizás, estaba con él más por costumbre que por amor. Ya no había intimidad entre nosotros. Por más que me gustara desde que lo conocí, ninguno de los dos hacía algo para remediarlo; ambos lo evitábamos. Y de esa manera se nos fue yendo de las manos la relación, poco a poco.
Gisela, mi mejor amiga, fue quien se encargó de entregarle las pertenencias que tenía en mi casa. No quería volver a encontrarme con él, ni por accidente.
Y, a pesar de toda mi reflexión, lloré. Lloré con ella por sentirme traicionada y perdida. Lloré por mis planes rotos, por el tiempo perdido, por la decepción y, sobre todo, por la mentira y el engaño. Por la fachada que ellos construyeron para que yo no me enterara. Porque sí, tenían varios meses de relación a mis espaldas y fue un duro golpe enterarme después.
—Amiga, ya sé que no ha sido fácil asimilar lo que te pasó, pero ¿qué te parece si salimos un rato? Que te dé un poco de aire. Ya llevas dos semanas encerrada y me estás preocupando.
—No tengo ánimos de nada, Gise.
—Ya lo sé, cariño, pero me caso en una semana y te necesito. Hazlo por mí, por ese cuerpazo que se te marca con el vestido que vas a ponerte. No estaré molesta si me robas protagonismo. Te lo prometo.
Sus palabras me sacaron media sonrisa y le prometí estar de mejor humor esta semana; no se merecía ver a su mejor amiga así en un día tan importante.
—¿Y después de que te cases, qué voy a hacer? Cuando regreses de tu luna de miel, me encontrarás completamente hundida. Si no es por ti, esta última semana ni me habría bañado.
—Bueno, eso último me costó horrores lograrlo.
—Lo siento —le dije, haciendo un puchero.
—Más lo siento yo, créeme… porque olías fatal —ella sonrió y yo le devolví otra media sonrisa.
—Tonta… Pero dime, ¿qué hago ahora?
—A ver, Vivi, la vida no se acaba solo porque hayas terminado con tu novio. Eso que te quede claro.
—Lo sé, pero también sabes que toda mi vida giraba en torno a él.
—Sí. Y te lo reclamé muchas veces, porque eso no era nada sano.
—Soy una tonta.
—No, cariño. No eres tonta. Estabas enamorada, ilusionada. Y eso no es ser tonta. Pero ahora tienes una oportunidad perfecta para redescubrirte, para reconectar contigo misma y ver qué quieres hacer, sin nadie al lado que te diga lo contrario. Sabes muy bien que las cosas con Daniel no estaban bien.
—Sí, lo sé. Era un manipulador y un egocéntrico. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Por qué tuve que verlo con otra en la cama para entender que esa relación no iba a ningún lado y que no me convenía?
—Porque a veces la vida es así de cruel, y te da un golpe de realidad para que despiertes.
—Me siento completamente desorientada… como un perro al que le cortan la cola.
—Vivi… ¿y si te vas unos días con tu familia? —me dijo, después de un rato en silencio.
—No sé si sea una buena idea, Gise. En el pueblo solo me espera ir a misa y quedarme en casa ayudando a mi mamá con todo lo que quiera ponerme a hacer.
—Bueno, también podrías ayudar a tu papá en la clínica. Y eso no está tan mal, ¿no?
—Sí, lo sé. Pero ¿tú crees que eso me ayude a olvidar lo que pasó? —la miré con el ceño fruncido, sin estar muy convencida.
—Mira, sé que en tu pueblo no hay mucho que hacer, lo entiendo. Pero te vendría de maravilla ir y pensar en todo esto que estamos hablando. Para reconectar con la Violeta de siempre, la que tiene sueños, la que quiere comerse el mundo. Y desde ahí, plantearte un plan de acción. Es el momento perfecto: acabas de graduarte y tienes la libertad de decidir hacia dónde quieres llevar tu vida.
—No lo sé…
—Piénsalo, ¿sí? Pero por ahora, mueve ese trasero y vamos a salir. Necesito terapia de compras, y tú también.
Le hice caso. Pasamos todo el día de tienda en tienda, y agradecí la distracción.
Había estado encerrada una semana esperando un milagro, una señal que cambiara mi patética realidad, pero no era así cómo funcionaban las cosas. Si no era yo quien tomaba acciones, nadie más retomaría el control de mi vida por mí.
Así que tomé una decisión. Después de celebrar la boda soñada de mi amiga, me iría a casa de mis padres por unas semanas.
Era lo mejor que podía hacer en este momento para reconducir mi vida, aprovechando que aún no había comenzado a trabajar.
Estaba en el paréntesis perfecto para tomar ese descanso. Sabía que me haría bien estar con ellos, y sobre todo, pensar con claridad qué quería hacer de ahora en adelante con mi vida.
El gran día llegó. Ver a Gisela y Guillermo jurarse amor eterno fue hermoso. Pero también me hizo sentir vacía. Me pregunté si alguna vez yo viviría algo así, si alguna vez alguien me miraría con ese tipo de ternura que se nota hasta en los silencios.
Me alegraba verla feliz, pero no podía evitar sentir una punzada de envidia.
Daniel y yo nunca hablamos de matrimonio como tal, pero creo que todas, en algún momento, idealizamos ese instante en la cabeza, más de una vez, con el chico que nos gusta.
Aun así, ver a mi amiga tan deslumbrante con su vestido blanco de encaje y tul, con esa sonrisa permanente y esas miradas cómplices que se lanzaban ella y su novio durante la ceremonia, fue esperanzador.
¿Que si me dio envidia? Sí, mucha. Pero sabía que algún día encontraría algo igual de bonito. Solo debía esperar un poco más.
La ceremonia fue al aire libre, en un jardín decorado con luces cálidas, flores blancas y velas que flotaban en frascos de vidrio. Era como estar dentro de un sueño. Cuando caminó hacia el altar con su padre, se me llenaron los ojos de lágrimas. Me acordé de los días en los que hablábamos de encontrar al amor de nuestra vida mientras compartíamos una pizza y ella lo había logrado.
Durante la fiesta, me obligué a mantener la sonrisa y a estar de buen ánimo para celebrar con ellos su gran momento. El baile, la música y el alcohol ayudaron bastante a mantener mi estado de ánimo estable, por decirlo de alguna manera.
Y debo decir que mi grupo de amigos también puso de su parte. No me dejaron sola ni un segundo, incluso me acompañaron hasta al baño. Cosa que se me hizo excesiva, la segunda vez que fui.
—Creo que el primo de Guille quedó prendado de tu trasero —me dijo Fiorella, una de mis amigas, al volver a la mesa.
—Uf, sí. Yo también lo encontré mirándolo —añadió Manolo, que, junto con Gisela, era mi mejor amigo.
Él no había estado presente cuando ocurrió todo el drama con Daniel, porque estaba de viaje, pero cuando llegó, nos vimos en mi casa y me desahogué con él. Me dio la razón, al igual que Gisela, y me dijo que la mejor decisión era desconectar luego de la boda.
—Pues, que mire todo lo que quiera. No tengo ganas de nada —les respondí a ambos.
—No te cierres a la posibilidad, cariño —me dijo Manu, acariciando mi brazo.
—Ya lo sé, pero es muy pronto. No me presionen.
—Vale, vale, no decimos nada más. Vamos a bailar, vente —me respondió mi amigo, mientras me arrastraba a la pista de baile.
A pesar de todo lo que sentía, ese día lo pasé genial. Mucho mejor de lo que esperaba. Me alegró ver que mi amiga tuvo la boda que siempre soñó.
Salimos todos de la fiesta a las 6:00 de la mañana, rumbo a nuestras casas, completamente borrachos y felices. Como se debe salir de una boda.
Pero al día siguiente, las cosas no parecían tan lógicas. Me desperté tarde, con los pies destrozados y un dolor de cabeza insoportable. Me calenté una sopa instantánea y, tras un baño reparador, en un par de horas ya me sentía un poco más yo.
Como ya había tomado la decisión de irme al pueblo, me puse a buscar boletos de tren. Pasaría un par de semanas allá y luego regresaría con las pilas recargadas y con ganas de comerme el mundo. Era un buen plan.
Cuando estaba terminando de hacer la compra, escuché el timbre de la casa y me acerqué a mirar quién era. Al asomarme por la mirilla, vi a Daniel del otro lado. No entendía qué hacía aquí y, por un momento, me planteé no abrirle. Pero tampoco quería que me siguiera llamando, así que respiré hondo y le abrí la puerta.
—Hola —dijo en cuanto nos vimos, como si eso fuera suficiente para borrar la mierda que hizo.
—¿Qué haces aquí? —le respondí, seca.
—¿Podemos hablar?
—No sé qué quieres hablar conmigo…
—Déjame explicarte…
—¿Vienes a explicarme cómo comenzó tu historia con Nerea?
—Vivi, por favor, solo unos minutos.
Abrí la puerta sin decir nada. Él entró, pero yo me quedé en el mismo sitio con los brazos cruzados y una expresión de piedra. Quería que se incomodara. Que sintiera el asco que su presencia me provocaba.
Respiró profundamente, nervioso, como si esperara realmente redención.
—¿Lo hablaremos aquí? —preguntó, casi susurrando.
—Sí. Dijiste que solo serían unos minutos. No tengo tiempo para escucharte recitar excusas.
—Vale. Lo siento. De verdad. No quería que lo nuestro terminara así.
—Pudiste ser sincero. Pero no quisiste. Solo mentiste con total tranquilidad.
—No fue mi intención.
—¿Te acuerdas cuando te pregunté si había alguien más y me dijiste que no? Qué buen actor resultaste ser.
—No tuve…
—¿Los huevos? —interrumpí sin miramientos.
—Sí. No supe cómo enfrentar la situación y claramente la cagué. Lo siento mucho.
—Vale —respondí, neutral. Abrí la puerta de nuevo, indicando con una señal que podía irse. Porque sí, esto ya había terminado.
—¿No vas a perdonarme? —preguntó con voz entrecortada.
—No lo sé. Quizá algún día… cuando me dé amnesia.
—Vivi, no me digas eso. No quiero perderte.
—Demasiado tarde, Daniel. Me perdiste el día que decidiste que tu placer valía más que nuestra historia.
—Dices eso porque estás dolida, lo sé, pero… ¿y los años que estuvimos juntos? ¿No cuentan?
—¿Tú me estás reclamando los años? ¿Tú? Mira, cuando le abriste las piernas a Nerea en nuestra cama, cancelaste cualquier recuerdo que pudiera tener valor. ¿Quieres contarlos ahora como puntos de fidelidad acumulada o qué?
—Violeta, fue un error, eso solo pasó una vez…
—¿Y encima me subestimas? Tus amigos hablan más de la cuenta, Daniel. Me enteré de todo. Pero da igual si fueron dos veces o veinte. Lo que me importa es que mentiste. Me trataste como estúpida. Y no contento con eso, ahora vienes a hacerte el mártir.
—Yo no quería hacerte daño…
—Pero lo lograste. Y con honores. ¿Qué esperabas? ¿Una medalla por confesar? ¿Un abrazo porque viniste a pedirme perdón cuando ya no hay nada que reparar?
Él bajó la mirada y no dijo ni una palabra más.
—Todos los recuerdos bonitos que tuvimos —continué— se fueron a la mierda el día que cruzaste esa línea. Lo tuyo con Nerea no fue un accidente, fue una elección. Una decisión. Así que mejor vete, Daniel. Y no vuelvas a buscarme. No quiero saber nada más de ti. Nunca.
Él no dijo nada más. Sabía que no tenía argumentos con qué refutar nada. Salió de mi casa con la cabeza gacha, como si ese gesto patético pudiera despertar compasión en mí. Pero lo que logró fue el efecto contrario. Me dio risa verlo actuar de esa manera.
Cerré la puerta con firmeza y, con ella, dejé afuera al hombre que fue mi mundo. Porque ya no lo era.
Por supuesto, ese día volví a llorar. Pero esta vez fue distinto. No lloré por él, sino por mí. Por haberme negado a ver lo evidente. Por no haber sido sincera conmigo misma mucho antes de que todo explotara.
Pero también sentí alivio. Porque ahora, al fin, podía enfocarme en lo que realmente importaba: sanar, seguir y recuperar mi vida.
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NB✨











sabes que adoro todas tus historias y ésta no podía ser menos, la leeré cómo la primera vez 😘💋🫂