NO SALGAS - Relato corto

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Summary

Huyó de su casa en medio de la noche, escapando de su propio infierno. Pero cuando su refugio fortuito se convierte en un trampa imposible, descubre que hay cosas peores que el mismísimo miedo. Un relato auto conclusivo que te atrapará desde la primera linea. Sumérgete en el misterio de la oscuridad.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

NO SALGAS

No fueron pocas las veces que escapé de casa cuando era niño. Huía de mi padre, un hombre alcohólico y depresivo. Nunca me lo dijo, al menos no con palabras, pero siempre sentí que me culpaba por la muerte de mi madre, quien falleció tras complicaciones al darme a luz.

Recuerdo un día en especial, un sábado por la tarde. Él llegó temprano del trabajo con una botella en la mano. Dejó las llaves de su vieja camioneta sobre la mesa y comenzó a lanzar groserías al aire, pateando muebles y levantando los brazos mientras derramaba el alcohol. Yo lo observaba con una mezcla de repudio y lástima, comiendo un tazón de cereales húmedos sin leche, frente a la televisión. Cuando notó mi expresión, descontento, me gritó que me largara a mi habitación y que no saliera, que hiciera algo más productivo que simplemente comer.

Era un niño, y no entendí su pérdida hasta muchos años después. Esa noche, decidí que me marcharía de esa casa rota y descuidada.

Preparé una mochila con cosas sin sentido: historietas viejas, una almohada, un gorro de lana rojo. Lo único realmente útil fue una linterna que encontré en el garaje, entre un montón de trastos polvorientos. Cuando la noche cayó y todo estaba en penumbra, me asomé al salón. Mi padre dormía en el sofá, con la televisión encendida. Una botella de whisky barato yacía en el suelo junto a un charco de alcohol que impregnaba el aire con su hedor.

Pasé de puntillas, temiendo que la madera del suelo rechinara. La única salida era por ahí, ya que todas las ventanas estaban enrejadas. Mientras cruzaba, vi las llaves de la camioneta y, sin pensarlo demasiado, las tomé. Tal vez por inocencia, tal vez por una pizca de malicia.

Subí al vehículo, una Ford azul con la pintura desgastada que había pertenecido a un abuelo que nunca conocí. Intenté recordar cómo manejaba mi padre, deseando que algún recuerdo me ayudara. Tras varios intentos, conseguí encenderla. Con el corazón acelerado, puse primera y avancé. Tomé una calle que llevaba al lado opuesto de la ciudad y conduje… ¿horas? En ese momento, todo pareció durar solo segundos.

De repente, un sonido sordo anunció que el motor se había apagado. La camioneta perdió fuerza hasta detenerse. Había acabado el combustible. Frustrado, intenté arrancarla un par de veces más, sin éxito. Me bajé, sintiendo el frío cortante de la noche. Me puse el gorro de lana rojo y ajusté mi abrigo. Al lado de la carretera se alzaban unos árboles oscuros, quizá robles. Un bosque. Genial.

Encendí la linterna y me adentré entre las sombras, avanzando por un camino laberíntico. La maleza y los árboles formaban un paisaje interminable. La luz de la linterna parecía insignificante frente a la inmensidad de la noche. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba perdido. Maldecí en silencio y pensé en mi cama caliente, arrepintiéndome de haberme lanzado a esta locura.

Caminé un rato más hasta que, a lo lejos, vi un techo de tejas. Me apresuré hacia él y encontré una cabaña vieja y lúgubre, sumida en la oscuridad de la noche otoñal. Tenía un aire abandonado, como si nadie hubiera vivido allí en años. A pesar de eso, me acerqué y golpeé la puerta, esperando que alguien amable me abriera y me ofreciera una taza de chocolate caliente. Obviamente, eso no sucedió.

Tiritando de frío y hambre, rodeé la cabaña buscando una ventana abierta. Para mi sorpresa, encontré una con el seguro oxidado. La forcé un poco hasta que cedió y me colé al interior. El lugar estaba destartalado. Una mesa volcada yacía sobre una alfombra gris, cubierta de polvo. La madera del suelo crujía bajo mis pies. En la alacena, unas telarañas cubrían platos antiguos.

Avancé torpemente y, al tropezar con algo, mi linterna cayó al suelo, rompiendo el cristal. Me agaché a recogerla, temblando. Había tropezado con un cuadro volteado. Intrigado, lo levanté para ver qué ocultaba.

Recuerdo lo que vi y, de inmediato, mi garganta se cierra. Mis manos comienzan a sudar. Esa imagen… no me gusta tenerla en mi mente. El cuadro mostraba a un hombre. Un hombre retorcido, con los ojos hundidos en las cuencas, dejando un vacío oscuro donde deberían estar sus pupilas. Su figura era alta y siniestra, envuelta en sombras que parecían extenderse más allá de la pintura. Pero lo peor fue la sensación: parecía mirarme directamente, como si sus ojos vacíos pudieran verme a través de la tela.

Solté la pintura, aterrorizado, y retrocedí tambaleándome. Temblando, me di la vuelta y noté algo que antes no había visto: la ventana por la que entré ahora tenía rejas. Sentí cómo mi pecho se oprimía y mi respiración se hacía más pesada. Algo estaba mal, muy mal. El aire se volvió más denso, como si la cabaña misma intentara devorarme.

Miré a mi alrededor con desesperación, buscando una salida. Entonces, la vi: la puerta. Estaba al otro lado del salón, tan lejos y tan cerca a la vez. Sin pensarlo, comencé a correr hacia ella, pero algo extraño sucedió. El suelo debajo de mí parecía alargarse interminablemente, como si la distancia se multiplicara con cada paso. Por más que corría, no avanzaba ni un centímetro.

Caí de rodillas, sollozando, apretando los ojos con fuerza. El viento aullaba, un sonido que no solo escuchaba, sino que sentía en mis huesos. No era un viento normal. Parecía gemir con dolor, con una pena indescriptible que se filtraba dentro de mí.

Y de pronto, todo cesó.

El silencio fue tan absoluto que me aterrorizó aún más. No había ruido, ni viento, ni crujidos. Solo un vacío asfixiante. El pánico me hizo pensar lo peor. “¿Estoy sordo?”, me pregunté con desesperación. Toqué mis oídos, buscando algún indicio de sonido, pero no hubo nada.

Seguí arrodillado, con mi cabeza hundida entre las piernas, temblando como una hoja. “¿Por qué me fui? ¿Por qué no me quedé en casa?”. Las lágrimas caían incontrolablemente, cálidas contra el frío gélido que se había apoderado de la habitación. Mi corazón palpitaba tan fuerte que lo sentía en cada rincón de mi cuerpo, como un tambor frenético a punto de reventar.

Mis dientes estaban apretados con tanta fuerza que chirriaban, pero no podía aflojarlos. Intenté respirar despacio, llenarme de aire, aunque cada bocanada parecía costarme la vida misma. Con mis manos cubriendo los oídos y los ojos cerrados, esperé… aunque no sabía exactamente qué.

"тос, тос, тоС."

Alguien tocó la puerta. Por un momento, creí que mi salvación había llegado.

"¿Alguien me vio llegar hasta aquí? ¿Mi padre, tal vez?" Mi corazón, aún latiendo frenéticamente, pareció recuperar algo de ritmo al pensar en su rostro. Nunca antes había sentido tanto alivio ante la posibilidad de verlo.

Me puse de pie, tambaleándome, aún con las manos temblorosas. Caminé hacia la puerta, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos. Mis ojos permanecían cerrados, como si temiera que abrirlos trajera algo aún peor.

Finalmente, mi mano alcanzó la manilla, fría como el metal helado en pleno invierno. Solté un suspiro largo, casi extasiado, como si al abrir esa puerta todo fuese a terminar. Pero por nada del mundo quería mirar atrás. Sentía el cuadro en el suelo, acechándome desde las sombras, aunque no podía verlo. Abrí los ojos y me estiré para mirar por el pequeño visor de la puerta. Allí estaba: una mujer joven de cabello claro y mirada amorosa. Algo en ella me resultaba familiar, como si perteneciera a algún recuerdo enterrado en mi mente. Llevaba un vestido hermoso, completamente inadecuado para el frío desgarrador de aquella noche.

Mi pecho se llenó de esperanza. "Alguien vino por mí."

Abrí la puerta, cediendo a mi desesperación. Pero lo que vi me paralizó.

La mujer estaba en el suelo. Postrada, torcida de una manera inhumana. Su piel estaba desgarrada, desprendiéndose de su cuerpo como trapos sucios. Sus ojos sobresalían grotescamente de las cuencas, y su boca permanecía abierta en un grito mudo. Sus brazos, flacos y quebrados, parecían pedir ayuda que nunca llegó.

El aire me golpeó con un hedor insoportable. Mi estómago se revolvió, y sentí el mareo y el asco devorarme. La mujer que había visto, tan cálida y con una sonrisa amable, ahora era un cadáver putrefacto a mis pies.

Di un paso atrás, tambaleándome.

Entonces, de su cuerpo retorcido surgió una oleada de sombras, una oscuridad tan densa que parecía tangible.

"NO SALGAS."

Las voces surgieron, como un rugido colectivo que perforó mi mente. No eran palabras humanas; eran gritos, aullidos, órdenes. Sentí como si mi cráneo fuera a explotar bajo la presión de ese sonido.

"NO SALGAS. NO SALGAS."

Cerré la puerta de golpe, con tanta fuerza que la madera crujió bajo mis manos. Y, al instante, el ruido cesó.

Me giré, jadeando, con el corazón a punto de estallar. Pero lo que vi me heló hasta la médula: el cuadro ya no estaba en el suelo.

Había desaparecido.

El silencio volvió, más opresivo que nunca.

Sentí una presión creciente sobre mis hombros, como si una fuerza invisible intentara aplastarme. El olor a muerte seguía impregnando el aire, envolviéndome, hundiéndome en un abismo de miedo.

"¿Dónde estoy? ¿Por qué me fui?"

Entonces, algo se movió. Una sombra más negra que la oscuridad misma comenzó a surgir del suelo bajo mis pies. La figura tomó forma: era el hombre del cuadro.

Alto, retorcido, con esas cuencas vacías que ahora estaban fijas en mí.

Quise retroceder, pero mi espalda chocó contra la puerta. Mis dedos buscaron la manilla, pero esta ya no estaba. La puerta había desaparecido.

La figura avanzó, creciendo, volviéndose colosal, hasta que su cabeza rozó el techo.

Sus rasgos se deformaron, y de su rostro nació una boca espiralada que parecía expandirse y moverse como una herida viva.

"NO SALGAS."

La voz era seca, gutural, resonando en todo el cuarto. Su tono era definitivo, inapelable. El terror me dejó inmóvil.

De su cuerpo, poco a poco surgieron brazos sombríos, dos garras alargadas que se cerraron alrededor de mi cuello. Sentí su presión, helada y despiadada. No podía respirar.

"NO SALGAS."

Su voz seguía perforando mi mente. Mi garganta ardía. Forcejeé con todas mis fuerzas, pero era inútil. Esa cosa me quería muerto.

"¿Por qué me fui?"

El mundo comenzó a desvanecerse. Todo se convirtió en un remolino de sombras y gritos, hasta que oí algo distinto.

Voces humanas. Un motor rugiendo a lo lejos. Alarmas. El estruendo me sacó de mi estado de agonía.

Silencio.

Abrí los ojos.

Estaba acostado en lo que parecía ser un hospital.

El sonido de las ruedas de una camilla resonaba por el pasillo. Intenté hablar, pero mi garganta estaba seca. Dolía.

Entonces, escuché un golpe en la puerta.

"ТОС, TOC, ТОС."

Era mi padre.

Entró, acercándose lentamente. Por la conmoción seguía aturdido por lo que no fui capaz de divisar bien su rostro.

"Hijo, tranquilo."

Su voz me calmó. Era él, aunque algo en ella no encajaba. Nunca hasta ese momento me había llamado “hijo”. Quizás se preocupó por mí, pensé.

Miré directamente a sus ojos mientras se acercaba...

O a lo que deberían de haber sido sus ojos.

Dos cuencas vacías me devolvieron la mirada.

"Te dije que no salieras."