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"Todo lo que crees saber sobre la verdad, puede ser una mentira bien contada y la peor condena no es ser culpable, sino que todos estén convencidos de que lo eres."
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Iris y Alexander compartían más que desprecio; había una tensión latente, como una cuerda a punto de romperse. Cada mirada entre ellos era un enfrentamiento silencioso, cargado de reproches y algo que ninguno estaba dispuesto a admitir. Parecían opuestos destinados a chocar, ocultando tras su hostilidad secretos que ni ellos mismos querían confrontar. Había, sin embargo, algo extraño en Alexander. Sus silencios parecían demasiado calculados, y sus preguntas, siempre formuladas con aparente descuido, tenían la precisión de quien busca unir piezas de un rompecabezas invisible. Iris no podía evitar sentir que cada gesto suyo quedaba registrado en algún lugar que no alcanzaba a ver. Valeria, por su parte, no hacía más que avivar el fuego. Su rencor hacia Iris era evidente, una mezcla de desprecio y rabia que la convertía en una constante fuente de conflictos. Lo curioso era que Alexander jamás intentaba detenerla: se limitaba a observar, con esa calma incómoda de alguien acostumbrado a escuchar más de lo que dice. A veces, en el destello fugaz de su mirada, Iris creyó ver algo parecido a una autoridad oculta, una sombra de control que él nunca reconocía. Pero bastaba con que parpadeara para convencerse de que quizá solo estaba imaginando cosas.
"Todo lo que crees saber sobre la verdad, puede ser una mentira bien contada y la peor condena no es ser culpable, sino que todos estén convencidos de que lo eres."