Nahui Ollin-Arribo de Tranquilidad

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Summary

Es una adictiva novela de ficción histórica que narra cómo Sebastián, un joven español, viaja a México y conoce ese enigmático país en compañía de un sabio y rico hombre mayor para seguir una serie de misterios y encontrar un objeto que lo transporta hacia Tenochtitlan en 1507, donde conocerá la vida y las costumbres de la capital azteca, así como los antiguos mitos y tradiciones de México que pueden resultar además de enigmáticos y fascinantes; brutales, arriesgados y fatales.

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1
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n/a
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16+

I

Desde arriba se observaba el enorme valle rodeado por un par de volcanes y una gran cantidad de montañas. Los edificios se iban definiendo a mayor detalle a medida que el avión se acercaba más al suelo. Había una gran mancha de vegetación de toda clase de tonos verdes con edificios situados sobre ella, de los cuales resaltaba un llamativo castillo que además era custodiado por un gran lago cuyo espejo de agua le realzaba la vida, era el Bosque de Chapultepec. En lejanía se observaba un singular y concurrido templo de planta circular con un techo verde, color producido por el óxido, identificado como la Basílica de Guadalupe. En el centro de la mácula gris se alzaba un enorme rascacielos de rayas horizontales alternadas entre azules y blancas, se trataba de la Torre Latinoamericana. Y, continua a una plancha de concreto que llevaba el nombre de Plaza de la Constitución o zócalo capitalino, observó la ostentosa Catedral que le daba la bienvenida a la aeronave proveniente de España, su país natal. Arribó finalmente Sebastián al aeropuerto de la ciudad de México, en ese entonces no contaba con más de veintidós años. Portaba una abundante melena e iba ataviado con un chaleco de cuero, unos pantalones blancos acampanados de vestir, acompañado de una pequeña maleta gris colgada del hombro y de una enorme duda de hacia dónde debía dirigirse. Pudo contemplar anteriormente desde el cielo la enorme ciudad en la que se encontraba, y, ya en tierra firme, no tenía la más mínima idea de qué transporte tomar, así que empezó a caminar sin saber exactamente hacia dónde se dirigía. La brisa de octubre le acariciaba el cabello mientras mecía las acacias, los sauces, los cedros, los ahuejotes, las jacarandas y demás árboles del Distrito Federal y arrastraba así los melancólicos olores de otoño que despedían las últimas lluvias de la temporada. Empezó a leer letreros de lugares escritos en un extraño idioma para él, el Náhuatl. Recordó sus clases de historia en la primaria y a su mente volvieron las palabras de su profesora: «Nuestros antepasados fueron a salvar a todos esos indios del canibalismo y la barbarie y a llenarlos de progreso y abundancia, todo de la mano del catolicismo». Recordó también que alguna vez le contaron la otrora magnificencia de la ciudad en la que se encontraba. Le resultaba increíble el hecho de que esa urbe, en ese entonces tan caótica y asfaltada, hubiera sido con anterioridad una ciudad en medio de un gran lago. Miró en todas direcciones y se preguntó cómo habría lucido en la época que sus maestros de historia tanto despreciaban. Observó su reloj, como si buscara en él las respuestas, y, mientras estaba cabizbajo, un taxista le preguntó si deseaba ser trasladado hacia algún punto de la ciudad.

-Saludos, amigo -le dijo el joven español-, llevadme a un hotel cercano a algún museo.

—Huy, patrón, —le contestó el taxista— la ciudad está llena de museos.

—Un museo donde pueda ver la historia de esta ciudad, que me han salido ganas de conocerla junto con su pasado.

—Ah, así ya cambia la cosa. Voy a llevarlo a un hotel por el centro, ahí están un montón de museos, puede que ahí le cuenten la historia de la ciudad.

—Vamos para allá —dijo Sebastián y subió al vehículo Volkswagen de color amarillo y techo blanco que los habitantes del Distrito Federal llamaban «canario» debido a su vivo color.

—¿Es usted español, verdad, patrón?

—Sí, amigo. —Y, ¿qué lo trae tan lejos de su tierra? Digo, si se puede saber.

—Pues nada, que he venido a hacer mi maestría ya que recién he terminado la carrera en España, así que me han dado ganas de conocer el nuevo continente. Pues vaya, que nunca había salido de mi país, así que acá estoy.

—Huy patrón, se hubiera ido a los Estados Unidos... Allá no hay delincuencia y todo está más bonito, allá hay puras güeritas, en una de esas hasta se hubiera conseguido una.

—Tengo que ser honesto y confesar que no me atrae Estados Unidos, es un país sin historia y sin cultura.

—¿Y usted cree que aquí en México va encontrar eso que busca de historia y de cultura?

—Probablemente lo haga, tal vez encuentre cosas que no estoy buscando.

—Pues le puedo recomendar algunos lugares para que se vaya a conseguir una amiga que quiera pasar la noche con usted.

—No, gracias, hoy voy a descansar, que quiero recorrer mañana varios museos antes de dirigirme a la UNAM.

—¡Me hubiera dicho que iba a la UNAM, esa queda para el sur, ya lo traigo bien lejos!

—No importa, llevadme al centro.

—Y, ¿qué va a estudiar, patrón?

—Pues nada, que, aún no lo sé. Soy contador, gracias a la insistencia de mi padre que decía que los contables ganan muy bien y que siempre tienen trabajo, sobre todo porque laboran para gente rica que no sabe nada sobre aspectos fiscales. Lo cierto es que no he pasado la carrera con mucho entusiasmo. Que a mí me atraen el arte y la historia, debí ignorar a mi padre y estudiar algo que a mí me gustara. Es por ello que me he escapado a México, acá él no puede ejercer presión sobre mí. Y, usted me ha preguntado la razón por la que no me he ido a Estados Unidos, que, aunque ya le he dicho la razón principal, otro motivo es por el idioma, que allá me sería muy difícil comunicarme con alguien, y que, aunque hay muchos otros países al sur que también hablan español, es decir toda Latinoamérica o Hispanoamérica, ningún otro país me parece tan enigmático como me lo parece México...

—Ah, ya veo, pues aquí se va a divertir mucho, patrón. Aquí tenemos de todo, si le gusta la playa se puede ir a Acapulco, queda cerca y está muy de moda. Aunque el otro día escuché que allá por Quintana Roo están queriendo hacer otra ciudad y que quieren dejarla bien bonita para que los turistas vengan y dejen mucho dinero. Dicen que la arena de esas playas es bien blanca y que no quema los pies.

—Y, ¿cómo se llama esa ciudad que está en vías de desarrollo?

—No recuerdo cómo se llama, tiene un nombre bien raro. Ha de ser un nombre maya, con eso de que allá están todos los mayas.

—Eso se escucha interesante. ¿Sabe si hay universidades por allá?

—Híjole, patrón, la mera verdad no sé. Ahi disculpe.

—No se preocupe. Estaré unos días por el centro y me informaré sobre ese proyecto que me ha comentado usted, y, si lo veo factible, en la primera oportunidad que encuentre me voy a explorar esas tierras mayas de las que me ha comentado.

—Ándele patrón, capaz que allá sí se agarra una gringuita.

—Ja,ja,ja ya veo, que me han informado muy bien de que ustedes los mexicanos son muy ocurrentes.

—La mera verdad sí, somos bien a toda madre.

—A toda madre -repitió Sebastián-... Me gusta.

—Bueno, patrón, ¿qué le parece este hotel? De aquí puede arrancar a un chingo de museos y puede investigar bien la historia de la ciudad. Le recomiendo que vaya y se suba a la Latino, allí tiene un mirador y va a poder ver toda la ciudad pa' todos lados... además, ahí mismo le pueden informar a qué museos ir.

Sebastián bajó del taxi y tomó su equipaje.

—Gracias por el dato, que lo tendré en cuenta. ¿Cuál es el precio de su servicio, amigo, acepta dólares?

—Claro que sí, jefe.

—Tenga —Sebastián le extendió con la mano tres billetes de un dólar—... guarde el cambio.

—Gracias, patrón, y cuídese de las ratas.

—¿Qué?, ¿hay muchas ratas?

—Huy, patrón, unas ratotas enormes, de dos patas.

—¿De dos patas?

—Ladrones, rateros.

—Ah, vale, que tendré cuidado. Gracias.

—Cuídese patrón.

Sebastián miró el edificio frente a él al mismo tiempo que pensaba en la graciosidad del taxista. Rápidamente se daría cuenta de que las personas en ese país comparten esa costumbre de amabilidad, hospitalidad, picardía y servicio. El turista español ingresó en el lobby del hotel y esperó su turno para registrarse.