Give me love || Wakasa imaushi

Summary

En el tira y afloja de este mundo donde casi todos nosotros perdemos a alguien de manera incomprensible, no consigo expresar lo que me supone apartar la vista de los viejos tiempos sin sentir una dulce emoción. Usted pertenece a aquellos días en los que forjé mi carácter con cualidades que crecieron en mi interior, haciéndome mejor de lo que era; Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado. Es un descuido que nos da cuidado, un cobarde con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado. Es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero paroxismo; enfermedad que crece si es curada. Éste es el niño Amor, éste es su abismo. ¿Mirad cuál amistad tendrá con nada el que en todo es contrario de sí mismo! 𝓕𝓾𝓮 𝓮𝓵 𝓽𝓲𝓮𝓶𝓹𝓸 𝓺𝓾𝓮 𝓹𝓪𝓼𝓪𝓼𝓽𝓮 𝓬𝓸𝓷 𝓽𝓾 𝓻𝓸𝓼𝓪 𝓵𝓸 𝓺𝓾𝓮 𝓵𝓪 𝓱𝓲𝔃𝓸 𝓽𝓪𝓷 𝓲𝓶𝓹𝓸𝓻𝓽𝓪𝓷𝓽𝓮. . .

Genre
Romance
Author
Eclissio
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo


«la música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio»


VÍCTOR HUGO


He vagado, un sinfín de veces, por un laberinto de sueños y fantasías, donde cada letra parecía más oscura que la anterior, como si las palabras mismas se sumergieran en un abismo sin fondo. He viajado, sí, viajado dentro de mi propia silla, atrapado, no en la quietud, sino en el movimiento perpetuo de mis pensamientos, que no cesan. Recuerdo aún aquellos tiempos, cuando mi vida parecía ser una aventura interminable, desde el mismo borde del ocaso hasta el último latido de los corazones que aún se atrevían a abrirse. ¡Cuánto me llena de nostalgia ese tiempo! Una noche en particular, no puedo olvidar aquella noche, ¡oh, cómo la recordaré siempre! Eran esas noches donde, como un sueño compartido por todos, la felicidad se derramaba sobre el mundo, pero no era la memoria quien la evocaba, no; era el sentimiento de haberla vivido.


El soñador en mí, que me llamaba en susurros mi verdugo, me hizo pensar en lo fugaz de mi existencia, como si fuera a ser todo esto nada más que una agonía de belleza, sangre y desdicha. La desdicha se erguía ante mí como un Dios, y yo, en mi fragilidad, me revolcaba en su abrazo, bebiendo de su amargura hasta que ya no pude distinguir el dolor de la dicha. Aquella locura que tanto anhelaba, era la única compañera en mis noches solitarias, y la culpa, el aire seco que me envolvía, era lo único que me quedaba.


¿Cuál es el valor de la mano que empuña la pluma? ¿Qué me queda cuando el dolor se va, y mi mano se queda vacía? Pero no, nada; nunca he tenido esa mano. Me tomó años comprenderlo, incluso cuando el tiempo ya me separaba de aquello que nunca entendí por completo. La rebeldía, esa extraña rebeldía, es algo que aún me desconcierta, incluso en la lejanía. Mi recuerdo de ti no llega más allá de estas paredes solitarias, y sin embargo, siempre estoy solo, atrapado en la nada de este siglo vacío.


Cuando te fuiste, no lo supe de inmediato. Pasaron años antes de que realmente comprendiera que te habías ido. Pero incluso ahora, siento que, de alguna manera, nunca te has ido del todo. Estabas ahí, en alguna parte, siempre cerca, una sombra en mis costillas, tan cercana como el aire que respiro.


Aún puedo sentir el roce de tu mano, el calor de tus brazos; esas cosas que ya no son lo que eran cuando te marchaste. Todo parece volverse más sucio, más frágil. Y cuando hablo, sé que me refiero a mí mismo, solo a mí, aunque no lo diga en voz alta. A veces me pregunto si puedes ver dentro de mi mente, si tienes el poder de hurgar en mis pensamientos, de desentrañar mi alma con tus dedos invisibles. ¿Te has dado cuenta de cómo, con tu risa, mi pulso se acelera, mi boca se seca, y miles de arañas recorren mis piernas?


Me invitaste a seguirte, y no lo hice. Te vi enojada, y sentí miedo, miedo de dar el siguiente paso. ¿De qué? ¿De lo que realmente sentía? O tal vez de la simple sensación de estar completamente solo en tus ojos. A veces, solo era una cuestión de orgullo. Pero mi cuerpo no podía resistir esa llamada.


Siento que ahora estoy a la par contigo. Pero, ¿cómo podría ser? Solo dos seres, al borde de la muerte, sin una historia que contar, sin un futuro que esperar. Sólo el momento. Sólo eso que compartimos, tan fuerte, tan desgarrador, tan lleno de dolor y, quizás, amor. Esos momentos fueron suficientes para cambiar mi visión de la realidad, para entender que yo te arrastraba tanto como tú a mí.


Estos últimos días, nuestras vidas parecían rozar la orilla, cuando los coches pasaban y nosotros, como niños, nos deteníamos en el muelle. Nos hurgábamos las narices, tirándonos del pelo, sin importarnos nada. Solía ser divertido, sí, pero ya no. Ahora conozco el sonido de los huesos al crujir, y creo que tú también lo descubrirás.


El problema es que regresaste. No entiendo por qué. Tal vez, como a mí, algo te empuja a la destrucción. Pero no, no es eso lo que me hace pensar en el fin. Aunque, en otro tiempo, tu vuelta habría sido suficiente para acabar con todo. Esta mañana, vomité en el fregadero, entre platos sucios. Sentí que me ahogaba, como si un torrente de pétalos de rosa quisiera salir de mi garganta, pero no podía. Y eso, eso fue el final. El miedo. No puedo más con él. El terror, algo que nunca antes había conocido, ahora lo siento todo el tiempo.


Sin embargo, mucho ha cambiado en pocos años. Recuerdo esos momentos, cuando sentí el miedo en lugares controlados, en estaciones de tren, en las calles tranquilas, cuando sabía que nada podría pasar. Pero aquí, en esta habitación, el miedo es real. Acelera mi pulso, pero no llega a paralizarme. No como antes.


Hay quienes creen que están al borde de la muerte sin estar borrachos, y yo me cuento entre ellos. Extrañamente, me gusta. Creo que me acostumbré a esa sensación hasta que se volvió parte de mí. No recuerdo la última vez que dormí sin pesadillas. No sé quién soy sin ellas.


Pero te diría que, en realidad, el camino que me llevó a ti solo pudo ser recorrido a través de la completa locura. Me he sumergido en una oscuridad de la que no hay retorno. Soy Wakasa, esperando la muerte al pie de mi cama, porque tu sombra sigue persiguiéndome, implacable. Soy Wakasa, y guardo secretos en el armario de mi apartamento, secretos que sólo sufren con el paso de los días.