Entre cenizas y cicatrices

Summary

En un mundo sin Quirks, las vidas de Dabi (Toya Todoroki) y Shigaraki Tomura chocan de manera inesperada. Dabi, atrapado en un ciclo de autodestrucción y problemas familiares, busca desesperadamente un escape, mientras que Shigaraki, un joven frío y reservado, lidia con sus9 propios demonios internos, incluyendo su lucha con la ansiedad y la alimentación. Forzados a convivir gracias a Toga, la chispeante mejor amiga de Shigaraki, ambos empiezan a descubrir que, detrás de sus diferencias y sarcasmos, comparten más de lo que quieren admitir. Entre tensiones, diálogos incómodos y momentos de vulnerabilidad, esta historia explora cómo dos almas rotas pueden empezar a sanar juntas, aunque sea de manera accidental.

Genre
Romance/Other
Author
BOO
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAP 1-DABI

La mansión Todoroki estaba en caos total. Las voces de mi viejo y mi madre resonaban como ecos sordos en mi cabeza, como si vinieran de un lugar lejano y distorsionado. Mi cuerpo se sentía liviano y pesado a la vez, un efecto colateral de las pastillas y el trago que me había metido hacía unas horas. Pero no me importaba. Ya estaba harto. Mi padre, como siempre, estaba gritando y despotricando sobre todo lo que había hecho mal. Esta vez, sin embargo, las palabras parecían rebotar dentro de mi cráneo, chocando entre sí, amplificándose con cada golpe. Esta vez no me quedaría callado. No iba a permitir que me hablara como si fuera su maldito juguete.


-¡Maldito inútil! ¡Eres un fracaso total! ¿Qué he hecho contigo, Toya? -Enji gritó, su rostro rojo de ira, cada palabra atravesándome como un maldito martillo-. ¡¿Todo lo que te di, todo lo que hice por ti, para que termines siendo esto?! ¡Un maldito drogadicto, un hijo que me avergüenza a mí y a toda la familia!


¿Fracasado? No. No, no, no. Esa palabra rebotó en mi mente, girando y mezclándose con la niebla de mis pensamientos. Yo no era el que estaba equivocado. Él era el que nunca entendió. Lo miré con una furia contenida, pero también con una extraña sensación de irrealidad. ¿Esto estaba pasando? ¿O era solo otra pesadilla? Las palabras que salieron de mi boca no fueron dulces, pero tampoco pensé mucho en ellas. Simplemente fluyeron, como lava de un volcán que había estado conteniendo la presión por años.


-¡¿Vergüenza?! -grité, sintiendo mi voz resonar con un eco casi metálico en mi cabeza-. ¡Eres tú quien da avergüenza! ¡Eres un monstruo! Lo único que me diste fue un maldito molde al que nunca pude encajar. No eres mi padre, eres un estupido monstruo con un ego tan grande que no puedes ver lo que tienes frente a ti. Estoy harto de este puto show de familia perfecta.


Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a romperme el pecho. Pero al mismo tiempo, mi cuerpo se sentía a años luz de distancia, como si estuviera viendo todo desde afuera. Mi madre intentó intervenir, como siempre, su voz apenas un murmullo ahogado en el estruendo de mi ira. Pero ni siquiera la escuché. Era otra de sus malditas marionetas. Una pieza más en el juego de mi padre. Fuyumi estaba en su esquina, pero ¿qué podía esperar de ella? Su mirada era la de alguien que siempre se había conformado con su papel, alguien que nunca cuestionaba nada. Me hervía la sangre, o tal vez solo era el efecto de las sustancias, pero no podía callarme.


-¡¡¿Que mierda estas mirando?!!-le grité, mi voz retumbando como un trueno en mi cabeza-. No me jodas. Tú no sabes lo que es vivir aquí, con él. Siempre has sido su putita, y no tienes ni idea de lo que he tenido que pasar.


Mi madre intentó decir algo, pero ya no podía soportarla. Había perdido toda la paciencia, o tal vez nunca la tuve. Sentía que mi lengua iba más rápido que mi mente, pero eso no importaba.


-Madre, por favor... -balbuceó, intentando sonar firme, pero mi voz temblaba como una hoja al viento.


-Madre, por favor, no hables -la interrumpí bruscamente antes de que ella empezará a hablar, con más rabia de la que pensaba que podía tener-. Porque tú eres su principal víctima. He visto cómo te ha destruido, cómo te ha hecho tragar toda esta mierda. Te ha reducido a nada. Si yo fuera tú, huiría ahora mismo. Porque este maldito hombre, tu "gran esposo", no vale la pena. No vale la pena estar con toda esta porquería de gente. Te lo juro.


Cada palabra salía de mí como un golpe, y cada golpe era como una explosión en mi cabeza. Las palabras fueron como una bomba, y mi madre quedó muda. No hubo lágrimas, ni palabras, solo una mirada vacía que me decía que ya sabía lo que estaba pasando, pero que simplemente ya no podía hacer nada.


Mi visión se nubló por un segundo, y sentí que mi cuerpo temblaba, como si estuviera al borde del colapso. Pero no me importó. Estaba harto. Estaba harto de todo esto. ¿Por qué mierda seguía aquí? ¿Por qué siquiera seguía respirando el mismo aire que ellos?


Mientras me giraba para salir, con las luces de la mansión bailando como espectros a través de mis ojos medio cerrados, solo una cosa quedó clara en mi mente: este lugar estaba muerto para mí. Y yo, para ellos, también.


El caos seguía desbordándose en la mansión Todoroki como un torrente incontrolable. Las palabras de mi padre seguían resonando, cargadas de odio y veneno, mientras mi madre sollozaba en un rincón, atrapada en su propio infierno personal. Fuyumi apartaba a Shoto, que no paraba de llorar, sus gritos ahogados mezclándose con todo el alboroto. La casa entera parecía vibrar con la furia que yo mismo había desencadenado.


De repente, sentí una mano firme en mi hombro. Era Natsu.


-Toya, ya basta. -Su voz era tensa, una mezcla de preocupación y autoridad que no había escuchado antes. -Esto no ayuda a nadie, cálmate.


El contacto de su mano fue como un disparo directo a mis nervios ya desgastados. Mi piel ardía, hipersensible por la sustancia que seguía corriendo por mis venas, y la rabia que me consumía no dejó espacio para la razón. Me giré bruscamente, empujándolo con fuerza mientras mi voz explotaba.


-¡No me toques! -grité, mi garganta desgarrándose. -¡Tú no entiendes nada, Natsu! ¡Tú tampoco!


El impacto lo hizo retroceder un paso, y por un momento, su rostro mostró algo que no esperaba ver: miedo. Ese pequeño detalle solo alimentó mi furia.


-¿Qué vas a hacer, Natsu? ¿Jugar al héroe ahora? ¿Intentar ser el mediador? ¡No me vengas con esa mierda! -Mi voz se quebró al final, pero no por debilidad, sino por el peso insoportable de todo lo que llevaba dentro.


Él levantó las manos, en un gesto de paz que solo logró irritarme más.


-Toya, Porfavor tranquilizate, este no eres tu .


Me reí, una risa amarga y seca que resonó en la sala.


-¿No soy yo? ¿Quién soy entonces, Natsu? Dime. Porque parece que todos aquí tienen una idea de quién debería ser menos yo mismo.


Mientras tanto, Enji seguía gritando, como si mi enfrentamiento con Natsu fuera una afrenta directa hacia él.


-¡Basta ya! ¡Los dos! -vociferó, su voz rasgando el aire como un látigo. -¡Toya, compórtate de una vez o te juro que no te voy a tolerar más en esta casa!


Lo miré de reojo, mi visión borrosa por el calor en mis ojos, por las lágrimas que no quería dejar caer.


Solte una carcajada -¿Desde cuándo me has tolerado? Esta no es mi casa. Nunca lo fue. Es tu maldita prisión, y estoy harto de ser tu prisionero.-Sabes qué, viejo? Ya no me importa. Quema esta familia, quema esta casa, quema todo lo que quieras. No me encontrarás entre las cenizas. Yo ya me fui hace mucho.


Detrás de Enji, Shoto intentó moverse hacia nosotros, pero Fuyumi lo detuvo, abrazándolo con fuerza mientras sus lágrimas caían silenciosamente. La imagen de mi hermano pequeño, llorando y temblando, debería haberme afectado. Pero en ese momento, todo lo que sentía era un vacío doloroso, una desconexión total de lo que alguna vez fui.


Natsu dio un paso hacia mí, todavía intentando razonar.


-Toya, solo escúchame, por favor. No tienes que hacerlo así. Podemos encontrar otra forma.


Lo miré, y por un instante, vi el reflejo de lo que alguna vez fue nuestra relación. Ese hermano mayor que lo protegía de todo. Pero ese reflejo se desmoronó bajo el peso de la realidad.


-mi voz bajó, un susurro cargado de amargura. -No hay otra forma, Natsu. Aquí todo está roto. Todos ustedes están rotos. Y yo... yo no puedo seguir fingiendo.


Lo empujé de nuevo, esta vez con menos fuerza, pero lo suficiente para dejar claro que no quería su cercanía. Mi madre lloraba, y su llanto era como un recordatorio constante de todo lo que nunca fue suficiente.


-¡Deja de llorar! -grité, girándome hacia ella. -¡Llora si vas a hacer algo al respecto, pero deja de hacerlo si solo vas a quedarte ahí como siempre!


El silencio que siguió fue sofocante. Incluso Enji, por un momento, pareció quedarse sin palabras. Solo el sollozo bajo de Shoto rompía la tensión.


Finalmente, me giré hacia la puerta, mi pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido un maratón.


-Estoy harto de todos ustedes. No quiero volver a verlos. No quiero saber nada más de esta familia.


Abrí la puerta y salí al aire frío de la noche, dejando atrás los gritos, las lágrimas y los recuerdos que nunca dejaron de doler. Ya no era Toya, ni hermano, ni hijo. Era solo un muchacho roto buscando algo que aún no sabía cómo encontrar.


Pasaron un par de horas, y aunque no me importaba, sentí la necesidad de alejarme aún más de todo lo que conocía. No podía más. Me pinté el cabello de negro, cambiando todo lo que alguna vez representé. El Toya Todoroki que alguna vez fui ya no existía. Ya no iba a ser ese niño al que su familia le imponía reglas estúpidas.


A partir de ahora, me llamaría Dabi. Era un nombre que significaba más que solo una identidad. Era mi ruptura, mi grito de libertad. Dejé atrás todo lo que se refería a mi familia. Dejé atrás el sufrimiento de tener que ser alguien que no quería ser. Me estaba reconstruyendo, de alguna manera. ¿Cómo? No lo sabía. Solo sabía que ya no iba a vivir bajo su yugo. Todo lo que alguna vez me hicieron creer que debía ser, se desmoronaba ahora. No más.


Me alejé de mi casa, de mi vida, y nunca volví a mirar atrás. No me importaba lo que pensaran. Dabi era todo lo que necesitaba ser.


---


Han pasado seis años desde que dejé todo atrás. Seis años desde que cambié mi nombre, desde que abandoné esa maldita casa, esa maldita familia. Ahora soy Dabi, un tipo que vive al límite, que se la pasa buscando distracción a toda costa. A veces me pregunto cómo llegué hasta aquí, pero la respuesta es fácil: me lo merezco. ¿Quién más lo haría, si no yo?


A mis 23 años, vivo una vida completamente desordenada. Durante el día trabajo como repartidor de comida. Es lo suficiente para cubrir las cuentas, para pagar el alquiler de mi pequeño departamento. Nada lujoso, pero es mío. Solo mío. Un espacio donde puedo irme a desmoronar sin que nadie me mire. Y cuando cae la noche, me transformo en mesero en un bar que parece nunca dormir. Las luces rojas, la música ensordecedora, los gritos, las risas, las charlas de borrachos... todo es perfecto para apagar los ruidos en mi cabeza, para olvidar la mierda que soy.


Mi vida no tiene horarios, no tiene rumbo. Vivo para el caos, para lo inmediato. La comida no me interesa mucho, como lo que se me antoja. Casi siempre me alimento de basura rápida o de lo que sea que esté disponible. Ni siquiera recuerdo la última vez que comí algo que fuera decente. La cerveza es mi agua, las sustancias mi respiración. No hay un solo día en el que no me meta algo, ya sea para despertar de la resaca o para olvidarme de la pesadez de mi existencia.


No duermo bien. ¿Cómo podría? Las fiestas, las personas que aparecen y desaparecen, los viajes rápidos al olvido. Cada cama es una distracción momentánea. Nunca son suficientes. Y, si soy sincero, ni siquiera me importa. El día es solo una excusa para llegar a la noche, donde todo se disuelve en alcohol, humo, y el vacío de no sentir nada.


Cuando me despierto, la mayoría de las veces no sé dónde estoy. Pero no me importa. Ya no me importa nada. Me arrastro de vuelta a mi departamento, con las luces apagadas, donde el silencio parece más pesado que cualquier ruido. Aquí es donde la vida parece detenerse por un segundo, solo para reiniciarse y repetir el mismo ciclo, una y otra vez.


¿Qué más hay? Nada. No hay un futuro, ni un propósito. Solo sigo moviéndome, buscando algo que me haga sentir, aunque sea por un momento.


La música se colaba a través de mis huesos, el bajo retumbando como un latido de vida que no necesitaba entender. Estaba rodeado de gente, pero me sentía completamente fuera de lugar, igual que siempre. No esperaba nada de esa noche, no esperaba nada de nadie. Solo quería olvidarme por un par de horas de todo lo que pesaba. Y entonces, la vi.


Era imposible no notarla, incluso en un mar de rostros y cuerpos. La rubia que se movía con tanta libertad, con una sonrisa que iluminaba las sombras del bar. Su risa parecía contagiar todo a su alrededor, pero lo que más me llamó la atención fue la forma en que su mirada se cruzó con la mía, sin un ápice de duda, como si me reconociera en algún lugar oscuro de su mente.


Me acerqué. La música seguía sonando, pero para mí, en ese instante, todo lo demás desapareció.


- ¿Cuál es tu nombre? - Le pregunté, sin rodeos, mi voz grave y algo desafiante.


Ella me miró con una sonrisa juguetona, claramente entretenida con la forma en que me acercaba.


- Toga. - Respondió, su tono directo, sin tapujos, como si nada en el mundo pudiera incomodarla.


- Toga... qué nombre raro. - Dije con una sonrisa burlona, pero en el fondo, no podía evitar notar lo cautivante que era.


Ella se echó a reír, un sonido suave y encantador que hizo que mi corazón latiera un poco más rápido de lo que debería.


- ¿Y el tuyo? - Preguntó, sus ojos brillando con una curiosidad descarada, como si estuviera jugando conmigo desde el principio.


- Dabi. - Contesté con indiferencia, pero algo en su actitud me hizo querer seguir hablando. Por alguna razón, me era difícil ignorarla. No como las demás, que apenas miraban más allá de una noche. Toga parecía... diferente.


Me miró de arriba a abajo, una pequeña sonrisa apareció en sus labios mientras daba un paso hacia mí.


- ¿Tú siempre eres tan directo o sólo conmigo? - Dijo, su voz cargada de ese tono juguetón, casi provocador. Se acercó un poco más, sus dedos rozando mi brazo de manera sutil, como si fuera algo natural.


- Depende de la compañía. - Respondí con una sonrisa torcida. Estaba disfrutando del juego. Esta chica no era como las demás. No era una conversación vacía ni una charla sobre lo superficial. Había algo en su mirada que me decía que también estaba buscando lo mismo que yo: un escape.


Nos acercamos más. Los cuerpos se rozaron, la química era palpable, y sabía que ella lo sentía. Las palabras comenzaron a fluir más fácilmente entre nosotros, como si nos conociéramos de toda la vida. La conversación giraba entre bromas, indirectas y coqueteos, hasta que llegó el momento de la invitación.


- ¿Te gustaría ir a un lugar más tranquilo? - Pregunté, mientras mis ojos no dejaban de recorrer su figura, notando cada gesto, cada sonrisa. Sentía que se acercaba el momento en que lo íbamos a romper todo.


Toga me miró fijamente, evaluando la oferta, con su expresión aún llena de esa diversión que solo ella sabía transmitir. Se acercó más, casi susurrando.


- ¿A tu lugar? - Preguntó, como si ya supiera la respuesta, como si todo fuera solo un juego para ella.


Asentí, sin pensarlo demasiado, pero con una ligera sonrisa.


- Sí, a mi lugar. No soy de quedarme mucho tiempo en bares. Y créeme, en mi departamento no hay tantas personas molestas. - Añadí, mi tono ligeramente cargado de arrogancia. No me gustaba el bullicio, ni la gente a mi alrededor. Mi departamento era todo lo que necesitaba para desconectarme de todo lo demás.


Toga no dudó. Asintió y dio un paso hacia mí.


- Suena bien. - Dijo con su característica sonrisa traviesa, y en ese momento supe que la noche aún estaba lejos de terminar.


El camino hasta mi departamento fue corto, pero aún así, la tensión era palpable. La conversación, las miradas, los toques sutiles. Todo llevaba a ese instante en que la puerta de mi apartamento se cerraría tras nosotros, y la noche se convertiría en algo completamente diferente.


Una vez dentro, todo pasó tan rápido que no pude procesarlo. Los besos fueron apasionados, llenos de deseo reprimido, pero también había algo más en su actitud. No era solo una chica buscando diversión, no era solo un juego para ella. Y lo supe cuando, al final de la noche, me miró directamente a los ojos y sonrió.


- Te dije que esto sería divertido. - Susurró, su respiración aún agitada, y aunque sabía que no había promesas de ningún tipo, esa frase quedó grabada en mi mente.


Al final, la puerta de mi departamento volvió a abrirse, y Toga salió sin mirar atrás. Todo había sido solo una noche, un escape momentáneo. Pero algo me decía que no sería la última vez que vería a esa rubia llena de vida y misterio. Aunque solo fuera por un par de horas.


💫💞


HOLAAA , espero que les allá gustado