CAPÍTULO 1
Cuando llegó la carta, mi madre se puso eufórica. Ya había decidido que todos nuestros
problemas se habían solucionado, que habían desaparecido para siempre. Pero su plan tenía un
gran problema: yo. No creo que fuera una hija particularmente desobediente, pero ahí fue donde
dije basta.
No quería pertenecer a la realeza. Y no quería ser de los Unos. No quería ni siquiera
«intentarlo».
Me escondí en mi habitación, el único lugar donde no llegaba el parloteo que llenaba la
casa, para pensar en algo que pudiera convencerla. De momento, tenía toda una serie de
opiniones claramente formadas…, pero estaba segura de que no escucharía nada de lo que
alegara.
No podía seguir dándole esquinazo mucho más tiempo. Se acercaba la hora de la cena y,
al ser la mayor de los hermanos que seguíamos en la casa, me tocaba a mí ocuparme de la cocina.
Me levanté de la cama y decidí enfrentarme al enemigo.
Mamá me lanzó una mirada, pero no dijo nada.
Ejecutamos una danza silenciosa por toda la cocina y el comedor mientras preparábamos
pollo, pasta y unas rodajas de manzana, y poníamos la mesa para cinco. Si levantaba la vista de lo
que estaba haciendo, ella me lanzaba una mirada furiosa, como si así pudiera avergonzarme y
hacerme desear las cosas que ella quería. Era algo que hacía a menudo, como cuando me negaba
a aceptar un trabajo en particular porque sabía que la familia que nos acogía se mostraba
innecesariamente maleducada; o cuando quería que yo hiciera una limpieza a fondo porque no
podíamos permitirnos pagar a un Seis para que se ocupara de ello.
A veces le funcionaba. A veces no. Y en esta ocasión no tenía ninguna oportunidad.
Mamá no me soportaba cuando me ponía tozuda. Pero aquello lo había heredado de ella,
así que no tenía por qué sorprenderse. De todos modos, en este caso no se trataba solo de mí.
Últimamente ella también había estado tensa. El verano llegaba a su fin, y muy pronto nos
enfrentaríamos al mal tiempo. Y a las preocupaciones.
Mamá dejó la jarra de té frío en el centro de la mesa con un golpe de rabia. La boca se me
hacía agua al pensar en el té con limón. Pero tendría que esperar; sería un desperdicio tomarme
mi vaso ahora y luego tener que beber agua con la comida.
—¿Tanto te costaría rellenar el formulario? —dijo por fin, incapaz de contenerse ni un
momento más—. La Selección podría ser una magnífica oportunidad para ti, para todosSolté un sonoro suspiro, convencida de que rellenar aquel formulario sería en realidad
una experiencia próxima a la muerte.
No era ningún secreto que los rebeldes —las colonias subterráneas que odiaban Illéa,
nuestro gran y relativamente joven país— lanzaban ataques sobre el palacio, violentos y
frecuentes. Ya los habíamos visto en acción en Carolina. Habían calcinado la casa de uno de los
magistrados, y habían destrozado los coches de unos cuantos Doses. Una vez incluso se había
producido una fuga sonada de una prisión, pero, teniendo en cuenta que solo habían liberado a
una adolescente embarazada y a un Siete que era padre de nueve hijos, no pude evitar pensar que
en aquella ocasión habían hecho bien.
No obstante, aparte del peligro potencial, sentía que se me rompería el corazón solo de
plantearme participar en la Selección. No pude evitar sonreír al pensar en todos los motivos que
tenía para quedarme exactamente donde estaba.
—Estos últimos años, tu padre lo ha pasado muy mal —añadió ella, enfadada—. Si
tuvieras la más mínima compasión, pensarías en él.
Papá. Sí, quería ayudarlo. Y a May y a Gerad. Y supongo que incluso también a mi madre.
Cuando planteaba las cosas así, no había nada por lo que sonreír. La situación había ido
empeorando durante demasiado tiempo. Me pregunté si papá lo vería como un regreso a la
normalidad, si el dinero podría mejorar las cosas.
No es que nuestra situación fuera tan precaria que temiéramos por nuestra supervivencia,
o algo así. No éramos indigentes. Pero supongo que tampoco era algo que nos quedara tan lejos.
Nuestra casta estaba a tres niveles de lo más bajo. Éramos artistas. Y los artistas y los
músicos de piezas clásicas solo estaban a tres pasos de la basura. Literalmente. Teníamos que
hacer malabarismos para llegar a fin de mes, y nuestros ingresos dependían mucho de la
temporada.
Recordé que en un viejo libro de historia había leído que antiguamente las fiestas
principales se concentraban en los meses de invierno. Algo llamado Halloween, seguido del Día
de Acción de Gracias, luego Navidad y Año Nuevo. Una tras otra. La Navidad seguía en su sitio.
Pero desde que Illéa firmó el gran tratado de paz con China, el Año Nuevo se celebraba en enero
o febrero, dependiendo de la Luna. Y las diferentes celebraciones de recuerdo y de
independencia de nuestro lado del mundo se habían convertido en la Fiesta del Agradecimiento,
que tenía lugar en verano. Era la ocasión en que se celebraba la formación de Illéa, y con la que de
hecho dábamos gracias por seguir ahí.
No sabía qué era eso de Halloween. Nunca había vuelto a celebrarse.
Así pues, al menos tres veces al año, toda la familia tenía un trabajo a tiempo completo.
Mis padres podían crear sus obras, que los clientes compraban como regalos. Mamá y yo
actuábamos en fiestas —yo cantando y ella al piano—, y no decíamos que no a ningún trabajo si
podíamos hacerlo. Cuando era más pequeña, actuar frente a un público me aterraba. Pero ahora
me hacía a la idea de que no era más que una música de fondo. Eso es lo que era a los ojos denuestros clientes: una música hecha para que se oyera, pero sin que se viera.
Gerad aún no había descubierto su talento. Pero solo tenía siete años, así que todavía le
quedaba algo de tiempo.
Muy pronto las hojas volverían a caer, y la inestabilidad regresaría a nuestro minúsculo
mundo. Cinco bocas, pero solo cuatro trabajadores. Sin garantías de empleo hasta Navidad.
Si pensaba en aquello, la Selección me parecía una tabla de salvación, un punto seguro al
que agarrarme. Aquella estúpida carta podía sacarme de la oscuridad, y conmigo tal vez también
saldría mi familia.
Me quedé mirando a mi madre. Para ser una Cinco, estaba algo rellenita, lo cual era raro.
No era nada comilona, y tampoco es que tuviéramos para atiborrarnos. Quizá fuera el aspecto
normal de alguien que había tenido cinco hijos. Era pelirroja, como yo, pero tenía un montón de
mechas de un blanco brillante que le habían aparecido de pronto unos dos años antes. En las
comisuras de los ojos se le dibujaban líneas de expresión, aunque aún era bastante joven, y al
moverse por la cocina observé que se inclinaba hacia delante como si llevara sobre los hombros
un gran peso invisible.
Sabía que cargaba con un gran lastre. Y sabía que aquella era la razón de que se mostrara
tan manipuladora conmigo últimamente. Ya discutíamos bastante en situaciones normales, pero,
al irse acercando en silencio el desolador panorama del otoño, se había ido volviendo mucho más
irritable. Y yo sabía que a sus ojos me estaba portando como una insensata, al no querer siquiera
rellenar un estúpido formulario.
Sin embargo, había cosas en este mundo —cosas importantes— de las que no me quería
separar. Y veía aquel trozo de papel como algo que me separaba de todo lo que deseaba. Quizá
fuera que lo que deseaba era una tontería. Puede que no fuera ni siquiera algo que pudiera llegar
a tener. Aun así, era mío. No me veía capaz de sacrificar mis sueños, por mucho que significara
mi familia para mí. Además, ya les había dado mucho.
Era la mayor, ahora que Kenna se había casado y que Kota se había ido; me había
adaptado a mi papel todo lo rápido que me había sido posible. Lo había hecho todo por
contribuir. Habíamos adaptado mis horarios escolares a los ensayos, que me llevaban la mayor
parte del día, ya que estudiaba varios instrumentos además de canto.
Pero tras llegar la carta, todos mis esfuerzos dejaron de tener importancia. A los ojos de
mi madre, yo ya era reina.
Si hubiera sido más lista, habría escondido aquella estúpida notificación antes de que
papá, May y Gerad llegaran. Pero no sabía que mamá se la había guardado entre la ropa, y que a
media comida la iba a sacar a relucir.
—A la familia Singer —anunció, con la carta en la mano.
Intenté arrebatársela, pero reaccionó muy rápido. En realidad, iban a enterarse antes o
después, pero, si hacía aquello, todos se pondrían de su parte.—¡Mamá, por favor!
—¡Yo quiero oírlo! —dijo May, ilusionada.
No me sorprendió. Mi hermana pequeña se parecía mucho a mí, solo que era tres años
menor. Pero aunque físicamente éramos casi idénticas, teníamos personalidades opuestas. Ella, a
diferencia de mí, era muy extrovertida y optimista. Y en los últimos tiempos parecía estar loca
por los chicos. Todo aquel asunto le parecía de lo más romántico.
Sentí que me ruborizaba de la vergüenza. Papá escuchaba con atención, y May casi daba
botes de alegría. Gerad, el pobrecito, seguía comiendo. Mamá se aclaró la garganta y prosiguió.
—«El último censo confirma que actualmente reside en su domicilio una mujer soltera de
entre dieciséis y veinte años. Nos gustaría comunicarle la oportunidad que se le presenta de
honrar a la gran nación de Illéa.»
May volvió a soltar otro gritito y me agarró del brazo:
—¡Esa eres tú!
—Ya lo sé, boba. Déjame el brazo, que me lo vas a romper.
Pero ella seguía dando botes, sin soltarme la mano.
—«Nuestro querido príncipe, Maxon Schreave —prosiguió mamá—, alcanzará la
mayoría de edad este mes. En esta nueva etapa de su vida, espera encontrar una compañera,
contraer matrimonio con una auténtica hija de Illéa. Si su hija, hermana o tutelada desea optar a
la posibilidad de convertirse en la prometida del príncipe Maxon y en princesa de Illéa, deberá
rellenar el formulario adjunto y presentarlo en la Oficina Provincial de Servicios más próxima. Se
escogerá aleatoriamente a una mujer de cada provincia, y las elegidas conocerán al príncipe.
»Las participantes se alojarán en Angeles, en el precioso palacio de Illéa, durante toda su
estancia. Las familias de cada participante serán “recompensadas generosamente” —leyó,
marcando cada sílaba para crear un mayor efecto— por su concesión a la familia real.»
Miré al techo mientras ella proseguía. Eso es lo que se hacía con los hijos: las princesas
nacidas en la familia real se vendían en matrimonio en un intento por reforzar nuestras
incipientes relaciones con otros países. Entendía por qué se hacía: necesitábamos aliados. Pero
no me gustaba. Hasta el momento no había visto nada parecido, y esperaba no tener que verlo
nunca. No había habido una princesa en la familia real desde hacía tres generaciones. Los
príncipes, en cambio, se casaban con mujeres del pueblo para mantener alta la moral de nuestra
nación, en ocasiones tan volátil. Supongo que la Selección tenía por objetivo mantenernos
unidos y recordarle a todo el mundo que Illéa había nacido de la nada, prácticamente.
Ninguna de las dos opciones me parecía buena. Y la idea de entrar a participar en un
concurso para deleite de todo el país, y dejar que aquel pelele estirado escogiera a la más mona y
la más tonta del rebaño para convertirla en esa cara bonita y muda que aparecía a su lado en la
tele… En fin, todo eso me daba ganas de gritar. ¿Podía haber algo más humillante?Además, ya había estado en casas de suficientes Doses y Treses como para estar segura
de que no quería convertirme en una de ellos, y mucho menos en una de los Unos. Salvo por las
épocas en que pasábamos hambre, estaba muy satisfecha de ser una Cinco. La que quería vivir un
cuento de hadas era mamá, no yo.
—¡Y por supuesto le encantaría America! Es preciosa —añadió mamá, encantada.
—Por favor, mamá. Soy de lo más normal.
—¡No lo eres! —dijo May—. ¡Porque soy idéntica a ti…, y yo soy guapísima!
Y sonrió con tanta gracia que no pude contenerme la risa. Era un buen argumento,
porque lo cierto era que May era muy guapa.
No obstante, era algo más que su cara, más que aquella sonrisa irresistible y aquellos ojos
brillantes. May irradiaba una energía, un entusiasmo, que te hacía desear estar allá donde
estuviera ella. May tenía un magnetismo particular, algo de lo que yo carecía.
—Gerad, ¿tú qué crees? ¿Soy guapa? —le pregunté.
Todas las miradas se posaron en el miembro más joven de nuestra familia.
—¡No! ¡Las chicas dan asco!
—¡Gerad, por favor! —Mamá soltó un suspiro de exasperación, pero era fingido.
Resultaba muy difícil enfadarse con Gerad—. America, tienes que saber que eres una chica
encantadora.
—Si soy tan encantadora, ¿cómo es que ningún chico me pide nunca que salga con él?
—Oh, la verdad es que ellos lo intentan, pero yo los ahuyento. Mis niñas son demasiado
guapas como para casarse con Cincos. Kenna se casó con un Cuatro, y estoy segura de que tú
puedes conseguir un partido aún mejor —dijo ella, y le dio un sorbo a su té.
—Se llama James. Deja de tratarlo como si fuera un número. ¿Y desde cuándo se
presentan chicos a la puerta? —pregunté, elevando cada vez más el tono de voz—. Nunca he
visto a un solo chico en nuestra escalera.
—Hace un tiempo —confesó papá, que intervino por primera vez.
Su voz tenía un matiz algo triste, y no apartaba la vista de su taza. Intenté descifrar qué
sería lo que le preocupaba tanto. ¿Los chicos que se presentaban en la puerta? ¿Que mamá y yo
discutiéramos otra vez? ¿La idea de que no me presentara al concurso? ¿Lo lejos que estaría si lo
hacía?
Papá y yo nos entendíamos bien. Creo que, cuando nací, mamá estaba agotada, así que
papá me cuidó la mayor parte del tiempo. Saqué el carácter de mi madre, pero también la bondad
de mi padre.
Papá levantó la vista solo un instante, y de pronto lo entendí. No quería pedírmelo. No
querría que me fuera. Pero no podía negar el efecto beneficioso que tendría si conseguía entrar,aunque solo fuera por un día.
—America, sé razonable —dijo mamá—. Debemos de ser los únicos padres del país que
tenemos que convencer a nuestra hija de algo así. ¡Piensa en la oportunidad que supone! ¡Podrías
llegar a ser reina!
—Mamá, aunque quisiera ser reina, que desde luego no quiero, hay otros miles de chicas
en la provincia que participarán en esto. Miles. Y si se diera el caso de que ganara el sorteo, aún
quedarían otras treinta y cuatro chicas en liza, sin duda mucho mejores que yo en las artes de la
seducción, por mucho que lo intentara.
—¿Qué es la seducción? —preguntó Gerad, levantando la cabeza.
—Nada —respondimos todos a coro.
—Es ridículo pensar que, con todo eso, pueda tener alguna oportunidad de ganar
—concluí.
Mi madre empujó la silla hacia atrás, se puso en pie y se inclinó hacia mí por encima de la
mesa:
—Alguien tendrá que ir, America. Tienes las mismas oportunidades que cualquier otra.
—Tiró la servilleta sobre el mantel y se dispuso a dejar la mesa—. Gerad, cuando acabes, es hora
del baño.
Él lanzó un gruñido.
May comió en silencio. Gerad hizo tiempo todo lo que pudo, pero no fue mucho.
Cuando se pusieron en pie, empecé a recoger la mesa mientras papá se bebía su té, sentado en
silencio. Volvía a tener restos de pintura en el pelo, unas salpicaduras amarillas que me hicieron
sonreír.
Se puso en pie y se sacudió las migas de la camisa.
—Lo siento, papá —murmuré, mientras recogía los platos.
—No seas tonta, cariño. No estoy enfadado —contestó, sonriendo y pasándome un
brazo por la cintura.
—Es que yo…
—No tienes que explicármelo, lo sé —me interrumpió, y me dio un beso en la frente—.
Me vuelvo al trabajo.
Fui a la cocina para empezar a limpiar. Envolví mi plato en una servilleta, con la comida
casi intacta, y lo metí en la nevera. Los demás apenas dejaron unas migas.
Suspiré y me dirigí a mi habitación para prepararme para la cama. Todo aquello me ponía
de los nervios.
¿Por qué tenía que presionarme tanto mamá? ¿Es que no era feliz? ¿No quería acaso a
papá? ¿Por qué no estaba contenta con lo que tenía?Me tendí sobre mi colchón lleno de bultos, intentando pensar en la Selección. Supongo
que tendría sus ventajas. No me disgustaría comer bien al menos por unos días. Pero no valía la
pena hacerse ilusiones. No iba a enamorarme del príncipe Maxon. Por lo que había visto en el
Illéa Capital Report, no creo que me gustara siquiera aquel tipo.
Parecía que el tiempo no avanzaba, hasta que por fin llegó la medianoche. Había un
espejo junto a mi puerta. Me detuve enfrente para asegurarme de que mi pelo tenía el mismo
buen aspecto de por la mañana, y me puse un poco de brillo en los labios para dar algo de color
a mi cara. Mamá era bastante estricta en cuanto a reservar el maquillaje para cuando teníamos que
actuar o salir en público, pero yo solía ponerme un poco alguna noche, como aquella.
Con el máximo sigilo, me dirigí a la cocina. Cogí los restos de mi plato, algo de pan no
muy tierno y una manzana, e hice un hatillo con todo ello. Volví a la habitación más despacio de
lo que habría deseado, ya que llegaba tarde. Pero es que si lo hubiera preparado antes me habría
pasado todo el rato mucho más nerviosa.
Abrí la ventana de mi habitación y miré afuera, hacia nuestro pequeño patio. No había
casi luna, así que tuve que esperar a que mi vista se adaptara a la oscuridad antes de ponerme en
marcha. Apenas se veía la silueta de la casa del árbol, al otro lado del césped. Cuando éramos más
pequeños, Kota ataba sábanas a las ramas para que pareciera un barco velero. Él era el capitán, y
yo siempre era su segunda de abordo. Mi misión consistía principalmente en barrer la cubierta y
preparar la comida, que se componía de tierra y pajitas servidas en los moldes de horno de mamá.
Él cogía una cucharada de tierra y se la «comía» tirándola por encima del hombro, lo que
significaba que me tocaba barrer otra vez, pero no me importaba. Estaba encantada de estar en el
barco con Kota.
Miré alrededor. Todas las casas del vecindario estaban a oscuras. Nadie miraba. Me
encaramé a la ventana con cuidado. Ya me había hecho algún cardenal en el vientre alguna vez
por hacerlo mal, pero ahora se me daba bien; era un talento que había perfeccionado a lo largo de
los años. Y no quería que se me cayera nada de la comida.
Crucé el césped a la carrera vestida con mi mejor pijama. Podía haberme dejado la ropa
de día puesta, pero estaba más a gusto así. Suponía que no importaba lo que llevara puesto, pero
me sentía guapa con mis pantaloncitos cortos de color marrón y la camisa blanca a juego.
Ya no me costaba trepar con una sola mano por los tablones clavados al árbol. También
había perfeccionado esa técnica. Cada escalón que subía era un motivo de alivio. No era una gran
distancia, pero desde allí me daba la impresión de que todo el alboroto de casa quedaba a
kilómetros de distancia. Aquí no tenía que ser la princesa de nadie.
Al introducirme en el cubículo que me servía de refugio, supe que no estaba sola. En el
otro extremo, alguien se ocultaba entre las sombras. Se me aceleró la respiración; no podía
evitarlo. Dejé la comida en el suelo y entrecerré los ojos para ver mejor. La otra persona se movió
y encendió una mísera vela. No daba mucha luz —nadie la vería desde la casa— pero bastaba.
Por fin el intruso habló, con una sonrisa furtiva de oreja a oreja.— Hola, preciosa.