La canción de los condenados

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Summary

Han pasado cien años desde la devastadora guerra que dio origen a los Thir, criaturas nacidas de almas humanas corruptas por el dolor, condenadas a vagar con una sed de sangre insaciable. Para contener esta amenaza, la Orden se alzó como el último bastión de la humanidad, dedicada a estudiarlos y erradicarlos antes de que el mundo se ahogue en su furia. Gayra creció entre relatos de heroísmo y sacrificio, marcada por la ausencia de sus padres, quienes cayeron en batalla. Tras años de entrenamiento, busca su lugar en la Orden junto a sus tíos, cargando un legado que nunca pidió. Pero el mundo más allá de las historias con las que creció es despiadadamente cruel

Genre
Fantasy/Horror
Author
EVex
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

El ataque fue repentino. Aurorion, el dragón más grande de aquel momento, cargó con una furia descomunal, arremetiendo contra la criatura que estaba a punto de acabar con Tryxra. El impacto fue brutal, un choque de colosos que sacudió el suelo y levantó una nube de nieve, ocultando la masacre tras su velo blanquecino. Desde donde estaba, solo podía escuchar los rugidos desgarradores de Aurorion, un sonido que aún resuena en mi mente como una herida abierta.

El bosque estalló en caos. Aurorion forcejeaba con desesperación, su imponente cuerpo estaba cubierto de heridas mientras hacía lo imposible por proteger a Kora, su jinete. Ambos se desgarraban mutuamente en una escena que aún quema mis recuerdos. Por un instante, una llamarada iluminó la neblina de nieve: un torrente de fuego brotó de la boca de Aurorion, abrasando el rostro de esa aberración. Creí que era el final. Creí que, después de toda esta masacre, mi hermana había salido victoriosa.

Pero no fue así.

A pesar de su cuerpo lacerado y sus alas cubiertas de sangre, Aurorion intentó alzar el vuelo, con un único propósito: mantener a salvo a Kora. Fue entonces cuando sucedió. La criatura, con un movimiento imposible, se incorporó, destrozando el ala izquierda del dragón de un solo tajo. Aurorion cayó con un estruendo que sacudió hasta mi pecho. Quise moverme, hacer algo, pero estaba paralizado.

La batalla comenzó. Aurorion luchaba con una desesperación que jamás había visto en él. Herido y agotado, se aferró al monstruo, envolviéndolo con su cuerpo y mordiendo su cuello con una furia incontenible. Pude escuchar el crujir de sus dientes, el eco de su esfuerzo… pero no fue suficiente. Nada de lo que hizo lo fue.

Y en un parpadeo, todo terminó.

La criatura se liberó y se lanzó contra Kora. La mordida fue brutal, arrancando la silla de montar junto con un pedazo de carne de Aurorion. Mi hermana murió al instante. Lo supe por el rugido que desgarró el aire, un sonido que no era sólo dolor físico, sino el aullido de un alma partida en dos.

Aurorion cayó. Y con él, todo lo que creía invencible.

Mi mente tardó en reaccionar. El eco de su pérdida aún retumbaba en mis oídos, resonando como un grito interminable que se negaba a desvanecerse. Pero, de alguna manera, esa imagen se desdibujó y en su lugar apareció otra: la pequeña niña que descansaba en mis brazos, ajena al caos, al dolor, a todo lo que había sucedido.

Mi hermana Kora se había ido.

La bebé, con su cabello blanco como la nieve, dormía con una calma que me parecía una burla ante todo lo que habíamos perdido. Me temblaban las manos. No estaba listo para esto. No estaba listo para asumir la carga de cuidar a un niño, mucho menos cuando ni siquiera había aceptado la muerte de mi hermana.

—¿Qué haremos con ella? —pregunté, con la voz quebrada, el miedo escurriéndose entre mis palabras. La niña en mis brazos parecía tan frágil, tan pequeña… y, sin embargo, esa fragilidad pesaba sobre mí como una sentencia.

—Naob… hermano —una voz dulce y rasposa me arrancó de mis pensamientos. Era Nyra. Se acercó con suavidad, como si temiera romper algo en el aire. Tomó la manita de la bebé con una delicadeza infinita, un gesto que llevaba consigo todo el peso de la responsabilidad—. Es nuestra sobrina, la primogénita de Kora y Lars. Es nuestro deber cuidarla… y sabes bien que no puedo hacerlo sola.

Las palabras de Nyra atravesaron la tormenta dentro de mí. Tenía razón. Kora se había ido, pero había dejado algo detrás, algo que aún podía proteger. No podía fallarle en esto.

—Lo lamento, Nyra… —susurré, sintiendo el peso de cada palabra—. Yo… aún me cuesta aceptar que Kora se ha ido.

Nyra se acercó y me envolvió en un abrazo suave, uno que no podía borrar el dolor, pero sí recordarme que no lo llevaba solo. Me apoyé en ella, sintiendo el peso de la pérdida… y el de la promesa que debía cumplir.

—Lo entiendo, Naob… —murmuró, apoyando su rostro sobre mi hombro—. Pero no estás solo en esto.

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