La felicidad eres tú

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Summary

«¿Qué hace un chico como tú con una chica como ella?» Pues ni yo mismo lo sé. Dawn Morrison no es mi tipo, no tenemos nada en común y ni siquiera nos caemos bien. Para la gente del instituto es La Invisible, pero desde que la vi sentada junto a mí en el avión que nos llevaba a Savannah no pude apartar los ojos de ella. No tiene nada especial y a la vez es lo más extraordinario que haya visto nunca. No soy su príncipe, no me gusta hacer promesas y no quiero hacerle daño. Sin embargo, mi abuela y nuestros amigos han apostado a que seré yo quien acabe con el corazón roto. Y tú, ¿por quién apuestas? Si eres de los que creen en el amor a fuego lento, esto te va a gustar

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Las cenizas

Solo hay algo peor que tener diecisiete años y ser desterrado a una ciudad provinciana del sur de Estados Unidos.

Llamarte Sunset.

Sí, como lo lees: Atardecer.

A ver, siempre he sabido que mi abuela materna, esa con la que estoy obligado a vivir los próximos meses hasta mi mayoría de edad, era una hippy trasnochada de las que tocaban la guitarra y fumaban porros.

Fue ella quien me puso el nombre y qué descansada se quedó.

Desde luego, a mí nadie me pidió permiso.

A golpes he tenido que ganarme el respeto desde que dejé el jardín de infancia y empecé a relacionarme con los chicos grandes.

Menos mal que Bradford Patterson me enseñó a boxear antes que a lavarme los dientes.

¿Por qué ha tenido que morirse?

Mi viejo y yo nos llevábamos genial. Íbamos a los partidos de la NBA, a los de fútbol y a las carreras de coches; ilegales, por supuesto. Éramos uña y carne; nunca echamos de menos a mi madre. Ni siquiera la echo de menos ahora. No sé por dónde anda, tampoco importa.

Me jode mudarme a Savannah; no me gustan los cambios, sobre todo si van a peor.

Pero ¿he dicho que a mí nadie me pide permiso?

-Eres menor de edad, Sunset. Tu única familia es tu abuela Ginger -me soltó la de asuntos sociales con una sonrisa lastimera, como si yo no lo supiera desde antes de aprender a caminar.

Me quedé con las ganas de decirle dónde podía meterse su puta lástima.

No me caía mal, solo hacía su trabajo; aunque fuera un trabajo de mierda, tampoco vamos a engañarnos.

De un día para otro me había convertido en un huérfano.

Mi padre había sufrido un fulminante infarto que lo había dejado seco en cuestión de un par de minutos, y por eso ahora voy en un avión, rumbo a Georgia, en la elitista y presuntuosa costa este del país.

Nueva ciudad, nueva casa, nuevo instituto.

Y nuevas mofas, por supuesto.

Otra vez a sacar los guantes de boxeo.

Tengo un rollo pacífico, pero la gente no colabora. Incluso la azafata de la puerta de embarque me ha mirado como si viniera del país de la piruleta.

He sentido tentaciones de sacarle la lengua tanto como de besarla en los morros.

Muy bonitos, por cierto.

Era rubia y tetona, de las que me gustan a mí.

Me he contenido al fin por no armar un escándalo y empeorar mi lamentable situación.

Situación que empeora de todos modos cuando la persona sentada a mi lado empieza a hablar.

-¿Qué llevas ahí?

-Hablas conmigo?

-Claro que hablo contigo, ¿con quién si no? -cierra el libro y me mira a los ojos. Después a las manos que aferran la urna con las cenizas de mi padre.

-Son las cenizas de mi viejo. Me las llevo conmigo. Siempre íbamos juntos a todas partes.

No sé qué leches hago dándole explicaciones a una desconocida.

-¿Te han dejado subir con eso?

-No es «eso». Es mi padre. Un poco de respeto, niña.

No sé por qué lo digo, quizá sea porque lleva trenzas o por la ortodoncia. O porque me cae mal y ya está.

-Tengo dieciséis años y tú tienes pinta de tener doce todavía.

Ajá, conque esas tenemos. ¿Quieres guerra, muñeca?

-Tengo diecisiete, Marisabidilla -le contesto sin dejar de aferrar la urna como si alguien pudiera quitármela en cualquier momento.

-Oh, qué mayor eres. Me impresionas.

Pongo los ojos en blanco. Es exasperante pero muy mona.

-¿Qué tal si nos presentamos? Sunset Patterson.

Las carcajadas se suceden sin parar mientras yo extiendo la mano y me quedo con cara de idiota.

Vale, no ha sido muy buena idea; no puede serlo si tienes un nombre ridículo.

-Paz y amor -se tapa la boca para ocultar una nueva carcajada.

-¿Te llamas Paz y amor?

-No, bobo. Dawn, me llamo Dawn Morrison. Haríamos una bonita pareja. El amanecer y el crepúsculo.

¿Dónde está el lavabo de este trasto? Me han entrado unas repentinas ganas de potar.

¿En serio? ¿Una bonita pareja? ¿Dónde? ¿En el metaverso? ¿En una galaxia a diez mil años luz?

-Las novelas rosas son malas para la salud -ojeo por encima el libro que estaba leyendo antes de decidirse a hablar conmigo.

-El cinismo es mucho peor y provoca úlcera de duodeno.

En serio, me parece estar oyendo a Hermione Granger. Si ya no me caía bien el jodido personaje, ver una mala imitación sentada a mi lado es infinitamente peor.

-Siempre eres así de repelente?

Bufa y me ignora. Vuelve a abrir el libro y se comporta como si yo no existiera.

Pues mira, mucho mejor. Un viaje tranquilo sin cenicientas buscando príncipes.

¡Cuánto daño ha hecho Disney a los niños americanos!

-Siento lo de tu padre.

Su voz me llega en un susurro sin rastro de burla, como una disculpa, pero no aparta los ojos de la dichosa novelita.

La miro bien. Es más que mona la jodida. Es realmente guapa. Tiene unos ojos azules impresionantes, un poco más oscuros que los míos; pero en los suyos brillan la inocencia e ilusión de una adolescente.

-Gracias -le ofrezco mi mejor sonrisa como buen compañero de viaje.

-De nada. -Esa sonrisa es letal y debería ser ilegal-. ¿Tienes familia en Savannah?

-No me digas que tú también vas allí.

Pongo cara de fastidio. Falso, por supuesto.

-Tranquilo, no es un pueblucho con cuatro gatos. Seguro que no volvemos a encontrarnos.

Y me guiña el ojo. La muy descarada me guiña el ojo, dando a entender que por supuesto volveremos a encontrarnos.

Pero eso no es lo peor, no; lo peor es el tirón en la entrepierna, el deseo de acariciar los pezones que se le insinúan debajo del jersey y las ganas de besar esos labios. Tienen pinta de saber a cereza.

Joder, estoy fatal.

La niña es repelente y a mí me la pone dura. Menos mal que no voy a volver a verla. Y ya sé que Savannah es suficientemente grande como para no volvernos a ver en los próximos diez años.

-¿Estás segura de que no me vas a echar de menos?

-No te creas tan importante.

-Ni tú la reina del baile. Al menos hasta que te quiten los aparatos -me doy golpecitos en los dientes mientras le muestro mi sonrisa más canalla.

-Eres idiota.

Y se queda tan ancha. Me insulta y ni se inmuta.

-Gracias -no sé qué más decir. Literalmente me ha dejado sin palabras.

-¿No vas a decir nada?

-Me niego a seguir discutiendo con una cría repelente de dieciséis años.

-¡Oh, qué machote! ¿Qué será lo próximo, hacerte una paja aquí y ahora?

«No me des ideas», pienso, pero me callo. No quiero que me echen del avión o me inviten amablemente a pagar una multa indecorosa por comportamiento inapropiado para menores de edad.

-No me provoques. Ten un poco de respeto por mi duelo.

-No me trates como si fuera idiota y tendremos la fiesta en paz.

-¿Fiesta? ¿Qué fiesta? ¿Qué parte de «duelo» no has entendido?

-Era una forma de hablar.

Me saca la lengua, ¡me saca la lengua!, y vuelve de nuevo a su novelita rosa de príncipes y princesas y villanos y hadas y vete tú a saber qué más.

Suspiro y finjo que no existe, que es invisible, que su cercanía no remueve nada en mí.

Que me apetece tener algo con ella, pues sí.

Que no es el momento, pues no.

Estoy de duelo, de verdad, y no quiero empezar nada que no pueda acabar bien. Y esta no es de esas de «una noche y si te he visto no me acuerdo».

Esta es capaz de acordarse de mí cuando cumpla ochenta años.

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Todavía es pronto para catalogarla como «obsesiva-compulsiva», aunque su afición a las novelas rosas no habla mucho en su favor.

A mí no me gustan las novelas; ni románticas, ni góticas, o de terror, o fantásticas. Cuando era más pequeño me leí algún tebeo. Y hasta aquí.

A mí me gustan los coches, el baloncesto y el fútbol americano. Por ese orden.

Quizá todo se reduzca a que no me interesan las historias ajenas y no soy cotilla.

Por ejemplo, podría haberle preguntado de dónde viene, porque está claro que ha nacido y crecido en Savannah. Y se siente orgullosa de ello.

De repente, la veo mirándome. Ha dejado el libro a un lado y me estudia con curiosidad.

-¿Qué miras tanto?

-¿Qué dices? Estoy mirando por la ventanilla.

-La ventanilla te queda un poco lejos. ¿Quieres cambiar de asiento?

Se ruboriza hasta la raíz del cabello de ala de cuervo; las pupilas se le agrandan y se queda boquiabierta, como pez fuera del agua, sin saber qué hacer, ni qué decir. Adorable, a decir verdad. Pero yo no voy a Savannah a buscar un ligue. Mucho menos una novia o lo más parecido a eso.

Ahora me ignora. Se hace la digna, vuelve la cabeza y vuelve a coger el libro. Del revés.

-Dale la vuelta.

-¿Qué?

-Está del revés.

Sonrío.

Sacude la cabeza y vuelve a ignorarme.

No sé cómo tomarme su actitud.

-Si quieres decirme algo, dímelo. No muerdo y no soy de los que alardean.

-¿Perdona?

-De ligar con chicas guapas en los aviones.

-No sabes lo que dices, pero claro, estás de duelo. Te lo perdono. Y no soy guapa.

¿En serio?

¿Qué hago? Si la contradigo, malo. Si le doy la razón casi va a ser peor.

Me callo. Lo más saludable.

-¿No vas a decir nada?

-No sé qué quieres que diga. Olvídate de mí y sigue con tu lectura.

-Así que tiras la piedra y escondes la mano.

-Has sido tú quien ha empezado a hablar conmigo.

-He sido educada.

-Como una buena señorita sureña. Pues muy bien, muchas gracias. Ahora olvídate de mí y todo estará arreglado.

-¿Siempre ligas así con las tías? ¿Qué es? ¿Psicología inversa?

No, ahora mismo un diálogo de besugos.

Lo pienso, pero no lo digo. Y pensarlo ya es surrealista porque ninguno de mis amigos de Los Ángeles me definiría como un tío ¿sesudo?

-Mira, no quiero hacerte daño. Eres muy mona y tal… Pero ahora no me va ese rollo.

-Eres rematadamente tonto. Y no me haces daño, para eso tienes que esforzarte un poquito más. Ya te he dicho que no soy guapa. Y no quiero ningún «rollo». Ni contigo ni con nadie.

La miro bien, parece que habla en serio, y no sé si me provoca risa o me irrita. Quizá las dos cosas.

-Claro, porque tú esperas a que el príncipe azul salga de las páginas de tu novelita y te bese en los morros.

Me mira mal. Muy muy mal.

Quizá me haya excedido, no sé, no me relaciono bien con las tías, a qué mentir. Y esta me gusta de un modo que no acierto a explicar.

-Lo siento, he sido muy borde -me disculpo entre dientes.

-Lo has sido, pero como eres un crío sin cerebro no te lo tendré en cuenta.

¿Perdona?

¿Me ha llamado crío?

¿Me ha llamado tonto del culo?

-No sé ni por qué me disculpo, eres una niñata estúpida.

Y muy guapa, pero eso no lo repito, que se lo va a creer.

-Esta conversación no tiene ningún sentido. Déjame en paz.

Y la dejo en paz, claro. Pero mis ojos no obedecen ninguna regla, se dirigen continuamente hacia ella, imantados por su magnetismo, decididos a aprenderse cada curva y cada línea de memoria. Y no sé para qué, porque no voy a volver a verla.