Capítulo 1
—Necesito puntuar este libro en Goodreads. ¡Un cuatro de cinco estrellas!
Acababa de leer esta novela de origen coreano que una clienta dejó en el trabajo. En la última década, varias novelas fueron licenciadas y traducidas al español. Nunca antes le presté atención. No sé por qué tenía este sesgo de que la literatura de romance coreano no tendría el tipo de libros que a mí me gustan leer. Sin embargo, esta novela fue una bofetada a mi rostro y superó todas las expectativas que tenía.
La novela contaba la historia de Nicolette, la hija del Barón Rothschild que vuelve al ficticio reino de Menevras después de estudiar en el extranjero. A Nicolette la describen con una belleza encantadora, su cabello negro y lacio, ojos azules como el cielo. Ella de inmediato atrajo la atención del Príncipe Heredero del reino y del Maestro de la Torre Mágica. Pero como toda novela, debe haber una villana, y esa era Evelyn Herschel, la mimada y egocéntrica hija del Duque Herschel, así como la prometida del Príncipe.
Evelyn hizo la vida imposible a Nicolette, se burló de ella, arruinó sus atuendos, la puso en peligro e hizo escenas de berrinches cuando el Príncipe iba tras Nicolette. Evelyn era la chica popular, Nicolette la chica nueva que atrae la atención del protagonista. Un cliché imperial, si me preguntas.
La historia era muy rosa, típico romance clásico, y no era prácticamente mi estilo de lectura. No obstante, algo tuvo que cuando leí la primera página, simple y sencillo no pude parar de leer. Era una sensación que me instó a seguir con la lectura, tanto así que acabé llevando el libro a casa en vez de dejarlo donde lo encontré. Lo regresaría cuando la clienta que lo dejó volviera a reclamarlo.
Nicolette era la chica educada, noble y agradable, desde el primer momento la apoyé como buena lectora que simpatiza con la heroína, quería que su relación con el príncipe Bertrand se realizara. Evelyn era una envidiosa, ¿por qué insistirle a un chico que ya te cambió por otra? Oh, claro, porque deseaba el puesto de emperatriz y al príncipe en sí. Bertrand era un hombre guapo. ¿Os imagináis un chico de cabello castaño claro que arrancaba destellos dorados del sol y cuyos ojos verdes recordaban a los olivos? Dejaba ríos de baba por donde leía. Tenía una personalidad fuerte, encantadora y muy masculina. Sí, digamos que era mi tipo...
—Si tan solo el tío tuviera la chispa —mascullé, mientras me levantaba del sillón donde estuve recostada para acabar el libro y vi la hora. Era la hora de la cena, tenía pereza de cocinar algo así que decidí preparar unos emparedados y me iría a dormir.
Aunque Nicolette terminaba casándose con el príncipe luego de la muerte de Evelyn y se convertía en emperatriz, hubo un segundo interés amoroso, quien además fuera el verdugo de la villana; el temible Maestro de la Torre Mágica y el mago más poderoso de todo aquel mundo de ficción, Deckard.
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Evelyn temblaba de pavor cuando notó que el cielo se oscurecía. El antes brillante cielo azul ahora era un manto gris y lúgubre. Bertrand no dejaba de reclamar por un médico, trataba de hacer que Nicolette recuperase la consciencia. Tras Evelyn, la presencia de un ser causó que ella se girase para hacerle frente a la figura del Maestro de la Torre. Nunca antes se relacionó con los magos, la magia misma le traía sin cuidado, pero no los provocaba. Ella sabía que mucho menos debía provocar a Deckard. El mago había vivido por años, estaba desde hace muchas generaciones de emperadores antes de Bertrand, incluso estaba vivo cuando el gran Mago Ancestral todavía seguía con vida, debido a que Deckard fue su único aprendiz.
Ahora, los penetrantes e insondables ojos carmesíes de Deckard dejaron la figura moribunda de Nicolette, quien estaba siendo transportada al interior del palacio para ser tratada, y se fijaron en los de Evelyn.
—Evelyn Herschel —habló Deckard. Su voz era más profunda que la de cualquier otro hombre que Evelyn conociera, incluso más que la de Bertrand, con un deje susurrante, como una serpiente a punto de clavar sus colmillos—. Una perra estúpida que quiere morir hoy. ¿Tan miserable es tu vida?
—Y-yo, n-no, ¡alto! —Los labios de Evelyn temblaron, sus manos temblaron, todo en ella parecía una hoja de papel al aire mientras retrocedía lejos de Deckard. El mago avanzaba cada paso que ella retrocedía—. Ha sido un error, ¡es una equivocación! ¡Usted no puede hacerme daño! —Ella alzó el mentón, digna—. Soy la prometida del príncipe y futura emperatriz.
—¿Es una burla? —La mano de Deckard se apretó en torno al cuello de la mujer, levantándola unos centímetros del suelo hasta tenerla a su altura—. Yo no veo nada como eso frente a mí, en cambio solo veo a una cucaracha retorciéndose que solo suplica ser aplastada.
Para ese entonces, el rostro de Evelyn estaba empapado con lágrimas que se deslizaban de sus ojos, la voz no salía a causa del apretón en su cuello y las incrustaciones de su collar rasgaban su fina piel.
—Triplicaré el dolor de Nicolette en ti. Todo el daño que has hecho hacia ella, tú lo sentirás tres veces más. Antes me detuve porque ella me lo pedía, ¿adivina qué? —Los ojos rojos brillaron con una ira que ahogó su respiración—. No correrás esa misma suerte ahora.
Entonces, ¿eso ocurrió? Siempre era Bertrand quien iba a reclamarle por cada daño que le hacía a Nicolette. Deckard jamás se acercó a Evelyn antes, a pesar de que Deckard llegase a presenciar algunas de las maldades que le causaba. Bertrand era quien tomaba su brazo y la arrastraba lejos para reprenderla. Eso también influyó en que Evelyn continuara atacando a Nicolette.
Ahora, Nicolette lidiaba con el veneno en su organismo y no estaba ahí para detener a un Deckard colérico, un Deckard que no se detendría hasta reducir a nada a Evelyn.
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Nunca especificaron cómo fue que Deckard mató a Evelyn, el narrador solo se limitó a usar las palabras “río de sangre” e “irreconocible” como única referencia. Sí, definitivamente no fue explícita. El envenenamiento de Evelyn hacia Nicolette fue la gota que derramó la paciencia de Deckard. Nicolette lamentó la muerte de Evelyn durante su funeral una vez que se recuperó, y su compromiso con el príncipe se celebró al mes próximo. Deckard no asistió a la boda, lo más probable era que estuviera dolido de que Nicolette prefiriera quedarse con el príncipe.
Bueno, ¿no era la obvio? Era el santo y correcto chico protagonista. ¿Quién se quedaría con el personaje secundario que sería tan capaz de matar sanguinariamente y hacer el mundo arder por la mujer que ama?
Alerta de spoiler: Yo sería una.
He de admitir que Deckard era el único de los dos intereses amorosos que atraía mi atención. El Maestro de la Torre era un personaje misterioso. Aparecía en los momentos en que Nicolette estaba en peligro para salvarla, la mayoría provocado por Evelyn. También fue él quien más adelante acabó con la guerra en Menevras debido a que era una amenaza para Nicolette por ser la emperatriz.
El epílogo de la novela acababa mencionando que Deckard veía desde lejos a Nicolette ser feliz con el príncipe y que siempre la protegería. Me causó una sensación tan agridulce que hasta acabé derramando algunas lágrimas. Definitivamente quería que Deckard tuviera un final feliz. Este libro era de esos claros ejemplos donde la protagonista quedaba con el personaje que no te gusta. Choca esas palmas si estabas de acuerdo.
Mientras preparaba la cena, no dejaba de pensar en Deckard y el final de la novela. Era extraño, yo siendo una chica de fantasía más que romance, jamás deseé que un personaje en específico acabara la historia con una pareja para él o ella. Por el contrario, me volvía feliz que fuera un personaje independiente del amor. Pero Deckard... El final tan solitario de Deckard me dejaba una sensación de vacío en el pecho. Es decir, el sujeto a veces rompía las pelotas con ciertas actitudes a Nicolette en burla porque le gustaba hacerla enojar —cosa que no funcionaba, Nicolette a veces podía ser una piedra—; pero me hacía sonrojar, el misterio por su pasado me atraía y tenía el tipo de madurez en un hombre que retumbaba en mi corazón.
Analizándolo mejor, no creo que Deckard hubiera funcionado con Nicolette. Nicolette era una chica cándida, optimista, ingenua que siempre veía lo mejor de los demás y algunas ocasiones actuaba un poco densa, nunca captaba las bromas de Deckard.
En fin, preparé los emparedados, comí unos cuantos y luego de descansar un poco la comida, limpié todo antes de darme una ducha para dormir.
¿Qué tipo de chica sería perfecta para Deckard?
No lo sabía. Pero seguro que debía ser una que soportara su ritmo, su personalidad. El príncipe también tuvo una personalidad fuerte que no se vio mucho con Nicolette, pero los sermones que le dio a Evelyn me hicieron estremecer. Esa mujer debía ser el demonio mismo o muy estúpida para pasarse por el orto los reclamos del príncipe.
Una vez en mi habitación, preparé mi bolso del trabajo —en él coloqué la novela para devolverla a su dueña—. Trabajo como pastelera en mi propia tienda, horneo desde muy temprano todo con ayuda de mi mejor amiga y co-propietaria, antes de abrir. Una de las empleadas que nos ayuda a atender a los clientes me llevó el libro que encontró en una de las mesas, y fue cuando decidí leerlo mientras tenía que esperar a que se hornearan los dulces.
—Espero que otra clienta deje un libro nuevo que leer —murmuré en la oscuridad de mi habitación con una sonrisa, antes de cerrar los ojos y dormir.
Poco después, no estaba segura de cuánto rato pasó, mi pecho empezó a doler. Algo no estaba bien. Traté de despertar, sin embargo fue como si mis párpados estuvieran pegados. El aire en mi habitación empezó a faltar, el dolor en mi pecho ardía y subía de intensidad. Empecé a asustarme mucho dentro de mi cabeza.
Mierda, mierda.
¿Estoy teniendo un infarto? Sé que no voy al gimnasio y me atraco de dulces en la pastelería, ¡pero juro que soy una persona sana! ¡Bebo mis dos litros de líquido al día!
Vale. Que parte de ese líquido son gaseosas.
Quería gritar, mover los brazos, ¡despertar! No pude, malditamente no pude. Es como si hubiera estado bajo el agua, hundiéndome en lo profundo cada vez más. La enorme piedra en mi pecho me estaba ahogando. Más profundo, más rápido. Tenía miedo. ¿Estaba muriendo? ¿Realmente estaba muriendo, de esta forma? No, no, por favor.
¡No quiero morir!
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Desperté observando un techo acolchado. Estaba en una impresionante cama de dosel. Una cama que no era la mía, puesto que mi cama no tenía columnas de madera, ni una tela cuyo precio me ayudaría a pagar los impuestos del mes de la pastelería, ni mucho menos mi cama tenía sábanas de seda. Al incorporarme, vi un lujoso cuarto, muy al estilo de la época victoriana, o así lo deduje.
Espera... ¿Qué demonios estaba pasando?
Toqué mi cuerpo, pues recordé que mi pecho dolió y me detuve. ¿Qué les sucedió a mis manos? ¿A mis uñas, a mi piel? ¿Cómo carajos mis tetas crecieron tanto? Yo no me cargaba melones.
Y mi cabello, ¿por qué ahora era rubio? Un hermoso rubio platinado que caía en suaves ondas. Dios mío, qué suave era. Mi salario no era suficiente para cubrir tantos productos que dejaran mi cabello así de suave.
Empecé a hiperventilar. No entendía qué pasa. Me bajé de la cama, ignoré el largo camisón para dormir y busqué el espejo. ¡Un espejo, necesitaba un espejo! Ahí estaba, en la extravagante cómoda que estaba repleta de frascos cuyo contenido desconozco. A la mierda, corrí hacia el espejo y lo tomé.
Me devolvió la mirada el rostro de una mujer despampanante. Era el rostro de una muñeca de porcelana, la cara en forma de corazón, la boca pequeña y voluptuosa, ojos rasgados de un tono chocolate claro, cejas perfectas y perfiladas como recién hechas por visagismo... ¡Esta mujer era el pecado andante y estaba haciendo mis expresiones!
¿Esa era yo? ¿Ese era mi aspecto?
¡No, mi cabello era una caca enmarañada porque nunca tengo tiempo para arreglármelo! ¡Mi piel luchaba por sobrevivir a base de solo crema hidratante! No soy un esperpento, pero definitivamente mi harém no se limitaría al sujeto obeso que pide un pastel de chocolate cada día, los ancianos de la junta comunal que pasan por café y cupckes en la mañana y al adolescente que cree que soy sexi pero el cual haría que el FBI cayera frente a mi puerta, si al menos fuera tan bella como esta chica.
¿Dónde estoy? ¿Qué era esto? ¿Qué estaba ocurrién...?
Tres golpes en la puerta de la habitación y tres mujeres vestidas de sirvienta de época entraron.
—Buenos días, señorita Evelyn. ¿Desea que le sirvamos algo específico para desayunar? —preguntó una de ellas, mientras las otras se movieron por la habitación como si cumplieran una rutina diaria.
Esperen un momento.
¿Me llamó Señorita Evelyn?
¿Evelyn?
Regresé la mirada al espejo e ignoré su pregunta.
Evelyn... ¿La Evelyn de la novela que leí?
—Yo...
¿Cómo describían a Evelyn? “Una belleza extraordinaria, cuyo cabellos pretendían imitar el puro oro blanco, y sus ojos marrones exudaban un aire misterioso que invitaba a averiguar sus secretos más profundos”.
—¿Señorita Evelyn? —Escuché que dijo la misma sirvienta tras de mí—. ¿Estaba todo bien?
No. No estaba todo bien.
Porque parece que me había convertido en Evelyn Herschel, la misma Evelyn que estaba destinada a una muerte horripilante.