El amor de la abuela
Nadie amaba más a Rodrigo que yo, ni su propia madre lo amaba tanto. Estuvimos juntos desde los trece años. Cuando mi papá se enteró que tenía un enamorado que se acercaba en las noches a mi ventana envió a mi tío José al día siguiente a sellarla, eso me mataba de calor pero de amor no. Lastimosamente, para la eficiencia de mi papá estaba la destreza de Rodrigo que gracias a un árbol de mangos subía cuidadosamente y terminaba en el techo de la casa, luego saltaba y caminaba cuidadosamente unos seis metros por un pasillo hasta la puerta de mi cuarto, a la hora de irse yo le hacía una pata de gallina, se encaramaba de nuevo en una pared y salía, eso lo hicimos por años y nunca nos descubrieron, una vez calculó mal y terminó dándose un golpe que lo dejó con una cicatriz en la ceja de por vida. Siempre llegaba cansado de trabajar, con zapatos rotos pero con una sonrisa y una mirada incomparable, era muy trabajador, desde los diez años vendía pasteles que hacía su abuela. Para estos tiempos no se ve mucho pero yo me enamoré justamente de su humildad y sus payasadas, nada le daba pena, bastante extrovertido y muy original.
Yo era de una familia de mayores recursos, mi papá tenía muchas tierras, era agricultor. Rodrigo y yo corrimos grandes riesgos para vernos en mi propia casa, pero siempre fuimos responsables, me refiero a que nunca inventamos de más yo llegué a mi boda virgencita con mi velo puesto, un embarazo en esa época, a esa edad y sin un matrimonio era la deshonra y el destierro por parte de nuestras familias.
A los 18 años se llevaron a Rodrigo a pagar el servicio y no lo vi por casi dos años, eso me deprimió. Papá me quiso casar con Adolfo Ledezma un hombre de familia pudiente, yo nunca quise pero en esa época todo era así, lo arreglaban y uno ni hablar podía. No se como pasó, pero Rodrigo se enteró de aquel compromiso y llegó una semana después, me contó Aurelio su mejor amigo que se hizo pasar por loco lanzando la comida por todos lados en pleno comedor del conscripto militar, también me dijo que le dieron un montón de palo pero logró salir de ese lugar y que más atrás salió él pero por una supuesta enfermedad respiratoria.
Por primera vez escapé de casa con la excusa de ir a la bodega del señor Laureano a unas cuadras de mi casa. Con la ayuda de Aurelio llegue a casa de Rodrigo y su abuela. Nunca me habían recibido en una casa con tanto amor y aprecio. La humildad y la sencillez crean personas con auras que te purifican el alma, el abrazo de su abuela estuvo tan lleno de paz que pude sentir como cargas negativas salían de mi, al ver a Rodrigo acostado y aliviado me sentí feliz, fue imposible para mi contener lágrimas de felicidad. El miedo a mi papá, y a mi situación, desapareció. Salí de allí llena de un valor que jamás imagine tener, enfrenté a mis padres, les dije: me caso, pero no con la persona que ustedes buscaron sino con quien yo deseo. Mi mamá muda como siempre miró a papá y este con un gesto de desagrado se levantó y se fue, como siempre bajé la mirada y di por finalizado aquel acto de perdurable valentía con deficientes resultados.
Al día siguiente fui a casa de Adolfo y le dije que se olvidara del matrimonio conmigo porque eso no era lo que deseaba, que eso era un deseo de mi papá más no mío, por suerte lo entendió y me dijo que prácticamente le pasaba lo mismo. Regresé a casa más tranquila y despejada, nunca me había sentido tan independiente y decidida.
No había pasado una semana cuando mamá llegó a mi habitación una mañana y me dijo: "mijita, ¿usted cree que yo no vi a Rodrigo encaramado en la pared centenares de veces en las noches y madrugadas? Lo que pasa es que nunca dije nada, a pesar de todo confiaba en usted, cásese con ese muchacho ya veré yo cómo tranquilizo a su papá. Siempre la apoyaré, no haga como yo que me enamoré de su papá ocho años después de tenerla a usted y a sus hermanos, yo sí sé lo que es casarse obligada. Tienen mi bendición", me abrazó y cuando noté que iba a llorar se marchó para disimular.
En 10 días nos casamos. Los mejores amigos de Rodrigo y yo lo ayudamos con la compra del traje y yo por costumbre de familia usé el vestido de mi mamá. El día de la boda cuando llegué a la iglesia sorprendentemente mi papá me esperaba para entregarme en el altar.
Alientos para tener hijos no nos faltó, tuvimos trece pero perdí tres. Ahora tengo dieciséis nietos y ocho bisnietos. Tengo 85 años y 67 años de casada, pasamos momentos muy fuertes, pero si Dios después de esta me da licencia para vivir unas cuantas vidas más me volvería a casar con Rodrigo.








