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Siempre he creído que hay momentos que marcan un antes y un después, pero rara vez nos damos cuenta cuando estamos en medio de uno.
Algunos empiezan con un silencio inesperado, con una mirada que dura demasiado o con una frase que se queda suspendida en el aire, como si el destino nos diera la oportunidad de detenernos y darnos cuenta de que algo está apunto de cambiar. Pero la mayoría de las veces, esos momentos llegan sin previo aviso. A veces, todo parece normal. La rutina sigue su curso, las conversaciones se repiten y los días pasan como si nada pudiera romper la inercia de lo cotidiano.
Pero entonces, de la nada, sucede. Algo o alguien entra en tu vida y lo altera todo. Y lo peor es que, al principio, ni siquiera lo notas. No puedo decir con certeza cuando empezó todo. Solo sé que, de un momento a otro, mi mundo dejó de ser el mismo. Las cosas pequeñas comenzaron a pesar más de lo que deberían. Las casualidades dejaron de parecer casualidades. Y, sin darme cuenta, me vi atrapada en una historia que nunca me imagine vivir. Quizás siempre estuvo ahí, esperando a que prestara atención. O quizás simplemente llegó sin avisar, como lo hacen las cosas que realmente importan. Lo único que sé es que, después de aquello, ya no hubo vuelta atrás.








