I♡
La verdad siempre encuentra su camino hacia la luz, y cuando lo hace, no hay sombra que la oculte. Aprender a aceptar nuestros errores es el primer paso hacia la redención, pues culpar a otros solo alarga la sombra de la mentira.
El timbre del recreo resonó en toda la escuela, pero Meiko no se levantó de su asiento de inmediato. Sabía lo que la esperaba afuera. Como siempre, esperó a que todos salieran antes de tomar su lonchera y dirigirse al patio. Caminaba con la cabeza baja, tratando de pasar desapercibida.
— ¡Ahí viene la rara! — exclamó una voz aguda. Meiko sintió un escalofrío en la espalda.
Delante de ella estaban una niña y su grupo de amigas. Las mismas que siempre la molestaban todos los recreos.
— Oye, Meiko, ¿Qué trajiste hoy para comer? Seguro tu mamá te preparó algo asqueroso otra vez — se burló aquella niña que lidera el grupito, acercándose con una sonrisa cruel.
Meiko apretó la lonchera contra su pecho y bajó la mirada. Sabía que si respondía, solo empeorarían las cosas.
— Déjenme en paz —murmuró en voz baja, aunque sabía que no la escucharían.
— ¿Qué dijiste? ¡Habla más fuerte! —dijo una de las niñas, fingiendo que no la oía.
— Seguro ni puede hablar bien. Mi mamá dice que su madre la ha vuelto una niña rara porque siempre la regaña frente a todo el mundo — dijo la niña con una mueca de disgusto—. ¿Es verdad que te hace quedarte en casa cuando deberías salir a jugar? ¿O que te dice que eres una inútil delante de la gente?
Las demás rieron, imitando el tono condescendiente de una adulta.
Meiko sintió su cara arder. Quería correr, esconderse, desaparecer en ese momento. Sabía que su madre hablaba de ella como si no fuera suficiente, como si siempre hiciera algo mal. Y lo hacía frente a otros padres, frente a maestros… y ahora frente a sus compañeros.
— Seguro no responde porque sabe que es cierto —insistió la niña, y antes de que Meiko pudiera reaccionar, le arrebató la lonchera y la abrió de golpe.
Los niños soltaron un coro de risas cuando vieron el contenido. Arroz frío, algas marchitas y un huevo hervido cortado a la mitad.
— ¡Qué asco! No me extraña que nadie quiera sentarse contigo.
Meiko sintió un nudo en la garganta. No podía llorar, no frente a ellos. Sin decir una palabra, giró sobre sus talones y corrió hacia la parte trasera de la escuela, donde sabía que nadie la buscaría.
Se abrazó las piernas y escondió la cara entre las rodillas. Sabía que en casa tampoco encontraría consuelo. Su madre la vería llegar con los ojos hinchados y solo suspiraría, repitiendo las mismas palabras de siempre:
“Si no te esfuerzas más, la gente nunca te respetará.”
Pero, ¿Cómo podía esforzarse en algo que no entendía? ¿Cómo podía ser “normal” cuando ni siquiera sabía qué tenía de malo?
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Meiko camina por el pasillo del colegio, su mochila colgando de un solo hombro. De repente, escucha risitas detrás de ella. Cuando se da vuelta, no hay nadie, pero las voces parecen venir de algún rincón cercano.
— ¿Vieron cómo camina? Hasta para eso es rara, con ese andar todos dirán que esta loquita...
murmura una voz apenas audible. Meiko aprieta los dientes y sigue adelante, pero sus manos se tensan un poco, y su mirada baja al suelo, deseando escapar de la incomodidad que la rodea.
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Al salir de la clase, Meiko se encuentra con un grupo de estudiantes en el pasillo. De repente, siente un empujón en su espalda, haciendo que casi pierda el equilibrio. Al girarse, ve que no hay nadie directamente detrás de ella, pero puede escuchar las risas a lo lejos.
— ¡Que te pasa, Meiko! ¿No sabes ver por donde caminas?
Dice una voz sarcástica. Su rostro se sonroja levemente, y en su mente una sombra de vergüenza se apodera de ella, aunque prefiere no responder.
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Esa misma tarde, mientras Meiko está sentada en el salón de clases, notó algo extraño sobre su escritorio. Era un papel arrugado, como si alguien lo hubiera dejado con intención de que lo viera. Lo toma y, al abrirlo, descubre un mensaje escrito a mano.
“No deberías estar aquí, incómodas a todos, ya lárgate”
Un escalofrío recorre su espalda mientras la incomodidad se clava más profundamente en su pecho. Mirando alrededor, no puede identificar quién lo dejó, pero siente las miradas en su dirección. Los murmullos comienzan de nuevo, esta vez más intensos.
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Mientras Meiko se dirige a su casillero, escucha risas que aumentan a medida que se acerca. Al llegar, ve un pequeño grupo de estudiantes observándola, uno de ellos con una cámara en las manos.
— ¿Sabes que nadie te entiende? Es como si estuvieras en tu propio mundo
Dice uno, mientras otro se ríe, apuntando hacia ella con el teléfono móvil. El grupo no para de reírse y, aunque Meiko no responde, siente la presión de su silencio y sus ojos fijos en ella. Todo lo que puede hacer es girar y marcharse rápidamente, sus manos temblando mientras sus pasos se apresuran.
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En el pasillo más lleno, mientras Meiko camina hacia su clase, alguien la empuja de nuevo, pero esta vez con más fuerza. La hace tropezar y caer al suelo. Cuando se levanta, los ojos de los estudiantes la siguen, pero no hay una mano que la ayude a levantarse. Una voz se escucha claramente.
— ¿Vas a dejar que te pisoteen todo el tiempo, o vas a aprender a defenderte, miedosa?
Las carcajadas se desatan mientras ella se arrastra hasta ponerse de pie. Nadie parece interesado en ayudarla, pero todos disfrutan de la escena. El silencio en su interior es lo único que le queda mientras se aleja, con la cabeza baja, deseando que el momento desaparezca.
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Meiko despertó lentamente, los primeros rayos de sol colándose a través de las cortinas que cubrían su ventanal. El calor de la cama la envolvía, no quiere levantarse, se siente cómoda envuelta en las calidad sabanas . Cerró los ojos un instante, sintiendo cómo los recuerdos de su niñez la golpeaban de nuevo, como olas implacables.
Recordaba los gritos, las promesas rotas, el eco de los días perdidos. Su infancia había sido una serie de momentos rotos, como fragmentos de vidrio dispersos que nunca lograban encajar del todo. Había crecido entre sombras, rodeada de un silencio pesado que solo se rompía por la furia de su madre y el vacío ausente de su padre. No había amor en su casa, solo lucha por sobrevivir.
Se incorporó lentamente, la cabeza pesada y el cuerpo adolorido. Aún podía sentir la presión de aquellos días marcados por el abandono, los secretos y las palabras que nunca fueron dichas. ¿Por qué seguía aferrándose a ellos, incluso ahora, después de todo lo que había logrado?
Miró sus manos, como si esperara encontrar alguna pista, alguna respuesta. Pero lo único que encontró fue cansancio, una fatiga profunda que no solo provenía de su cuerpo, sino también de su alma. Todo lo vivido en su niñez la había desgastado, dejando cicatrices invisibles, como huellas de un viaje interminable.
Se levantó finalmente, sus pies tocando el suelo frío, y respiró hondo, buscando fuerza donde ya no sabía si quedaba algo. El mundo afuera esperaba, pero ella solo quería detener el tiempo, detener todo el dolor. Sin embargo, sabía que no podía. La vida seguía, sin importar lo que ella deseara.
Así que, con una determinación que aún no comprendía del todo, se encaminó hacia el día, dejando que los recuerdos se disiparan poco a poco, aunque sabía que nunca se irían por completo.
Meiko se miró en el espejo con una expresión sombría. A pesar de que el reflejo frente a ella mostraba una chica de rostro delicado, cabello largo y oscuro, y unos ojos castaños de forma redonda, con pupilas similares al de un gato los cuales parecían ocultar más de lo que ella quería admitir, no podía dejar de sentir un nudo en el estómago.
Este día era diferente. Su primer día de escuela secundaria, en un colegio nuevo, en un año avanzado, todo porque su inteligencia había sido la razón de su traslado. Un “privilegio” que no todos tenía y el cual no deseaba.
Se ajustó el uniforme, una camisa blanca con el logo del nuevo colegio en el pecho, y una falda que no estaba acostumbrada a usar. La sensación de ser la más joven en una clase llena de chicos mayores la ponía nerviosa. ¿Por qué tenían que cambiarme de lugar? se preguntó. En su anterior colegio, aunque sus compañeros no eran los más amigables, al menos no se sentía tan fuera de lugar. Aquí, en este nuevo ambiente lleno de desconocidos, no podía evitar sentir que sería una intrusa.
En su antiguo colegio, sus profesores le habían ofrecido la opción de avanzar de año, pero nunca pensó que sería tan real. Su madre, desinteresada pero orgullosa en su adentros , le daba igual como se sintiera. Aunque es una oportunidad para brillar, pero para Meiko, todo eso solo significaba estar más cerca de una vida que no quería. No quería destacar. No quería ser esa chica rara que sobresale por algo que no pidió.
Se puso los zapatos con firmeza, y con el corazón apesadumbrado, salió de su habitación. La casa, como siempre, era tranquila. Nadie parecía notar la tormenta interna que Meiko cargaba. Su madre la miro mientras se preparaba algo para comer, la mujer desde hace tiempos dejó de lado a su propia hija , por circunstancias que marcaron en el pasado.
— Come y lárgate rápido que tengo invitados los cual es vendrán en poco, si es posible regresa asta la noche.
Meiko solo asintió y se apuro en poner un poco de comida en su mochila antes de irse, se le había quitado el apetito al escuchar a su madre, pero debía comer algo.
El trayecto hacia el colegio fue una mezcla de pensamientos que giraban como un torbellino en su mente. ¿Qué tal si no encajo aquí? ¿Y si me ven rara? Y aunque sabía que su habilidad para resolver problemas complejos la había llevado a este punto, no podía dejar de sentirse atrapada por la expectativa de los demás. Se preguntó si algún día sería más que solo la “chica inteligente” o “la chica rara”.
El director de la escuela, un hombre de porte distinguido y una sonrisa cálida, aguardaba en la entrada del edificio. Al ver a Meiko acercarse, notó de inmediato su porte sereno y elegante, a pesar de ser tan joven.
— Bienvenida, señorita Kimura
Dijo, extendiendo la mano.
— Es un honor tenerte aquí, en esta institución. Nos sentimos muy afortunados de contar con una estudiante de tu nivel.
Meiko asintió suavemente, sonriendo tímidamente, agradecida pero consciente de la atención que generaba.
El director, apreciando su modestia, continuó
— Tu aula será la 1-3. Es una de las más activas, pero estoy seguro de que te adaptarás rápidamente.
Meiko caminó junto a él mientras él la guiaba por los pasillos, su paso seguro pero a la vez cauteloso, como si prefiriera no llamar la atención más de lo necesario. Al llegar frente a la puerta de la 1-3, el director se detuvo.
— Aquí estamos. Tus compañeros te estarán esperando, pero no te preocupes, todo irá bien. Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo.
La joven asintió y antes de que pudiera entrar, el director, con un toque de preocupación, añadió.
— Ah, señorita Kimura, antes de que te vayas… hay algo más que quisiera pedirte.
La joven lo miró con curiosidad.
— En tu aula hay un chico que está repitiendo el primer año. Su madre vino a verme hace poco y me pidió ayuda para que pasara al siguiente. Sabemos que tienes una capacidad excepcional para las materias. ¿Crees que podrías ayudarlo? Le costó mucho el año pasado, y ahora está en la misma clase que tú.
Meiko lo pensó por un momento, en primer lugar. ¿Era posible repetir de año en secundaria?. No estaba acostumbrada a ser la encargada de ayudar a otros, pero entendía el peso de la responsabilidad. Asintió, aceptando aunque no le gustaba la idea de ser maestra de nadie pero por lo menos podría distraerse y no estar en casa escuchando a su madre quejarse de ella.
— Claro, director. Haré lo que esté a mí alcance.
— Te agradezco mucho, señorita Kimura. Estoy seguro de que con tu apoyo, podrá avanzar.
El director le sonrió nuevamente, orgulloso de la estudiante que acababa de recibir.
— Ahora, adelante, que tus compañeros deben estar muy ansiosos de conocerte.
Justo en ese momento llegó el maestro el cual así antes que ella.
El aula estaba llena de murmullos cuando la puerta se abrió y el profesor entró, seguido de una figura delgada y pequeña. Meiko avanzó con pasos silenciosos, su largo cabello oscuro cayendo sobre su espalda mientras sus ojos felinos recorrían la habitación con frialdad calculada.
El profesor dejó su portafolios sobre el escritorio y golpeó la pizarra con un marcador para llamar la atención.
— Guarden silencio jóvenes. Tenemos una nueva compañera.
Los ojos de todos se posaron en ella con curiosidad, algunos con interés genuino, otros con la típica expresión de quien busca evaluar a alguien nuevo. Meiko, sin embargo, no reaccionó. Simplemente alzó la vista, miró al frente con indiferencia y dijo con voz tranquila:
— Kimura.
Nada más. Ni un nombre, ni una presentación elaborada, ni una muestra de interés por la clase. Tras soltar su apellido, se giró sin esperar indicaciones y caminó hacia el fondo del aula. Su paso era ligero, casi etéreo, y cuando encontró un asiento vacío junto a la ventana, se dejó caer en él con naturalidad, apartando la vista de todos.
El silencio en la clase se rompió con un carraspeo del profesor.
— Bien… Como ya escucharon, ella es Kimura. Lo que deben saber es que es una alumna adelantada, por lo que es menor que todos ustedes. De hecho, es la estudiante más joven en toda la secundaria. — Se cruzó de brazos y miró a los alumnos con severidad—. Así que espero que la traten bien, y ay de ustedes que me llegue a enterar que esta siendo molestada o acosada, más vale que cuiden de ella, o las consecuencias serán graves.
Algunas miradas se dirigieron de nuevo a Meiko, pero ella no les devolvió la atención. Estaba más interesada en la vista desde la ventana, observando las copas de los árboles balancearse con el viento. La conversación entre sus compañeros se reanudó en susurros, y aunque algunos seguían observándola con curiosidad, ella no les concedió ni un solo segundo de su interés.
Había venido a estudiar, no a hacer amigos.
Meiko entró al aula en completo silencio, con su expresión indiferente de siempre. A pesar de que ya llevaba semanas en ese colegio, los murmullos no habían cesado del todo.
— Ahí está…
— Dicen que es un genio.
— ¿Por eso es qué la adelantaron?
Ella los ignoró. No tenía interés en perder tiempo con conversaciones sin sentido. Caminó hasta su asiento junto a la ventana y sacó su material sin mostrar emoción alguna.
La primera clase fue matemáticas. El profesor apenas comenzó a explicar cuando ella ya había resuelto los problemas del día. Miró su cuaderno lleno de respuestas y luego al frente. La voz del profesor era monótona, repitiendo conceptos que Meiko había entendido hacía años.
— ¿Alguien sabe cómo resolver este ejercicio? — preguntó el profesor.
Hubo un silencio incómodo. Meiko apoyó el mentón en su mano y observó cómo sus compañeros evitaban hacer contacto visual con el profesor. Finalmente, ya cansada de ver el problema en el pizarrón, levantó la mano sin apuro.
— Ah, Kimura. Adelante.
Ella se puso de pie y explicó con precisión y claridad. Su tono era pausado, pero firme, como si estuviera hablando de algo obvio que cualquiera podría saber. Cuando terminó, el profesor asintió con satisfacción.
— Correcto. Muy bien explicado.
Algunos estudiantes la miraron con recelo, otros con admiración. Meiko simplemente volvió a sentarse y desvió la vista hacia la ventana.
Durante el resto del día, la historia se repitió en cada materia. Comprensión rápida en literatura, respuestas certeras en ciencias, análisis perfectos en historia. No necesitaba tomar notas ni esforzarse demasiado; ya sabía todo lo que estaban enseñando. En cada clase, los profesores la elogiaban, y los susurros de los demás estudiantes no hacían más que aumentar.
A la hora del almuerzo, Meiko tomó su bandeja y se dirigió a una mesa vacía. No tenía amigos en ese colegio, ni le interesaba hacerlos. Entre bocados, hojeó un libro que había traído de casa, completamente ajena al ambiente a su alrededor.
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Meiko disfrutaba de su almuerzo en el patio, disfrutando de un raro momento de paz en su nuevo colegio. El bullicio de los demás estudiantes no le molestaba, estaba demasiado acostumbrada a ignorarlo. Sin embargo, su tranquilidad se vio interrumpida cuando un chico se paró frente a ella, con una expresión que reflejaba más determinación que duda.
— Oye, necesito que me ayudes —dijo el desconocido, aunque su tono sonaba más a una exigencia que a una petición.
Meiko levantó la mirada con desgano y lo observó de arriba abajo. Tenía el cabello negro atado en una coleta de caballo, se veía prolijo, pero lo que más llamó su atención fueron aquellos lentes cuadrados. Desde su punto de vista, lo hacían ver ridículo.
Justo cuando estaba por ignorarlo, recordó algo que el director le había dicho: debía ayudar a un estudiante que había repetido de grado con sus estudios. Frunció levemente el ceño y preguntó con tono monótono:
— ¿Eres Keisuke Baji?
— Sí —respondió él sin rodeos.
Meiko dejó escapar un suspiro. No estaba interesada en perder su tiempo enseñándole a alguien que, por lo que parecía, no tenía ni una pizca de paciencia o amabilidad. Pero si el director lo había pedido, no tenía muchas opciones.
— Está bien. Te ayudaré —dijo al final, con evidente falta de entusiasmo.
Baji sonrió de lado, como si lo hubiera logrado sin esfuerzo, y se sentó frente a ella sin siquiera preguntar.
Meiko ya podía sentir el dolor de cabeza que se avecinaba.
El lápiz de Meiko golpeó el escritorio con un sonido seco. Sus ojos castaños, afilados como los de un felino, se clavaron en la hoja frente a ella. Un ejercicio matemático, mal resuelto por tercera vez. Su paciencia, ya de por sí escasa, estaba al borde del colapso en esos momentos.
— Keisuke — su voz era firme, contenida —. Esto lo expliqué hace tres días. Lo repetí ayer. Lo repasamos hoy. Y aún así… —Sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del lápiz. Levantó la vista y lo observó.
Él, despreocupado como siempre, tenía el ceño fruncido y aunque pareciera que está atento. No parecía tomárselo en serio. No parecía entender el esfuerzo que ella estaba haciendo para que el aprendiera unas simples ecuaciones.
— Eres un tonto.
Baji parpadeó. Meiko no se detuvo.
— Ni siquiera sabes lo básico. Un niño de primaria lo haría mejor que tú. ¿Sabes qué significa eso? Que vas a repetir otro año.
El silencio cayó entre ellos como un muro impenetrable. Meiko sintió un nudo en el estómago, pero estaba demasiado irritada para preocuparse por eso. La frustración de los últimos días, sumada a los problemas en casa, había explotado en esas palabras.
Sin esperar una respuesta, tomó sus cosas con brusquedad y se levantó dispuesta a irse.
— No pienso perder más mi tiempo.
Giró sobre sus talones para marcharse, pero antes de dar dos pasos, sintió un tirón en su muñeca. Baji la detuvo con una firmeza inesperada.
— No me voy a rendir —dijo él, con un tono serio que pocas veces usaba. Meiko sintió la presión de sus dedos, pero lo que realmente la inmovilizó fue su mirada. No había enojo en ella, ni burla. Solo determinación.
— No puedo repetir.
Su voz, aunque tosca, sonó extrañamente vulnerable.
— Si repito, mi mamá va a llorar.
Meiko sintió su pecho apretarse.
— No quiero verla llorar.
Baji la soltó lentamente, pero sus ojos seguían fijos en ella, esperando su respuesta. Meiko, que hasta hace un momento había estado decidida a marcharse, bajó la mirada.
Un suspiro escapó de sus labios.
— Está bien.
Baji parpadeó sorprendido, pero antes de que pudiera decir algo, ella continuó:
— Te seguiré enseñando, pero solo si te esfuerzas. No voy a perder más mi tiempo con alguien que no quiere aprender.
Por primera vez en toda la tarde, Baji sonrió, y Meiko, aunque no lo admitiera, sintió que tal vez, solo tal vez, enseñarle a ese cabeza hueca no sería tan terrible.
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El aula estaba en completo silencio, excepto por el sonido de los lápices escribiendo sobre el papel. Baji Keisuke fruncía el ceño, su mano sujetando con fuerza el bolígrafo mientras intentaba resolver un problema de matemáticas que parecía escrito en otro idioma. A su lado, Meiko observaba con los brazos cruzados, tamborileando los dedos contra su brazo con impaciencia.
— ¿Eso es todo? —preguntó Meiko con una ceja arqueada al ver su intento de respuesta.
Baji soltó un suspiro frustrado.
— ¡Estoy haciendo lo que puedo!
— Pues no es suficiente. Las evaluaciones bimestrales están a la vuelta de la esquina y si sigues así, no vas a pasar ni el de historia que es el más fácil.
El tono de Meiko era tajante, y aunque en otro momento Baji habría respondido con alguna broma o simplemente ignorado su regaño, esta vez apretó los dientes y volvió a concentrarse en el ejercicio. Se quedó despierto hasta tarde varios días seguidos, repasando cada tema que Meiko le señalaba, resolviendo problemas hasta que su vista se nublaba. A pesar de lo difícil que era para él, no se rindió.
Cuando finalmente llegaron los exámenes, Baji se sentía más preparado que nunca. No confiado, pero al menos con la seguridad de que no se presentaría sin saber nada.
Pasaron los días, y por fin, las libretas de calificaciones fueron entregadas. En el aula, los murmullos crecían mientras los estudiantes revisaban sus notas con diversas reacciones. Meiko hojeó la suya sin sorpresa: todas sus calificaciones eran perfectas, incluso tenía notas sobresalientes en algunas materias. Por otro lado, Baji miró su libreta con una mezcla de alivio y resignación.
— ¡Ja! ¡Sabía que lo lograría! — exclamó, mostrando su libreta con una gran sonrisa.
Meiko la tomó y la analizó con calma.
— Aprobaste… arrastrándote — comentó, mirando el mínimo puntaje necesario para no estar en recuperación.
Baji se encogió de hombros.
— Aprobé, ¿no?
Meiko suspiró, pero en el fondo se le escapó una pequeña sonrisa.
— Sí, pero si hubieras puesto un poco más de esfuerzo, tal vez no habrías estado al borde del abismo en todas las materias
Ambos salieron al receso y, sentados en una banca, comenzaron a comparar sus calificaciones.
— Lengua y Literatura, 100 — dijo Meiko con orgullo.
— Eh… 61 — respondió Baji, rascándose la nuca.
Meiko soltó una risita.
— Matemáticas, 100.
— 66…
— Historia, 100.
— 60 justo…
Meiko lo miró con diversión y negó con la cabeza.
— Eres un caso perdido.
— Oye, oye, que pude haber sacado menos. Dame algo de crédito.
— Sí, sí, genio de los 60 puntos.
A pesar de la burla, Baji no se molestó. Sabía que, en el fondo, Meiko estaba satisfecha con su esfuerzo. Y aunque nunca lo admitiría en voz alta, le gustaba ver cómo ella se reía, incluso si era a su costa.
𝙴𝚜𝚙𝚎𝚛𝚘 𝚎𝚜 𝚑𝚊𝚢𝚊 𝚐𝚞𝚜𝚝𝚊𝚍𝚘, 𝚎𝚜 𝚖𝚒 𝚙𝚛𝚒𝚖𝚎𝚛𝚊 𝚑𝚒𝚜𝚝𝚘𝚛𝚒𝚊 𝚢 𝚛𝚎𝚜𝚒𝚎𝚗 𝚎𝚜𝚝𝚘𝚢 𝚊𝚙𝚛𝚎𝚗𝚍𝚒𝚎𝚗𝚍𝚘 𝚊 𝚌𝚘𝚖𝚘 𝚖𝚊𝚗𝚎𝚓𝚊𝚛 𝚎𝚜𝚝𝚊 𝚙𝚕𝚊𝚝𝚊𝚏𝚘𝚛𝚖𝚊.
𝙷𝚊𝚜𝚝𝚊 𝚎𝚕 𝚙𝚛𝚘́𝚡𝚒𝚖𝚘 𝚌𝚊𝚙𝚒́𝚝𝚞𝚕𝚘
𝙲𝚞𝚒́𝚍𝚎𝚗𝚜𝚎 𝚢 𝚝𝚘𝚖𝚎𝚗 𝚊𝚐𝚞̈𝚒𝚝𝚊
𝚋𝚢𝚎 𝚋𝚢𝚎
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