La Catedral maldita
El Ritual Prohibido
El antiguo convento de Santa Aurelia, con sus altos muros de piedra desgastados por el tiempo, se alzaba en la cima de una colina rodeada de neblina. Nadie osaba adentrarse en sus pasillos después de la medianoche, pues se decía que el espíritu de la madre superiora Clara aún vagaba entre las sombras.
Pero la hermana Magdalena y el padre Esteban necesitaban respuestas. Desde la muerte de la madre Clara, extrañas presencias se manifestaban en el convento: susurros en la noche, puertas que se cerraban solas, sombras que se movían sin dueño.
Aquella noche, armados con velas y un antiguo grimorio hallado en la biblioteca del convento, descendieron a la cripta.
—Padre, ¿está seguro de que esto es lo correcto? —preguntó Magdalena, acomodando su hábito con manos temblorosas.
—No lo sé, hermana —susurró Esteban—, pero necesitamos saber qué pasó con la madre Clara.
Encendieron las velas en círculo y el padre comenzó a leer en latín:
—Mater Clara, si tu espíritu aún mora en este lugar, manifiéstate…
El aire se volvió denso. Un frío antinatural recorrió la cripta. Las llamas titilaron como si fueran a extinguirse.
—Hermana, algo… algo no está bien.
Magdalena sintió un escalofrío en la nuca. Quiso hablar, pero su voz se ahogó cuando un susurro gutural resonó en la oscuridad:
—No debieron llamarme…
El círculo de velas se apagó de golpe. Un viento helado barrió la cripta.
Y entonces, lo vieron.
Una sombra gigantesca emergió del suelo, sus ojos rojos como brasas ardiendo en la penumbra. No era la madre Clara.
Era algo más. Algo mucho peor.
—¡Esto no es un espíritu! ¡Es una entidad demoníaca! —gritó Magdalena.
El padre alzó su crucifijo, pero la criatura se lanzó sobre él con una velocidad inhumana. Sus garras lo sujetaron del cuello y lo alzaron en el aire.
—Soy Anzaroth. Y ahora… soy libre.
Con un chasquido seco, el padre Esteban quedó inmóvil. La criatura lo arrojó contra la pared como si fuera un muñeco de trapo.
Magdalena intentó huir, pero Anzaroth se materializó frente a ella. Un aliento putrefacto rozó su rostro.
—Bendita entre los muertos…
Antes de que pudiera gritar, el demonio la envolvió en sus sombras. Magdalena sintió su cuerpo helarse, su alma desgarrarse…
Y entonces, todo se volvió oscuridad.