Prólogo
La fábrica abandonada era un esqueleto de lo que alguna vez fue un lugar lleno de vida.
Las paredes de ladrillo, desgastadas por el tiempo, estaban cubiertas de grafitis y maleza que se abría paso entre las grietas.
Los ventanales rotos permitían que la luz de la luna filtrara su resplandor plateado, iluminando tenuemente el interior lleno de escombros y maquinaria oxidada.
El aire olía a hierro, polvo y algo más... algo metálico, como la electricidad estática antes de una tormenta.
En el centro de la fábrica, yacía en el suelo, rodeado de un charco de sangre que reflejaba la luz de la luna como un espejo oscuro el cuerpo inerte de un joven
A su alrededor, los cuerpos sin vida de los miembros de su pandilla estaban esparcidos, testigos silenciosos de la masacre.
Un hombre se erguía sobre ellos, respirando con satisfacción mientras limpiaba su cuchillo con un paño manchado de rojo.
“Patético” – murmuró el hombre mirando con desprecio el cuerpo del joven que acababa de matar
“Pensé que duraría más”
Pero entonces, algo cambió.
El viento, que antes estaba quieto, comenzó a soplar con fuerza, levantando el polvo y las hojas secas del suelo. Las cadenas oxidadas que colgaban del techo crujieron, como si alguien las hubiera tocado.
El hombre se detuvo, frunciendo el ceño.
Algo no estaba bien.
El cuerpo del joven que debería estar frío e inerte, tembló levemente.
De repente, una respiración profunda y resonante llenó el aire. Izel despertó.
No fue un despertar común. No fue un simple abrir los ojos.
Fue como si el universo mismo hubiera girado sobre su eje para dar paso a algo antiguo, algo poderoso.
Izel inhaló, y con esa respiración, el mundo pareció detenerse.
La energía natural del entorno fluyó hacia él como un río que encuentra su cauce después de siglos de sequía.
Era perfecto, suave, como si el cuerpo del joven hubiera estado esperando este momento toda su vida.
El hombre dio un paso atrás, sus ojos se abrieron de par en par.
“¿Qué... qué demonios...?”
Izel se levantó lentamente, como si no tuviera prisa.
Su pecho, que antes estaba ensangrentado y herido, ahora mostraba solo una cicatriz tenue, como si la herida hubiera sido borrada por una fuerza divina.
Sus ojos, antes llenos de desesperación y miedo, ahora brillaban con una intensidad que helaba la sangre.
El hombre, aunque incrédulo por lo que estaba presenciando, lanzó un golpe con su puño envuelto en energía psíquica.
El aire vibró con la fuerza del ataque, pero el golpe nunca conectó.
A centímetros del rostro de Izel, el puño se detuvo bruscamente, como si hubiera chocado contra un muro invisible.
Izel ni siquiera lo miró.
Sus ojos estaban cerrados, su expresión serena, como si estuviera saboreando cada segundo de su nuevo despertar.
“Imposible...” – murmuró el hombre, golpeando el escudo de energía espiritual una y otra vez, cada vez con más furia.
Pero el escudo no cedía. Era como si estuviera golpeando una montaña.
Finalmente, Izel abrió los ojos. Su mirada era afilada, como la de un depredador que acaba de encontrar a su presa.
El hombre sintió un escalofrío recorrer su espalda, este no era el mismo chico al que había matado minutos antes, este era algo más.
Algo mucho más peligroso.
“Un psíquico, eh...” — dijo Izel, su voz grave y llena de desprecio.
“El mundo está a punto de atravesar otra calamidad, y tú, basura, estás aquí satisfaciendo tu enfermo pasatiempo. Las escorias como tú hacen que nuestro sacrificio se vea inútil”
El hombre intentó retroceder, pero ya era demasiado tarde. La mano de Izel se transformó en unas afiladas garras negras de jaguar, brillando bajo la luz de la luna.
En un instante, Izel desapareció, él hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de sentir un frío penetrante en su pecho.
Miró hacia abajo y vio la garra de Izel saliendo de su pecho, sosteniendo su corazón aún palpitante.
“En fin... da igual” — murmuró Izel con aburrimiento, cerrando los ojos.
“Mis señores, agradezco esta nueva oportunidad y prometo ganar. Acepten esta grosera ofrenda”
El corazón del hombre comenzó a desintegrarse, convirtiéndose en cenizas que el viento se llevó.
La ofrenda había sido aceptada.
Izel suspiró profundamente, como si acabara de despertar de un largo sueño.
Pero no tuvo tiempo de descansar. Desde el momento en que abrió los ojos, lo había sentido, algo, o alguien, lo observaba desde las sombras.
La penumbra se agitó con un leve movimiento, un murmullo sordo en la quietud de la noche. Izel sintió un escalofrío recorrerle la espalda antes de que sus ojos captaran el más mínimo destello en la oscuridad.
Primero, dos orbes brillantes emergieron de las sombras, fríos y carentes de emoción. Luego, la figura tomó forma.
El ser avanzó con lentitud, dejando que la tenue luz revelara su silueta poco a poco. Izel sintió cómo su instinto se encendía con una certeza de emoción.
Era un depredador mala sangre.
No lo identificó solo por la deformidad sutil en su cuerpo, la piel marcada por cicatrices anómalas o la forma del casco de su armadura.
No…
Era su aura.
Un peso invisible, un hedor de violencia y traición que sólo los mala sangre podían emitir .
El ser se quitó su armadura y armas, dejando solo sus brazaletes, que se transformaron en cuchillas plegables.
Gruñó, satisfecho, como si hubiera encontrado a un oponente digno, con un movimiento medido, deslizó una de sus cuchillas por el aire, el gesto inequívoco de un desafío.
Un duelo justo y sin interferencias.
Izel alzó una ceja, sorprendido pero intrigado.
“Interesante... Un mala sangre pidiendo un duelo justo. Eso no se ve todos los días.”
Ambos se miraron, midiéndose el uno al otro. El aire a su alrededor pareció cargarse de electricidad, como si el mundo mismo estuviera conteniendo la respiración.
Y entonces, sin una palabra más, se lanzaron el uno contra el otro, listos para un duelo a muerte que marcaría el inicio de una nueva era.