Capítulo 01
Estábamos de nuevo en el mismo lugar: frente al puente donde juramos durar más que la eternidad. Ese puente había sido nuestro refugio, un símbolo de promesas y amor eterno. Pero ahora, las palabras dulces que solían llenar el aire habían desaparecido, reemplazadas por gritos cargados de reproches y resentimientos. El eco de nuestras voces rebotaba en el agua, haciendo que cada palabra doliera más.
—¿Y qué quieres que haga? —me espetó Víctor, su voz llena de rabia, sus puños apretados como si luchara contra sí mismo. Su mirada, fría y cortante, se clavaba en mí, como si fuera yo el obstáculo que lo mantenía encadenado—. Ya te lo dije: no puedo dejar de verme con mis amigos por ti, ¿entiendes? —agregó, sujetándome por los hombros con más fuerza de la necesaria.
Sentí un nudo formarse en mi garganta, pero me negué a callar.
—No te estoy pidiendo que los dejes —dije, mi voz temblorosa mientras las lágrimas amenazaban con salir—. Solo quiero que me priorices. Que me dediques tiempo, paciencia, un poco más de amor... Te pido que me entiendas.
Víctor soltó un bufido y me apartó bruscamente, como si mis palabras fueran un peso que no estaba dispuesto a cargar.
—¿Cuándo no he hecho todo eso? —replicó, su tono cargado de resentimiento—. He dejado cosas por ti, peleé con mis padres por ti, me alejé de mis amigos por ti... ¿y aún quieres más? ¿Cuánto más tengo que dar?
Su respuesta me golpeó como una bofetada. Sentí que el aire se volvía pesado, difícil de respirar. Pero no podía quedarme callada. No esta vez.
—¿Más? —susurré, mi voz apenas audible, pero cargada de dolor—. ¿Cuándo me has dado algo, Víctor? Además de promesas vacías y palabras que nunca cumpliste. Siempre dices que harás todo por mí, pero cuando realmente te necesito, desapareces. Me abandonas, como si no tuviera importancia.
Mis manos temblaban mientras trataba de mantener la compostura. Lo miré a los ojos, buscando algo, cualquier indicio de arrepentimiento. Pero su expresión seguía endurecida.
—Este año solo te pedí una cosa —continué, sintiendo cómo mi voz se rompía—: que vinieras a mi cumpleaños. ¿Qué me dijiste? ‘Sería imposible que no asistiera.’ Pero mentiste. Como todos los años anteriores, mentiste. Preferiste irte con tus amigos al bar, y ni siquiera tuviste la decencia de disculparte. ¿Sabes lo humillante que fue para mí? Excusarte frente a mis amigas, solo para verte aparecer bailando con mujeres desconocidas.
La furia y el dolor se mezclaban en mis palabras, cada una saliendo como un disparo. Por un instante, el rostro de Víctor cambió. Su mirada perdió el filo, reemplazada por algo que no esperaba: vulnerabilidad. Era un gesto tan fugaz que apenas lo noté, pero lo suficiente para que entendiera lo que venía.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí sus brazos rodearme. Fue un movimiento rápido, calculado. Mi corazón, tan hambriento de amor, no pudo resistirse. Era una trampa, y lo sabía. Pero eso no impidió que cayera en ella.
—Lo siento —susurró, su voz quebrada, cargada de un sentimiento que no supe si era real o una estrategia más. Sentí sus lágrimas humedecer mi hombro, y algo dentro de mí se rompió. Mi rabia se desvaneció tan rápido como había llegado.
—No sabía que te sentías así —agregó, su tono suave y lleno de culpa. Su abrazo se hizo más fuerte, como si intentara reconstruirme solo para volver a romperme después.
Mis lágrimas cayeron. No porque lo creyera, sino porque no tenía fuerzas para resistirme. Su disculpa era una jaula, y yo estaba demasiado cansada para intentar salir.
—Lo siento —repitió, acariciando mi rostro, secando mis lágrimas con sus dedos como si quisiera borrar todo el dolor que él mismo había causado. Pero sus ojos no mostraban arrepentimiento. Estaban vacíos. Y aun así, dejé que me llevara.
Me llevó a casa. Usó las llaves que yo misma le di, las mismas que ahora me parecían cadenas. Me quitó la ropa, prenda por prenda, con la misma calma de siempre, como si todo estuviera bien. Como si no hubiera destrozado todo lo que yo era minutos antes.
Y yo no hice nada. No dije nada. Solo lo vi. Lo vi tomar lo que quedaba de mí con la arrogancia de un ganador. Lo vi sonreír, como si fuera dueño de mi alma. Y tal vez lo era.
—De nuevo eres mía —susurró contra mis labios, su voz fría, su sonrisa burlona. Y yo, con todo lo que quedaba de mí, le respondí.
—Te amo... —murmuré, con el pecho ardiendo y las lágrimas corriendo por mis mejillas—. Te amo... —repetí, aunque sabía que cada palabra me rompía un poco más.
—Lo sé —respondió, besando mis ojos, lamiendo mis lágrimas como si fueran un premio. Su mirada no mostraba amor. Solo satisfacción. Y aun así, lo dejé. Lo dejé porque no sabía cómo no hacerlo. Porque incluso en ese infierno, había aprendido a encontrar consuelo.
Cuando todo terminó, me quedé allí, vacía. No había solución. No había escape. Solo quedaba yo, atrapada en un ciclo que no sabía cómo romper. Porque, en el fondo, parte de mí creía que esto era amor. Y si no era amor, entonces ¿qué quedaba?