Chapter 1 La Lider
Eran las 4 a.m., y la señora Puff corría como una posesa por los pasillos oscuros de la mansión, con el exceso de piel de sus brazos agitándose a cada paso. El eco de su refunfuño llenaba el aire mientras recogía los pedazos de vasos rotos y acomodaba a toda prisa la platería que, por alguna razón, había decidido regarse por toda la casa.
-¡Estos gatos malditos, siempre trayendo mala suerte! -exclamaba, lanzando miradas de advertencia a las pequeñas criaturas que, ajenas a su superstición, jugueteaban con los cubiertos. La mujer, en su frenesí, los iba apartando con movimientos teatrales y susurros desesperados-. ¡Fuera de aquí, engendros de mala fortuna! ¿Qué pensarán los clanes si los ven? ¡Nos echarán encima otra maldición, eso seguro!
Entre tanto caos, la señora Puff no olvidaba su misión más importante: lidiar con el padre de Lorna. Subió las escaleras a toda velocidad, su respiración entrecortada resonando como una vieja locomotora, mientras empujaba la desvencijada silla de ruedas donde el hombre reposaba.
-¡Por el amor del cielo, Don Verna, compórtese esta vez! -le decía, sin mucha esperanza, mientras él divagaba sobre que tenia un episodio de asma y no podia respirar , amenazaba al clan.
-¡voy a morir y Ellas vienen por mí, Puff! Las escuché anoche. ¡Cantaban mi nombre desde las montañas! -exclamó el anciano, con los ojos brillando de una mezcla de miedo y emoción.
-¡Claro que sí, Don Verna! Y yo soy la reina de las hadas -replicó ella, empujándolo con fuerza para meterlo en su habitación antes de que alguien lo viera. Entre murmullos, añadió-: Maldita sea mi suerte, ¿por qué no puedo jubilarme como todo el mundo?
Mientras tanto, en la planta baja, Lorna se preparaba para su té con la misma calma que un monje budista en medio de una tormenta. Sabía que la reunión con los clanes sería un caos, pero, francamente, no estaba dispuesta a comenzar su día sin algo caliente entre las manos.
Desde arriba, la voz de la señora Puff resonó como un trueno:
-¡Lorna! ¡Baja de una vez! Si tu padre empieza con sus tonterías delante de los invitados, voy a enterrarme viva en el patio, ¡te lo juro por las viejas glorias de este clan!
Lorna apenas levantó la mirada, sorbiendo su té con parsimonia.
-Ya voy, Puff, tranquila. Alguien tiene que mantener la cordura en esta casa, y claramente no vas a ser tú.
La señora Puff bufó, ajustando su delantal lleno de harina y pelos de gato mientras murmuraba algo sobre la ingratitud de las nuevas generaciones. Pero en el fondo, sabía que Lorna era la única capaz de evitar que esa reunión terminara en desastre. O al menos, en un desastre mayor al habitual.
Los tres clanes del norte se reunieron una vez más, como dictaba la tradición.
La nieve caía suave sobre los vastos terrenos, y las llamas de las antorchas danzaban al ritmo del viento helado. Lorna, envuelta en su capa de pieles, caminaba entre los líderes con el corazón acelerado. La responsabilidad de ser jefa del clan pesaba sobre sus hombros como una montaña imposible de escalar.
Por más que intentaba mantener una fachada serena, su mente era un torbellino de emociones. Anhelaba liberarse de ese título, tan imponente como las montañas que los rodeaban. ¿Y si alguien más pudiera llevar este peso?, pensaba, con los ojos fijos en la reunión que apenas comenzaba.
El eco de las voces de los otros líderes resonaba a su alrededor, pero Lorna estaba atrapada en sus propios pensamientos, esperando el momento adecuado para hablar. No era falta de valor lo que la motivaba a abdicar.
Lorna no quería abandonar el clan por cobardía, sino porque, sinceramente, la idea de una vida tranquila le parecía demasiado tentadora como para ignorarla. ¿Responsabilidades? No, gracias. Si por ella fuera, su rutina ideal consistiría en comer, dormir y repetir, con intervalos para quejarse de lo difícil que era existir. Para ser franca, Lorna era la persona más floja que el universo había producido. Respirar ya le parecía un esfuerzo monumental. Liderar un clan era como cargar una montaña en la espalda, y aunque lo hacía, lo hacía con la energía de alguien recién despertado de una siesta necesaria.
El jefe del clan Cuo se puso de pie, su voz resonando con la autoridad de quien cree tener todas las respuestas.
-Dado que en el clan Verna solo hay un jefe sustituto, ya que tu padre, Lorna, está gravemente enfermo, hemos decidido someter a votación quién será el sucesor.
Lorna dejó escapar un suspiro audible mientras tamborileaba los dedos sobre la mesa. Sabía que algo así iba a pasar. Los ancianos y sus tradiciones obsoletas... Decidió intervenir antes de que el discurso se extendiera demasiado.
-Me gustaría que mi primo asumiera el liderazgo -dijo con un tono cortante, dejando claro que no estaba interesada en discutir-. Sigue en la edad adecuada, y al menos tiene el entusiasmo que a mí me falta.
El jefe Cuo frunció el ceño.
-Es cierto, pero su carácter no es adecuado para un puesto tan importante. Lo hemos debatido, y creemos que lo más conveniente es que tú sigas como jefa del clan.
Lorna apretó los puños, conteniendo la rabia. ¡Estaba harta de ese maldito título! Se sintió al borde del colapso cuando su estómago rugió, interrumpiendo el tenso momento. Respiró hondo y declaró:
-No puedo liderar un clan con hambre. Primero un pan, luego el drama.
La Reunión y el Secreto
El jefe del clan Cuo carraspeó, llamando la atención de todos. Su voz resonó con un peso que dejó a Lorna en alerta.
-En realidad, no hemos venido por la sucesión. Ya sabíamos que seguirías tú en la línea, Lorna. Hemos venido porque hemos escuchado rumores preocupantes... dicen que tienes esclavos. Y entre ellos, un sumo.
El aire pareció congelarse en la habitación. Lorna sintió cómo la tensión se extendía por su espalda como un escalofrío. Era consciente de que el tema de los esclavos era un asunto delicado, pero no esperaba que surgiera tan abruptamente. Antes de poder responder, Cuo continuó:
-Sabes bien que los clanes no están de acuerdo con la esclavitud. Los pocos que han tenido esclavos lo han hecho para liberarlos, pero incluso eso les ha traído problemas con el ejército. Ha habido enfrentamientos... y muertes.
Lorna, con una ingenuidad que ni ella misma sabía que tenía, se llevó las manos al rostro, casi al borde de las lágrimas.
-¡La verdad, sí los compré! -confesó, su voz quebrándose ligeramente-. Pero no es para liberarlos. Estamos muriendo de hambre aquí, y necesitamos manos para trabajar.
El jefe Cuo la miró con una mezcla de sorpresa e indignación.
-Lorna, sabes que entre nuestros principios no está la esclavitud. ¿Cómo puedes justificar algo así?
Lorna levantó la cabeza con firmeza, aunque sus ojos aún brillaban con frustración.
-Tampoco está entre nuestros principios dejar morir a nuestra gente de hambre. Si es para un bien mayor, entonces los necesito.
Hubo un murmullo entre los líderes presentes, pero Cuo alzó la mano para silenciarlos.
-Pero hay un sumo entre ellos, Lorna. Sabes lo que eso significa. Los militares los buscan como si fueran el oro más fino. Si descubren que tienes uno aquí, todo tu clan estará en peligro.
Lorna intentó mantener la calma. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando una salida, pero lo único que pudo hacer fue responder con un encogimiento de hombros y una mentira descarada.
-No sé si hay un sumo. Solo compré lo que estaba en oferta.
En su mente, la idea de los militares irrumpiendo en su castillo y ejecutándola por albergar a un sumo no era tan terrible. Al menos me libraría de este maldito peso del poder y la responsabilidad, pensó, con una pizca de tranquilidad que no podía admitir en voz alta.
Cuo la observó por un largo momento, como si intentara leer sus pensamientos. Finalmente, suspiró.
-Lorna, esto no se resolverá fácilmente. Los rumores ya han llegado al ejército, y es cuestión de tiempo para que vengan aquí.
Lorna asintió lentamente, sin responder. Los líderes de los clanes intercambiaron miradas cargadas de preocupación antes de retirarse a discutir en voz baja. Ella se quedó sola con sus pensamientos, intentando no dejarse llevar por el pánico.
Pronto vendrán los militares. Y cuando lo hagan, pensaré en algo, se dijo. Siempre lo hago. Vivo un día a la vez, ¿no? Pues que la vida fluya como quiera.
Se levantó con aire resignado, ajustándose la capa de pieles. Afuera, la nieve seguía cayendo suavemente, como si no tuviera prisa en cubrir el mundo de blanco. Lorna se permitió una última mirada al horizonte antes de volver a enfrentar el caos que sabía que la esperaba.
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