Chapter 1
Capítulo 1: Introducción.
El cansancio pesaba sobre mis hombros cuando cerré la puerta de mi apartamento. El eco de mis pasos en el suelo de madera era lo único que rompía el silencio acogedor de mi hogar. Solté un suspiro, dejando caer mi mochila junto a la cama mientras me quitaba los zapatos con torpeza.
—¡Al fin en casa!— murmuré con alivio, disfrutando la sensación de las sábanas frescas bajo mi cuerpo.
Había sido otro día largo como repartidora. Mi jefe se empeñaba en exprimir hasta la última gota de energía de sus empleados, y yo no era la excepción. Pero ahora no importaba. Lo único que tenía en mente era sumergirme en una nueva historia, enredarme entre las páginas de una novela que había capturado mi interés en los últimos días.
Extendí la mano hacia la mesita de noche y tomé el libro con dedos ansiosos. La portada, con ilustraciones vibrantes y un título escrito en una tipografía elegante, prometía una historia dulce y atrapante. Me acomodé mejor, abrazando la almohada con un brazo y sosteniendo el libro con el otro.
—No puedo esperar para ver qué pasa a continuación —susurré para mí misma, con una sonrisa ligera.
El tenue resplandor de la lámpara de mi buró bañaba la habitación en una luz suave. El aroma a lavanda flotaba en el aire, mezclado con el rastro de café que aún persistía en mi ropa. Cerré los ojos un segundo, disfrutando la tranquilidad del momento.
Como de costumbre, alcancé una lata de bebida energética y le di un sorbo. Sentí el líquido frío recorrer mi garganta, enviando un breve escalofrío por mi columna. Desde hacía años, esta había sido mi rutina nocturna: trabajo, novela, bebida energética. Una combinación peligrosa, pero efectiva para mantenerme despierta.
Pasé una página tras otra, perdiéndome en la historia. El sonido de las hojas al pasar era casi hipnótico, y el peso del día se desvanecía poco a poco. La protagonista era una joven común atrapada en un mundo aristocrático, un romance con tintes de drama que, a pesar de sus clichés, me mantenía enganchada.
Sin embargo, un dolor súbito me sacó de la lectura.
—¿Qué…?
Solté el libro, llevándome una mano al pecho. Un latido errático golpeó con fuerza dentro de mi caja torácica, como si mi corazón hubiera decidido rebelarse.
—¿Ahg…? —Mi respiración se volvió errática, entrecortada.
El dolor se intensificó, irradiando desde mi pecho hasta mis brazos. Mi vista se nubló y mi cabeza comenzó a dar vueltas.
—¿Qué está pasando…?
Intenté levantarme, pero mis piernas se negaban a responder. La lata de bebida energética cayó al suelo con un sonido hueco, rodando lentamente hasta detenerse en la alfombra.
—¡No! ¡No ahora!
Mis pensamientos se volvieron confusos. Intenté concentrarme, aferrarme a la realidad, pero todo a mi alrededor se volvía borroso.
El dolor se intensificó. Sentí que algo dentro de mí se rompía, como un mecanismo defectuoso que había alcanzado su límite.
—Aún no termino de…
La oscuridad me envolvió antes de que pudiera completar mi pensamiento.
• • •
Flotaba en un abismo sin forma ni dirección. La sensación de frío era extraña, distante, como si estuviera suspendida en un lugar donde el tiempo no existía.
Un destello cruzó mi mente. Un recuerdo.
—La novela se llamaba… Tú dulce encanto…
Las palabras resonaron en el vacío. La historia, los personajes, las emociones que me había provocado… todo apareció en mi mente con una claridad inquietante. Era como si mi conciencia se aferrara a los fragmentos de la historia para no desmoronarse.
—Era una novela cliché… pero me gustaba…
Mi cuerpo flotó sin rumbo. Me sentía ligera, etérea, como si mi existencia estuviera reducida a un simple pensamiento.
De repente, una luz cegadora lo llenó todo.
Abrí los ojos de golpe.
El peso de mi cuerpo regresó de inmediato, golpeándome con una sensación sofocante. Mis extremidades se sentían pesadas, torpes, como si hubieran estado inmóviles durante demasiado tiempo.
Parpadeé, tratando de enfocar la vista. Una sensación extraña recorrió mi piel, como si mi propio cuerpo no me perteneciera.
—¿Mmm…?
El dolor de cabeza era intenso, un latido sordo que resonaba en mis sienes.
Me moví con dificultad, sintiendo una rigidez incómoda en mis músculos. Algo no estaba bien. Algo estaba… fuera de lugar.
—¿Dónde…?
La habitación era desconocida. Los colores, los muebles, el aire mismo se sentían extraños. No era mi departamento.
Intenté levantar una mano y la observé con atención.
Pálida. Demasiado pálida.
Mi respiración se entrecortó.
Me miré los brazos, las piernas… cada parte de mi cuerpo parecía diferente. No era yo.
El sonido de una puerta abriéndose de golpe me hizo estremecerme.
—¡No puede ser! ¡Señor, venga a ver esto!
Una voz femenina, temblorosa y aguda, irrumpió en la habitación.
Me giré con dificultad, viendo a una mujer vestida con un uniforme de sirvienta. Su rostro estaba pálido, sus ojos abiertos como platos.
Antes de que pudiera reaccionar, la mujer salió corriendo, tambaleándose mientras gritaba.
El eco de sus pasos desapareció en el pasillo.
Mi pulso se aceleró.
—¿Qué demonios…?
Mi mente trabajaba a toda velocidad, intentando procesar la situación.
—Esto no tiene sentido…
Intenté levantarme de la cama, pero mis piernas fallaron y me desplomé de vuelta sobre los cojines.
Mi cabeza comenzó a llenarse de imágenes ajenas. Recuerdos que no eran míos.
Lugares, personas, emociones… una vida que no me pertenecía.
Mi respiración se volvió errática.
—¿Dónde estoy…?
No pasó mucho tiempo antes de que la verdad se manifestara con brutal claridad.
No era solo un sueño.
No era una simple alucinación.
Era real.
Era otra persona.
Era un personaje de una historia que ya conocía.
Mis labios temblaron mientras una última pregunta cruzaba mi mente.
—¿Esto es real…?
El universo, implacable, no me dio respuesta.
Lo único que sentí fue el peso de un destino que nunca pedí sobre mis hombros.
Estaba atrapada en un mundo que no era el mío.
El sonido de pasos apresurados rompió el silencio de la habitación. Un estruendo precedió la apertura abrupta de la puerta, seguido de una voz temblorosa y cargada de emoción.
—¡Eva! ¡Despertaste! Yo pensé que…
Un hombre de mediana edad irrumpió en la habitación. Antes de que pudiera reaccionar, me envolvió en un abrazo fuerte y desesperado, como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento.
Su cuerpo temblaba contra el mío. Sentí la calidez de sus brazos y el peso de sus emociones golpeándome con fuerza. Era un sentimiento desconocido, pero al mismo tiempo… familiar.
Mi respiración se entrecortó cuando un destello cruzó mi mente. Una imagen nítida de este mismo hombre, de cabello rojizo, parado bajo la lluvia con los hombros caídos, su rostro deformado por el dolor frente a una tumba.
Un funeral.
Mi madre.
El eco de su voz resonó en mi cabeza, un juramento pronunciado con el alma destrozada:
—Mi Eva… siempre te cuidaré. Mi preciosa hija.
Las palabras perforaron mi pecho con una intensidad desgarradora. No eran mis recuerdos, pero se sintieron tan reales como si los hubiera vivido. Un nudo se formó en mi garganta mientras mis ojos se llenaban de lágrimas sin que pudiera detenerlas.
Un sollozo escapó de mis labios antes de que mis brazos, por instinto, se cerraran alrededor de él. No lo conocía, pero mi cuerpo reaccionó como si lo hiciera. Había algo en la sinceridad de su abrazo, en la forma en que sus lágrimas mojaban mi cabello, que me hizo querer corresponderle.
—Sí… estoy bien— murmuré con la voz entrecortada, aunque no era del todo cierto.
El hombre me apretó con más fuerza, como si necesitara asegurarse de que realmente estaba allí.
Yo era Evangelina.
No podía negarlo más.
• • •
Después de que mi supuesto padre se calmó, me dejó sola en la habitación. Me quedé en silencio, con la mirada perdida en el reflejo del espejo frente a mí.
La imagen que me devolvía la mirada no era la mía.
Cabello largo y rojo sangre caía en ondas sobre mis hombros. La piel, pálida como un cadáver, parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. Mis ojos, antes oscuros, ahora eran de un gris frío, vacíos como la superficie de un lago congelado.
—¿Quién se supone que soy? —murmuré, incapaz de reconocerme.
El espejo no me devolvió respuestas.
Intenté encontrar en mi interior algo que se sintiera como “yo”, pero en su lugar, más fragmentos de recuerdos ajenos invadieron mi mente. Sensaciones, pensamientos, momentos que nunca había vivido. Mi niñez en esta casa, la pérdida de mi madre, la voz de este hombre llamándome con afecto…
Pero al mismo tiempo, mi vida anterior seguía en mí. Mi nombre, mis recuerdos, mis años como repartidora, mis pensamientos sobre el mundo real…
Era como si dos existencias estuvieran atrapadas dentro de un mismo cuerpo.
Me abracé a mí misma, sintiendo una punzada de desesperación.
Esto es real. Esto está pasando.
Podía recordar mi vida pasada con absoluta claridad, pero ahora también recordaba la de Evangelina. Y con ello, el destino que me esperaba.
El problema no era solo haber reencarnado.
Era quién era yo ahora.
Evangelina Draven.
La prometida de Tristán Blackwood.
El aire se me atascó en la garganta al recordar ese nombre.
—No… no puede ser…
La novela que tanto había disfrutado tenía un desarrollo claro: Tristán estaba enamorado de Sophia, la protagonista. Evangelina, un personaje menor, era su prometida solo por un acuerdo entre familias. Pero en cuanto Sophia y Tristán tuvieron la oportunidad de estar juntos, Evangelina fue eliminada de la ecuación.
Envenenada.
Asesinada por su propio prometido.
Un escalofrío recorrió mi espalda al recordar la escena de su muerte. Tristán, con su fría indiferencia, le ofrecía una copa de vino envenenado después de que Sophia huyera a su casa. Sin dudarlo, Evangelina bebía, convencida de que aún podía ganarse su amor.
Su último pensamiento antes de morir fue una súplica patética: “¿Por qué, Tristán?”
Mis manos temblaron.
—Voy a morir nuevamente…
La verdad era tan absurda que casi me reí.
Pero no tenía nada de gracioso.
El horror se instaló en mi pecho mientras trataba de ordenar mis pensamientos.
¿Qué debía hacer para evitar ese destino?
Evangelina había insistido en este matrimonio por puro capricho. Se había aferrado a un amor unilateral, rogando por la atención de un hombre que solo la despreciaba.
No, no.
Yo no soy ella.
Evangelina había cometido errores.
Pero yo no voy a cometerlos.
No estaba obligada a seguir su historia. No tenía por qué esperar a que Tristán me asesinara. Podía cambiar las cosas.
Tenía que hacerlo.
• • •
Los días pasaron en un estado de desconcierto absoluto.
Mi mente estaba dividida entre dos existencias, luchando por encontrar un equilibrio. Algunas mañanas despertaba esperando encontrarme en mi apartamento, solo para recordar que ahora dormía en una enorme cama con dosel en una mansión aristocrática.
Mi cuerpo actuaba con una memoria propia. Sabía caminar con gracia, hablar con elegancia, comportarme como una dama de la nobleza, pero dentro de mí, aún era una simple trabajadora de clase media.
Y cada vez que me miraba en el espejo, me sentía atrapada en un cuerpo que no me pertenecía.
Había algo aterrador en la idea de que, poco a poco, los recuerdos de Evangelina se entrelazaban con los míos. Como si su identidad intentara fundirse con la mía.
Durante un mes, mi cabeza estuvo nublada.
Había días en los que me convencía de que todo esto no era real. Otros en los que mi mente se ahogaba en pensamientos irracionales. Fantaseaba con cosas imposibles, desde formar un harén de hombres guapos hasta encontrar una manera de regresar a mi mundo.
Pero nada cambiaba el hecho de que estaba aquí.
Nada cambiaba el hecho de que Tristán seguía siendo mi prometido.
Y si no hacía algo, el destino de Evangelina seguiría su curso.
• • •
Finalmente, después de mucho tiempo perdida en mi propia confusión, tomé una decisión.
No podía seguir esperando a que algo pasara.
No podía quedarme sentada mientras el destino avanzaba hacia mi inevitable final.
Si quería sobrevivir, tenía que hacer algo al respecto.
Me acerqué al espejo una vez más, observando el rostro pálido y solemne de Evangelina Draven reflejado en el cristal.
Si el mundo quería que jugara este papel…
Entonces yo decidiría cómo se escribiría mi historia.