Prólogo.
Sin azúcar, sin valor.
Su figura desapareció por la puerta. Sus ojos, húmedos y cansados, se posaron en la ventana del local. Allí estaba ella, con su sonrisa radiante, su risa acompañada de la voz de una desconocida a su lado. Un nudo se formó en su garganta, una mezcla de frustración y culpa al saber que solo sería un espectador en la vida de quien se había robado su corazón.
No quedaba rastro de ella. Solo una taza a medio terminar y un trozo de papel doblado junto a la servilleta, aguardando a que ella lo tomara y lo leyera, para que supiera todo y, quizás, dejara una respuesta. Un hombre de expresión cansada apareció en aquella escena, donde no era más que un extraño, y ocupó el asiento libre. Tomó el papel con cautela, como si su simple existencia fuera un secreto. Sus ojos recorrieron las primeras líneas y su expresión, al principio curiosa, se tornó tensa.
Lucía:
No sé por qué estoy escribiendo esto. Tal vez porque es más fácil dejar mis pensamientos aquí que decirlos en voz alta, o quizá porque me prometí a mí misma que esto no pasaría, que lo que sentía por ti era solo un capricho pasajero. Pero me equivoqué.
Pensé que alejarme sería lo correcto, que, si ponía suficiente distancia y si intentaba seguir con mi vida y salir con alguien más, todo esto se desvanecería. Creí que, si lo intentaba con otra persona, forzando los sentimientos, tarde o temprano terminaría olvidándote. Pero cada conversación se sentía vacía. Cada sonrisa se comparaba con la tuya. Y cada café que tomé en otro lugar carecía de sabor, porque lo que realmente me gustaba no era la bebida, sino verte cada mañana, aunque fuera solo por unos minutos.
La verdad es que la mejor parte de mi día siempre fue verte. No por el café en sí, sino porque significaba verte, escucharte y sentir que, aunque solo fuera un instante, existía algo entre nosotras, aunque ninguna de las dos lo dijera. Y fui una cobarde. Me alejé sin explicaciones, sin darte la oportunidad de preguntar, sin siquiera despedirme.
Tal vez nunca leas esto. Tal vez nunca te enteres de lo que siento. Pero si hay una mínima posibilidad de que aún no sea demasiado tarde, si hay alguna opción de que alguna vez me miraste como yo te miro a ti, entonces quiero que lo sepas:
Me enamoré de ti, Lucía. Y me tomó mucho tiempo darme cuenta.
Camila
El hombre levantó la mirada y observó a su alrededor, como si buscara a la persona que había escrito esas palabras. Nadie parecía notarlo ni estar pendiente de él.
Doblando la carta con cuidado, la guardó en el bolsillo interior de su abrigo y se levantó de la mesa. Su expresión era indescifrable, pero había algo en su mirada que sugería que esto era más que una simple coincidencia: conocía a la dueña de aquella escritura tan impecable.
Sin decir una palabra, salió del café y se perdió en la multitud.









Woow empezó con todo y ese hombre sera algún conocido, un tío o el padre?