Uno
No parecía una sala de espera de hospital. Las paredes estaban empapeladas en colores alegres y el mobiliario era cómodo y elegante. Sólo el olor a medicinas y desinfectante delataba qué era.
La clínica acababa de pasar a formar parte del First Federal Bank, como un nuevo servicio para los empleados y era la primera vez que Gabriela recurría a ella. Era una clínica pequeña, pero muy bien equipada. Como no había nadie más en la pequeña sala de espera, Gabriela se preguntó si el servicio era tan eficiente que nunca hacían esperar a los pacientes.
Una mujer joven con una bata blanca se acercó a ella, sonriente. Llevaba un cuaderno de notas en la mano.
—Lamento haberla hecho esperar, señora Jeon —se excusó con amabilidad y acercó una silla—. Sólo se trata de un molesto resfriado. No es serio, así que le recomiendo que se vaya a casa, se meta en la cama y tome un poco de sopa. Le aseguro que eso es lo mejor. Le daré un descongestionante para ayudar, pero dormir es el remedio más rápido para el catarro común.
—Todo eso está bien, doctora Whittaker —dijo Gabriela muy seria—. Pero el gobernador viene esta noche a cenar a casa y tengo que estar bien.
—Ya veo —la doctora la miró pensativamente—. Supongo que no puede cancelarlo.
—No —Gabriela negó con la cabeza—. Es un compromiso que existe desde hace tiempo. Además, mañana tengo una reunión de la directiva de la Fundación y…
—¡Por Dios! ¿Nunca descansa?
—No es muy frecuente. Y ahora no tengo tiempo de permanecer en cama.
La doctora sonrió.
—En ese caso, tenemos que ver cómo la ayudamos —sacó un cuadernillo de recetas.
—Se lo agradezco mucho, doctora Whittaker. ¿No está cansada de practicar este tipo de medicina? Quiero decir, yo vi su curriculum antes de contratarla y…
—¿A usted también le sorprende que esté dedicada a la medicina de pastillitas? —inquirió la doctora, divertida—. Así es como la llaman algunos de mis colegas. Piensan que todo lo que yo hago es sacar pastillas y recetas descongestionantes —sonrió y extendió una receta—. Vaya a la farmacia a por esto.
—Realmente estoy interesada en la clínica.
—Y por eso nunca tiene tiempo para descansar —la mujer alzó una ceja—. Usted se interesa por todo.
—Por lo menos, por todo lo que pasa en este banco. Debo admitirlo, cuando a mi padre se le ocurrió poner una clínica para los empleados aquí mismo en el edificio, me pregunté si estaba loco.
—Es una de las mejores decisiones que pudo tomar —le aseguró la doctora Sara Whittaker—, tanto para los empleados como para el banco.
—¿Sí? —los ojos castaños de Gabriela estudiaron con atención el rostro de la médica.
—Precisamente la semana pasada detecté un cáncer de desarrollo rápido.
—Y, ¿qué sucedió?
—El hombre había pasado por aquí, durante su hora de comida, para que lo vacunaran y, por rutina, le pregunté por otro síntoma que hubiera tenido. Después lo examiné y lo envié a un especialista. A los dos días el tumor había sido extirpado. Hay un alto porcentaje de probabilidades de que se cure por completo.
—¿Y si hubiera esperado…?
—Es probable que hubiera muerto. ¡Él pensaba que no era tan importante como para consultar a un «verdadero» doctor!
Gabriela rio. Era una risa musical, contagiosa.
—Cualquiera que piense que usted no es una verdadera doctora, no la ha observado —afirmó—. Sin embargo, tpdavía no entiendo…
—Yo iba a ser tocóloga —explicó Sara Whittaker—, pero al poco tiempo, todos los recién nacidos me parecían iguales. Yo quería variedad. Aquí, en el First Federal, con los empleados y sus familias, tengo una práctica variada. Además, ¡no necesito preocuparme de los gastos de oficina o de si los pacientes pagan sus cuentas!
Gabriela sonrió. Era probable que aquella hubiera sido la mejor idea de su padre. Se hacía un descuento a los empleados por cada uno de los servicios médicos, para evitar los abusos, pero en realidad el salario de Sara Whittaker lo pagaba el banco.
—Además, tendré tiempo para pasarlo con mi hija —agregó la doctora, y se puso de pie—. La estoy aburriendo…
—¡Por supuesto que no! —el interés de Gabriela había crecido—. No sabía que era casada.
—No lo soy.
—Oh… Lo siento. Yo… —era muy raro que no supiera cómo expresarse, pero esta vez se quedó muda.
La doctora comenzó a reír.
—Quizá sea mejor que me explique. Estoy haciendo los trámites para adoptar a Amanda.
—¿Es difícil adoptar a un niño?
—¿Lo dice en serio? —la doctora arqueó las cejas.
—Sí. He estado pensando en ampliar la familia y me parece que ésa sería la solución para mí.
—Si lo hace porque no tiene tiempo para un embarazo… —la sonrisa de la doctora desapareció—. Disculpe, he cometido una indiscreción.
Gabriela se mordió el labio inferior.
—La adopción no es un camino fácil —prosiguió Sara, volviendo a sentarse—. Los niños hermosos y cautivadores son difíciles de encontrar. Yo esperé tres años para que me permitieran tramitar la adopción de Amanda. Tiene seis años y un leve impedimento físico, lo cual significa dos puntos en su contra para la mayor parte de los padres que desean un hijo adoptivo.
—Entiendo.
—Usted está casada y eso la favorece. ¿No se ha quedado embarazada nunca? Esto puede parecerle una pregunta curiosa, pero es una de las que le harán en el orfanato.
—Una vez —la voz de Gabriela era suave—. Tuve un aborto a los tres meses.
—Eso no la ayudará, pues demuestra que no es incapaz de tener hijos propios, así que la colocarán casi al final de la lista —miró a la chica y agregó—: ¿Por qué no tiene hijos de manera ordinaria, señora Jeon? Sufrir un aborto en el primer embarazo no es raro.
—Mi esposo y yo no vivimos juntos.
—Ya veo. Eso representa un problema, ¿no es así? —volvió a ponerse de pie—. Le traeré alguna información al respecto. Sólo Dios sabe cuántos cajones llené con folletos mientras esperaba a Amanda. Quizá encuentre algo que le sirva de ayuda.
—Gracias —Gabriela recogió su bolso—. Me gustaría darle al niño un buen hogar.
—Eso es obvio para mí, pero en los hospicios no lo ven del mismo modo, especialmente si su matrimonio ha fracasado.
—Por supuesto, espero que mantenga esto en secreto.
—Señora Jeon, esa es mi especialidad —la voz de la doctora Whittaker era agradable, pero sus cejas estaban levemente levantadas mientras miraba a su paciente abandonar la clínica.
Gabriela se detuvo en la farmacia para recoger las pastillas que la doctora le había recetado. Al terminar, se dio cuenta de que había perdido menos de una hora, de la cual, casi la mitad la había pasado hablando de la adopción. De haber ido a un «verdadero doctor», la habría llevado toda la tarde.
Se detuvo ante la puerta de nogal de su oficina y, asegurándose de que nadie la veía, pasó la mano sobre la placa de bronce.
—Gabriela Jeon, Vicepresidenta —murmuró, feliz. Había trabajado con ahínco para merecer el título. Más duramente, tal vez, que los demás vicepresidentes, más de cien, de todo el sistema del First Federal. El hecho de que Clint Bridges, presidente de la empresa, fuera su padre no le había facilitado las cosas a ella, en contra de lo que pensaban algunos funcionarios del banco.
De cualquier forma, todo aquello había quedado atrás. En los dos años transcurridos desde su codiciada promoción, había convencido a la mayoría de los escépticos de que era capaz de realizar su trabajo y de que no había conseguido el puesto sólo por ser la hija de Clint Bridges. Los pocos que aún dudaban, no importaban.
Su secretaria levantó la vista y le sonrió.
—¿Se siente mejor?
—Por supuesto —respondió Gabriela y, como una maldición, en ese momento estornudó—. Quiero saber todo lo que se pueda sobre la clínica, cómo está funcionando, quiénes la usan, etcétera —la secretaria tomaba notas en su libreta de taquigrafía.
—Ha recibido algunas llamadas. La encargada de Cuentas Por Pagar volvió a telefonear…
—¿De qué se queja esta vez? —preguntó Gabriela, suspirando—. ¿El último mes usamos más papeletas para depósito de lo normal?
—No. Ahora son las toallas de papel. Seis cajas extra, según ella, es un incremento del diez por ciento.