Encerrada con mi jefe

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Summary

Un día caluroso, una carrera contra el reloj y una cucaracha demoníaca son la combinación perfecta para desatar el caos en el ascensor de una oficina. Raquel, quien ya lidia con la tensión de estar junto a su intimidante y atractivo jefe, Roger Perkins, vivirá el momento más vergonzoso de su vida. Pero, entre gritos y tropiezos, el destino parece tener un giro inesperado... ¿o quizás solo una nueva razón para ser el tema del día en la oficina?

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1
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n/a
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13+

Capítulo único

Calor...

Es todo lo que mi mente logra recrear: el sol, su resplandor fastidioso y el sudor.

A este paso, nos derretiremos todos.

Suelto un poco de aire en un resoplido que denota mi incomodidad, mientras me abanico con las manos.

La poca brisa que se siente en este terrible día soleado me fastidia la piel, porque, en vez de refrescarme, me provoca aún más calor.

Para colmo, casi voy corriendo bajo el tortuoso resplandor, ya que estoy llegando tarde al trabajo.

Miro el reloj en mi muñeca por segunda vez y emito un chillido desesperado al ver que ya son las dos de la tarde. ¡Justo a esta hora debería estar ingresando mis datos en la computadora de mi cubículo!

Exhalo un suspiro de alivio al llegar finalmente al edificio, pero la mortificación vuelve a apoderarse de mí. La causa tiene nombre y apellido: Roger Perkins.

Él es el jefe de todos. Sí, la cabeza del lugar.

Roger Perkins es un extranjero con un acento cautivador cuando habla inglés; no obstante, escucharlo hablar español me da cringe. ¿Por qué? Pues ni idea.

—Debo llegar al ascensor, ya... —mascullo, mortificada, mientras acelero el paso.

Todo el aire que he retenido desde que vislumbré a mi jefe es liberado de forma brusca cuando llego frente al cubo metálico. Sin embargo, yo soy la mala suerte andante, así que el ascensor no abre porque está en el sexto piso.

Toca esperar a que baje.

¡Qué desgracia la mía! ¡Tan lento que es este ascensor!

Una sonrisa se dibuja en mis labios en el momento en que las puertas se abren delante de mí, pero pronto esta se desvanece cuando mi jefe entra.

No puede ser.

—¡Buenas tardes, Raquel! —me saluda con una sonrisa amable.

—Buenas tardes, Roger —respondo con cortesía, aunque muy incómoda.

¿Creen que mi incomodidad se debe a que estoy llegando tarde? Sí, pero no del todo.

Es que estar cerca de mi jefe no me parece muy agradable que digamos, puesto que este hombre me intimida.

Y no, no es porque parezca un dios griego con su belleza exótica. Tampoco se debe a esa sonrisa sensual y maliciosa que muestra en este momento. Ni hablar de su cuerpo musculoso, visible debajo del traje ejecutivo que le da un porte autoritario y elegante. No, no se trata de sus ojos verdes ni de su rostro perfecto...

Ay, creo que he babeado...

¡No! ¿Qué estoy haciendo?

—Hace calor —rompe él el hilo de mis más profundas meditaciones.

Mucho calor...

—Sí, estos días son infernales —respondo por cortesía, sin ningún interés en entablar una conversación con este hombre.

—Sí, ya he recibido la queja de que el aire acondicionado de los cubículos de la entrada no está funcionando.

Asiento con la cabeza. Ojalá se calle...

De nuevo, hay un silencio tenso en el estrecho ascensor, que por alguna razón siento que no avanza. Supongo que es por la desesperación de estar en un espacio pequeño y cerrado junto a este hombre que me cae tan mal.

«Y a quien te has comido con la mirada...», me recuerda esa vocecita incómoda que se llama conciencia.

¿Qué?

De verdad no lo soporto, pero ¿por qué?

Supongo que se debe al aura oscura que posee y, asimismo, a su rara personalidad, que me pone recelosa. Sin embargo, mi aversión no solo se debe a su vibra exótica; más bien, es provocada por la ubicación de su oficina, cuya pared transparente le permite vigilarnos.

Sí, él nos vigila.

Roger Perkins se sienta en un lugar estratégico desde el cual puede espiarnos a todos. Sí, eso hace.

Al parecer, las cámaras no son suficientes para él.

Es por esta razón que, siempre que llega la hora de que Roger se vaya —ya que sale antes de los que tenemos el turno nocturno—, siento un gran alivio. Mi área de trabajo es cuadrada, y la ventana que me queda al fondo siempre está cerrada y con las cortinas puestas. Por lo tanto, la única vista al exterior se encuentra al extremo de las oficinas de los jefes.

Entonces, si quiero contemplar el cielo o la lluvia, estoy obligada a mirar hacia esa área, y siempre que lo hago, me encuentro con el escrutinio de mi tormento…, es decir, de Roger Perkins.

Eso es molesto, porque él podría pensar que lo acoso o, en su defecto, que vigilo si está mirando para hacer algo indebido.

«¿Solo por eso?», me pregunta esa vocecita fastidiosa y metiche.

¡Sí, es la única razón!

Todo está tranquilo aquí adentro; incómodo, pero tranquilo. Sin embargo, creo ver algo que amenaza con acabar con mi poca cordura.

Es algo pequeño y marrón, que parece moverse... Algo así como una...

—¡Cucaracha! —grito, espantada y fuera de mis cabales, pues le tengo una fobia horrible a esos bichos que tanto asco me dan.

Ay, no, me va a dar algo...

Trato de alejarme lo más que puedo mientras ruego al cielo que esa cosa no se mueva de lugar hasta que lleguemos. La cara de mi jefe disimula la diversión, pero sus ojos brillan entretenidos y risueños, así que no he dejado de notar que quiere reírse.

¡Qué ser tan insensible!

Recuerdo que estoy frente a quien me paga el sueldo y trato de actuar con madurez y calma. Sin embargo, no puedo mantener la compostura cuando ese bicho se mueve de lugar.

Me echo para atrás, tratando de mantenerme lo más lejos posible de la amenaza diminuta, en un silencio tenso que me resulta difícil de sostener, pues lo único que deseo es gritar como desquiciada.

Los ojos claros de mi jefe se fijan en mí, como esperando otra reacción que lo divierta, pero me mantengo firme.

No entiendo por qué el ascensor está más lento que nunca. Es como si el tiempo se hubiera detenido a propósito solo para fastidiarme.

Intento, con todas mis fuerzas, ignorar la cucaracha del demonio, pero verla caminar hacia mí ya es demasiado. Vuelvo a recular, pero me detengo al notar que estoy invadiendo el espacio personal de mi jefe.

Finjo una sonrisa que no muestra mis dientes y me aclaro la garganta, dando a entender que tengo todo bajo control y que esa cucaracha no sacará mi yo loca.

—Lamento este incidente —se disculpa, avergonzado—. Esto no debería suceder. Hablaré con los del mantenimiento.

Enfoca la mirada al frente, como si la presencia de una cucaracha en la sede fuera embarazosa.

Noto que pronto llegaremos a nuestro piso, y mi corazón celebra emocionado. No obstante, mi alegría dura poco porque, justo en ese momento, la endemoniada cucaracha vuela en nuestra dirección.

Pierdo los estribos y cualquier vestigio de madurez que me quedaba.

Salto, grito y corro dentro del limitado espacio ante la mirada desorbitada y sorprendida de mi jefe.

Cuando ya no sé a dónde correr, porque el maldito bicho parece perseguirme solo a mí, me subo encima de Roger Perkins.

¡Trágame tierra!

Me quedo helada entre sus brazos fuertes y su pecho fornido, sin saber qué decir. Ese segundo de pasmo dura poco cuando vislumbro al insecto volar de un lado a otro.

No escatimo ni un grito, pese a que me encuentro encima de mi jefe. Su perfume costoso y varonil me inunda las fosas nasales cuando entierro la cara en su clavícula, como si esa acción pudiera protegerme de ese bicho asqueroso.

Lo noto tensarse, pues su respiración se torna audible, aunque lo disimula bien.

Ay, no. Espero que esto sea una pesadilla y que pueda despertar pronto.

De repente, el ascensor se abre y la luz me invade el rostro, haciéndome levantarlo. Cuando mis ojos dejan de ver borroso, me encuentro con las caras de estupefacción de la supervisora y una colega muy chismosa, quienes nos observan entre sorprendidas y divertidas.

No sé qué es peor: haber pasado todo el bochorno de la cucaracha con mi jefe o ser la protagonista del jugoso chisme, seguro lleno de versiones fantásticas.