Querido Ángel

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Summary

¿Ángel y yo? Pero estoy comprometido. Kamilo perdió a papá en un fuerte accidente automovilístico. Y eso lo ha marcado por completo. Ha dejado de creer en el amor así como ha dejado de creer en su madre. Los caminos extensos del destino lo llevarán a verse en la necesidad de comprometerse con Micaela, la hija del jefe del novio de su madre, para así poder obtener un gran puesto en la empresa. Ahí mismo conocerá a Ángel, caído del cielo con sus dulces ojos azules y su sonrisa que lo enamorará cada día más. Micaela, en cambio. No desea casarse, porque el amor de su vida vive bajo su mismo techo. Su hermanastro, con quien suele verse a escondidas de sus padres, le ha prometido que hará lo posible para que esa boda no ocurra. No sin antes engatusarla en un mundo lleno de asperezas y dolor, del cuál se verá atrapada y sin salida. Kamilo y Micaela deberán pasar por el arbusto lleno de espinas que les espera por seguir sus corazones, hasta el final.

Status
Complete
Chapters
21
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n/a
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18+

Capitulo 1

Kamilo. 12 de noviembre de 1981.

Mamá suele decir que soy un chico detestable. Uno que se busca sus propios problemas, causándo más problemas a los demás, como un parásito que se mete en las vidas de todos a contaminar. Con mi papá era todo lo contrario, el no pensaba así de mí. Solía decirme que soy mejor que otros, me llamabafuerteyvalientecada que podía, y yo le creía. Sabía que me amaba, con tan solo mirarlo a los ojos cada que llegaba del trabajo.

Siempre creyo que podía colorear el mundo de otras personas, asi como lo hice con el suyo.

¿Pero dónde queda lo que pienso yo de mi mismo? Que aunque me es difícil definirlo la mayor parte de las veces; sé que me he detestado desde que papá murió, me he hecho creer que es mi culpa. Mi existencia no solo fué la luz de su vida, sino la última que vió hasta el día de su muerte.

Ir al psiquiatra no es algo a lo que quiero acostumbrarme a hacer de por vida, tampoco es algo que disfrute hacer. Esa espesa y extraña sensación de incomodidad, el sudor en las palmas de las manos, el remover del cuerpo sobre él sofá de piel sintética que rechina cada que te mueves si quiera un poco. Un martirio al pormayor. Uno que debo tolerar por el principal deseo de mi madre, que es hacermeolvidar.

¿Olvidar a quién? Se preguntarán muchos, si es que estas notas mías llegan a algún lado.

A mi padre. Papá murió el día de mi dieciseisavo cumpleaños, hace casi exactamente un año. Iba de camino a comprarme un obsequi, que volvió sin él y en las manos de un policia.

Mamá lloró demasiado las primeras semanas, como era de esperarse; pero logró levantarse de ese peso que yo sigo cargando, tan rápido como pudo y tan rápido como sus fuerzas se lo permitieron. Dejó atrás a mi padre, y comenzó a trabajar, consiguió un novio, y hace apenas unas semanas nos mudamos a su nueva casa. A veces se siente como un parpadeo, como si hubiese saltado a un portal mágico, y que su memoria se hubiera borrado, pero no la mía.

Cuando mamá fue al psiquiatra a que la trataran, pareció ser suficiente para que lograra olvidar todas aquellas veces que papá nos compró lo que queríamos con sus últimos centavos en el bolsillo, incluso darnos un buen hogar aunque él siguiera con aquella camiseta vieja y esos jeans desgastados desde hace bastante tiempo. Todo.

Un verdadero borrón y cuenta nueva.

A veces pienso que yo me fuí con todos esos recuerdos que tenía de él.

Estuve en cama tres meses, casi cuatro. Y ella ni siquiera se preocupó por mi estado casi vegetativo. Incluso con sus amigas y conocidas mostraba ese molesto desinterés por mí.

La vi y la oí decirlo varias veces.

Recuerdo que poco después de los seis meses, que ya tenía a su novio detrás de ella, invitó a sus dos únicas amigas a la casa. Julia y Miranda. Mujeres bien vestidas, llenas de joyas y bolsos de diseñador. Falsas como viboras venenosas.

Yo no deseaba salir aquella vez. Pero algo muy dentro de mi me llevó a la escalera principal que daba a la sala de estar de la casa de papá. Bajaba las escaleras con recelo. Aún llevaba una pijama puesta y el peso de mis parpados en mis ojos. No fué hasta que llegué al pie de éstas y la oí hablar en varios susurros con las dos otras:

—Deberías hablar con él, es tu hijo Marlene, necesita de ti... —le mencionó Julia a su lado. Vestía de un lindo vestido floreado, y un precioso collar de perlas. Sus labios estaban pintados de un tono rosado que resaltaba en su acaramelada piel.

Ambas estaban sentadas en el sillón donde solía desvelarme viendo películas de terror con mi padre. Y cuando yo me quedaba dormido, me llevaba en sus brazos hasta mi cama, y me cobijaba. Estaba lo suficientemente despierto para notar su presencia a mi lado. Siempre acariciaba mi mejilla con suavidad, me besaba la frente antes de irse y darme las buenas noches.

—No, Julia —le interrumpió cortante. No podía ver su rostro, pero la imaginé enojada en mi mente, llena de rencor y odio—. Kamilo es lo suficientemente fuerte para hacerlo solo, no necesita mi ayuda. No quiero que termine como Marcos...

No pude seguir escuchando su rechazo y regresé a mi habitación desepcionado.

Lloré toda esa noche.

A pesar de tener los ojos irritados y secos, me esforcé por llorar más y más. Siempre supe que mamá era una persona dura, tan dura como una roca. Pero dejarme a rienda suelta me hizo sentir insignificante, como un pequeño bicho raro en un jardín lleno de bellas flores.

Año y medio después estoy aquí. Con el psiquiatra que la“ayudó”a ella, y ahora, trataría de ayudarme a mí. No tengo esperanzas, porque yo no necesito olvidar, y mucho menos recordar nada de lo sucedido. Es la punta de doble filo que me he puesto entre el corazón y el cerebro. Uno debe morir primero.

Peter (su novio y casi esposo), me ha traído a media hora de la cita actual y aunque parece que necesita tener esa “plática” conmigo sobre su unión, me he negado, y he bajado de su auto en cuanto he tenido la oportunidad. Y sé que no se va a rendir hasta que yo ceda.

No lo hace por gusto. Ha sido hostíl desde el momento en que me vió. Hipócrita e inútil.

—¿Y cómo está tu madre Kamilo? —me pregunta el psiquiatra, mientras entra a la habitación en la que me ha dejado esperando por más de media hora.

Ni siquiera me digno en mirarlo. ¿Había venido para hablar de mi madre? ¿O sobre cómo estoy yo? No creo que sea necesario preguntarme por ella, aunque intente ser modesto, eso quedó muy atrás para mí.

—¡Oh, ya veo! —menciona. Miro mis manos para distraerme de alguna u otra manera. Mis dedos comienzan a juguetear entre ellos, yendo de arriba abajo—. Tu madre tenía razón sobre ti...

Esta vez sí lo miro, y al notar mi reacción, su sonrisa se asoma de oreja a oreja.

—Sí que la tiene. —aclara, como si eso fuese a mantenerme al tanto.

Me importa una mierda lo que mamá le haya dicho a este regordete viejo sobre mí y mis problemas. Su vestimenta muestra lo triste que es vivir su vida. Su traje está demasiado arrugado y desgastado, su camiseta está a medio fajar, su saco manchado de salsa y mostaza. Es un desastre, incluso más que yo. Y eso no es dar una buena impresión.

—Lo que le haya dicho mi madre no es verdad, pero tiene derecho a creer lo que quiera de mí, me importa un carajo. —suelto intentando ser cortante, cuando toma asiento en el sofá frente a mi, saca de su maletero una libreta infantil, con los personajes Looney Toons en la portada.

Diablos, esto lo vuelve aún más patético.

—¿Ya tengo tu atención entonces? —menciona burlón. Que mala jugada, incluso para alguien tan patético como él. Debería ayudarse a sí mismo primero ¿Qué acaso no se ha mirado al espejo?

Ruedo los ojos y miro a mi alrededor.

Por los últimos minutos he estado tan concentrado en mí propia cabeza, que ni siquiera me he percatado del desastre que es mi alrededor. Hay papeles por todo el lugar, el escritorio esta lleno de basura de comida rápida, hay un librero medio vacío detrás de éste, con libros viejos y mucha basura.

Mamá no me deja leer desde que papá murió. Los libros están prohibidos en casa, mamá ha tirado todas las cosas que se relacionen con él. Libros, vinilos, cartas, películas, casetes, absolutamente todo, incluso fotos.

A pesar del destrozo que hizo para deshacerse de sus cosas, pude rescatar dos de ellas.

Su anillo y una foto en la que estoy con él.

El anillo ahora cuelga de una cadena de plata que Peter me regaló en mi cumpleaños que apenas ha pasado, y permanece todo el tiempo en mi cuello, sin excepción. La foto está guardada debajo de mi cama, en una caja de metal cerrada con un candado, que solo yo puedo abrir.

¿Demasiada seguridad? No. Lo que sea para conservarlo en mi memoria.

—¿Te gustan los libros he? —pregunta, devolviéndome a la realidad.

Mis ojos están puestos aún en el librero.

— Mi papá solía leer mucho cuando estaba en casa. —respondo nostálgico, aunque intento ocultarlo en mi voz.

—¿Y qué pasó después?

—Usted lo sabe mejor que yo. —suelto con el enojo que me atraviesa fugáz por el pecho.

—Refréscame la memoria. —sonríe entre los vellos que cubren la mayor parte de su cara.

—Mamá tiró todo. Es como si nunca hubiese existido en su vida. Todo por escuchar sus malditos consejos de mierda. —puedo sentir como mi rostro se calienta. Es la clara advertencia de que las lágrimas vendrán pronto también. Me muerdo las mejillas y cierro mis ojos, apartando la mirada de él, como si eso fuera a ocultar mi dolor.

—¿Y por qué crees que ya no existe más en su vida?

—Porqué lo sé. Yo me fui con él al carajo. —me mira un poco, puedo sentir su mirada en mí, como una fugaz ráfaga del viento helado.

Comienzo a sentirme incómodo, el silencio que se ha creado entre nosotros, me hace recordar muchas cosas. Lo peor de mí, es que me siento culpable.

¿De qué exactamente? No lo sé, solo lo siento. Como una pequeña astilla dentro de mi cuerpo, que me llega hasta el estómago, comprimiendo lentamente hasta dejarme asfixiado sobre el suelo.

—Toma, todo va a estar bien. —acerca su mano hacía mi con gentileza. Es un pañuelo, y de pronto cobro sentido de como las lágrimas bajan con rapidez por mi rostro. Me siento estúpidamente débil y patético. Igual o pero que él.

—Estoy bien —carraspeo, y me trago el dolor. Me enjugo enfurecido las lágrimas. Devuelve su mano, y comienza a anotar cosas en su estúpida libreta—. No necesita hacer eso.

Señalo con uno de mis dedos, tratando de restarle importancia.

—¿Hacer qué exactamente? —sigue anotando.

—Escribir sobre mí en esa estúpida y ridícula libreta, vine aquí para que me escuche ¿No? Yo no vine a que meexaminecomo un animal.

Suspira y se acomoda sobre su mismo asiento.

—Es mi trabajo examinarte, y si te causa molestia, estas sesiones son libres, puedes irte si gustas. —menciona suavemente.

—Me largo. —anuncio. Me pongo en pie, tomando mi chaqueta y cubriendome con ella. Me tiemblan las piernas y el corazón me late con rapidez.

—No puedes hacerlo realmente, no hasta que acabe la sesión.

—Pues míreme hacerlo, maldito imbécil. —le pinto el dedo y me dirijo a la puerta.

—Nadie te ayudará, si no estás dispuesto a dejarte ayudar.

Salgo de la oficina antes de dejarme caer en el suelo.


Me siento demasiado patético. Me siento como un experimento, siendo observado, siendo interrogado, siendo tan frágil. No volveré jamás, odio ese lugar, odio que él trate de indagar en cosas que no entenderá jamás. Odio a mamá, por obligarme a venir. La odio de verdad. Odio este mundo de mierda lleno de mierda y mas mierda.

Me pongo la capucha de la chaqueta, y espero en silencio entre el frío del grisaseo día.

La ciudad no es mucho de estar soleada, y eso me hace sentir un tanto más libre, incluso tranquilo. Amo el fresco olor de la humedad del aire, que viene del océano, encapsulado en nubes. Los días nublados son un arte a escala grises, y los soleados no son más que un cielo coloradamente azulado y un gran astro dando calor insoportable, que ni desnudo me podría quitar de encima.

Me muerdo la mejilla, y comienzo a mover mi pierna con rapidez. Odio estar sin hacer nada.

Saco los cigarrillos que le robe a mamá de su cajonera. Junto con un encendedor que tomé de uno de los pantalones de Peter, y me lo meto a la boca. Con la palma de la mano, hago pared y lo enciendo. Aspiro el humo, el calor recorre mis pulmones, como un aura, para luego salir por mi boca de vuelta.

Si papá se enterara de que he estado fumando por al menos más de un año, asesinarme sería poco para él. Pero él ya no esta aquí, así que... él no estará jamás. Limpio mis ojos justo antes de que empiece a llorar de nuevo. Aparto el cigarrillo, y aprieto la mandíbula con la suficiente fuerza. Me recargo en la banca en la que he decidido sentarme justo después de salir de esa estúpida oficina, con ese estúpido psicólogo de mierda.

El silencio es reconfortante cuando pasan los primeros minutos.

Pero después de un rato, comienzo a sentirme verdaderamente solo e inservible. Defectuoso, como si me hiciera falta una parte en tu cuerpo. El cuerpo que odio, el cuerpo que no me hace sentir satisfecho, el cuerpo que me hace dudar de mi mismo. Ese soy yo. Un defectuoso que busca ser armado de nuevo.


Peter llega a la hora en la que se supone debe haber terminado mi sesión (cuarenta minutos después).

Subo al auto. Gracias a Dios me he terminado el cigarrillo, minutos antes de que llegara. Me bajo la capucha, y me toma por sorpresa, revolviendo mi cabello con gentileza, sonríe emocionado y prepara sus palabras antes de soltar siquiera una palabra.

—¿Qué tal te fue campeón? —me rodea los hombros con su brazo y me jala hacía él. A lo cual yo respondo con un movimiento brusco e incómodo. Odio que me llame“Campeón”, odio que sea tan gentil conmigo, como si de verdad fuera su hijo. Porque solo está fingiendo, si fuese honesto con eso quizá, solo quizá me dejaria abrazar.

—Bien, creo.-miento.

-Me alegrooírlo. —sonríe.

—Eso no es cierto. —susurro lo suficientemente bajo para que no me oiga.

Me da una alegre palmada en el hombro que da hacía la puerta y me suelta para encender el auto.

—Iremos por una hamburguesa para celebrar ¿Qué te parece? —justo antes de poder responder de manera irritada, como suelo hacer, el ya esta avanzando para salir del estacionamiento.

No pasa mucho al llegar. Hacemos lo que todos hacen.

Bajamos del auto, Peter lo cierra con un click de sus llaves, no sin antes rectificar si de verdad lo ha cerrado, para luego dirigirnos directo a las cajas, donde me pregunta que me gustaría comer, a lo cual solo alzo ambos hombros.

Justo ahora esperamos tranquilamente, en una de las mesas que hemos elegido. Puedo notar como busca las palabras exactas para preguntarme cosas como:¿Cómo te sentiste? ¿Cómo te trató el psicólogo de tu madre? ¿Te recomendó algo para hacer?

Pero no tiene el valor de hacerlo.

Giro mi cabeza para poder ver por la ventana. Al otro lado hay otros chicos del colegio, que vienen de familias ricas y se comportan como todos unos idiotas con los otros chicos del colegio menores a ellos.

A pesar de que yo sea completamente invisible para ellos la mayor parte del tiempo, hay veces en las que me molestan con frecuencia, lo cual ocurre una o dos veces cada tres meses. Me golpean con balones de basquetbol cuando jugamos quemados en el estadio y me empujan cada que paso cerca de ellos. Es molesto, aunque muy en el fondo sé que los empujaría de vuelta para que no se metan conmigo.

Me hundo en el asiento acolchonado de la mesa, y me pongo la capucha de nuevo. Las risas de los niños me irritan un poco, pero son soportables hasta cierto punto. Hace años que no me subo a uno de esos juegos que están dentro del establecimiento.

Pensar de más me hace saber que la vida es un asco. Papá estaría deacuerdo conmigo, aunque saldría con algo como:A veces las personas más buenas, son las que más sufren.Pero él no estaba aquí para hacerlo más interesante y Peter no es alguien como él. Al contrario, es prepotente, un puto llorón y irritante.

—Y dime Kamilo... —llama mi atención, mientras juguetea con el popote que ha tomado para cuando nos llegue la soda—. ¿Hay alguien...

Entrecierro los ojos y frunzo el entrecejo.

—¿Alguien? —pregunto extrañado.

Puedo predecir a que viene esa pregunta, pero deseo que la termine antes de poderle hechar algo en cara.

—Sabes que puedes hablar conmigo en cuanto a lo que sea Kamilo —aprieta los labios en un intento de sonrisa amigable—. No quiero que me veas como un remplazo de tu padre, porque no quiero ser eso para ti, quiero que me veas como un amigo. —me mira seriamente. Levanto mis piernas y las subo en el asiento acolchonado, y las rodeo con mis brazos.

—¿Crees que voy a estar pensando en el amor? Papá lleva año y medio muerto, y no puedo dejar de pensar en él, qué sería de mí si estuviera vivo, posiblemente tu no estarías haciéndome preguntas tan estúpidas. —devuelvo mi mirada a la ventana. Si Peter no fuera tan idiota, no sería Peter.

Lo oigo balbucear, pero su nombre es voceado por el micrófono, interrumpiéndolo de golpe antes de que pudiera hablar. Peter palmea la mesa y se aleja para ir por nuestra orden.

No me gusta nadie si eso es a lo que él quiere saber. Al menos no hasta ahora. La verdad es que no estoy buscando enamorarme como muchos otros en el colegio, felices pasando baba y juntando sus bocas para sentirse amados. Yo no busco eso, me da asco solo pensar en eso. No hay cupo de amor en mi vida, suficiente tengo con mis propios problemas mentales.

Peter me mira con la comida rápida en la mano, justo cuando una chica mesera en patines pasa rápidamente frente a él y casi le hace tirar la comida encima de un niño de cinco años.

Ruedo ambos ojos. Y pensé que el viejo psiquiatra ese era el patético.

Vuelve y se sienta frente a mi, colocando frente a mí una hamburguesa.

—No quiero hacerte sentir incómodo... la verdad tu madre me pidió que hablara contigo...

Mierda. Mierda. Mierda.

Ruedo los ojos.

Mamá intenta que un hombre, de menos de cuarenta años, con una complexión sacada de una revista europea, me saque la sopa o quizá me meta la idea de que todo esto lo hacen ambos por mi bien. No quiero oírlo si esa es la maldita plática, mamá es una cobarde ¿Porqué no me lo dice ella? Tantas ganas para decir que no me quiere todo el rato en casa y ahora no hay ni una para que se plante a decirme lo que se han guardado desde hace días, quizá semanas.

Desenvuelvo la hamburguesa con facilidad y me la llevo a la boca.

—¿Tanto le cuesta decirmelo? Es una cobarde...-digo con la boca medio llena, y dejo la hamburguesa en la mesa.

—No, no es eso Kamilo, nada de eso. —lo miro de vuelta.

—¿Entonces qué? ¿Es sobre mamá o sobre el psicólogo? Si es así, no quiero oírte. —le doy otra mordida a la hamburguesa.

—No, quiero hablarte de algo que tu madre y yo estuvimos planeando desde el momento en que decidimos vivir juntos...

—Han pasado solo dos semanas desde que vivimos contigo, no te ilusiones. —arrebato de la charola un vaso de soda y bebo un poco.

—Es sobre un pequeño... —siento como el gas de la soda se me atora en la garganta.

—Mierda ¿Van a tener un bebé? —lo interrumpo, dándome la estúpida imagen de Peter y mi madre teniendo sexo. Me asqueo al instante.

—No... yo... ¿Ya te lo ha dicho?

—¿Entonces es verdad? —pregunto ante su afirmación, que obviamente no tenía planeada.

—No, no... bueno sí, pero no quería hablar de eso aún. Si tu madre pregunta, yo no dije nada. —Peter nunca ha mantenido una conversación tan larga conmigo, no porque no quisiera, si no que yo nunca le di la oportunidad, hasta ahora, y no va... ¿tan mal?

—Bueno, aparte de haberte tirado a mi madre y tener un próximo hijo único ¿Qué más querías decir? —aparto la comida, y me vuelvo a acomodar en el asiento, limpiándome las migajas de la boca con mi brazo.

—Tú madre y yo, hemos hablado de esto, y sabemos que puede que te enojes o que...

—¿Enojarme? —vuelvo a interrumpirlo— ¿Es algo malo? Suficiente tengo con la noticia de un hermanastro.

—Tu madre y yo... —suspira, y vuelve a lo suyo, sin responder mi pregunta—. Hemos decidido que tendrás que casarte...

—¿Es una clase de broma? —pregunto, siento como se me eriza la piel por debajo de la chaqueta.

—No realmente... —niega con su cabeza y baja poco a poco su mirada.

—¿Es enserio? ¿Acaso están locos? Tengo diecisiete y eso debo decidirlo yo ¿Por qué rigen sobre mi, sin preguntar? Soy un ser humano como ustedes, tengo mis propias ideas sobre el matrimonio... —ya me he puesto en pie y subo mi tono de voz. Al ver a mi alrededor, todo el lugar esta en silencio, y todos allí me miraban tratando de buscar una respuesta a mis inesperados actos.

Se me hace un nudo en la garganta, y los ojos se me llenan de lágrimas al instante.

—Sientante Kamilo, tomalo con calma...

—¿Con calma? ¿Es enserio que me estás pidiendo que me calme con una noticia como esa? —se queda completamente callado—. Vete a la mierda Peter, me largo a la casa.