Prólogo
Estoy sentada en una silla demasiado grande para mí, balanceando mis piesque cuelgan sin tocar el suelo. Mis manos juegan nerviosamente con unmechón de mi cabello. El doctor Jenkins, con sus lentes descansando en lapunta de su nariz, me observa con una sonrisa cálida.
—No tienes que tener miedo, Milly. Aquí estás a salvo —dice con suavidad.
Asiento lentamente. Puedo ver mi reflejo a través de los cristales de susespejuelos, mis ojos verdes llenos de sombras que no deberían estar en unaniña tan pequeña.
—¿Puedes contarme qué pasó esa noche en tu casa? —pregunta el doctor, suvoz calmada y paciente.
Trago saliva y empiezo a hablar, mi voz temblorosa pero clara.
—Era de noche... Abuela y yo estábamos en la sala. Ella estaba tejiendo yyo jugando con mis muñecas. De repente, escuché un ruido fuerte, como untrueno dentro de la casa. Miré a la abuela y vi miedo en sus ojos.