CAPÍTULO I
01/01/2016, Nueva York.
Jamás imaginé que velaría a mi padre en año nuevo. Era la primera vez que veía llorar a mi madre, pero no tuve tiempo suficiente para consolarla...
Nueva York nunca fue tan asfixiante. Llegamos a casa en silencio, pues ninguno de los tres teníamos palabras para expresar el profundo dolor que sentíamos. Lucca rápidamente se fue a dormir; era entendible, pues estaba agotado.
—Melissa, nena, ve a descansar, lo necesitas —mi madre tocó mi rostro suavemente.
—¿Qué hay de ti?, también lo necesitas, Lucca ya fue a descansar —renegué yéndome a la cocina—. Además, todavía hay muchas cosas que tienes que explicarme.
—Melissa, no empieces, acabamos de enterar a tu padre, ¡Por Dios!
—Mamá, Lucca y yo, no somos estúpidos, sabemos que algo está muy mal, ¿Me dirás o tendré que averiguarlo yo sola?
—Cariño, deja de hacerte ideas en la cabeza y ve a dormir.—dijo yéndose a su habitación.
—¿Ideas?, ¡Mamá, mataron a papá frente a mí! ¿Crees que son ideas?—tomé su mano para detenerla.
—¡Melissa!—su voz sonaba amarga.
—No te irás hasta que no me digas que carajos pasa.—insistí tomándola de los hombros.
—habló después de algunos segundos—Tu padre tenía un negocio aparte de la empresa de joyería.—
—¿Qué tiene que ver papá, aquí?—la solté cuando me di cuenta que Lucca bajaba las escaleras.
—Qué papá, disparo la bala que le atravesó el cráneo a la hermana del jefe.—su tono era frío, cómo el de mi padre, a pesar que teníamos la misma edad.
—Lucca, ¿Qué dijiste?—*<<no, está mintiendo>>*
—Mamá nos ocultó todo, pero los documentos no mienten.—me acerqué para tomar los documentos de sus manos.
—Contratos millonarios con ¿Enzo Schiaparelli?—mi mellizo quitó los documentos de mis manos.
Mi madre no dijo nada más y fue a su habitación, Lucca me dejó sola, no sabía que hacer más que sentarme a procesar la situación en la que estamos metidos por culpa de mi padre.
_No dormí en toda la noche, seguía sin poder creer lo que pasaba, sin embargo, escuché a mamá llamar la puerta de mi habitación._
—Melissa, baja, tenemos que hablar.—por su tono parecía estar muy preocupada.
_Bajé de inmediato y miré a Lucca junto a ella, me senté frente a ellos, mientras mi madre tenía un sobre en sus manos, parecía estar temblando._
—¿Qué es eso?—pregunté al ver la caja llena de documentos que estaba frente a Lucca.
—La familia Schiaparelli, ha enviado pruebas a la policía sobre el lavado de dinero que hizo tu padre, no sólo estamos en quiebra, sino que también debemos huir.—
—Papá realmente nos hundió a más no poder—Lucca le arrebató el sobre a mi madre para leerlos.
—Debemos irnos, no podemos permanecer aquí, iremos a Colombia, tenemos familia allá, seguro nos recibirán, vayan a empacar.—mi madre se levantó para ir a su habitación, pero Lucca y yo apenas podíamos pensar con claridad.
—Dile a mamá que regresaré en una hora.—Lucca escuchó.
_Subí a mi habitación para buscar mis llaves, salí en busca de Johan, su casa no estaba lejos de la mía, así que caminé rumbo a ella, en el transcurso me lo tope saliendo de la cafetería local, me acerqué a él para saludarlo, pero antes que pudiera hacer algo, sentí a alguien detrás de mí._
—Melissa Vaheeri, tienes dos opciones, grita y mueres o cállate y sube la camioneta por voluntad propia, y no le haremos daño a nadie.—la voz de ese hombre me dejó helada, Johan alcanzó a mirarme, pero obedecí con miedo, subiendo a su auto.—
—La familia Schiaparelli son personas con las cuales no se debe jugar, pero eso ya lo vivirá en carne propia.—
Sentí un golpe en mi nuca y perdí el conocimiento. Lo último que miré fue a Johan corriendo hacía mí.
Sentí el agua fría que me echaron encima para poder despertarme, frente a mí habían tres personas, a penas recobré el conocimiento, pude sentir mis muñecas protestar ante el dolor que causaban lo que parecían ser una especie de cadenas.
—Al fin despiertas, maldita perra—la voz de aquel hombre me hizo estremecer del pánico.
—¿Quiénes son?, ¿Por qué estoy aquí?—apenas hice las preguntas, la rubia a su lado me golpeó.
–Cállate perra, no tienes derecho a hablar.—su voz sonaba brusca.
—Tu padre no solo traicionó al Inferno, sino que también causó la muerte de un miembro de la Familia.—miré al hombre alto que estaba frente a mí.
—Yo, yo... no tengo nada que ver en eso, ni siquiera sabía de—la rubia volvió a golpearme con el doble de fuerza, haciéndome escupir sangre.
—Tus excusas aquí no tienen ningún poder, tu padre sabía las consecuencias de aceptar unirse a la mafia —el hombre frente a mí se agachó a mi altura.
—Por favor, tengan piedad de mí —supliqué entre lágrimas y dolor de los golpes que me dio la rubia.
—A partir de ahora comenzará tu mayor sufrimiento —concluyó saliendo de la habitación oscura, siendo iluminada por una lámpara.
—¿Eso es todo? ¡Tío! —la rubia salió detrás del hombre, dejándome sola con el otro hombre que permaneció en silencio.
—Se lo suplico, por favor, piedad —repetí aún con lágrimas en los ojos.
—Sigues viva porque el objetivo es hacerte sufrir —su voz me hizo estremecer del miedo y pareció darse cuenta—. Te haré sufrir tanto que desearás morir, rogarás día a día porque te asesinen —concluyó saliendo de la habitación, dejándome sola con mi dolor.
El agua fría en mi rostro me hizo despertar nuevamente. Miré a las mismas tres personas frente a mí.
—Tienes una bonita familia... tenías —corrigió la rubia burlándose de mí.
—¿Mi familia? ¿Dónde... dónde están? —mi voz se quebró—. ¿Qué les hicieron? ¡Somos inocentes!
—¿Inocentes? —me heló la sangre escuchar al más alto—. Tu padre es un maldito criminal.
—¡Mi padre no era un criminal! —grité con todas mis fuerzas en su cara mientras los tres me miraban.
—No, no lo es, no les creo nada.
Ese día, tarde o noche, recibí latigazos a más no poder; ni siquiera sabía la hora en la que me desperté, no recibía comida, no sabía si habían pasado días o semanas. Las visitas de esas tres personas me cansaban más que nada. El agua fría cayó de nuevo por mi cuerpo; la rubia había estado golpeándome anteriormente.
—Te ves patética, sigue suplicando piedad, perra —sus burlas eran constantes, pero no lograba acostumbrarme al dolor—. ¡Habla de una vez, maldita! —su voz me irritaba cada vez más y respondí por primera vez desde que comenzó mi infierno.
—¿Responder qué? ¿Quieres que me arrodille ante ti y suplique clemencia? —mi tono incrédulo la hizo reír.
—Las gatas como tú deben aprender a respetar a sus dueños —por primera vez le respondí con una bofetada, que cambiaría el curso de mi vida a partir de eso.
—¡Maldita! —iba a golpearme pero el hombre de traje negro detuvo su brazo.
—Suficiente, Xinely, si continúas la matarás —argumentó él.
—¡Me golpeó! ¡Debe morir! —el hombre la sacó a rastras de ahí.
Los días parecían ir cada vez más lento, perdí la cuenta del tiempo. Sin embargo, uno de ellos parecía tenerme lástima, no sé quién sea, pero él parecía que sería el único de ellos que no me dañaría... tanto.
—¿A qué te refieres?—la confusión de mi voz se hizo presente.
—Tu padre blanqueaba capital para políticos corruptos del país.—su mirada mostraba lo atormentada que estaba y sus ojos reflejaron su frustración.
—¿Qué?—me quedé congelada y solté sus hombros.
—Hace un par de meses, le llegó la “oportunidad” de blanquear capital para una mafia Italiana, llamada Inferno, el día del atentado, murió por accidente la hermana del jefe... en venganza mataron a tu padre.—mi madre comenzó a llorar, rápidamente la abracé.