Un corazón herido…. (adaptación al EunHae)

Summary

La culpa era de Donghae, por haber aceptado casarse con Lee Hyukjae. ¿Cómo pudo pensar que podría competir con Sungmin, el despampanante castaño padre del hijo de él, pero también el hombre que lo abandonó sin consideración? Donghae trato de hacerlo feliz, pero ahora debía reconocer que su matrimonio era una farsa. Lo mejor sería ponerle fin y renunciar a la lucha, pero Hyukjae no se mostró complacido con esa idea. ¿Pensaría acaso que podía conservar a los dos donceles en su vida? La historia original le corresponde a Diana Hamilton

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Capítulo 1

Jamás debió casarse con él.

Fue un tonto al pensar siquiera que eso podía resultar. ¡Un maldito tonto!

Donghae golpeó con los puños el borde de la ventana y las lágrimas nublaron su vista, impidiéndole mirar los magníficos jardines de la casa de té, la preciosa casa de la familia Lee, un edificio admirado por muchos en la isla de Jeju.

Apretó los dientes, se apartó de la ventana y cruzó el dormitorio. No era el momento de llorar, ni de luchar para vencer la sorpresa que le produjo ese doloroso frío en el corazón; tampoco era el momento de tratar de aceptar lo que acababa de ver y escuchar.

Tal vez la fiesta de esa noche sería una bendición disfrazada, se dijo irónico. Mientras representara el papel del esposo de Lee Hyukjae... el perfecto anfitrión de sus colegas de negocios, de la gente que podía serle útil a él... podría liberarse del dolor.

Pero cuando vio su imagen en el espejo, comprendió que ese pequeño consuelo sólo era una quimera, el dolor se reflejaba en sus ojos café. ¿Cómo podía aceptar que Sungmin, el doncel a quien Hyukjae amó obsesivamente estuviera allí de nuevo?

¡Obviamente había sido invitado por él y lo que era peor, llevaba consigo a su hijo ilegítimo de dos años, quien era el fruto de su apasionada y aciaga aventura!

Por un momento, la terrible intensidad del dolor que mantuvo bajo control desde su aborto, hacía tres meses, amenazó con destrozarlo, pero lo venció, negándolo antes de que alcanzara un nivel intolerable que lo dejaría como un ser inútil.

Apretó la suave curva de su boca, tomó un peine, frunciendo el ceño al ver el temblor de su mano y se lo pasó por el cabello oscuro y lacio. Haría lo que siempre hacía cuando esperaban invitados. Se apegaría rígido a la rutina, y de esa manera tal vez estaría a salvo y podría salir de la prueba con su dignidad intacta; era lo único que le quedaba, o por lo menos en apariencia. No tenía orgullo para aferrarse a él; nunca lo tuvo, no en lo que concernía a Hyukjae, de lo contrario jamás habría aceptado casarse con él.

Cerró los ojos tratando de olvidar ese hecho degradante. Poco después, salió de la habitación con paso ágil y se dirigió a la cocina, para verificar cómo iban las cosas. Los invitados llegarían en cualquier momento, las habitaciones ya estaban dispuestas, las discusiones de negocios se prolongarían durante la mayor parte del fin de semana, pero esta vez, dos hombres iban acompañados de sus parejas y debería atenderlas mientras aquellos arreglaban sus asuntos.

El recorrido de los jardines de la casa de té siempre era agradable, en especial con ese glorioso clima del mes de junio. Tomarían el té o copas de tinto en la terraza, charlando ociosamente de cosas de hombres, y tal vez a la mañana siguiente, irían a la aldea para hacer senderismo en el Parque Histórico de Shinhwa o hacer el tradicional recorrido por los plantíos de té verde del lugar.

Y todo el tiempo sin que nadie adivinara la situación por la que estaba pasando, ni lo que él sentía.

Al entrar en la enorme cocina, percibió el aroma de las hierbas recién picadas, y la señora Sunny, la cocinera y ama de llaves en la casa de té, desde que los padres de Hyukjae vivían allí, excepto por una breve y desafortunada ausencia hacía tres años, comentó refunfuñando:

— ¡Como si no hubiera tanto trabajo! —meneaba con vigor una cacerola llena de pescado y sus astutos ojillos cafés miraron de reojo a Donghae—. ¿Usted sabe por qué ha regresado ese hombre? Entró dándose aires de importancia y pidió que le llevaran el té al estudio y leche y galletas para el pequeño, que además es la viva imagen de su padre. Es un desvergonzado.

Rígido, Donghae inspeccionó las verduras frescas, dispuestas sobre la mesa de picar.

Así que la señora Sunny se percató del inconfundible parecido entre padre e hijo; después de todo, era evidente. Tratando de controlar la rigidez del cuello y los hombros, clavó la vista en las diversas bandejas. No tenía objeto hacer públicos su dolor y su humillación. Vio las legumbres frescas, todas recolectadas del huerto familiar esa misma mañana, pero su interés era fingido y no logró interrumpir la implacable perorata de la señora Sunny.

-Y cuando fui a recoger la bandeja, no hace ni diez minutos, el seguía allí y me informó que piensa quedarse. ''Quiero que me prepare una habitación, señora Sunny" —declaró con tono de mando— "y también una para Minhyuk, por supuesto". El niño, por cierto, es encantador y además no tiene la culpa de nada, ¿no es cierto? Pobre pequeño. Yo le respondí de inmediato "Me temo que estoy demasiado ocupada, joven, porque aún es el joven Sungmin, ¿verdad?" él no me contradijo, por lo visto no se ha casado con nadie... ¡ni con el padre de Minhyuk! —como si quisiera subrayar sus excesivas ocupaciones, se dirigió al fregadero para lavar una lechuga y gritando para hacerse oír por encima del chorro del agua, declaró—: ¡No me imagino que trata de hacer ese esposo suyo, alojándolo aquí! ¡Lo único que sé es que él siempre ha causado problemas!

Donghae sabía muy bien por qué Hyukjae le ofreció alojamiento a Sungmin, pero era algo en lo que no soportaba pensar en ese momento, así que replico en tono represivo:

-Estoy seguro de que el señor Lee tiene sus motivos.

La señora Sunny dejó escapar un irreprimible bufido.

- ¡No me hable del "señor Lee", querido! Para mí siempre ha sido Hyukjae, desde que empecé a trabajar aquí para sus padres, cuando él tenía diez años. ¡Y siempre será Hyukjae!

Donghae se estremeció. Deseaba tener la confianza de la señora Sunny, su seguridad de sentirse aceptado... pasará lo que pasará. En una época, bendecida con el poder del amor y la ciega esperanza de la juventud, poseyó todo eso.

Tenía el firme propósito de intentar que Hyukjae lo amara, seguro de que con el tiempo él olvidaría la aciaga y turbulenta pasión que había sido su obsesivo amor por Sungmin. Qué tonto. Obligándose a sonreír, comentó con tono tan ligero como le fue posible:

—Si todo está bajo control, iré a esperar a nuestros primeros invitados. Ya es muy tarde, así que prescindiremos del té. Hyukjae les ofrecerá algo de beber. Iré a buscarlo.

Pero no lo hizo, por supuesto. Media hora antes había ido a buscarlo para hacer precisamente eso, pensando que estaría en su estudio, pues cuando le daba los últimos toques a la mesa para la cena, oyó llegar su auto. Últimamente, él ya no se molestaba en anunciar su llegada. El matrimonio había degradado hasta convertirse en algo distante, se trataban con una helada cortesía superficial que los separaba más cada día, haciendo que los lazos de su relación se extinguieran inexorablemente.

Al acercarse al estudio, había puesto en su rostro una leve sonrisa impersonal, ahora habitual en él, pues se prometió que jamás le dejaría ver el dolor que le causaba su alejamiento físico y mental. De nada serviría que él adivinara el apasionado amor que el aun sentía por él, tal vez eso lo disgustara, apartándolo todavía más.

Donghae había adquirido el hábito de calcular el tiempo, esperando, siendo todo lo que él quería que fuera y nada más. Nunca otra cosa. No ahora. La puerta del estudio estaba entreabierta y alzó la mano para apoyarla contra la pulida madera, cuando esa voz ronca que tan bien recordaba, lo hizo detenerse. Jamás olvidaría el tono seductor de Sungmin como si fuera un canto de sirena ni aunque viviera cien años. Al principio no tuvo sentido; las pesadillas muy rara vez lo tenían. Sungmin se alejó de allí tres años antes, dejando a Hyukjae casi devastado, viviendo en un amargo aislamiento en la casa de té.

-Tuve que volver a tu lado, querido. Ese funesto matrimonio ahora ha terminado. Y no voy a fingir que no me alegro... no puedo ser tan hipócrita. Además, no negarás que nuestro hijo debe conocer a su padre. Como padre soltero, le he proporcionado a Minhyuk todo el amor del mundo, pero aun así necesita a su padre.

Instintivamente, Donghae empujó un poco la puerta y el destello de desconcertada incredulidad en sus ojos café se convirtió en uno de sorpresa y conmoción al ver el cuadro que quedaría grabado para siempre en su mente. Sungmin, tan llamativo y encantador como siempre, con el cabello castaño, enmarcando su rostro en forma de corazón, estaba recostado en uno de los sillones tapizados en piel, Hyukjae se había inclinado hacia él, con los duros rasgos suavizados en una expresión que Donghae no había visto en meses y que quizá jamás volvería a ver, como no fuera en los sueños que a diario lo atormentaban. Y el niño, tendría unos dos años. Estaba jugando en el suelo, con un pisapapeles en las regordetas manitas, golpeando el improvisado juguete contra la gruesa alfombra, ajeno a las vibraciones que hacían que el aire zumbara arriba de su inocente cabecita, e ignorante por el momento de la identidad de su verdadero padre. El parecido entre ambos era notable, tenía el sedoso cabello negro, como ala de cuervo, el café intenso de los ojos, los rasgos que con el tiempo serían la viva imagen del hombre cuya mirada, ahora estaba fija en él con un inconfundible gesto de anhelo.

Donghae se alejó sin ser visto ni oído, invadido de náusea, apenas logró llegar a tiempo al baño; luego se obligó a enfrentarse a lo increíble, a la conmoción y el dolor de saber que Sungmin estaba de regreso, con el hijo que Hyukjae tanto anhelaba.

Después de la ruptura de su tempestuosa relación con Sungmin, Hyukjae se casó con él, no exactamente por despecho, sino por un frío cálculo que casi dejó sin aliento a Donghae. Él quería un esposo, un hijo que heredara su riqueza... de hecho, varios hijos. Y él, Donghae, era el hombre adecuado; en ausencia de la señora Sunny, había demostrado que era rapaz de administrar la casa de té y, recibiría una bonificación adicional, por actuar como su anfitrión cuando él recibía a sus contactos de negocios, ocupando el lugar que Sungmin había dejado vacante.

Su propuesta de matrimonio fue como una bomba para él y aún si sintiera los efectos cuando acepto; debió ser así, porque ignoró los consejos bien intencionados de sus padres y de Heechul, su mejor amigo y socio de negocios.

Pero tuvo el suficiente control de su voluntad para mantenerlo ignorante acerca de lo que sentía por él.

¡Un hombre de mundo como él, con la energía y la ambición necesarias para sacar del polvo del fracaso la empresa de comunicaciones propiedad de la familia y ponerla firmemente en pie, habría pensado que él era un tonto si se hubiera echado en sus brazos, confesándole que lo amaba desde que era un adolescente soñador! La mayoría de los jóvenes de la aldea soñaba con el atractivo Lee Hyukjae, quien su familia poseía esa hermosa propiedad llamada la casa de té, el inalcanzable Hyukjae, quien ostentaba esa piel tan blanca como la leche, un cuerpo atlético y fibroso lleno de lunares.

Sin embargo, los otros jóvenes superaron su enamoramiento, pero él, Lee Donghae, no pudo hacerlo, siempre lo amó y lo amaría eternamente.

La llegada de los primeros invitados hizo que Donghae sepultara su dolor en un rincón de su mente y, como si poseyera el don de la telepatía, Hyukjae apareció a su lado, sin que en los hermosos ojos color café, se adivinara el menor vestigio de la emoción que debió sentir cuando vio a su hijo por primera vez.

"¿Sería la primera vez?", se preguntó atormentado cuando él le sonrió por encima de la cabeza de la esposa de uno de los invitados, sin que la ligera curva de su boca hiciera llegar algo de calor a sus impresionantes ojos, pero sí haciéndolo sentir una amarga punzada de dolor en la boca del estómago.

Esa abrumadora necesidad de él era algo que tendría que borrar de su existencia, reconoció con un desesperado sentimiento de angustia, porque trataba de hacerlo, desde que Hyukjae le dio a entender que ya no le interesaba el aspecto físico de su matrimonio. De pronto lo vio fruncir el ceño, los inescrutables ojos se clavaron en los de él y Donghae habló a toda prisa y con exagerada jovialidad.

— ¿Quieres que te muestre tu habitación, Ari? Sé que Hyukjae está a punto de ofrecerle una bebida a Ryeowook y...

—Creo que los dos querrán refrescarse antes -lo interrumpió Hyukjae afable, tomando las dos elegantes maletas y guiando a sus invitados hacia la escalera, mientras añadía por encima del hombro—. Los demás llegarán en cualquier momento, ¿Quieres esperarlos, querido?

"No, gracias", pensó Donghae, sintiéndose desdichado cuando la figura alta y esbelta de su esposo desapareció al dar vuelta en el recodo de la escalera. Tal vez querría darle en privado la noticia de la llegada de sus invitados principales... su antiguo amante y el hijo de ambos. ¡No era la clase de información que le gustaría dar delante de sus socios de negocios!

Bien, eso era su problema. Donghae subió a toda prisa la escalera, decidido a llegar a la intimidad de su propia habitación. Hasta donde Hyukjae sabía, él no estaba enterado de la presencia de Sungmin y Minhyuk allí. Y como un tonto, albergaba la absurda idea de que hasta que él lo mencionara, él no tendría que enfrentar el problema. Era algo demasiado terrible para afrontarlo, pensó destrozado al llegar a lo alto de la escalera, tratando de ignorar el hecho de que Hyukjae debió comunicarse con Sungmin, para informarle que su infortunado matrimonio con el pequeño Lee Donghae había llegado a su fin. Que todo había terminado. La conversación que alcanzó a oír se lo dio a entender.

¿Le habría suplicado a su antiguo amante, confesándole que no había podido olvidarlo? Las preguntas aturdían su mente, intensificando el dolor, mientras caminaba por el pasillo que se alejaba del ala dedicada a los huéspedes y llevaba a su habitación.

¿Cuál habría sido la reacción de Sungmin? Era fácil adivinarlo. Talvez lamentaba la ruptura tanto como él, pero su orgullo lo obligó a mantenerse alejado, hasta que ya era demasiado tarde para hacer algo. ¡Y cuando descubrió que esperaba un hijo de él, Hyukjae ya estaba casado con su mayordomo temporal! Seguramente después de desaparecer de la escena, se mantuvo alejado, pero eso tampoco debió ser un problema. Como hijo único y mimado de padres opulentos, no debió faltarles nada a él y a su hijo.

Tal vez vivió los últimos dos años en Tokio en la villa que pertenecía a sus padres en Japón, en donde decidieron pasar los primeros años, después de su retiro de los negocios.

Pero ahora había vuelto a aparecer en escena, decidido a vengarse. No obstante, Hyukjae no debió estar enterado de la existencia de Minhyuk hasta que se comunicó con Sungmin, explicándole que, en lo que a él concernía, su matrimonio había terminado. De haberlo sabido, nada en el mundo lo habría mantenido alejado de su hijo y nada lo apartaría ahora de él. Así como nada podría separarlo del único doncel al que siempre amó.

Donghae temblaba de la cabeza a los pies y, como un niño, apretó los puños y se los llevó a la boca, clavando los dientes en los blancos nudillos, agradecido por la distracción del dolor físico. Tenía que controlarse de alguna manera, resistir la tormenta hasta el domingo por la tarde, cuando se irían los invitados.

Justo en ese momento, oyó a su espalda la voz de Hyukjae, recordándole con frialdad.

-Te pedí que te quedaras abajo.

No había puesto un pie en esa habitación desde que Donghae había sufrido la pérdida de su bebé tres meses antes, permaneciendo en la que antes compartían, el dormitorio principal. Su intrusión allí, ahora y bajo esas circunstancias, era una violación de su espacio, de su intimidad; la única forma de combatir un incipiente colapso nervioso era mantener la cabeza erguida, conservar su dignidad y, de alguna manera, combatir el fuego con el fuego. Se encogió de hombros, tratando de conservar la calma, aunque fuera a costa de su equilibrio mental.

-Estoy seguro de que tú eres muy capaz de recibir a tus invitados y ayudarlos a instalarse —su voz sonó frágil incluso a sus propios oídos—. Es hora de que me dé una ducha y me cambie.

Se obligó a dar la vuelta para enfrentarse a él, con la cabeza erguida y rígida, pero tenía la boca seca cuando volvió a hablar.

—Si quieres que esté presentable, sirva las bebidas y charle con tus invitados, además de ayudar a la señora Sunny con los últimos detalles de la cena, entonces no dispongo de tiempo para esperar a quienes se han retrasado. No queremos que nada altere la rutina y arruine el fin de semana, ¿verdad?

Era el discurso más largo que le dirigía en mucho tiempo y en él había una advertencia. Se sentiría destrozado cuando él le informara que quería el divorcio para casarse con Sungmin, el único doncel al que podía amar, y reclamar así a su hijo.

Y prefería que eso no sucediera hasta que terminara el fin de semana, cuando los invitados abandonaran la casa. Por un momento, creyó ver un destello de cólera en la profundidad de los inescrutables ojos obscuros, pero desapareció o tal vez nunca existió, concluyó al ver que él lo miraba con su acostumbrada expresión plácida.

Donghae bajó la vista, pues el contacto era demasiado doloroso, y cuando se percató de que contemplaba hambriento la bella boca esculpida, dejó escapar un jadeo de dolor y se dio la vuelta para dirigirse al armario atestado de ropa, fingiendo buscar algo apropiado entre las prendas.

La mejor forma de deshacerse de él era empezar a desnudarse para meterse a la ducha, se dijo. Hacía meses que él no quería verlo, ni tocarlo, y él no sabía por qué.

Casi desafiante, se quitó los zapatos y alzó las manos para desabotonarse la camisa, pero su desesperado truco no dio resultado, porque él comentó inexpresivo: —Sungmin está aquí —Donghae se quedó paralizado, de espaldas a él, mientras el corazón le latía apresurado, pues había llegado el momento decisivo. Él iba a decirle algo que él no creía ser lo bastante fuerte para resistir. Continuó serio y con voz controlada—: Con su hijo. Minhyuk, tiene dos años. Se alojarán aquí varios días.

-Ya veo —no podía culparlo si su voz sonaba desinteresada. La única forma de controlar la situación era fingiendo indiferencia.

Mirando hacia atrás, se sentía agradecido porque él jamás le dijo que lo amaba, nunca pronunció esas palabras que el habría querido escuchar, que habrían abierto la represa de su profundo amor por él, y le habrían hecho confesarle la fuerza de su pasión. Si hubiera sido tan estúpido para hacerlo, ese fin de semana habría sido más humillante, más degradante...

— ¿No vas a preguntarme por qué?

Se había movido. Por su voz, Donghae sabía que ahora estaba mucho más cerca y se estremeció, replicando brusco.

—No —ya sabía por qué Sungmin estaba allí, con el hijo de Hyukjae; no necesitaba que él se lo explicara.

A ciegas, sacó del armario el primer traje que encontró, todavía dándole la espalda, porque no soportaría ver el rechazo en sus bellos ojos, cuando él le dijera que ya no lo quería como esposo.

El lanzó un juramento en voz baja, casi inaudible y Donghae con el traje apretado contra su pecho como si fuera una armadura, lo oyó decir con el primer asomo de tensión en su voz:

—Por alguna razón que sólo ella conoce, la señora Sunny se negó a preparar una habitación para Sungmin y el pequeño Minhyuk —Donghae captó el tono más suave al mencionar al niño. Su hijo, ese hijo que él tanto deseaba y que él no pudo darle. Y ahora le pediría que se encargara de instalarlos con comodidad. ¡Eso era increíble! Y vio que estaba en lo cierto cuando él continuó, con una intensa emoción matizando su voz—: Me pregunto si tú querrías...

—Ya te he dicho que no dispongo de mucho tiempo —estaba preparado; aprendió ese truco desde que se obligó a aceptar el hecho del creciente desagrado de Hyukjae hacia él. Era un mecanismo de defensa muy útil—. Por lo visto tú los invitaste, encuentra un lugar en donde puedan dormir... no me importa en donde, eso es cosa tuya —se alejó a toda prisa, rígido como un autómata y cruzó la habitación yendo hacia el baño, con el traje aún apretado contra su pecho.

Su voz sonó fría y no supo cómo lo logró, pues en su interior se sentía a punto de gritar y el corazón le latía apresurado; cerró la puerta con fuerza y corrió el pestillo, apoyándose contra la pulida madera oscura. Desde luego, no porque pensara que Hyukjae trataría de seguirlo; había perdido todo interés en él desde que perdió a su hijo. Ahora se trataban como desconocidos... sólo esa tarde, él rompió el habitual distanciamiento, más grande cada vez desde aquella terrible noche, hacía tres meses.

Y no le satisfacía en lo más mínimo saber por qué lo hizo, pensó colérico mientras se quitaba la ropa con manos temblorosas.

* * *

- ¿Te sientes bien? Lo último que esperaba era esa rara demostración de compasión, viendo cómo se suavizaba su gesto regularmente adusto. Pero luego pensó, esquivándolo mientras sujetaba con fuerza la bandeja con el servicio del café, que tal vez sentía lástima por él. Y su compasión era lo último que quería.

—Estoy bien. ¿Por qué no habría de estarlo? —preguntó desafiante, pero se arrepintió de ese impulso, porque no quería darle la oportunidad de decirle por qué no debería sentirse bien.

La cena fue una severa prueba que prefería olvidar, Sungmin, con su vibrante belleza y su agudo ingenio, se había convertido en el centro de atención. ¡Y sólo el cielo sabía lo que estarían pensando los Kim! Ryeowook era el contador en la compañía de Hyukjae, desde la época de su tempestuosa relación con Sungmin. En aquel entonces, él vivía por temporadas en la casa de té, y muchos fines de semana actuaba como el anfitrión. Ryeowook y Ari debían estar ardiendo en deseos de retirarse a su habitación para comentar el escandaloso regreso de Sungmin.

Difícilmente habrían podido olvidar la obsesión de Hyukjae por el doncel que, incluso entonces, dejaba a su paso una estela de corazones destrozados, ni la desolación de él cuando también lo abandonó.

—Pensé que tal vez tenías una de tus jaquecas —comentó Hyukjae con tono nervioso y expresión preocupada—. Estás muy pálido —le quitó la bandeja de las manos y esperó frente a la puerta de la cocina para que él lo precediera.

— ¡Gracias! —se refería a su poca halagadora descripción, no a su ayuda con la bandeja.

Era cierto, desde el accidente en la carretera que dio por resultado la pérdida de su hijo, padecía violentas jaquecas, como consecuencia no sólo de la contusión, sino también del pesar.

¿Pero tenía que hacerle ver que al lado del resplandeciente aplomo de su ex amante y padre de su hijo, él parecía un triste ratón anémico?

-Si quieres retirarte, te disculparé con nuestros invitados —le ofreció él cuando cruzaron juntos el amplio vestíbulo.

Donghae lo miró rápidamente, con un destello de desconfianza en los brillantes ojos café. Pero en vez del sarcasmo que esperaba ver en su semblante, del deseo de deshacerse de él y enviarlo a la cama, fuera del camino, sólo vio compasión. Desvió la mirada de inmediato, sintiendo en los ojos el escozor de las lágrimas. Hacía mucho tiempo que sabía que lo estaba perdiendo y trató de negarlo, de aferrarse a una esperanza, pero su acción de llevar allí a Sungmin y a su hijo, significaba que esa esperanza se había desvanecido.

Él estaba demasiado cerca; se dio la oportunidad de admirar su pecho en sincronía con esa espalda que tanto adoraba, y las caderas angostas moldeadas por el pantalón oscuro, hicieron que Donghae sintiera una dolorosa opresión en el corazón y contuviera el aliento, sofocando un sollozo; él dejó la bandeja sobre una mesa a un lado de la pared y le enmarcó el rostro con sus manos, mirándolo con simpatía y apretando la boca cuando le dijo:

—Lo siento, Donghae. Lo último que deseo es causarte dolor.

En ese momento él le creyó. Su obsesión por Sungmin era legendaria y aún lo perturbaba, tal vez incluso a pesar de él. No había nada que pudiera hacer para evitarlo, y la existencia de su hijo hacía que le fuera imposible resistirse a él.

Donghae trató de controlarse y luchó con el impulso casi irresistible de apoyar la cabeza contra el pecho de él y llorar por el amor que perdió, sin haberlo tenido jamás.

Si él supiera lo mucho que eso lo destrozaba, lo compadecería aún más y el simplemente no soportaría eso. Así que replicó en voz baja, apartando la cabeza como si el contacto de él, en vez de hacerlo sentir un insoportable anhelo, lo disgustara.

— ¡Tendré que creerte... pero muchos no lo harán! —que interpretara eso como quisiera, siempre y cuando jamás se enterara de la verdad... de que lo amaba tanto, que moriría por él si fuese necesario—. Creo que me iré a la cama —giró sobre sus talones, sin mirarlo—. Te agradeceré que me disculpes con los demás.

Por supuesto no durmió, ni siquiera lo intentó. Se quedó pensando en su matrimonio en ruinas; mientras la luz se desvanecía, al final de ese glorioso día del mes de junio, sentía que lo amaba y lo odiaba al mismo tiempo.

Su amor se inició con un enamoramiento juvenil. Tenía quince años y soñar con el atractivo Lee Hyukjae era algo que estaba de moda entre los jóvenes de la aldea.

Recién egresado de Universidad de Yonsei, conducía autos deportivos y cada fin de semana llevaba a casa una pareja diferente, o por lo menos eso decían. Su madre había fallecido hacía muchos años y su padre empezaba a perder el contacto con la realidad, Kyuhyun, su hermano menor, se negaba a tener nada que ver con el decadente negocio de la familia, dejando en manos de Hyukjae la responsabilidad de trabajar para recuperar su fortuna.

Mientras contemplaba el atardecer desde su solitaria ventana, Donghae se preguntó que habría sido de Kyuhyun. Lo último que supo de él, por Hyukjae, fue del fallecimiento de Yesung, el esposo de Kyuhyun, en algún lugar del extranjero. Debió averiguar algo más, escribirle para expresarle su simpatía.

Nunca conoció a Yesung; Kyuhyun y él ni siquiera asistieron a su boda con Hyukjae hacía dos años. Sabía que los hermanos habían discutido, y Hyukjae se negaba a hablar de su hermano menor.

Y en esa época, se dijo disculpándose.... sufría mucho por haber perdido a su hijo, sin embargo, debió hacer un esfuerzo y expresarle sus condolencias...

Suspiró. No sabía por qué, en ese momento, pensó en Kyuhyun. Debió ser porque, al rememorar una época anterior, cuando se enamoró del inalcanzable Lee Hyukjae, revivió un incidente que recordaba con absoluta claridad.

Debió suceder hacía unos cinco años. Heechul, su amigo íntimo y él, acababan de iniciar un negocio propio, y decidieron disponer de un rato libre para asistir al baile del primero de mayo en el ayuntamiento de la aldea. Hyukjae y Kyuhyun estaban allí, como de costumbre, para entonces los compañeros de Donghae habían superado su enamoramiento platónico del heredero de la casa de té y habían encontrado novio entre los jóvenes de la localidad, menos encumbrados, y por lo mismo más asequibles.

Pero no Donghae, por supuesto. Lo que empezó como un enamoramiento de colegial se convirtió en amor. Nunca, se lo confió a nadie, ni siquiera a Heechul; guardó el secreto, como si fuera un vicio pernicioso... y por lo visto sólo Kyuhyun adivinó la verdad.

Esa fue la primera vez que vio a Sungmin, quien llegó al baile seguido de Hyukjae y que a pesar de ser un doncel dejaba a todos maravillados como una orquídea exótica en un campo de margaritas; Kyuhyun los seguía malhumorado, era una pálida copia al carbón de su devastador hermano.

Más tarde, Kyuhyun lo sacó a bailar, y le comentó:

—Nunca tuviste mucha oportunidad; Hyukjae siempre se ha sentido atraído por las especies más raras. Pero esta vez, lanzó su red y atrapó al incomparable Sungmin, de manera que tú, mi pequeño gorrión, no tienes ni la más mínima esperanza.

Se sintió muy mortificado al ver que él había adivinado la verdad y no pronunció una sola palabra. Además, por la forma en que Hyukjae miraba de nuevo al hombre en su vida, era evidente que estaba enamorado.

Ahora se preguntó si Kyuhyun envidiaba la facilidad de su hermano para conquistar a los hombres más bellos y si eso fue el motivo de su disputa. En cualquier caso, Kyuhyun se casó poco tiempo después. En ese entonces trabajaba en el extranjero como ingeniero civil y hasta donde él sabía, nunca llevó a Yesung a la casa de té.

Se preguntó si se habría sorprendido al saber que su hermano se casó con el insignificante Lee Donghae, en cambio, estaba seguro de que no lo haría cuando se enterara de que el matrimonio había fracasado. Sus palabras en ese baile del primero de mayo resultaron proféticas.

Despertó con una sensación de desolación; se había quedado dormido sobre el ancho reborde de la ventana y se puso de pie con dificultad; con movimientos desganados. Palpando los muebles en la oscuridad, localizó el interruptor de la luz. "Si sólo pudiera desvanecer la oscuridad en mi interior", pensó desesperado al contemplar su solitaria cama, sabiendo que no podría dormir si antes no aclaraba el asunto.

Contrario a lo que había planeado antes, aturdido por la sorpresa, sabía que no podría pasar la noche y el resto de ese interminable fin de semana sin discutir la situación con Hyukjae. Necesitaría armarse de valor para dirigirse a la habitación de donde él lo echó después de su terrible pérdida.

Pero lo lograría, tenía que hacerlo…

Cuando él entró a la casa de té por primera vez como su esposo y doncel lo llevó al dormitorio principal; fue allí donde vivió esas noches de éxtasis y albergó la esperanza de que un día, tarde o temprano, él llegaría a amarlo como él lo amaba.

Fue allí donde concibió al hijo de ambos.

Pero cuando regresó del hospital, descubrió que habían llevado sus pertenencias a la habitación que ahora ocupaba, él le explicó que sería mejor que durmieran separados hasta que él estuviera plenamente recuperado. No fue cruel, pensó ahora con un leve estremecimiento. Nunca lo fue; siempre fue un esposo considerado, cariñoso y apreciativo, aunque exigente. Incluso después del accidente y de su aborto, cuando cualquier afecto que pudo sentir por el murió junto con su hijo, siguió tratándolo con respeto y cortesía. Eso hacía que su crueldad, al llevar allí a Sungmin y a su hijo fuese más devastadora.

Sin embargo, él no era un hombre cruel, era seguro de sí mismo, e implacable en los negocios, enigmático a veces y en ocasiones exasperante, era todo eso y más, pero nunca deliberadamente cruel. Seguro de eso, se sujetó el cinturón de la bata de seda y salió de su habitación, con la boca apretada en un gesto de determinación. No se quedaría sumiso, viendo su vida y su matrimonio destrozado sin hacer algo para evitarlo.

Era una vana esperanza pensar que Hyukjae se quedaría a su lado porque nunca lo amó, y sobre todo porque, después del accidente y el aborto, le informaron que tal vez jamás volvería a concebir. Además, se agregaba el hecho de que ahora podía tener al hombre que antes dominó su vida y al hijo que procrearon juntos, pero él era optimista. ¡Tenía que serlo, para haber aceptado casarse con él!

Pero incluso eso le falló cuando llegó al punto donde el pasillo se desviaba a la izquierda, justo antes de llegar al dormitorio principal. Con la casa llena de invitados y todas las habitaciones ocupadas, ¿en dónde podía dormir Sungmin, si no era en la cama de él? Entrar a la suntuosa habitación y encontrarlos juntos en la cama era algo a lo que simplemente no podría enfrentarse. La determinación que lo llevó hasta allí lo abandonó, dejándolo débil y tembloroso, apoyado contra la pared mientras trataba de calmar los frenéticos latidos de su corazón.

Pero si los encontraba juntos, eso aclararía las cosas de una vez por todas, ¿o no?, se dijo cansado. No podía pasar el resto del fin de semana sin saber lo que sucedía, sin estar seguro. Ahora había superado la conmoción y tenía que saberlo. Se apartó de la pared y caminó decidido por el pasillo iluminado por una luz tenue, pero jadeó angustiado al ver el destello de una lamparita de noche que salía por la puerta entreabierta de la habitación de los niños.

¡y Sungmin instalaron a su hijo en la habitación que el decoró con tanto amor para su bebé! ¡No sabía cuánto más podría soportar! Sin embargo, impulsado por una extraña necesidad, se acercó en silencio a la puerta abierta, caminando como un sonámbulo.

Entonces los vio. El niño dormido y los padres contemplándolo. Hyukjae, tenía el cabello alborotado, la bata de felpa revelaba sus largas piernas musculosas cubiertas de vello, y apoyaba un brazo sobre los hombros desnudos de Sungmin... desnudos excepto por la camiseta interior que usó debajo de la camisa. Lo escuchó decir en voz baja:

—No te preocupes, todo saldrá bien. No hay un hombre en el mundo que no esté dispuesto a acoger a un niño en el seno de su familia. Y yo no soy la excepción…