Chapter 1
Emma se encontraba en su habitación, dejando que la música inundara cada rincón, separándola del resto del mundo. Frente a su caballete, con los colores esparcidos a su alrededor, trabajando en el cuadro que había comenzado hacía 3 días atrás. La pintura era su escape, su manera de callar los pensamientos que la atormentaban. Con cada pincelada intentaba plasmar algo que no era capaz de decir en voz alta, sentimientos que solo podían cobrar vida a través de ese lienzo.
Estaba tan inmersa en su pintura que no escucho el leve chirrido de la puerta al abrirse. Su concentración era total; con cada pincelada parecía alejarla cada vez más del mundo real. No fue hasta que sintió un suave toque en su hombro que la regreso a la realidad. Al girarse sus ojos se encontraron con los ojos color miel de Daniel, su mejor amigo, quien la observaba con curiosidad, intentando descifrar los secretos escondidos en aquel lienzo.
—Daniel, ¿qué haces aquí?— pregunto ella sobresaltada por la inesperada visita.
— Lo siento, no avisé. Pasaba por aquí y pensé en visitarte — respondió él con una sonrisa nerviosa, aunque sus ojos no se apartaban de aquel cuadro que estaba frente a ella —¿qué estás pintando?— añadió con curiosidad, inclinándose ligeramente para observar mejor el lienzo.
—Oh, no es nada importante, solo… intento plasmar algo que no sé cómo explicar— murmuro ella desviando su mirada.
—Ya veo. ¿Y ese “algo” que no puedes explicar tiene que ver con tu manía de perderte en tu propio mundo cuando pintas?—Replico Daniel con una sonrisa divertida mezclada con genuina curiosidad.
— Tal vez — Dijo ella con una pequeña sonrisa, intentando sonar tranquila, aunque la punzada en su pecho traicionaba su calma.
—Bueno, tus pinturas suelen decir más de ti que tus palabras— dijo Daniel mientras la observaba— ¿quieres que te ayude con los colores o seré solo un espectador fascinado por tu obra?—
Emma rio suavemente y le hizo un gesto a Daniel para que se sentara a su lado. Él aceptó de inmediato, acomodándose cerca de ella. Las horas pasaron entre pinceladas y música de fondo, envueltos en un silencio que no necesitaba palabras. Ambos disfrutando de la compañía del otro.
—Listo— dijo Emma con una enorme sonrisa apartándose del lienzo.
Daniel no podía para de observar aquel hermoso cuadro, mostraba a dos personas: una mujer llorando mientras abrazaba desesperadamente a su compañero como si temiera perderlo. El hombre, sin embargo, permanencia inmóvil, con una mirada fría, incapaz de corresponder al gesto.
—Es hermoso— dijo Daniel apartando la mirada para observar a Emma —Pero también es triste, ¿Qué representa?— pregunto en un susurro, como si temiera alterar el significado con sus palabras.
—Nada en especial. Simplemente… surgió— mintió ella, desviando la mirada mientras una punzada volvía a instalarse en su pecho.
—Últimamente, tus cuadros son así— murmuro Daniel, volviendo su mirada al lienzo
—¿Así cómo?— pregunto Emma, encontrando interés mientras intentaba fingir calma
—Tristes—
—Ah… no lo había notado— respondió ella forzando una pequeña sonrisa
El silencio inundó la habitación mezclándose con el suave murmullo de la música que aún resonaba. Daniel permaneció inmóvil, con la mirada fija en el cuadro, Emma por su parte jugueteaba con el pincel entre sus dedos, intentando disimular las palabras que se negaban a salir.
—¿Sabes?, creo que estoy tan inmóvil que puedes incluirme en tu cuadro— Dijo Daniel de repente, con una sonrisa divertida que rompió el silencio.
Emma soltó una pequeña carcajada mientras negaba suavemente con su cabeza.
—Podría intentarlo, pero no creo tener tanta pintura para capturar tu ego-
Daniel llevó una mano a su pecho fingiendo indignación
—Eres cruel… pero puedo aceptarlo— replico esbozando con una sonrisa ligera.
La risa de Emma se desvaneció lentamente mientras sentía como las punzadas en su pecho se hacían cada vez más intensas. Sabía que por más que intentara ocultar sus sentimientos tarde o temprano encontraron la manera de salir.
El momento fue interrumpido por el sonido del teléfono de Daniel, quien, un poco avergonzado, se disculpó antes de salir para atender la llamada.
Emma lo observa salir, apenas soportando aquel dolor que la carcomía por dentro. Tan pronto como la puerta sé cerro detrás de él, una tos violenta la sacudió. Por instinto, llevo sus manos a su boca, y al retirarlas, vio un pequeño y delicado pétalo blanco salpicado con pequeñas gotas de color carmesí que brillaban bajo la luz. Su corazón pareció detenerse por un instante mientras lo observaba incapaz de procesar lo que tenía frente a ella.
—No… no puede ser— dijo en un susurro apenas audible, mientras el pánico se reflejaba en sus ojos.
De repente, el sonido de la puerta abriéndose la saco de su trance. Emma con rapidez escondió el pétalo en su bolsillo y se giró hacia el lienzo, fingiendo estar ocupada ajustando pequeños detalles con el pincel.
—Lo siento, era mi madre— dijo Daniel al entrar, completamente ajeno a lo que acababa de pasar —quiere que le ayude con algunas cosas, así que me tendré que ir pronto—
—No te preocupes— Respondió Emma, esforzándose por mantener su voz calmada, aunque el latido acelerado de su corazón la traicionaba —cuídate— murmuro mientas él recogía sus cosas.
—Tú también, nos vemos mañana— dijo él con esa sonrisa cálida que causaba que su pecho doliera más.
Cuando la puerta finalmente sé cerró tras de él, Emma sintió como la tensión abandonaba su cuerpo de golpe. Sus piernas temblaban como si fueran de gelatina y apenas tuvo fuerza para arrastrarse a su cama. Se dejó caer sobre el colchón con su mirada fija en el techo, intentando regular su respiración.
Su mente era un caos, aquel pétalo blanco seguía en su bolsillo, como si se tratase de una prueba silenciosa de lo que intentaba negar. Sabía su significado, sabía lo que estaba pasando y, lo peor de todo, sabía que no podía hablar con nadie.
De manera casi instintiva llevó su mano a su pecho, justo donde el dolor persistía, de manera profunda y constante. Hanahaki la palabra flotó en su mente como si de una sentencia se tratara. Su amor la estaba envenenando desde dentro y no había nada que pudiera hacer para detenerlo.
Cerró sus ojos con fuerza, intentando aguantar las lágrimas, como si aquello pudiera ahuyentarla de la realidad. Pero por más que intentara calmarse, porque la verdad era innegable: Aquello que sentía por Daniel la estaba matando poco a poco.