Impredecible (Libro4: Ellos)

Summary

Algunas personas llegan a tu vida con el poder de desafiar todo lo que creías conocer acerca de ti mismo. Jimin es la personificación del caos. Extraño y atractivo, es impredecible y único. Me vuelve loco de una manera que nunca había sentido antes. Nunca había experimentado un deseo como este y ahora me encuentro anhelando su toque y deseándolo de una manera en la que jamás había deseado a otra persona. Sin embargo, sé que no debería confiar en él. Jimin quiere algo de mí y de mi familia. Me observa a través de cámaras secretas, acechándome como si fuera una presa. Sin embargo, su voyeurismo me calienta. Quiero que me observe, que me atrape, que me consuma… Yo soy su obsesión y él es mi locura. Juntos, por más que sea absurdo, de alguna manera también tiene perfecto sentido...

Status
Complete
Chapters
17
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

1

Jimin



—Baun, ¿por qué te mueves tanto? —Suspiro ruidosamente, mis manos enguantadas tratan de mantener su cabeza quieta—. Tienes noventa años. No deberías moverte tanto. Te vas a romper la cadera o una cosa así.

Ella se mueve un poco más y yo frunzo los labios, tratando de aplicar lo último del tinte para el cabello en su cabeza balanceante.

Baun se ríe un poco, su boca se curva en una sonrisa atrevida. — Noventa no es tanto. Además, me quedaré quieta cuando esté muerta. Tengo que moverme mientras todavía puedo.

—No hables de morir —murmuro mientras exprimo lo último del tinte rojo en su cabello blanco—. Vas a vivir otros treinta años. Lo busqué. Es una cosa posible.

Ella me sonríe y yo parpadeo hacia ella. No estoy jodidamente bromeando. Baun vivirá para siempre si tengo algo que ver con eso. Voy a volverme un científico loco. Ya tengo las gafas y todo. Incluso podría hacer lo del pelo loco si le pongo un poco de esfuerzo.

Baun suelta una carcajada. —Eres tan divertido, Minie.

Bufo. —Sí, ya sé que lo soy. Sucede que sé eso sobre mí. Me hago reír a mí mismo todo el tiempo.

Ella continúa moviéndose y yo solo suspiro, permitiéndole. En cierto modo me recuerda a mi mejor amigo, Mingyu. Ese tipo nunca se queda quieto. Es como un saltador humano. Es por eso que la amo tanto. ¿Es posible que las ancianas tengan TDAH? ¿Es eso una cosa?

—Mi nieto es tan diferente a ti y, sin embargo, son tan parecidos. No puedo esperar a que ustedes dos se conozcan. Serán eléctricos juntos —dice después de un momento.

Oh, ya he oído todo acerca de su nieto, el imbécil escurridizo que no tiene tiempo suficiente para visitar a su abuela. No, ese idiota la dejó aquí para que se pudriera mientras él viajaba por todo Corea del Sur, viviendo la gran vida. En estos momentos está en Jeju, supuestamente haciendo algún trabajo de contabilidad. Ella me ha enseñado algunas fotos que él le envía. No hay forma de que ese hombre esté encorvado sobre una calculadora procesando números.

No, es un jugoso trozo de carne que ha dejado sola a su abuela mientras él se abre camino por todo el país. Casi puedo garantizarlo porque mis contadores nunca se han visto así.

Escucha, este es mi problema con ese imbécil. Si tuviera algún familiar, alguien como Baun, nunca lo dejaría. Me costaría mucho incluso irme de vacaciones. Probablemente me los llevaría conmigo... simplemente compraría una casa rodante y los estaría llevando a todas partes.

Y tal como están las cosas, puse cámaras por todos los pasillos de las instalaciones para asegurarme de que todas están a salvo. Nadie va a lastimar a mis damas. Y si lo hacen, conozco ciertas formas de deshacerme de un cuerpo. Con solo presionar un botón, desaparecerían sin dejar rastro para nunca ser encontrados.

—Bueno pues, no sé si quiero conocerlo —Respondo. Pero no hay convicción en mi voz, porque, la verdad es que, si Baun desea que nos encontremos, entonces pasará. Como si alguna vez pudiera decirle que no—. Oh, por el amor de Dios. Ya deja de rascarte la cabeza. Jesús, ahora mira. Tus dedos están rojos, pareciera que hubieras asesinado a alguien.

Sus ojos azul pálidos se encuentran con los míos y sonríe. —Minie, eres demasiado mandón. Tengo setenta años más que tú, no puedes decirme que hacer. Ya hemos pasado por esto.

—Bueno, pero de todas formas te doy órdenes y tú siempre me escuchas. Además, me dijiste que me amabas. Que pena, qué triste, ahora estás atrapada conmigo. Estuve privado de amor cuando era un niño — Suavemente coloco un gorro de ducha sobre la parte superior de su cabeza justo cuando hay un débil golpe en la puerta.

Baun se mueve para levantarse y suelto un siseo para que se quede sentada sobre su trasero. Estas damas están por todas partes. Maldita sea, si una de ellas se cae…

Tal como están las cosas, el andador de Baun se encuentra descartado en la esquina. Se lo compré hace tres meses y lo usa para albergar sus macetas con plantas. Me siento un poco insultado, si soy honesto. Esa cosa tiene jodidas ruedas todoterreno.

Camino los tres metros hasta la puerta y la abro.

—Viki, Mara, qué sorpresa tan encantadora —Digo, y Viki se ríe, dándome un fuerte abrazo.

—¿Cómo está mi niño? —Me pregunta y mi corazón se calienta. Sí, nunca he sido el niño de nadie. Mi mamá era una adicta al crack que amaba mucho más drogarse de lo que me amaba a mí, y mi papá está de por vida en la prisión. Nunca lo conocí. Honestamente, he sentido más amor paternal viniendo de estas tres mujeres en los últimos seis meses, que lo que he tenido en toda mi vida. Entonces, demándame por quedarme aquí. Mi terapeuta dice que necesito llenar el frasco hipotético de afecto que hay dentro de mí. Y permíteme decirte que en estos momentos está malditamente lleno.

¿Quién hubiera pensado que instalar las cámaras de seguridad y actualizar el Wi-Fi en un centro para personas mayores me llevaría por el camino a encontrar una familia?

Yo no, definitivamente.

—Mara, me encanta tu cabello —Le digo, admirando los brillantes mechones plateados que le había teñido hace dos días. Ahora vamos a juego—. Me estoy muriendo con el de Baun ahora mismo. Es rojo sangre.

—Qué espeluznante. No puedo esperar a verlo —Dice Mara y me atrae para darme un largo abrazo. Cuando nos separamos, les muestro el interior mientras sostengo a Mara, quién parece un poco más tambaleante estos días.

Maldita sea, ¿por qué no pude haberlas conocido hace diez años? Incluso hacía un año habría sido mejor que esto. ¿Por qué se siente como si cada día envejecieran más y más? ¿Qué diablos voy a hacer si una de ellas alguna vez…? Alejo esos pensamientos.

Eso no pasará. Treinta años para cada una, lo decreto.

Les preparo una taza de té verde a cada una de ellas mientras que se acomodan en sus asientos, charlando sobre lo que sea que está pasando en las instalaciones. He investigado esta mierda y es la más saludable que hay. Estoy tratando de que se comprometan a ser vegetarianas como yo, pero Mara se aferra a la carne como un hombre de las cavernas y a Viki le importa un carajo su salud.

Baun es la última reticente. Ya estoy cerca de llevarla al lado oscuro.

Aunque el otro día la escuché susurrar cosas sucias a un trozo de bistec antes de morderlo, así que tal vez no me encuentre tan cerca como pienso.

—¿Has oído hablar de Gong y Nalda? —pregunta Viki, y estiro el cuello para escuchar desde mi lugar en la pequeña cocina. Sí, soy una perra entrometida. El drama en este lugar a veces puede ser una auténtica locura, ¿quién se imaginaría que los ancianos actúan como adolescentes enloquecidos?—. Los dos finalmente están juntos.

—No jodas —murmuro para mí mismo, agarrando las tazas y llevándolas a la pequeña sala de estar. Cada apartamento es lo suficientemente pequeño como para que estas personas puedan moverse con el mínimo esfuerzo y, con mis piernas largas, generalmente puedo llegar de la cocina al dormitorio en menos de seis zancadas. El mobiliario también es escaso. Hay lo suficiente para mantenerlos felices, pero no demasiado como para que se convierta en un peligro de tropezar.

Mientras paso las tazas, les advierto: —No vayan a quemarse la lengua, ¿de acuerdo? No lo hice tan caliente, pero... maldita sea, Baun, ¿por qué te lo tragas así? ¿Qué acabo de decirles?

Ella me sonríe con picardía. Esa pequeña descarada, siempre causando problemas y dándome ataques al corazón y esa mierda. Cuando eres tan viejo, dejas de sanar con tanta facilidad. Mierda, ayer mismo me dijo que quería hacerse un tatuaje. Estuve a punto de desplomarme por el impacto. Le dije que absolutamente no, que existía un alto riesgo de infección.

Ella solo puso los ojos en blanco. No me toma en serio en lo absoluto. Si ella se escapa y hace algo tan salvaje como eso, puede que tenga que recurrir a medidas extremas. Todavía no sé cómo sería eso, pero lo resolveré. Tendría que ser lo suficiente como para disuadirla sin lastimarla. Se hará un tatuaje sobre mi cadáver.

—Bueno, pues bien por esos dos. Nunca se es demasiado viejo para enamorarse —dice Mara, ignorando mi pequeña diatriba sobre los riesgos de seguridad.

—O para meterlo —Agrega Viki, soplando en su taza y luego bebiendo.

Me estremezco un poco al imaginar a dos viejos arrugados follando, mientras alzo los pies y reviso mi teléfono. Tengo que asegurarme de enjuagar el cabello de Baun en unos cuantos minutos. Le llevará también algo de tiempo cojear hasta el baño. Se mueve más lento que la melaza.

Hace tres meses, cedí y compré una silla de salón portátil para que pudiera usarla en sus baños y que de esa forma no terminaran lastimándose la espalda cuando les enjugara el tinte. Sí, sí, sé que hay un salón en este lugar, pero lo hago mejor que puedo y las tinturo con colores salvajes que todos han estado adulando.

Los tatuajes están prohibidos, pero seguiré haciendo que sus cabellos sean brillantes y coloridos si eso es lo que quieren.

—¿Y te enteraste de cómo Seok trató de esconder a esa prostituta debajo de su cama la semana pasada? Ahora están hablando sobre echarlo —Dice Mara.

—Se lo merece —Viki responde—. Nunca debería de haber empujado a esa pobre dama ahí abajo. Debió tratarla con un poco de respeto, al menos ofrecerle el armario o la despensa.

Las miro a las dos y Mara me da una palmada en la rodilla. —Ya es suficiente de ellos, ¿tú que has estado haciendo hoy, cariño?

—Planeando la dominación total del mundo —Gruño y luego empujo un poco a Baun—. Pasé un rato con esta señora aquí. La llevé a desayunar. Intenté enviarles un mensaje de texto a ustedes dos, pero ninguna respondió a sus teléfonos y tampoco abrieron sus puertas.

—Estábamos ocupadas —Dice Mara, y levanto una ceja hacia ellas.

—¿Haciendo qué?

—Yo estuve tejiendo unos pijamas para ti, y Viki estuvo escuchando el audiolibro que le regalaste.

Me hincho de felicidad al saber que Viki está usando la subscripción que le compré. Era una ávida lectora hasta hace poco, cuando comenzó a perder la visión. Y por supuesto, tan pronto como me enteré, vine al rescate. Hablé con su hija y le conseguí un teléfono celular simple con una aplicación.

Le tomó algo de tiempo entenderlo, pero ahora tiene sus auriculares puestos la mayoría de los días, escuchando los libros que le he descargado. Y déjame decirte que son libros muy traviesos. Los apruebo de todo corazón.

Miro hacia abajo, a mi teléfono. —Muy bien, Baun, es hora de enjuagar.

Me pongo de pie y la ayudo a levantarse del sofá, guiándola al baño y a la silla de salón.

—Te va a encantar —Le digo mientras la inclino suavemente hacia atrás y enjuago el color de su cabello.

Mientras observo que el agua cambia de transparente a roja, los ojos de Baun se cierran y se queda dormida un rato. Últimamente se ha estado quedando dormida con más frecuencia. No sé qué significa eso, pero me pone jodidamente nervioso. Lo he buscado en Google y parece ser que es algo normal, pero no me arriesgo. Pienso llevarla pronto a un médico.

Acondiciono su cabello, luego lo enjuago una vez más, y mientras masajeo la toalla sobre su cabeza, digo: —Está bien, señora. Es hora de despertar. Despierta.

Abre los ojos con un resoplido y parpadea hacia mí.

—Me despertaste de un gran sueño.

—No me cuentes ese sueño, Bauny. Mi cerebro no podrá manejarlo.

Ella me sonríe y yo pongo los ojos en blanco. Déjenme que les diga, yo no me avergüenzo con facilidad, pero maldición, las cosas que Baun dijo la semana pasada luego de una siesta… Admito que estaba un poco disgustado, pero también intrigado. No sé qué travesuras hizo Baun en su vida pasada, pero mierda, parece ser que era una fuerza a tener en consideración.

—Déjame secarte y luego podemos hacerte lucir como la maldita supermodelo que eres.

Es su turno de poner los ojos en blanco, pero aun así, me deja jugar con su cabello hasta que está peinado como a ella le gusta.

Cuando regresamos a la otra habitación, Viki está jugando con el control remoto del televisor y Mara está mirando su teléfono, frunciendo el ceño hacia la pantalla.

Ayudo a Baun a sentarse y luego ocupo el lugar junto a Mara.

—¿Qué hiciste? —Le pregunto, porque con estas damas siempre hay algo.

Ella suspira pesadamente, el peso del mundo sobre sus hombros.

—Le pasé un mensaje a Hana y se desapareció. No puedo encontrarlo.

Tomo el teléfono de entre sus dedos. —Déjame mostrarte a dónde se fue —Le digo, presiono algunos botones mientras le explico cómo recuperarlo. Está escuchando atentamente, pero no recordará cómo hacerlo. No es la primera vez que lo explico. Es por eso que la mayoría de mis mensajes permanecen sin leer hasta que voy con ellas, abro la aplicación y se los leo en voz alta.

La verdad, no sé por qué me sigo molestando en enviar mensajes de texto.

Llamar nunca es algo seguro tampoco. La mayoría de las veces no recuerdan llevar sus teléfonos con ellas, o siquiera tenerlos encendidos.

—Eres un regalo del cielo —Chilla, arrebatándome su teléfono y mirando los mensajes en la pantalla.

—Tu hijo te compró un teléfono que es demasiado difícil de usar para ti.

—Ya lo sé. Es una cosa de la era espacial, Minie. Star Trek no tiene nada que envidiarle.

Bufo una carcajada. —Es cierto. Investigaré y encontraré algo mejor y más fácil de usar.

—Okey —dice, apaga la pantalla del teléfono y se lo mete en el brasier—. Viki, encuéntranos algo divertido que ver antes de que me muera de aburrimiento.

Será mejor que estas señoras dejen de hablar de morir. No puedo soportarlo… me pone ansioso.

Viki me mira y me guiña un ojo, leyendo mi mente.

—Todavía nos quedan años, Jiminie. Años.

Y Dios, jodidamente espero que así sea. No quiero haber encontrado finalmente a mis personas, solo para que sean arrancadas de esta tierra. Mi corazón no podría soportarlo. Mi mamá murió hace tres años, y me importó una mierda. Era una madre horrible y una persona terrible. Pero la idea de que Baun, Mara o Viki, un día no despierten nunca más, hace que se me revuelva el estómago.

O diablos, que puedan adquirir demencia lentamente y se terminen olvidando de mí.

He tenido pesadillas sobre eso.

—¿Qué tal está? —Pregunta Viki, señalando la televisión—. Parece obsceno.

Veré cualquier cosa ahora mismo. Necesito dejar de pensar en esa mierda deprimente.

Dos horas más tarde, retiro los pies de la mesa de café y me pongo de pie.

—Muy bien, chicas. Tengo cosas que hacer, así que tengo que irme. Además, todas ustedes necesitan sus siestas. ¿Las veré mañana?

—Nos vemos mañana —Canturrean y me inclino para abrazarlas a cada una de ellas antes de presionar un beso en la mejilla de Baun. Las adoro a todas, pero maldición, Baun es especial. Hay algo en ella que me llama a un nivel más profundo.

Ella y yo somos como una especie de almas gemelas. Si alguna vez hubiera tenido una madre, una madre de verdad que cuidara de mí como debería haberlo hecho, esa habría sido Baun. Es todo lo que podrías querer en una madre: amable, amorosa, tolerante y, en general, una persona maravillosa.

Cómo se las arregló para tener un nieto como el que tiene, nunca lo sabré.

—Adiós —Le digo.

—Te amo —Me dice en voz baja, y parpadeo furiosamente, sintiendo como me pican los ojos.

Me lo dijo hace dos meses y me lo sigue diciendo cada vez que la veo, y todavía no me acostumbro. Hace que mi corazón palpite cada maldita vez.

No creo que nadie en mi vida me lo haya dicho alguna vez, Nunca. Hasta ella.

Todavía no entiendo cómo alguien puede dar algo así tan libremente. Es una cosa sagrada. Pero ella lo hace. Me lo dio a mí.

—También te amo —respondo, esas palabras siempre salen ahogadas.

Bueno, jódeme. Nunca puedo decirlas sin que me tiemble la voz. Por alguna razón, me dan ganas de llorar como un bebé.

Y la verdad, es que la primera vez que me lo dijo, lloré. Llegué a mi auto, me agarré al volante y lloré.

Pero no puedo hacer eso cada vez que ella lo dice; Necesito mantener un poco el control. Jimin Park solo llora cuando es absolutamente necesario. Tengo la piel de teflón. Soy un maldito lagarto.

—Envíenme un mensaje de texto si me necesitan —digo, y luego me doy cuenta de que ninguna de ellas lo hará. No sé por qué me molesto siquiera en decirlo. Chequearé las cosas con ellas una vez llegue a casa.

Como dije, puse cámaras de video en todas partes. Bueno, excepto dentro de sus apartamentos. Ahí tracé la línea. No quiero ser todo un fenómeno y ver a Mara caminando por ahí sin su sostén. Ella me dijo que lo hacía.

Y mis ojos no necesitan ver eso.

Mientras salgo por la puerta, casi tropiezo con un hombre que ronda por el pasillo. Se sobresalta un poco cuando casi choco contra él, y luego me ofrece una suave sonrisa.

—Hola —dice, tiene una voz suave y rica—. Um, ¿sabrás si Eunyi está por aquí o en qué habitación puedo encontrarla? Me dio el número de habitación equivocado y no contesta a su teléfono.

—¿Y tú eres? —Pregunto, escéptico de este tipo. Es demasiado malditamente encantador. Nunca confíes en un hombre que sonríe con tanta facilidad o que tiene una voz tan sexy. Es la clase de tipos que roba a la gente ciega.

—Oh, soy su nieto, y este es mi hijo, Daniel.

Miro al niño de cabello castaño que parpadea hacia mí, luego abro un poco la puerta y grito: —Baun, Viki, ¿En dónde se queda la nueva dama?

—¿Qué dijo? Mi audífono no funciona —Baun grazna.

—Qué mala calidad —Exclama Viki—. Debería simplemente tirarlos, como la cocaína.

Levanto mi dedo hacia el hombre y el niño y luego me acerco a ellas. Me inclino y pregunto en voz alta: —La nueva dama, ¿en dónde está?

—Oh, en la habitación 133.

—¿Oíste eso? —Pregunto mientras camino de regreso a la puerta y me apoyo contra el marco.

El hombre asiente y extiende su mano hacia mí.

—Gracias. Y por cierto, soy Eunwoo.

Miro su mano y luego deslizo la mía contra su palma. —Minie. Encantado de conocerte.

Podría follarme a este tipo. O él podría follarme a mí. Podría ser de cualquier forma, la verdad. No discrimino. Aunque, parece que es un poco demasiado agradable. Y en general, no me suele gustar mucho eso en el dormitorio. Prefiero que la gente no sea tan educada mientras nos ponemos manos a la obra. Y él parece del tipo que agradecería a la otra persona después del sexo; me estremezco de solo pensarlo.

No, lo quiero sucio y grosero, gracias.

—¿Por qué tu cabello es de ese color? —Pregunta el niño a su lado, y me agacho hasta que estamos a la altura de los ojos.

—Lo tiño de este color.

—¿Por qué?

—Porque me gusta. ¿De qué color debería teñirlo luego?

Mira a su padre como si le pidiera permiso y luego dice: —Azul. Es mi color favorito.

—Hecho —digo, y luego levanto la mano para chocarle los cinco.

El pequeño idiota me da una palmada en la mano un poco demasiado fuerte, y la sacudo con un silbido. —Buena esa, chico.

Cuando me enderezo, Eunwoo está sonriendo suavemente y… Ah, no. Nope. No pienso ir ahí con este tipo. El hombre quiere que alguien le críe a su hijo y sea un papi.

Yo nunca tuve un padre, y definitivamente no sé cómo ser uno. Nunca seré uno.

—Probablemente deberías seguir tu camino —digo, señalando con la cabeza hacia la salida. Yo tengo una cita a la que no puedo faltar.

Eunwoo está de acuerdo y agarra la mano del niño.

—Gracias de nuevo y tal vez nos encontremos en algún momento, Minie.

—Suena como un plan.

Me estoy alejando cuando Eunwoo me detiene. —Oye, la verdad, ¿tal vez te gustaría intercambiar números? Ya sabes, en caso de que pase algo con tu abuela o la mía.

Dejo que mis ojos lo recorran.

—Oh, eres un zorro astuto, Eunwoo.

Me sonríe, luciendo demasiado inocente, y yo pongo los ojos en blanco. —Bien.

No corrijo que Baun, Mara y Viki no son técnicamente mis abuelas. Para todos los efectos, sí lo son. Son mías.

Saco mi teléfono y cuando terminamos de intercambiar números, continúo mi camino y me despido de Dang, que se sienta detrás del mostrador de recepción. Su rostro se sonroja cuando nuestros ojos se encuentran.

Creo que está enamorado de mí. Probablemente coqueteé un poco demasiado fuerte con él cuando aparecí por primera vez hace seis meses. Y ya sabes, cuando continué viniendo todos los días desde entonces. No puedo evitarlo. Soy un tipo coqueto. El problema es que Dang no me provoca nada.

No es algo que me detuviera. Seguro me lo follaría. Y creo que él también me dejaría. Probablemente sea un pasivo agradable y obediente. Pero hablaba enserio cuando decía que lo quería duro. Deseo la angustia. Deseo el anhelo. Quiero una cogida contra la pared, con la ropa todavía puesta porque estoy tan desesperado por ello como la mierda.

Dios, ha pasado un tiempo desde que el sexo me hizo jadear y gemir. Quiero sentirme como un animal y rogar por ello. Todo salvaje y crudo.

¿Acaso es mucho pedir?

Salgo de las instalaciones y el calor del verano es casi insoportable mientras corro hacia mi auto. Mi piel pálida no puede soportar los rayos del sol. Me pongo tan rosa como el algodón de azúcar, si me quedo fuera demasiado tiempo. No es que haya nada malo con el algodón de azúcar.

Me encanta esa mierda. Me encanta cómo desaparece tan pronto como toca mi lengua. Es como magia.

Saco mi teléfono y lo miro.

—Maldición —Murmuro. Voy tarde a este trabajo. Me dirijo a una oficina para hacer algunas cosas de TI muy básicas, por las que me pagan una tonelada de dinero.

Una ola de pánico me atraviesa y empiezo a sudar. Sin embargo, tomo el control, lo sujeto y aminoro el paso.

Ellos pueden esperar. El hombre que llamó había sido un idiota en el teléfono de todas formas, exigiendo esto y aquello. Era una llamada urgente de última hora que solo atendí porque soy una buena persona.

Solo soy grosero cuando está justificado.

Lo cual sucede con bastante frecuencia. La gente es bastante horrible, la verdad. Aprendí esa lección desde un inicio.

Entonces, sí, el Sr. Jeon puede esperar mientras cruzo la ciudad. Tal vez incluso me detenga y compre algunos bocadillos. Y por algunos quiero decir que deseo todo el maldito mini-mart en mi automóvil. Quiero toda la bondad que el azúcar puede comprar.

Y ese tipo esperará.

Porque yo soy el mejor en lo que hago y él lo sabe.