1. El Pasado
Hace un tiempo atras...
Cumpleaños número 19 de los mellizos Park
Todo era oscuro, había un aroma particular a tabaco que le abrumó e hizo arder su nariz, nunca le gustó ese aroma, lo repudia era tan asqueroso como meter la cabeza en un bote de basura. Nunca podía estar cerca de alguien que fumaba y le echaba el humo en la cara como si eso fuera atractivo o divertido, si alguien se atrevía a hacerle eso, le pateaba las bolas.
Pero en ese instante, se sentía como si no fuese capaz de hacerlo. Todo se veía tan grande desde su posición y él, él se sentía distinto, diminuto, inocente, frágil como una copa de cristal que al caer se rompería en mil pedazos.
Su pecho comenzó a subir y a bajar cuando la puerta se cerró tras su espalda, estaba sentado en su camita, abrazando al señor Charly, un oso de peluche con un lacito rojo que tenía uno de sus ojos cosidos por falta del botón. Percibió pisadas cuando la tormenta inició, su pechito subió y bajó con más velocidad que antes y sus inocentes ojos se cerraron cuando el relámpago iluminó la habitación, mostrando en la pared la silueta de alguien que enseñaba las garras y sonreía macabro.
Se volteó, con lágrimas en sus ojitos para enfrentar al monstruo de su habitación que se había infiltrado, abrió la boca y gritó para llamar a sus padres, pero el monstruo le arrebató las palabras tan pronto como pudo y el señor Charly cayó de sus bracitos para llorar en el suelo cuando su mejor amigo era devorado por el monstruo.
Dolor, mucho dolor, olor a tabaco, relámpagos iluminando la espalda del monstruo, sangre en las sábanas escondida entre la oscuridad y las gotas de lluvia golpeando contra su ventana. Intentó huir, pero lo atrapaba entre sus brazos como si fuera a abrazarlo, trató gritar por ayuda, pero le cubría su auxilio con una mano seca y fría.
Y le dijo: “Pequeña muñequita, ¿No quieres jugar conmigo?”
Despertó alterado de su cama para sentarse y observar su habitación, no era la misma de su sueño, no habían paredes altas ni repisas con cosas extrañas que un infante no entendía. Pero igual que su sueño, su pecho subía y bajaba errático mientras intentaba regular su respiración.
—¿WooYoung? — se sobresaltó, lanzando un pequeño grito cuando un peso hundió la cama a su lado y la voz inundó sus pensamientos junto a un toque más cálido que el de la mano áspera en su sueño —Tranquilo, soy yo, ¿Estás bien?
YeoSang se veía preocupado, vistiendo su camisón a medio acomodar y su cabello con pequeños tubitos para tener sus rizos deseados a la mañana siguiente. En otra circunstancia se habría reído y le habría dicho a su hermano que se parecía a una de esas señoras amargadas con cinco hijos, pero estaba demasiado conmocionado como para burlarse de YeoSang en ese momento.
—No… no lo sé — tembló cuando YeoSang lo tomó de las manos, mirándolo atento, arqueando las cejas de preocupación cuando comenzó a acariciar el dorso de sus manos con los pulgares.
—Gritaste horrible, cariño, ¿Seguro que no te pasó nada?
—Creo… creo que tuve un sueño — murmuró, mirando a su hermano atentamente después de captar la información. Ahora entendía porque su garganta se sentía tan seca, además de las lágrimas que yacían húmedas aún en sus mejillas. YeoSang se sorprendió un poco, aumentando más su atención.
—¿Un sueño? ¿Qué sueño?
WooYoung se quedó pensando, intentando buscar entre su memoria algo que pudiera explicar la razón por la que se había levantado tan abrupto, pero no pudo, y era extraño, no recordaba nada.
Su mente estaba en blanco y su último recuerdo era haber peleado con su madre en la cena.
—No lo sé… — murmuró, sin poder levantar la voz, por más miedo que tuviera, no podía despertar a sus padres, se ganaría gritos de su madre y una mirada fea de su padre —Solo recuerdo… un toque frío, y una voz áspera, pero no recuerdo sus palabras, ni tampoco lo que estábamos haciendo, solo… siento un miedo terrible en mi pecho, Sangie, no sé que es, pero se siente terrible.
—Mmm, ya veo — se acomodó mejor sobre la cama, sin dejar de soltar las manos de su hermano cuando se aferraron con más fuerza a su calor —Mi maestro de filosofía dice que, así como los ojos son ventanas del alma, los sueños son puertas a nuestros peores miedos. Quizá… tuviste un día pesado y tu mente hizo eso con uno de tus sueños, tal vez solo sea uno de tus más grandes miedos, cariño.
—¿Crees? — lo miró atento, con grandes ojos mientras YeoSang le sonreía cálido, acariciando su mejilla.
—Claro, pero no te preocupes, solo fue un sueño, querido hermano — le besó la mejilla, levantándose para acomodar las sábanas y empujarlo levemente del pecho hasta hacerlo acostarse nuevamente —Ahora duerme, mañana es nuestro cumpleaños y mamá hizo una fiesta para los dos, probablemente mañana vengan Yuyu y Hwa, ¿No te gustaría verlos?
—Muero por hacerlo — se dejó mimar, permitiendo que YeoSang le acomodara las sábanas y le acariciara el cabello con delicadeza. Su mellizo definitivamente sí estaba hecho para la maternidad, no tenía ni la edad digna para tener hijos y ya se comportaba como toda una madre cariñosa —Gracias, Sangie.
—No te preocupes, cariño, duerme.
Pero no hubo ese “te quiero” de todas las noches, supuso que YeoSang seguía resentido por todas las veces que habló del tal San y ahora estaba pagando con la ausencia de los “te quiero” y el besito en la frente antes de dormir. Pero lo ignoró, durmiendo de nuevo cuando YeoSang se acomodó en la cama de la habitación que compartían, dándole la espalda, sumergiendo la estancia con un silencio sombrío que le hizo sentirse como un pequeño polluelo perdido entre las ramas infinitas de un bosque de sufrimiento.
Y simplemente le dio la espalda también, durmiendo porque, efectivamente, mañana sería un día demasiado largo, repleto de gente que apenas conocía.
Para cuando la mañana llegó, YeoSang no estaba en su cama al momento en el que abrió los ojos, simplemente se encontraban las ventanas con las cortinas abiertas permitiendo que los pájaros cantarán en el árbol contiguo a su hogar y, frente suyo, en un gancho que colgaba de los extremos de las puertas del armario, estaba el bonito vestido que YeoSang había elegido para esa fiesta en la tarde.
Lo ignoró, así como ignoró el pesado sentimiento que nació de él cuando recordó que su madre no le había comprado a él, ni siquiera su padre se molestó en hacerle un regalo que pudiera modelar frente a sus invitados.
Simplemente se levantó, encontrando a un montón de gente andando de arriba a abajo sacando sillas hacia el patio trasero y moviendo de un lado para otro adornos preciosos de flores con lazos amarillos, el color favorito de YeoSang. Ni siquiera se tomaron la molestia de poner rosas rojas en su honor, con lo mucho que le gustan esas flores, o cualquier flor roja, en cambio todas eran rosas y blancas, ningún color fuerte ni sombrío, todo demasiado pastel.
Se preguntaba dónde estaban sus padres, la cocina estaba inundada por los cocineros que tenían preparado un buffet y la sala estaba vacía, pensó en buscar a YeoSang pero antes de siquiera encaminarse a ello, su hermano pasó a su lado corriendo a prisa cuando el timbre hizo eco por toda la casa. Se quedó callado, simplemente viendo a su hermano sonreírle al cartero que le entregó algo y lo hizo sonrojar con un cumplido que le dijo, YeoSang le agradeció con una reverencia y se retiró hasta la oficina de su padre donde estaba el único teléfono fijo de la casa, pasando eventualmente a un lado de WooYoung de nuevo.
—Yeo-
—Ahora no, tengo que llamar a San — lo interrumpió cortante, sin dejar de mirar el paquete que iba abriendo en el camino hasta encerrarse en la oficina de su padre, pasando por la sala, dejando a su mellizo de pie como estúpido entre esa sala y la cocina, mirando su espalda hasta que desapareció.
Lo correcto hubiera sido irse para buscar algo de desayunar y darse una ducha porque ya era tarde, pero por alguna razón, sintió que tenía que quedarse y, para peor, escuchar, era un mal presentimiento que llenaba su pecho y crecía hasta que lo obligó a caminar hasta la puerta de la oficina de su padre y la abrió un poco con máximo silencio, dispuesto a escuchar la plática. Apenas asomó un ojo, notando a YeoSang sentado en el suelo, frente al escritorio de abedul, con el teléfono entre su oreja y su hombro mientras abría el paquete y hablaba hasta por las orejas. Nunca había visto a su mellizo ser tan parlanchín como en esos momentos.
—El cartero llegó y me preguntó que si yo era YeoSang, le dije que sí y me puse tan feliz cuando escuché que me habías mandado un regalo — terminó de quitar la primer capa de cinta adhesiva, abriendo la caja para sacar un paquete bien envuelto por plástico de burbujas —Tambien me dijo que me veía muy bonito con mis rizos rubios, me sentí lindo.
Su hermano siguió sonriendo, incluso sus mejillas se pintaron de un tono rojizo hermoso que a WooYoung le dieron tantas ganas de besar varias veces hasta que YeoSang le metiera un codazo en el estómago, pero en un instante, toda felicidad desapareció cuando se sentó recto, tenso, y tomó el teléfono con una mano, dejando por completo de lado el paquete.
—¿Por qué me hablas así? — preguntó quedito, medio tembloroso —Sí, me dijo eso, pero no es para que me hables así, Sannie, sabes que yo solo tengo ojos para ti… — YeoSang bajó la cabeza, aferrándose al teléfono —Lo entiendo, pero yo te quiero a ti… — más silencio, seguro el tipo seguía reclamándole —Te entiendo Sannie, pero no es para que me llames fácil y corriente, ¿Sabes? No pensé que el comentario del cartero fuera a molestarte, lo siento…
Suficiente, WooYoung ya había tenido suficiente de ese tipo engreído que no conocía y que no quería conocer por ninguna circunstancia, y viendo esto, mucho menos quería hacerlo. ¡¿De verdad el prometido de su hermano lo trataba de esa forma, cuando merecía ser tratado como un ángel?! Denigrante, inaudito, no iba a permitir que ese hombre siguiera diciendo sus mierdas a su hermano.
Sin pensar en las consecuencias, ni en lo que pudiera pasar en su vida de ahora en adelante, se metió en la oficina, pateando la puerta con tanta fuerza que YeoSang saltó en su lugar, dejando descuidado el teléfono que WooYoung tomó de inmediato para hablar sin siquiera escuchar la voz del otro lado.
—Escúchame maldito vulgar, corriente, arrastrado, perro idiota de mierda; a mi hermano no le vas a decir tu porquería de vocabulario, ¿Me oíste? ¿Quién te crees maldito pito chico, tetas de chango y cerebro de pasa? ¡¿Eh?! ¡No eres nadie para insultar a mi hermano y te juro que te voy a encontrar imbécil, te voy a cortar tu puta lengua y el pene y te juro! ¡Escúchame, putito! ¡Te los voy a dar de comer para que tengas mierda en la boca! Así que escucha bien mis palabras — hizo una pausa, hablando más despacio, con su clásico tono amenazante —Le vuelves a decir fácil y corriente y la próxima fácil y corriente que te topes te va a hacer ladrar, perra, y no querrás conocer a la fácil y corriente que te está hablando ahora mismo, porque te juro que te vas a quedar sin cara de la putiza que te voy a dar.
Y simplemente colgó, dejando bruscamente el teléfono sobre su lugar para voltearse victorioso hacia su hermano, sonriendo como si hubiera sido el héroe del día, pero borrando su suficiencia cuando YeoSang lo empujó de los hombros, haciéndolo tambalear, notando de esa manera las lágrimas que descendían por el hermoso rostro de ángel de su mellizo.
—¡Eres un idiota, WooYoung! ¡¿Por qué carajo te metiste?! ¡No tenías que hacerlo, ahora Sannie seguro no va a querer hablarme nunca!
Frunció el entrecejo, con la pregunta “¿Qué?” grabada en toda la frente.
—¿De qué hablas? Ese idiota te insultó.
—¡No lo decía en serio!
—¡¿Cómo no iba a decirlo?!
—¡No lo conoces! ¡No conoces a San como yo lo hago! ¡Él es bueno y estoy seguro que enseguida iba a perdonarme! ¡Estaba celoso porque no nos vemos desde hace mucho y tiene miedo de perderme! ¡Tú eres un grosero, un idiota y un maldito entrometido! ¡Al fin estoy haciendo las cosas bien para vivir una vida digna y tú te metiste! ¡No quiero ser como tú! ¡¿Oíste?! ¡Yo ya estoy luchando por mi vida mientras que tú te sigues prostituyendo y echando tu vida a perder!
WooYoung lo miró fijamente, sin creer que su pequeño ángel le había hablado de esa forma, lucía enojado, las mejillas las tenía rojas y de sus ojos no paraban de descender lágrimas.
Sus palabras le dolieron, las había escuchado de su madre antes, pero nunca le habían dolido, que YeoSang lo considerara un estorbo dolió más, que lo insultara lo mató, pero pensó, así era él, tenía todo lo que cualquier Alfa pudiera desear, tenía clase e integridad, tenía labios rojos hermosos y caderas que cualquier hombre desearía tener entre sus manos.
Era una jodida perra, sí, ¿Y qué? Si YeoSang no quería que se metiera en su vida, entonces su mellizo no sería bienvenido en la suya.
—Claro, ya entiendo — sonrió, intentando disimular la ira —Entonces vete a la mierda.
Le alzó el dedo de en medio y simplemente se fue, para sentarse ahí a llorar, porque aunque se sintiera como la jodida perra más codiciada de todo Horizon, el pecho le seguía doliendo, el rechazo de quién consideraba su alma gemela, su compañero de toda la vida, su confidente, su apoyo, le dolía.
Y lo decidió, aunque antes ya había pensado en eso y hasta sus cosas ya estaban guardadas en una maleta, tenía la ligera esperanza de que ese día cambiara después de que YeoSang le tratara lindo por su pesadilla. Pero todo era una mentira. Todos eran unos falsos, mentirosos que se aprovechaban de la vulnerabilidad para mostrar un poco de empatía y, de un momento a otro, ya no había nada de eso.
Su madre ni siquiera lo trataba tan mal cuando YunHo y SeongHwa estaban ahí a diferencia de ahora que ya no se encontraban en su habitación, su padre no lo había ignorado tanto ni tampoco le había comprado tantos regalos a YeoSang para dárselos en su cara, preguntándole si le había comprado a él para recibir un cruel: lo olvidé.
Se iría, y les demostraría a sus padres y a YeoSang que él no era ninguna prostituta ni mucho menos, que él era digno de admiración, tendría una familia tradicional, se casaría, tendría su hogar y tendría a sus hijos, hasta adoptaría un gato y todo, les demostraría que era capaz de ser decente.
Pero para eso, tenía que irse cuánto antes.
Tal como se lo esperaba, la fiesta de cumpleaños giró en torno a YeoSang, hasta parecía que sus padres habían olvidado que era su cumpleaños porque en la lona decorada habían colocado su nombre con plumón negro a un lado del de YeoSang que era grande y rosa, rodeado de flores blancas, con letra cursiva y todo.
Era patético el haberse quedado, más cuando YeoSang le daba miradas de burla, presumiendo cada regalo que le llegaba, incluso soltó indirectas cuando bajó mostrando su bonito vestido.
Negó decepcionado, su hermano no era así hasta que conoció a ese San, es como si lo hubiera envenenado y ahora era otra persona, su mellizo antes era un ángel, no había envidia ni malas miradas, era incapaz de insultar y siempre buscaba refugiarse en los brazos de cualquiera de sus tres hermanos. En la calle ni siquiera sabía defenderse, cuando un Alfa horrible los interceptaba, YeoSang se aferraba a su brazo y dejaba que WooYoung los amenazara con arrancarles el miembro viril con una pala.
Y ahora, hasta se burlaba de lo patético que se veía en una esquina oscura, cruzado de brazos, sin ser notado por nadie.
Eventualmente, se largó de ahí porque no tenía nada que hacer, salió por la puerta trasera y tomó a su yegua color caramelo, dándole un besito antes de montarla y dirigirse apresurado hasta el pueblo, en el bar donde todos lo conocían, para encontrar un buen polvo con el que pudiera cantar feliz cumpleaños. Al llegar, se colocó en la barra para pedir algo y enseguida los Alfas se le juntaron como moscas a la luz, pero hubo uno, alto, de hombros anchos, barba recortada y cabello negro peinado hacia abajo, algo largo, ondulado, pero no era su apariencia lo que le atrajo de entre los demás, porque juraba que había visto hombres más lindos que ese, era su aroma lo que llamó su atención. No distinguía los demás, pero había uno en específico que le hizo saltar hacia él.
Olía a mora azul.
—Hola guapo, ¿Vienes solo? — le preguntó, aunque usualmente eso le importaba en lo más mínimo. Estaba desesperado, se colgó del cuello del hombre y lo dejó en claro, sonriendo con coquetería que enseguida las manos del ebrio Alfa se aferraron a su cintura.
—Oh, que delicia. Claro precioso.
—Hoy es mi cumpleaños, ¿No quieres festejar conmigo? Podríamos bailar y… — le acarició el pecho, soltando la mayor estupidez del planeta —Podría soplar tu vela — pero algo que había aprendido, es que ese tipo de comentarios imbéciles les encantaban a los Alfas como el que lo sostenía.
Él asintió.
Y aunque se sintió horrible como siempre, no pudo detenerse. Ni el espléndido aroma a mora azul hizo que el sexo fuera decente, pero por alguna razón, no podía parar. Era un veneno que se había metido a su sistema y lo estaba arrastrando hasta el vicio, no podía salir de ahí, estaba enterrado en un agujero sin salida, adicto al asco de unas caricias horribles y chupones en su cuello y pecho, adicto a la terrible sensación de un pene que lo molía por dentro.
Pero no podía detenerse.
Se ahogaba, pero no podía detenerse.
Lloraba, pero no podía detenerse.
Dolía, pero no podía detenerse.
Tenía miedo… pero no podía detenerse.
La noche llegó y el tipo le entregó las monedas que habían acordado más unas extra por la sesión que tendrían en la mañana. WooYoung pensó en huir, pero estaba exhausto, su cuerpo sucio y maltratado apenas soportó el agua caliente cuando cayó en ese motel de dos estrellas. Cuando salió del baño, la luna resaltaba sobre el balcón, hermosa, llena, iluminando un cielo oscuro.
Pero la ignoró, porque se veía tan hermosa y deprimente que quiso ignorarla.
La mañana llegó sobre Horizon y el sol iluminó los primeros edificios cuando salió de su escondite de entre las montañas. El tipo lo levantó con su polla en su cara, pretendiendo calentarlo como hoguera con eso, y recordando su acuerdo, no tuvo otra opción que meterlo a su boca.
Estaba condenado.
Y estaba muchísimo más condenado por todo lo que significaba huir, dejando atrás a su familia, a su vida fácil.
Y al hombre que lo había hecho firmar con su nombre, atando de por vida su alma a ese bar que dejó atrás cuando tomó el tranvía.