La tentación de Aleksander

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Summary

El acorta la distancia que nos separa acorralandome contra los libros y el miedo entumece mi cuerpo. Sin saber que hacer bajo mi mirada al suelo, el toma mi mentón y me obliga a mirarlo. Sus ojos duros y frios se clavan en los mios. Aleksander se inclina hacia mi y su aliento cálido roza mi piel. —Mientes. ¿Y sabes como lo sé?—pregunta sin esperar una respuesta.—Porque tu oído se pone rojo cuando lo haces. Con un gesto suave, aparta un mechón de mi cabello, revelando mi oído enrojecido. Siento cómo sus ojos bajan por todo mi cuerpo tembloroso.

Genre
Romance/Erotica
Author
Luz
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

UNO

Me desperté cuando el sonido de la alarma rompió el silencio de la habitación. Somnolienta, estiré la mano hasta lograr silenciar el molesto ruido y volví a hundir el rostro en la almohada para dormir un poco más. Sin embargo, a los pocos minutos, mi madre golpeó suavemente la puerta antes de entrar.

—Despierta, Esma, el desayuno ya casi está listo.

Respondí con un gruñido y me cubrí el rostro con la almohada.

—¡Esma Venecia Morrow! Te levantas ahora o lo hago yo —amenazó.

De un salto, me levanté de la cama.

—Alístate y baja —ordenó, cerrando la puerta.

Con pasos lentos, me dirigí al baño y me di una larga ducha fría para despejarme del sueño y el calor. Al salir, me coloqué un jogger gris y una camiseta holgada. Arreglé mi cabello en una simple coleta baja y me rocié un poco de perfume.

Bajé a la cocina y acaricié a Zanahoria; él respondió con un maullido.

—Buen día —saludé.

—Buenos días, hija —respondió, esbozando una sonrisa.

Me senté en la mesa y la observé en silencio mientras terminaba de untar mermelada en una tostada.

Mi madre es una mujer muy hermosa: cabello rubio, tez clara, ojos color avellana y el rostro repleto de pecas. Esbelta y de 1.78 de altura. Muchas veces deseé haber heredado al menos un poco de su belleza, pero los genes de mi padre ganaron la batalla. Mi cabello negro azabache, mis ojos grises y mi tez bronceada fueron su herencia, y con 1.65 de altura, lo único que comparto con ella son sus pecas y el género.

La muerte no solo me había quitado a mi padre, sino también una parte de ella. Antes, su sonrisa me parecía de las cosas más hermosas que el mundo me ofrecía. Cuando sonreía, la habitación se iluminaba, y sus ojos color avellana brillaban como estrellas en la oscuridad. Pero ahora estaban apagados por la tristeza. Después de todo, yo perdí a mi padre, pero ella perdió al amor de su vida.

De niña, era delgada y hacía muchos deportes, pero tras la pérdida, todo cambió. Caí en una profunda depresión, y lo único que lograba calmar el dolor era un pequeño restaurante a las afueras de la ciudad. Muy pocas personas lo conocían, por lo que sentía que era nuestro lugar especial, nuestro refugio secreto. Allí nos escapábamos las pocas veces que él podía salir antes de ir a trabajar. Pedíamos una hamburguesa y una malteada, ya que mi madre siempre nos prohibía ese tipo de comidas. Era algo estúpido, pero en aquel tiempo, por un breve momento, sentía un pequeño respiro de la tristeza y el dolor. Entonces comencé a ganar mucho peso, y para mis compañeros de clase, mi nueva apariencia se convirtió en otro blanco de burlas. A medida que crecí, perdí algo de peso, pero ellos siguieron con las burlas.

—Aquí tienes un desayuno especial para que inicies el colegio con energía —dijo, colocando un plato de hot cakes decorados con trozos de fresa en forma de corazones, junto con tostadas y una taza de café suavizado con leche.

—Ya no soy una niña.

—Lo sigues siendo para mí —replicó, yéndose a su habitación.

Le di un sorbo al cafe para terminar de despertarme

—¿Terminaste, mi niñita? —preguntó, soltando una risita.

—Ya casi —respondí con la boca llena de hot cakes.

Me lanzó una mirada que, sin necesidad de palabras, me hizo saber que si lo volvía a hacer, estaría en problemas.

Cuando terminé, me cepillé los dientes. Me miré unos segundos en el espejo, intentando convencerme de que tal vez este año sería diferente. Inspiré profundamente y me dirigí a la puerta de entrada. Antes de salir de la casa, tomé mi sudadera del perchero. Mi madre ya estaba en el auto, con el motor en marcha. Mientras me dirigía al auto, una brisa cálida con un ligero aroma a otoño acarició mi piel.

—Tenemos nuevos vecinos —comentó mi madre.

La casa de enfrente le pertenecía a la señora Matthew, y cuando ella se mudó con su hija, la casa se puso a la venta. Allí estuvo por unos cuantos meses, lo cual nunca entendí, ya que es una casa hermosa, ideal para formar una familia, con una fachada estilo francés. Por dentro, es aún más hermosa.

—Eso parece —musité—. Aún extraño a la señora Matthew.

En poco más de veinte minutos llegamos al colegio. Desde la ventana veo a las personas que entran y salen del edificio. Una molestia se acomoda en mi pecho junto con los nervios del primer día de clases.

Mi madre me despidió con un abrazo. Dejé escapar un suspiro y entré al que ha sido mi infierno por los últimos años. Camino por los pasillos; la ola de estudiantes me sofoca, por lo que decido ir al baño. Sin embargo, al abrir la puerta, me arrepiento. Jenny y Hanna estaban allí maquillándose. No esperaba encontrarlas tan temprano. Retrocedí para irme, pero ya me habían visto, por lo que no dudaron en seguirme.

—Esma —me llamó Jenny.

La ignoré y seguí caminando.

—Con tu madre siendo cirujana, me sorprende que todavía no le hayas suplicado por una lipo —comentó—. La necesitas con urgencia. No te lo tomes a mal, solo es una sugerencia, linda.

—¿Tu madre te quiere? ¿Acaso? —preguntó Hanna.

Me detuve y me giré.

—No la necesito. Pero le voy a suplicar que te opere a ti —contesté con una sonrisa falsa—. Porque tu contorno, que, por cierto, hiciste mal, no oculta tu... voluminosa nariz. O tal vez prefieras operarte los pechos. Debe ser agotador que te confundan con una tabla todo el tiempo.

Sonreí y me di media vuelta para irme, pero al girarme, me encontré con mi acosador principal: Aleksander, el segundo hijo de la familia Volkov, dueños de una de las mejores aerolíneas del país. El padre de su padre emigró de Croacia hace muchos años. Fanático de las cosas dulces y alérgico a los kiwis.

¿Cómo sé todo esto de él? Simple: por un breve tiempo, tuvo el título de mejor amigo en mi vida.

La sonrisa de satisfacción se borró de mi rostro. Traté de irme, pero me detuvo tomándome del brazo.

—¿A dónde vas tan apurada, Mosca? —preguntó sonriente.

Jenny se colocó a su lado y lo tomó del brazo. Ellos son pareja, pero casi siempre sus peleas son el tema de conversación de todo el colegio. Los dos son red flags con piernas y lindos rostros.

—¡Amor! —chilló—. La Mosca fue grosera conmigo.

“Mosca”. Ese fue el apodo que Matt me puso cuando éramos niños. Decía que mis pecas parecían mierda de mosca. En aquel entonces, lo llamaba “popó de mosca”; nunca fue muy creativo con los apodos, pero, a pesar de lo malo que era, casi todos empezaron a llamarme así.

Harta de eso, lo miré con impaciencia y traté de soltarme, pero él apretó más su agarre. Tanto que empezó a hacerme daño. Apreté el puño, negándome a demostrarlo.

—Discúlpate —me ordenó.

—No —dije.

Esbozó una sonrisa, como si encontrara mi reacción divertida, y se inclinó, quedando a centímetros de mi rostro. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

—Lo vas a lamentar —amenazó.

—¿Está todo bien? —una mujer se acercó a nosotros.

—Sí, todo bien. Estamos hablando —aclaró Jenny.

Logré soltarme y huí al salón. Ellos entraron pocos minutos después.