Los modales importan

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Summary

Una muchacha es perseguida injustamente por la policía. Mientras tanto, un padre intenta demostrarle a su hijo porqué tener buenos modales es importante.

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n/a
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18+

Capítulo único

Los rayos de sol se cuelan por las ventanas de un desordenado apartamento. Hay ropa tirada por todas partes. El espejo del baño, completamente empañado, refleja pobremente una figura femenina bailando al son de Maniac, de Michael Sembello. La ropa no para de amontonarse sobre la cama.

En un momento dado, suena el timbre. Al abrir la puerta, esta joven, Amanda, encuentra a un hombre agotado. No parece haberse afeitado en varios días y de los ojos le cuelgan unas prominentes ojeras.

“Disculpa, ¿te importa bajar la música? Has despertado a mi bebé.”

En ropa interior y sin inmutarse, como si de un contestador automático se tratase, responde “Estoy apunto de terminar”, antes de cerrarle en las narices.

La música continúa sonando mientras se pone un elegante traje escarlata, unos tacones negros y se espolvorea perfume. Pasa la mano sobre el espejo, dejando ver una dulce cara que no ha roto nunca un plato. Aprieta su melena con las dos manos. Con fuerza, tira de un elástico y lo envuelve alrededor de su pelo formando una coleta. Se coloca una diadema y se rocía con medio bote de laca para asegurarse de que ningún cabello se salga fuera de lugar. Por último, arrastra suavemente el carmín por sus labios, untándolos de un intenso rojo pasión.

Sale de su casa como si fuera a comerse el mundo. Cabeza alta y paso seguro. No hay nada que pueda detener a esta mujer.

Nada más abrir la puerta del portal, una voz le ruega desde la espalda, “No la cierres, por favor.” Al girar se encuentra a un anciano caminando lentamente hacia ella. Encorvado, avanza a duras penas arrastrando los pies. Cada movimiento es una lucha para él.

Ella no lo duda dos veces y sin pestañear afirma, “Lo siento, tengo prisa.”

Sentada en el coche, se examina en el retrovisor y se retoca cuidadosamente: se pinta las pestañas con rímel, se repasa los labios y se asegura de que cada pelo está en su sitio. Vuelve a asegurarse de que todo está perfecto y arranca pisando el acelerador a tope haciendo que las ruedas chillen.

Amanda conduce más pendiente de la música que de la carretera. Canta y baila dejándose llevar totalmente por la melodía. De repente, algo la sorprende y aplasta el pedal del freno. El coche se detiene bruscamente. La inercia lo inclina hacia delante, lanzando algunos objetos de su interior. Ha estado apunto de atropellar a una multitud que cruzaba un paso de peatones.

Mientras tanto, unas oscuras botas militares suben con calma por una escalera. Sin pausa pero sin prisa. El individuo sujeta un largo maletín negro. Abre una puerta que espanta a unas palomas que descansaban en la azotea. El sol revela el aspecto del sujeto, un hombre totalmente vestido de negro con lo que parece ser ropa paramilitar: rodilleras, chaleco antibalas, radio...

Desbloquea los cierres de su maletín y, al levantar la tapa, deja al descubierto un rifle de francotirador. Lo apoya cuidadosamente sobre el muro, ajusta la precisión con delicadeza y contempla con la mirilla a su objetivo: unas jóvenes cambiándose de ropa.

“Sí...” dice con lascivia.

Amanda sigue esperando. El flujo de peatones no cesa. No pasa mucho tiempo antes de que golpee el claxon.

“¡Venga! ¡¿Queréis daros prisa?!”, vocifera.

Los últimos en cruzar son un padre, Rodrigo, junto con su hijo, Julián, de no más de 12 años. Rodrigo levanta la mano en señal de agradecimiento.

“¿Qué haces, papá?”

“Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele la otra.”

En cuanto tiene vía libre, Amanda acelera a toda velocidad, maniobrando temerariamente cerca de Rodrigo. Cae de culo del susto. Juraría que la carrocería le ha rozado la camiseta. El coche se aleja dejando tras de sí una estela de humo.

“Pues parece ha decidido pegarte en la otra.”

Rodrigo se levanta, se sacude y prosiguen su camino.

“Mira, no pasa nada por dar las gracias.”

“¡Pero no hacía falta! ¡Es su obligación pararse!”

“¿Qué pasa? ¿No te gusta que te den las gracias?”

Caminan hasta un bar ubicado unas manzanas más adelante. Un par de policías entran antes que ellos.

“¡Vamos! ¡Antes de que se cierre la puerta!” dice Julián con preocupación.

“No cierre, por favor” dice tranquilamente Rodrigo al policía, quien le sujeta la puerta gentilmente. “Muchas gracias.”

“De nada” le devuelve el policía.

“¿Ves? Con educación y respeto se puede llegar muy lejos”, dice a su hijo mientras se acercan a la barra.

“No estoy tan seguro. Con haber caminado un poco más rápido habría bastado.”

Rodrigo zarandea la cabeza sin saber qué mas decirle. Esperan a que les atienda el camarero. El lugar está ajetreado y el pobre hace lo que puede.

“¡Eh, oye! Dame un café con leche” le ordena Julián.

Enfadado, Rodrigo se pone cara a cara con él. “¡No vuelvas a hacer eso! ¿Me oyes?” dice mientras agita su dedo índice, “¡La próxima vez que te vea hablando a alguien así te castigo!”

“¿Por qué? ¡Es su trabajo!”

“¡No importa! Uno recoge lo que siembra. Por ello, debes tratar a los demás como te gustaría que te tratasen a ti.”

“Chsss” suelta Julián mientras voltea los ojos con cinismo, “¿Insinúas que el mundo se pondrá en mi contra sólo para que yo aprenda una lección?”

Entretanto, Amanda continúa conduciendo a toda velocidad. Acerca su mano a la guantera y coge un paquete de cigarrillos. Saca el último y tira el paquete por la ventanilla, ajena al coche de policía que, ipso facto, activa la sirena.

“Me cago en todo” exclama mientras identifica el vehículo por el retrovisor. Se apea a un lado y espera con resignación. Como un niño problemático al que llevan al despacho del director por enésima vez.

Escucha sus botas aproximándose con lentitud. Cada uno de sus pasos suena como un despiadado golpe seco contra el asfalto.

El agente asoma por la ventanilla. Es un hombre alto y musculoso, con unos bíceps que podrían partir una nuez. Unas gafas de sol, negras como un agujero negro, cubren sus ojos. Su rostro, aunque calmado, no muestra ningún atisbo de simpatía.

“Buenos días, ¿sabe por qué la he parado?” dice con una voz grave e imponente, pero, a la vez, tranquila.

“¿Por qué me he pasado con la velocidad?” dice de forma pícara mientras esboza una sonrisa de oreja a oreja.

“Además de eso, ha tirado basura a la vía pública. No obstante, ha cometido un delito todavía peor que los dos anteriores juntos.”

“¿Ah, sí? ¿Y cuál es?” pregunta con ironía.

“No me ha dicho ‘buenos días’.”

“¿¡Qué!?”

“Yo le he dado los buenos días y usted no me los ha devuelto. Eso constituye una falta grave.”

“¡Será una broma!”

“Señorita, los modales no son asunto de broma.”

“Por favor, ponme una multa por exceso de velocidad y acabemos con esto.”

“Me temo que tengo que pedirle que se baje del coche.”

“¡Venga ya! ¿¡Por qué!?”

“Su coche será inmovilizado hasta que me dé los buenos días.”

“¡Ni de coña voy a hacer eso!”

La apunta con la pistola y grita, “¡Bájese del coche ahora mismo!”

“¡Que te den, poli!” dice justo antes de pisar el acelerador.

El coche huye con tal fuerza y velocidad que deja tras de sí una apestosa nube de gas. Una mezcla de dióxido de carbono y caucho. El agente tose aturdido. En cuanto se recompone, corre hacia su coche y transmite por radio. “¡Aquí CNP 2890!--”

En el bar, los agentes reciben la transmisión. “--¡Tenemos un 3-90! ¡Repito, un 3-90!”

“Agh,” --dice uno de los agentes-- “otro que no da los buenos días. ¡Me ponen enfermo!”

Pagan y salen corriendo del bar. A escasos metros, Julián y Rodrigo se terminan su desayuno.

“Eso es una tontería. Hay muchísimos políticos que han robado y no les ha pasado nada. Si tu teoría es cierta ,¿por qué no los han encarceladol?” dice Julián.

“Quizás no han ido a la cárcel, pero les ha pasado algo peor. Quizás sus familias les han dejado de hablar.” Se come el último trozo de su sándwich. “Vámonos.”

Mientras ellos salen, un comensal contempla con asombro algo en su móvil. Se lo muestra a su compañero: es una transmisión en directo del helicóptero de las noticias. Múltiples coches de policía persiguen a un vehículo a toda velocidad por el centro.

Amanda esquiva el tráfico como puede: zigzagueando, atravesando callejones, calles peatonales… Todo vale.

El agente saca un megáfono por la ventanilla. “¡Última oportunidad! ¡Diga los buenos días y nos olvidaremos de todo esto!”

“¡Nunca!” exclama Amanda.

“Usted lo ha querido.” Se reincorpora al interior del vehículo y coge la radio. “Hacedlo.”

Todos abren fuego contra el vehículo. Cientos de balas impactan contra ventanas, tuberías, mobiliario… Es un caos. Todos los cristales del coche se rompen en mil pedazos, cayendo sobre el cabello de Amanda, ahora hecho un amasijo despeinado y revuelto. En un acto reflejo, se encoge sobre el volante, intentado esquivar las balas, al tiempo que éstas silban sobre su cabeza e impactan contra la carrocería a su alrededor. Una bala alcanza una rueda. Amanda comienza a dar volantazos. Apenas puede mantener el control del vehículo.

Mientras, Julián y Rodrigo prosiguen su marcha. Todo el mundo a su alrededor está absorto frente al móvil: los viandantes, una pareja sentada en un banco, un ciclista, una madre que pasea a su bebé… No obstante, ellos son ajenos a esto. Un paseador de perros está apunto de chocarse contra Julián.

“¡Oye, mira adelante!”

El paseador se disculpa solo para volver su mirada hacia su dispositivo.

“¡Julián!” Muy enfadado, su padre lo coge del brazo y se pone frente a él. “¡Vas a ir a disculparte con él ahora mismo!”

“Pero si no le ha importado--”

“¡Ve!” le ordena con una mirada fulminante.

El niño suspira de mala gana y vuelve hacia el paseador. Entretanto, Rodrigo comienza a escuchar unas sirenas y unos ruidos fuertes. “¿Qué es eso? ¿Petardos?” piensa mientras mira a su alrededor cuando…

¡Bam! El coche de Amanda le golpea lanzándolo varios metros por el aire. Julián, horrorizado, corre a auxiliar a su padre.

El golpe causa tal estruendo que al francotirador casi se le cae el rifle del susto. Cuando se reincorpora, apunta al origen del ruido y encuentra el coche de Amanda empotrado contra una farola.

Amanda baja malherida. Un fino arroyo de sangre cruza su cara, probablemente por una contusión. Su traje, antes sin ni una arruga, está sucio y rasgado por todas partes. Camina con dificultad. Se ha roto un tacón y el suelo está lleno de trozos de cristal y restos de metal.

La policía se detiene tras ella. En un ataque de pánico, Amanda coge un trozo de cristal y se abalanza sobre Julián, tomándolo como rehén.

“¡Suéltalo!” grita el agente.

“¡No os acerquéis o lo mato!” grita mientras sostiene el vidrio sobre el cuello de Julián.

“¡Suelte al niño, ponga las manos en alto y diga los buenos días donde pueda oírlos!”

“Espera, ¿todo esto ha ocurrido sólo porque no dijiste ‘buenos días’?” dice sorprendido Julián a su captora.

“Sí. A que es una exageración, ¿verdad?”

La voz del francotirador suena en la radio del agente. “Señor, soy Enrique. La tengo a tiro.”

“¿¡Enrique!? ¿¡Qué haces ahí!? ¿Hoy no era tu día libre?”

“Eeeeeh, sí, pero… Vi las noticias y decidí ayudar.” Encuadra a Amanda en la mirilla. “Tengo un tiro limpio en la cabeza. ¿Disparo?”

“No. Quiero que la incapacites. Quizá aún podamos salvarla.”

Amanda continúa charlando con Julián. “Pensaba que me había parado por ir rápido--”

¡Blam! Una gran salpicadura de sangre baña la cara de Julián. Amanda cae al pavimento sujetándose un colgajo de carne que antes era su brazo.

“¡¡Mi brazo!!” grita retorciéndose. “¡¡Me habéis arrancado el maldito brazo!!”

Julián, como si estuviera en trance, camina hacia su moribundo padre, se arrodilla y lo azuza suavemente. A duras penas, Rodrigo abre sus ojos y murmura, “¿Estás bien?”

“¡¡Llevadme a un puñetero hospital!!” grita Amanda.

“¡Tienes que decirlo por favor!” le ordena encolerizado el agente.

“¡¡Que te j--!!”

Una lluvia de balas cae sobre Amanda. Su cuerpo convulsiona con cada impacto. En un abrir y cerrar de ojos, deja de vivir, pero los policías continúan disparando. Se ensañan con el cuerpo hasta que, tras varios minutos, se hace el silencio.

El agente se aproxima a Julián.

“Pedid una ambulancia, ¡ahora!” ordena. Se acuclilla ante él y, con suavidad, pregunta, “¿Estás bien, chaval?”


Julián le devuelve una mirada vacía y, con toda la tranquilidad del mundo responde, “¿Puede dejarme una toalla, por favor?”