El llanto distorsionado

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Summary

Amiba despierta en una habitación blanca, sin recuerdos, sin respuestas. Todo lo que conoce se reduce a voces, luces y un nombre que no eligió. En un mundo donde la verdad se oculta tras falsas sonrisas y preguntas sin resolver, ella deberá descubrir qué significa ser un Niño Perdido y por qué su existencia es tan valiosa como inquietante. Guiada por Dottö, un enigmático médico de palabras dulces y manos frías, Amiba se sumergirá en una realidad donde la memoria se fragmenta y el miedo se disfraza de calma. ¿Quién era antes de despertar? ¿Qué esconden los Emehtös? ¿Y qué hay más allá de esas paredes iluminadas? Entre el delirio y la lucidez, entre la música y el silencio, Amiba deberá enfrentar la distorsión de su propia identidad… antes de que sea demasiado tarde.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

El sonido era su voz

La sala era un océano de blancura infinita, donde cada superficie—paredes, suelo y techo—parecía fusionarse en un todo sin fisuras. No había sombras, solo una luz etérea y homogénea que lo bañaba todo, sin una fuente visible que la emitiera. No había lámparas, ni bombillas, ni ventanas, pero la luminosidad era perfecta, como si la propia habitación respirara claridad.

El aire estaba impregnado de una serenidad envolvente. Un murmullo de brisas lejanas, el eco de un arroyo inexistente y notas sutiles de un canto armónico flotaban en el ambiente. No había altavoces ni dispositivos a la vista, pero el sonido estaba ahí, suspendido en el espacio, como si naciera del propio aire o de los pensamientos de quien estuviera dentro.

La sensación era irreal, casi onírica. Una habitación sin origen ni destino, donde el tiempo se disolvía en la blancura y los sonidos abrazaban el silencio sin perturbarlo.

En el centro de la sala, donde la luz parecía concentrarse con más intensidad, yacía una figura inmóvil. Su silueta contrastaba levemente con la blancura infinita que la rodeaba. Entonces, un leve temblor recorrió su forma. Primero, un espasmo casi imperceptible en los dedos, luego un sutil movimiento en el pecho, como si el aire volviera a llenar sus pulmones después de un largo letargo. Su cuerpo, antes una mera sombra en la luz, comenzó a definirse poco a poco.

Al incorporarse, se empezaba a distinguir los rasgos del individuo, su cabeza rapada, sus cejas castañas y esos ojos castaños claros que la miraban con una mezcla de curiosidad y miedo. Se tocó la nariz, prominente y ligeramente curva, como si quisiera asegurarse de que era real. Las orejas pequeñas parecían esconderse, como si no quisieran ser vistas. Giró la mirada hacia su cuerpo delgado, casi frágil, envuelto en un mono blanco que parecía demasiado grande para su cuerpo. Las zapatillas grises, demasiado nuevas para ser reales, le hicieron cuestionar cuánto tiempo había estado allí, sin moverse, sin caminar. Y entonces vio el brazalete naranja en su muñeca, brillando con una luz tenue. No sabía exactamente qué era, pero en ese momento pensó que tenía asuntos más importantes a los que prestar atención.

La luz era cada vez más intensa y le quemaba los párpados, incluso con los ojos cerrados. Un zumbido agudo resonaba en sus oídos, mezclándose con el latido acelerado de su corazón. Intentó mover las manos, pero algo la sujetaba con firmeza. Cada pensamiento era como atravesar una niebla espesa, y el dolor en su cabeza empeoraba con cada intento de rebuscar en su memoria.

El dolor en su cabeza comenzó a ceder, como si una mano invisible hubiera apagado un interruptor. El individuo respiró hondo, sintiendo cómo el aire frío de la sala le llenaba los pulmones. Fue entonces cuando escuchó una voz distante, casi susurrante, que repetía una y otra vez algo que sonaba... ’Amiba... Amiba... Amiba... Al ser consciente de las palabras, frunció el ceño confundido. ¿Qué es Amiba? Algo en esa palabra le producía una extraña sensación de familiaridad, como si esa palabra estuviera guardada en algún rincón profundo de su memoria.

La luz de la sala pareció vibrar sutilmente, como si el aire mismo contuviera un latido imperceptible. Frente al individuo que comenzaba a moverse, algo nuevo empezó a materializarse. No fue un cambio abrupto, sino un nacimiento lento y elegante, como si la propia realidad lo estuviera esculpiendo con delicadeza.

Un sonido suave, similar al murmullo del viento entre cristales, llenó el espacio. No provenía de ningún lugar en particular, pero su presencia era clara, una melodía casi táctil que llamaba su atención.

Y entonces, frente a la figura, la blancura se fragmentó en reflejos sutiles. Un espejo emergió, no de la nada, sino desde la propia luz. Su superficie era perfecta, sin marco ni bordes visibles, como si simplemente hubiese decidido existir en ese momento.

La imagen borrosa de la persona se dibujó en él. Al principio, solo sombras y formas difusas. Pero a medida que la figura cobraba más vida, el reflejo también lo hacía, esperando revelar la verdad oculta en su brillo insondable.

Se acercó al espejo con pasos vacilantes. El reflejo que vio le resultó familiar y extraño a la vez. Su pelo, sus cejas castañas y esos ojos marrones no le resultaban del todo familiar; tras estar varios minutos observando todas las partes de su cuerpo, adoptó una pose y expresión de incredulidad.

El espejo desapareció de golpe, como si nunca hubiera estado allí. No hubo transición, solo un instante en el que la imagen reflejada existía y, al siguiente, solo quedaba la blancura infinita. La luz parpadeó sutilmente, alterando por un segundo la quietud de la sala.

Entonces, volvió a escucharlo.

“Amiba”.

La voz—o lo que fuera aquello—no tenía un origen claro, pero resonó dentro de la habitación, dentro de su mente, como un eco sin dueño. No era un grito, ni un susurro, sino algo intermedio, como un fragmento de un mensaje incompleto.

Antes de que pudiera reaccionar, un sonido diferente irrumpió en el ambiente. No era el murmullo relajante de antes, sino algo mecánico, preciso. Una alarma. Su ritmo era pausado, pero constante, como una advertencia sutil pero innegable.

Y entonces, sin aviso, la pared frente a ella se abrió con suavidad.

No había marcas, ni líneas que delataran su presencia previa, pero ahí estaba: una puerta que no existía un instante atrás. Más allá de ella, la luz no era tan intensa. Se escuchaban unos pasos que iban en dirección a la puerta.

De la puerta emergió una figura con pasos tranquilos, como si no quisiera perturbar la quietud de la sala. Era un hombre de mediana estatura, de rasgos suaves y expresión serena. Su cabello castaño caía con naturalidad sobre su frente, y su atuendo—un mono azul celeste—sin ninguna identificación ni señal, que parecía tan común como cualquier prenda de trabajo genérica. Pero no todo en él era normal.

Sus manos eran diferentes. En una llevaba un guante, ocultando lo que había debajo. La otra, en cambio, no era de carne y hueso, sino metálica. Un reflejo plateado recorría la superficie artificial de su extremidad, cada movimiento fluido, como si la mecánica hubiera sido diseñada para imitar la perfección del cuerpo humano.

Mientras avanzaba, la música que llenaba el aire comenzó a desvanecerse, como si el sonido mismo le diera paso. Con cada paso suyo, la tensión que pesaba en el ambiente se disipaba lentamente. No había prisa en su andar, solo calma, como si su sola presencia trajera consigo un equilibrio natural.

El individuo antes sumido en el desconcierto sintió cómo su propia respiración se acompasaba. El nerviosismo cedía, reemplazado por una extraña sensación de tranquilidad. Como si aquel hombre, con su caminar pausado y su mirada apacible, fuera la única certeza en medio de lo desconocido.

El hombre se detuvo a una distancia prudente, inclinando levemente la cabeza, como si evaluara a la figura que aún recuperaba su sentido de presencia en aquella sala blanca e infinita.

Entonces, con una sonrisa que parecía cuidadosamente ensayada, habló.

—Hola, Amiba.

Amiba resonó en el aire como un eco que no se disipaba del todo. No estaba claro si era un nombre, un título o una simple palabra sin contexto, pero al escucharla, algo en el pecho del personaje se agitó.

Su voz era suave, melódica, pero algo en ella no encajaba del todo. No había frialdad ni agresión, pero tampoco autenticidad. Sonaba… fabricada. Como si imitara una ternura que no sentía realmente.

El hombre no apartó la mirada. Su presencia seguía transmitiendo paz, pero ahora esa paz tenía matices extraños, como una brisa demasiado perfecta antes de una tormenta.