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El futuro tras el ocaso

Summary

Yūji, como humano, había pasado su vida entre los enanos de Moria, sabiendo que nunca sería considerado parte de su raza. El día que una comitiva de elfos cruzó las puertas, su curiosidad se encendió, más aún cuando uno de ellos −de apariencia inusual y mirada hipnotizante− le dedicó una sonrisa. Sin entender por qué, en ese instante su mundo se sacudió, empujándolo a cuestionar sus raíces y el destino que lo esperaba más allá de las minas.

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Complete
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1
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18+

Capítulo único

En los casi diecisiete años desde que Yūji fue adoptado por uno de los grandes Señores Enanos que residía en las minas de Moria, jamás imaginó presenciar a una cohorte de elfos ingresar por las puertas principales, en especial por la cantidad de veces que solía escuchar a los enanos despotricar contra esa raza cuando se embriagaban.

Por lo general, no podía importarle menos los asuntos que tuvieran entre manos, después de todo, él, por ser humano, no tenía voz ni voto en las decisiones colectivas, mucho menos en las de los altos consejos.

Se había ganado el aprecio de la mayoría de los enanos por su carácter alegre y su arduo trabajo en las minas, pero en el fondo sabía que no era uno de ellos.

Sin embargo, su curiosidad por infiltrarse en la reunión fue motivada por algo verdaderamente inusual; al observar el paso de la cohorte de elfos a la distancia, uno de ellos llamó su atención, pues llevaba el cabello corto −cuando su raza es conocida, entre muchas cosas, por poseer largas melenas− y era tan blanco como la nieve, que se hallara ataviado con una elegante túnica negra destacaba más su bella palidez.

De un momento a otro, esa elegante criatura giró el rostro hacia donde él se encontraba. Yūji, nunca en la vida, se había topado con unos ojos azules tan claros e intensos, que le obligaran a saltarse un latido y contener la respiración.

Cuando vio al elfo sonreír, Yūji se talló los ojos. ¿Le había dedicado ese gesto a él?

No. Imposible. Seguro acababa de tener una alucinación por intoxicación con metales pesados en las minas −aunque siempre verificaba el equipo de seguridad dos veces antes de iniciar su jornada−. Sí, eso debía ser.


Si las edificaciones construidas por los enanos fueran tan pequeñas como cada uno de ellos, a Yūji le habría costado horrores escabullirse hacia la sala de juntas. Era un alivio que las ventanas exteriores no contaran con patrullaje, en especial porque no esperaban que un loco suicida escalara casi siete metros por la pared sólo para pegar la oreja.

Por lo poco que lograba escuchar, parecía tratarse de un intercambio comercial armamentístico.

—Se les pagará lo justo, en los términos que ustedes consideren.

Escuchó decir a una voz serena, madura, con subtonos de aburrimiento y cansancio por la vida.

—¿Y cómo tendremos nosotros garantía de que esos pagos se harán en tiempo y forma?

Ese era el padre adoptivo de Yūji. Podría reconocer su rudeza a kilómetros de distancia.

—Con un representante, por supuesto. Si están de acuerdo, yo mismo permaneceré en Moria para supervisar el proceso y ustedes podrán mandar con nosotros a alguien de su confianza para que les informe de los movimientos pertinentes.

El padre de Yūji dejó salir un sonido ronco. Sabía que hacía eso cuando estaba pensando.

—¿Por qué tendríamos que aceptar nosotros los enanos una supervisión élfica? ¡No vamos a cambiar nuestra forma de trabajo para encajar con sus armas livianas!

El resto de los enanos presentes lo apoyaron.

—Es una mera formalidad —agregó la voz cansada—. Después de todo, ¿quién desconfiaría de un enano?

Yūji no sabía la razón, pero advertía cierta hostilidad en la pregunta.

—¿Nos podemos llevar al niño de pelo rosa?

La conversación se interrumpió en seco por una voz que Yūji no había escuchado en todo ese tiempo; parecía ser de alguien joven, despreocupado, tal vez juguetón.

—¿Qué? —murmuraron todos los presentes casi al unísono.

Yūji abrió los ojos más de la cuenta.

—Sí, sí, hay un niño humano por ahí con pelo rosa.

—¿Hablas de Yūji?

—Oh, ¿se llama Yūji? Podemos pagar extra por él.

—¡¿Ah?! ¡¿Cómo te atreves a negociar por una vida, orejas largas?! ¡Yūji no será un enano, pero tampoco es una mercancía exótica!

—¡Oye, chico! ¿Qué haces allí?

Yūji desvió la mirada hacia la voz que escuchó provenir debajo de sus pies y, así como escaló con ayuda de su equipo de minería, se deslizó con cuidado por la pared. Presentía que acababa de meterse en problemas y más tarde tendría muchas cosas que explicar.


«Lo bueno es que yo no era una mercancía exótica» dijo Yūji para sus adentros.

Al final, los enanos decidieron mandarlo a él como “representante”, pues carecía del repudio racial arraigado en lo profundo de su alma, al ser completamente humano.

No obstante, recordaba cada palabra de desprecio que su padre solía proferir contra aquellos seres de orejas puntiagudas: petulantes, altivos, soberbios, arrogantes, nefastos, siempre olían a flores (a la fecha, se preguntaba por qué eso último tendría que tomarlo como insulto).

Paseó los ojos con intriga por la caravana de elfos en la que él mismo se incluía a caballo. Se centró en uno de ellos en especial: el albino de cabello corto con quien había cruzado miradas.

Veía sólo su espalda, amplia e imponente a la vez, notando que las telas oscuras que portaba se encontraban adornadas con hilos de oro y una que otra gema azulada −quizá zafiros, topacios o lazulitas−. Las orejas le causaron especial curiosidad, advirtiendo las perforaciones en el contorno.

«Sí que son largas».

De repente, el elfo albino bajó la marcha del caballo, alcanzando a Yūji por el costado.

Fue entonces que advirtió el intenso color de sus ojos: era como ver directo al cielo en un día despejado y radiante. Por suerte, el sonrojo que dio vida a sus mejillas se mantuvo desapercibido a causa del trayecto boscoso, donde las sombras de los árboles impedían el paso adecuado de los rayos del sol.

«Vaya, los elfos son realmente hermos… ¡No, Yūji! No dejes que te engañen, recuerda lo que tu padre adoptivo decía: esas caras pueden parecer lindas y finas, pero ocultan maldad y perversión».

—Hola, Yūji.

Le saludó, evocando el recuerdo de aquella voz joven y melódica que escuchó cuando intentó infiltrarse en la sala de juntas. ¡Él fue quien pidió llevárselo!

—No responderé a su saludo porque lo voy a ignorar. —No podía dejar mal parados a los enanos que lo habrían criado y simplemente establecer una linda amistad. ¿O sí?

—¿Sí notaste que dijiste eso en voz alta?

Yūji se llevó ambas manos a la boca. Luego las bajó y suspiró, resignado. Incluso si lo intentaba, sabía que no duraría mucho fingiendo ser duro como las rocas que solía picar en las minas. No estaba en sus genes.

—Satoru Gojō —se presentó.

—¿Eh? —Lo tomó desprevenido.

—Ese es mi nombre: Satoru Gojō —repitió—. Creí que necesitarías saberlo porque los próximos meses sólo seremos tú, yo, y la inigualable ciudad de Rivendel, donde los sueños se hacen realidad.

—Cuando lo dices así suena como un resort turístico. Dan ganas de olvidar que voy en calidad de empleado.

—Es el pequeño precio a pagar. Era eso o seguir picando piedras bajo tierra. Puedes considerar esto como un “rescate”. —Se atribuyó un acto heroico que no le correspondía, pues no sabía qué tan buena idea era preguntar qué hacía con los enanos y si había sido secuestrado durante la infancia. Indagaría por partes.

—¿Rescate? ¿Lo dice quien pidió que estuviera aquí en calidad de “criatura exótica”?

—¿Te contaron eso? —Satoru se echó a reír—. Ups.

—¡¿Ni siquiera intentarás negarlo?! Espero que el daño a la moral sea remunerado.

—No tendrás el humor de un enano, pero sí su ambición económica. Vaya criatura más curiosa la que conseguí. ¡Y la ganga que me costó! —Por segunda ocasión, Satoru soltó una carcajada para molestar al chico.

—¡Que no soy una criatura! ¡Y ya sabes mi nombre! Espera… ¿en verdad me compraste? —Yūji pasó de querer propinarle un coscorrón a sentir genuina curiosidad, en especial porque, de niño, su padre adoptivo amenazó con venderlo como esclavo a los elfos si se portaba mal.

Por los siguientes cuatro días de viaje, Satoru y Yūji se convirtieron en el dolor de cabeza de la caravana; no dejaban de reír y competir por cosas cada vez más absurdas. Sin darse cuenta, crearon una especie de burbuja que los aislaba del mundo cuando se juntaban.

En pláticas más cálidas, Satoru descubrió que Yūji había sido adoptado por uno de los grandes Señores Enanos al sobrevivir a una tragedia entre los hombres de la que no le dieron mayores detalles.

Por su parte, Yūji aproximó la edad de Satoru, quien le comentó que hacía dos mil años, durante su adolescencia, decidió cortarse el cabello para ir en contra del sistema y las costumbres; causó un gran revuelo al provenir de una casa noble, pero lo dejaron ser −por su carácter difícil−, esperando que algún día creciera su melena y que la mantuviera así. Contra todo pronóstico, a Satoru le gustó su look y además de ser reconocido por su albinismo y facciones, también lo era por ser el único de cabello corto.

Satoru no se sentía elfo en su totalidad y resultaba evidente que Yūji no era un enano. Quizá había sido cosa del destino que se conocieran, porque con cada palabra que intercambiaban, tenían el presentimiento de haber encontrado el sitio al que pertenecían, sólo que aún era temprano para externarlo.


Tras arribar a Rivendel, Satoru llevó a Yūji a la edificación donde residiría temporalmente. En ese mismo sitio le presentó a Fushiguro Megumi, otro “embajador”, aunque de los hombres.

Satoru se retiró para rendir un informe que no tenía ganas de hacer. Él mismo pretendía enseñar a Yūji el resto de la ciudad, pero sin Nanami presente, su carga de trabajo sufrió un incremento drástico.

Megumi estuvo de acuerdo en mediar con el emisario de los enanos −por salud mental y el bien de la paz, no necesitaban otra gran guerra−, así que le sorprendió ver a otro humano como él.

Durante el recorrido de las principales avenidas Yūji le platicó a Megumi cómo fue adoptado por un Señor Enano y sus razones para aceptar representar a la raza en Rivendel, omitiendo la curiosidad antinatural que Satoru le generó desde el primer instante y justo cuando la conversación se resignó a morir, un elfo les detuvo el paso con su presencia.

A diferencia de Satoru, este sí llevaba el cabello largo, oscuro y brillante como la obsidiana, con la mitad recogido en un chongo alto. Sus brillantes vestimentas eran de una tonalidad verde oscura, con detalles dorados en patrones geométricos.

—Vaya, yo esperaba que un enano viniera a agitar las cosas por aquí en esta aburrida ciudad, pero parece que mis sueños han sido arruinados.

Yūji parpadeó en silencio tras escuchar el comentario. Debía aceptar que la mirada de ese desconocido le causaba cierta incomodidad, era más como tener delante a un zorro que hablaba, en lugar de un elfo.

—Tú debes ser Itadori Yūji —agregó el elfo—. Sí que tienes un cabello llamativo.

—Te presento a Getō Suguru —dijo Megumi, dirigiéndose a Yūji—. No le hagas mucho caso si te molesta. Getō es uña y mugre con Gojō…

—Qué frío eres, Megumi —interrumpió Suguru, con un tono lisonjero, como si no lo hubieran acusado de ser “molesto”—. Mira que si no fueras tú, pensaría que tratas de insultarme al comprarme con Satoru (y ya te he dicho que puedes llamarme Suguru).

—Como te decía —continuó Megumi—, Getō y Gojō suelen tener una reputación algo caótica; son bastante bromistas, pero sabrás más de ellos con el paso de los días.

—¡Es un placer! Soy Itadori Yūji.

Suguru aceptó la mano que le era ofrecida con el saludo, advirtiendo lo dura y áspera que resultaba en comparación a la suya propia. Ni bien cruzó tres palabras con Satoru, cuando éste se puso a hablar del chico como si se tratara de la octava maravilla, por lo que conocerlo era una obligación más que curiosidad.

Con el paso de los días, Suguru comenzó a desear lo mismo que todos los que rodeaban a Satoru: taparle la boca con cinta y arrojarlo al fondo de un pozo.

Sí, Suguru se divertía mucho a lado de su mejor amigo, pero los últimos días se le había ido en hablar de Yūji. Yūji esto. Yūji lo otro. Yūji aquello. Suguru podría jurar que lo conocía como si llevara toda una vida conociéndolo, pese a que apenas se había presentado con él cuando lo vio caminando por ahí con Megumi el mismo día que llegó.

Entonces, tuvo una maravillosa idea. Satoru lo molestaba seguido por tener un crush con un humano −Megumi− y ahora era su turno de vengarse.

—Te gusta —declaró Suguru.

—¡Claro que no! —exclamó Satoru en el acto, a sabiendas de que su mente y sus palabras iban en direcciones opuestas.

—¿Quieres engañarme a mí? ¿Al tipo que te conoce desde hace cuatro milenios? —Suguru agregó una pequeña risa antes de proseguir—. Mejor acepta que este es tu karma por molestarme con Megumi.

—Sigo sin saber qué le ves. —Satoru aprovechó que ese nombre salió a la conversación para desviar el rumbo de la misma—. Siempre tiene cara de estreñimiento. Apuesto a que nunca ha usado los músculos de la cara para algo que no sea hablar o masticar.

—No lo has conocido a fondo, es un chico encantador. Pero no me cambies de tema. —Había lidiado lo suficiente con Satoru para saber lo que intentaba.

—Hablando de tu “chico encantador” —Satoru hizo comillas con los dedos mientras rodaba los ojos con fastidio—, ¿cómo le hiciste para acercarte a él? —No es como si se le hubieran agotado las ideas para pasar el tiempo con Yūji, pero no sabía cómo acercarse a él en un plano más sentimental.

—Me lo llevé de viaje por ahí. Estos bosques son extensos y al chico le gustan los animales y la naturaleza, así que aproveché para hacer un recorrido los dos. Solos —declaró Suguru, omitiendo detalles de lo que unos cuantos árboles fueron testigos.

En la burda imaginación de Satoru se proyectó una película animada, dibujada por un niño de cinco años, que ilustraba una escena absurda y cursi de cómo Megumi y su amigo iban de la mano por allí.

Suguru, al ver la cara de Satoru intuyó que lo estaba poniendo en ridículo. Quiso reclamarle, pero cuando vio al otro correr a quién-sabe-dónde, suspiró resignado, haciéndose una idea del sitio al que podía haber ido. O, mejor dicho, con quién.

«¿Debería hacer lo mismo?» se preguntó, curvando los labios en una sonrisa ilusionada.


Aún quedaban algunos rayos de sol cuando Yūji decidió buscar a Megumi en las estancias que éste frecuentaba. Vivían en un complejo separado de la urbe que carecía de habitaciones —en comparación a los edificios principales—, mas no de espacio ni de seguridad.

Al no hallar al chico, Yūji supuso que tuvo una carga de trabajo inusual y lo mejor sería dejarlo terminar y cenar solo.

Para su buena suerte, identificó la cabellera y parte de la vestimenta del susodicho atravesar uno de los pasillos. Sonrió, levantó la mano y estuvo a punto de hacer lo mismo con la voz para llamar su atención, cuando advirtió cómo unas manos tomaban a Megumi por la cintura y otro sujeto, más alto que Megumi, robaba sus labios de un modo dulce, pero demandante.

No tardó en saber que esa otra persona se trataba de Suguru —por el cabello y las perforaciones en las orejas— así que dio media vuelta y fingió no ver nada; sin embargo, la parejita alcanzó a cruzar una mirada fugaz con él en el último segundo

Los tres sabían que la próxima vez que se cruzaran, se propiciaría un momento incómodo.


A la mañana siguiente, luego de desayunar, Megumi encontró a Yūji en uno de los jardines interiores de su residencia temporal, por lo que se acercó a este en son de paz para aclarar cierto «malentendido» que pudiera suscitarse por lo de la noche anterior.

—Yūji —dijo a modo de saludo, con un tono apacible, casi monótono y cansado. Su voz del diario.

—Oh, Megumi, es inusual verte por aquí —respondió Yūji mientras suprimía un bostezo. Dejó de lado el libro que pretendía estudiar para saber más de la cultura de los elfos; la verdad era que se trataba de su segunda siesta pues cada línea le parecía más aburrida que la anterior—. No te llamé para el desayuno porque pensé que estarías, uh… ocupado. —Desvió la mirada. Tal vez no debió abordar así el tema.

—Sí… Escucha, seré directo, porque si hacemos como que ayer no viste nada, luego las cosas se pondrán más incómodas.

—¡No-no diré nada! ¡No te preocupes! Es sólo que fue algo sorpresivo que tú y Getō… Bueno…

—Llevamos un tiempo saliendo —declaró Megumi.

La cara de sorpresa de Yūji no fue por saber de golpe de su relación ni por el hecho de que ambos fueran del mismo sexo, sino por la rapidez y la franqueza con la que Megumi lo admitió.

—Pero justo te iba a pedir que no se lo comentaras a nadie —agregó Megumi.

—Oh, es… ¿un tema delicado? — Yūji no sabía si debía preguntar, aunque su boca se adelantó a los hechos para hacer conversación. Se maldijo por dentro.

—Algo así.

—¿Es por algo racial? —Yūji tenía presente las calumnias contra los elfos por haberse criado entre enanos. en cierto modo, necesitaba sacarse de la cabeza si eso aplicaba con todas las razas.

—Digamos que sí. En parte —dijo Megumi—. Ya debes saber que un humano no vive los mismos años que un elfo y ellos tienen sus creencias sobre el linaje, aunque todavía no estoy seguro sobre lo que piensen acerca de la homosexualidad.

—Ya, comprendo.

—Y tengo que reiterar lo que dije al inicio: no se lo comentes a nadie. Ni a tu almohada. Ni siquiera a Gojō.

—¿Eh? ¿Pero no son Gojō y Getō mejores amigos desde hace siglos? Pensé que al menos él sabría.

—No del todo. Sabe que a Getō le gusto yo —Megumi era consciente de ello por declaraciones del propio Getō—, pero no que estamos saliendo.

—¿Y por qué no le dicen? —inquirió Yūji. O ¿existía la posibilidad de que Satoru tuviera prejuicios incluso con su propio amigo?

—...

Yūji mantuvo el silencio. A Megumi le tembló una ceja, a sabiendas de que Yūji sacaría el tema tarde o temprano y se volvería cada vez más difícil de abordar.

—Te lo voy a contar porque se trata de ti, ¿está bien? —continuó Megumi, además, Yūji era su único amigo real en ese sitio y sabía que si ponía al tanto a Yūji, después sería más fácil estar al día con sus relaciones afectivas.

Se podría considerar a Megumi como un chismoso, no obstante, él sólo deseaba saber que sus predicciones respecto a la vida romántica de la gente resultaban correctas. Le generaba satisfacción en un extraño sentido.

Yūji asintió repetidas veces.

—Pero como le cuentes a alguien… —Megumi no logró terminar la frase.

—¡Comeré mil alfileres como castigo! —interrumpió Yūji.

—Ugh… ¿Es un castigo de enanos o algo así?

Yūji volvió a asentir.

Antes de proseguir, Megumi suspiró.

—La verdad es que no pretendíamos ocultarlo de Gojō hasta que llegaste tú.

—¿Eh? —Yūji inclinó el rostro. Eso no hacía sentido—. ¿Yo qué tengo que ver en esto?

—Le gustas a Gojō (Getō me lo comentó).

—¡¿Eh?!

—Y Getō quiere ver qué clase de locuras hace Gojō para intentar acercarse a ti. —En ocasiones Megumi no entendía si su novio tenía una parte maliciosa o si sólo era puro morbo por ver a Gojō poner su mundo de cabeza por un joven humano despistado. Es más, estaba seguro de que había arruinado la diversión de Getō al hacer a Yūji consciente de los sentimientos de Gojō.

—Megumi… ¡¿Estás seguro de que «yo» le gusta Go..?!

—¡Shhh! Guarda silencio, idiota. —Por acto reflejo, Megumi le tapó la boca a su amigo—. Recuerda que sus orejas puntiagudas no son de adorno. —Volteó a todos lados, asegurándose de que se encontraban a solas.

En ese instante la cabeza de Yūji se tornó en huracán cada vez más caótico. Él se divertía mucho con Satoru, y claro que le parecía atractivo, «bonito» y algo en su interior se sentía embelesado y atraído cada que se acercaba a él. Era un efecto casi magnético y hasta ese momento descubrió lo que era.

—¿Lo dices de verdad? —preguntó Yūji luego de un tiempo.

A Megumi le intrigaba saber lo que Yūji pensaba, pues nunca antes lo había visto poner una cara que mezclara la confusión con el anhelo.

—¿Hm? —Megumi asintió—. ¿Acaso no lo habías notado? —Para él fue bastante obvio desde el primer instante.

Yūji agitó la cabeza. Hasta ese momento creyó que Satoru estaba siendo amable con él: le regalaba ropa para que no desentonara y se sintiera cómodo, lo llevaba a comer con él cada que podía, incluso se batían en duelo con espadas en ocasiones, algo que a Yūji le resultaba en extremo divertido, pese a que siempre perdía.

Desde ese momento Yūji comenzó a prestar atención a los gestos de Satoru, a sus acciones. En cada ocasión esa «cosa» desconocida —que aparentemente residía en el interior de su pecho— se agitaba al imaginar que cada pequeño detalle era porque Satoru gustaba de él.


Un par de días más tarde, Satoru invitó a Yūji a un paseo por uno de los bosques aledaños a la ciudad principal. Mentiría si dijera que no veía venir al chico aceptando la propuesta con un peculiar brillo en los ojos.

Por supuesto, Satoru llevó un solo caballo a propósito. De ese modo tendría un mayor contacto con Yūji, sentándolo delante de él. Podía distinguir a la perfección la mezcla de extractos herbales con los que se había lavado el cabello, embelesarse con su inusual color y deleitarse con su esencia al punto de saborearla.

Quizá lo que no vio venir fue que resultara complicado mantener a raya sus más alocados impulsos tras sentir en calor de Yūji y todo el contacto físico que se producía con el galope.

Sin embargo, la suerte no podía ser eterna, sin mencionar que ésta parecía odiar a Satoru; un sentimiento recíproco.

Al cabo de un rato, una lluvia torrencial cayó sobre ellos, lo que les obligó a refugiarse en una cueva —misteriosamente amplia— donde también cupo el caballo. Dentro había madera seca que utilizaron para crear una fogata. Tal parecía que no eran los primeros viajeros en usarla de refugio.

Cada uno, por distintas razones, creyó que sería complicado lo que venía a continuación: sacarse la ropa. Si no querían enfermar debían hacerlo.

Fue entonces, con apenas un trozo de tela cubriendo su entrepierna, que Yūji descubrió lo cómodo que se sentía con Satoru. No le importaba que Satoru lo viera, ni que estuvieran hombro con hombro en un intento de mantener el calor.

Tal vez fue por apreciar el cuerpo de Satoru —casi— al desnudo. Tal vez fue la temperatura que se acumuló en su cabeza y bajó en el resto del cuerpo. Tal vez fue la forma en la que se encontraba de manera intencional con aquellos ojos azules, pero el cerebro de Yūji recreó la escena de Megumi y Suguru, sólo que con Satoru y él protagonizando.

El corazón de Yūji comenzó a latir desbocado y sus mejillas se colorearon casi tanto como el fuego que tenía a escasos centímetros.

Preocupado de que le hubiera dado fiebre en ese instante, Satoru llevó una mano hacia la frente de Yūji con la confianza que habían forjado hasta ese momento.

Sin dudarlo, Yūji tomó esa mano antes de hablar.

—Gojō.

—¿Sí?

—Creo… ¡Creo que me gustas!

Las cejas de Satoru se elevaron más de la cuenta y se volvieron incapaces de regresar a su sitio durante un minuto entero. Eso no lo vio venir. ¡Se lo soltó de la nada!

En una situación normal, Satoru hubiera respondido algo como «por supuesto, con lo hermoso y magnífico que soy, ¿cómo no podría gustarle a un simple humano?», pero, en su lugar, tomó el rostro de Yūji con ambas manos y le plantó un beso tan candente y apasionado, que les hizo olvidar a ambos que se hallaban en una cueva fría resguardándose de la lluvia, y el ambiente comenzó a tornarse inusualmente cálido, como si estuvieran a mitad de la primavera.

Tras un par de meses de noviazgo con Yūji, Satoru decidió que era una excelente idea dar el siguiente paso en su relación: trepar de forma sospechosa por una de las torres exteriores hasta alcanzar los aposentos de su amado, con el objetivo de entrar por la ventana en un gesto torcidamente romántico que sólo podía maquillarse en la mente de alguien como él.

Por desgracia, el desconocimiento de la habitación de Yūji le dificultó un poco las cosas a Satoru; rasgó una cortina, tropezó con un hacha, chocó con un mueble y rompió una lámpara de mesa, haciendo un escándalo que despertó a Megumi en la habitación vecina, pero no a Yūji, por increíble que eso resultara.

A los pocos segundos, se escuchó un golpeteo de nudillos en la puerta.

—¿Itadori? ¿Te encuentras bien?

Esa era la voz de Megumi. Satoru la reconoció al instante.

—Sí. Duerme como si estuviera muerto —respondió Satoru, luego de ver a Yūji girar sobre la cama.

—No hagan demasiado ruido —amenazó Megumi, previo a volver a su habitación… o a moverse a seis cuartos de distancia. Una magnífica decisión.

Con los ojos más acostumbrados a la oscuridad, Satoru giró el rostro hacia donde se hallaba su novio, encontrando una cama vacía. Lo siguiente que advirtió fue una sed de sangre que lo congeló en su sitio, junto al filo de una espada en el cuello y una voz algo ronca que habló a sus espaldas.

—¿Qué haces aquí?

—¡Y-Yūji! —exclamó Satoru con una voz quebrada, exhibiendo las palmas de las manos vacías a la altura del pecho. Por alguna razón sus instintos le susurraron que eso era lo correcto—. Tranquilo, tranquilo, soy yo: el único e inigualable amor de tu vida.

—¿Gojō? ¿Qué haces a esta hora? —cuestionó Yūji, con un tono a medio camino entre la amenaza y la somnolencia.

—No podía dormir —respondió Satoru con sinceridad.

—¿Y por qué te metiste por la ventana? —Yūji bajó con cuidado la espada, regresándola a su vaina, para evitar cualquier percance.

—Yo… —Satoru no podía confesarle que pretendía parecer un caballero de novela, menos cuando terminó luciendo como un ladrón novato.

—Los guardias no te habrían negado la entrada. Eres un alto señor.

—¡Pero eso arruinaría el factor mágico y la sorpresa! ¡Entrar por la ventana es mucho más romántico! —Acto seguido, Satoru se sobó el cuello, comprobando que el frío del metal le hubiese dejado una extraña sensación y no una herida.

Una risotada hizo eco en la habitación.

Satoru esbozó un imperceptible puchero, incapaz de interrumpir la diversión de Yūji. ¡Con todo lo que se había esforzado para crear un buen ambiente!

—Ningún libro de los medianos tenía una escena como esta —se quejó Satoru, después de que el chico cesara las carcajadas.

—Apuesto a que ninguno tenía un protagonista como tú. —En su cabeza las piezas se conectaron. Yūji estuvo a punto de preguntar de qué eran todos los libros que lo vio cargar semanas anteriores, aunque la duda jamás llegó a exteriorizarse, pues Satoru lo tomó entre sus brazos.

—Yūji —pronunció en tono de queja—, mañana tengo una reunión aburrida por la tarde y parece que durará décadas. No quiero salir de allí y verte lleno de canas.

Yūji no respondió. A sabiendas de lo mucho que a Satoru le gustaba exagerar las cosas que le parecían aburridas, se limitó a darle palmaditas en la espalda. Todavía le restaba un largo berrinche por escuchar.

—Sólo tenía este momento y un ratito del desayuno para verte —continuó Satoru—. y puedo asegurarte que el resto del consejo se presentará a la mesa para empezar a organizar los asuntos a tratar durante la junta. ¡Yo no necesito su temario! ¡Necesito a mi Yūji! Necesito recargarme de Yūji.

Con la última frase, Yūji percibió como Satoru se hundía sobre su cuello, respirando su esencia con fuerza. La misma fuerza que usó para apretarlo contra su cuerpo. Sabía lo que venía a continuación y como él también necesitaba un largo momento a solas con Satoru, sus labios se unieron en un beso carente de paciencia y tranquilidad.

Yūji emitió un pequeño jadeo gustoso, como quien deleita el primer bocado de un exquisito manjar. Era algo que Satoru jamás había escuchado y de lo que necesitaba más, pues estremeció cada fibra de su cuerpo en una manera que desconocía, pero que sin duda le pedía más.

Sus piernas se movieron, como una pareja que se encuentra en un suave vals, con la diferencia de que la música estaba siendo sustituída por el constante chapoteo producido por la saliva y los jadeos ahogados de ambos, negados a separarse para dar un descanso a sus pulmones.

La parte opuesta de las rodillas de Yūji chocó contra el borde del colchón. Satoru colocó las manos sobre la cadera del chico para sentarlo y, opuesto al desenfreno de sus besos, puso cuidado en acostar a Yūji sin separarse un solo milímetro.

Al poco tiempo, Yūji tiró de la capa de Satoru y, al no surtir efecto, se removió en su sitio sin poder sacarse de encima a su amante, que ya había tomado una posición cómoda entre sus piernas.

Satoru no era tan estúpido para pasar eso por alto y, sin ganas de separarse, simplemente bajó los labios al cuello de Yūji.

—¿Sucede algo? —preguntó entre besos, notando la respiración de Yūji, el cómo esta se mostraba característica de quien sale del agua con desesperación para tomar oxígeno.

—No… No respiro —logró articular Yūji—. ¿Cómo lo…? —interrumpió la pregunta, enfocándose primero en regular su respiración. Después conectaría palabras.

Satoru respondió como si supiera lo que había en su mente.

—Porque para mí Yūji es como el aire. Necesito de Yūji.

Por mucho que quisiera ocultarlo, Satoru era el más agitado de los dos. Inhalaba profundo y exhalaba con pesadez. Era como un animal. Uno salvaje y del que Yūji no tenía registro; sin embargo, no le daba miedo ni le preocupaba.

Pese a ser una faceta de Satoru que desconocía, algo en el interior de Yūji quería que lo devorara la bestia que tenía encima.

—Yūji —pronunció Satoru, mordiendo y exprimiendo la súplica para convertirla en acto—, quiero llevar esto hasta el final.

En aquella oscuridad, lo único que Yūji discernía con una inexplicable claridad eran un par de ojos azules, los cuales, era capaz de leer con facilidad y que en más de una ocasión lo convencieron de cometer cientos de locuras. Estaba seguro de que en ese instante podría cometer una más.

Satoru alcanzó a captar una respuesta muda, similar a un asentimiento, o esperaba que eso fuera, porque no se perdonaría si Yūji terminaba odiándolo por lo que estaba a punto de hacer.

—Yūji… —Satoru suspiró el nombre contra el cuello del chico, antes de acariciar la piel con su lengua y proceder a repartir una serie de besos cortos que descendieron hacia las clavículas.

Las manos de Satoru, desesperadas, despojaron el cuerpo de su amante de las delgadas prendas superiores y también de las inferiores, donde se tomó el tiempo de acariciar cuanto podía de los muslos, amasando y presionando, hasta llegar a la cadera.

Yūji hizo lo mismo, aunque con menor delicadeza. Sin saber en qué dirección tirar para desnudar a Satoru, levantó y movió las prendas, escuchando un pedazo de tela rasgándose en el proceso.

—Ay, Yūji —ronroneó Satoru y, en un movimiento brusco y preciso, tumbó boca abajo al chico, presionando uno de los brazos de Yūji sobre su espalda baja.

Con la mano que tenía libre, Satoru le levantó un poco la cadera y le separó las piernas para acomodarse justo detrás, mandando al demonio sus calzoncillos, extrayendo su erección.

Como un felino, se posicionó sobre Yūji, alcanzando una vez más su hombro, en un beso suave mientras su pene se empujaba y presionaba entre aquellos firmes y redondos glúteos en los que moría por hundirse.

—Yūji —expresó en un ronco jadeo contra la base trasera del cuello de Yūji, antes de morder dicho espacio—. ¿Estás seguro de esto? No podré detenerme una vez que empiece.

Si Yūji deseaba echarse para atrás, ese era el único momento que tendría, pero, tras sentir cómo las caderas de Satoru se movían, haciendo que el roce fuera lo suficientemente intenso para agitar su respiración y volverla deseosa, decidió dejarse a merced de Satoru, y que lo llevara a ver uno de los paisajes que tanto le había prometido.

—¿De verdad preguntas a estas alturas? —habló Yūji con una interesante tonalidad juguetona que Satoru jamás había escuchado, lo que le obligó a prestar atención—. ¿Te tendrías en este mismo instante si te dijera que no?

—Yo…

—De hecho, estás obligado a hacer de esta noche una que quiera repetir, ¿te quedó claro?

Incluso si no podía verlo de frente, y aunque Satoru estuviera encima, experimentaba la inmensa presión de ser acechado por algo peligroso, por algo monstruoso, por algo que le erizaba la piel y hacía que su entrepierna palpitara con desesperación.

—Yūji, Yūji, Yūji. —Mordió la nuca del chico, sin saña, con deseo—. Como ordenes y mandes, Yūji. Mientras me dejes ser tuyo.

Si algo le encantaba a Yūji era no entender del todo a Satoru. Ambos anhelaban lo mismo, según podía apreciar con cada milímetro de piel que estaba en contacto con la de Satoru, sólo no entendía cómo rayos Satoru podía decir esa clase de cosas cuando no era él quien estaba a punto de ser penetrado. ¿Acaso los elfos tenían la realidad sexual alterada?

No le daría demasiadas vueltas y lo disfrutaría. Después podría preguntar… si se acordaba de hacerlo.

Si bien, Satoru no tenía una visión nocturna privilegiada, la luz de la luna que se filtraba por las cortinas era suficiente para apreciar la belleza del cuerpo de Yūji: se irguió en su sitio para admirar las cicatrices que lo adornaban, a pesar de saber cómo las obtuvo en las minas y se dijo a sí mismo que jamás permitiría que nadie le pusiera un dedo encima a Yūji, aunque era consciente de que podía defenderse solo.

Las manos de Satoru se deslizaron desde la espalda baja hasta los glúteos, mordiendo su labio inferior a modo de contención momentánea. Planeaba disfrutar cada segundo y evitar que Yūji lo viera como un urgido desesperado. Poco sabía él de que Yūji llevaba mucho tiempo con ese pensamiento sobre Satoru en mente, si nunca lo exteriorizó fue porque sonaba bastante más ofensivo de lo que imaginaba y tampoco es que le molestara que fuera así. Unos cuantos siglos en abstinencia seguro que volverían loco a cualquiera.

La espléndida vista del trasero de Yūji dispuesto a recibirlo hizo que Satoru casi se aventurara a hundir su pene en aquel estrecho espacio, pero apretó las manos para contenerse. Debía ser paciente y preparar el camino. No tendría sentido si sólo él disfrutaba tan auténtico placer, quería que Yūji también lo hiciera y se fundiera junto con él en esa fogosa fantasía.

Metió un par de dedos en la boca de Yūji, jugueteando con su lengua mientras sus caderas adoptaban un vaivén que simulaba embestidas. Después de un tiempo se detuvo más de fuerza que de ganas o terminaría corriéndose allí mismo.

Extrajo los dedos de la boca de Yūji y agregó un poco más de saliva a la mano, antes de introducir con lentitud el índice en aquel apretado orificio.

Yūji ahogó un quejido contra la almohada, asaltado por una serie de escalofríos que se ensañaron con sus piernas.

—Mantente tranquilo —dijo Satoru, más para sí mismo, por supuesto, incapaz de percibir la lascivia descarada en su voz—, pronto haré que se sienta bien.

Cada quejido de Yūji era un estimulante auditivo para Satoru y hacía que su erección punzara, de manera cada vez más dolorosa, para estar dentro del chico en lugar de su dedo.

Satoru tuvo que masturbarse de manera apresurada para aliviar un poco el ansia de introducirse de una buena vez y se detuvo cuando se satisfizo lo suficiente.

Dejó caer más saliva en el ano de Yūji, metiendo de inmediato el segundo dedo y percibiendo cómo se fundía con el calor en su interior, profundizando más la dilatación; al inicio, con movimientos circulares suaves; luego, separando un poco, simulando unas tijeras.

Para hacer que Yūji se relajara con mayor eficacia, decidió masajearle los testículos, deslizando cada vez más la mano hasta lograr acariciarle el miembro con la palma para, después, cerrar los dedos en torno a éste; presionaba un poco de vez en cuando y acariciaba el glande con su pulgar dibujando círculos que esparcían el líquido preseminal.

Trataba aquel cuerpo como si fuera el propio y, justo ahora, imitaba las acciones que realizó en algunas ocasiones cuando sus pensamientos eran asaltados con deseos impuros sobre aquel muchacho.

—¿Cómo te sientes? ¿Puedo introducir uno más? —su voz era suave, grave y más candente que el calor del momento. Su mirada no pasaba por alto los detalles y quería asegurarse de que no lastimaría a Yūji en cuanto diera rienda suelta a sus deseos.

En el fondo, Satoru también se hallaba nervioso, aunque estaba informado y conocía del tema, llevarlo a la práctica era un asunto diferente en muchos aspectos.

Yūji no supo en qué momento comenzó a sentirse bien por tener un par de dedos metidos en un sitio que jamás se le hubiera ocurrido tocar para satisfacerse. Ahogó con éxito varios gemidos contra la cama, no porque le diera vergüenza, sino porque no quiso moverse ni un solo centímetro, pensando que de ese modo mantendría el placer que su pareja le brindaba.

Sin embargo, ya había tenido suficiente de preparativos. Deseaba a Satoru y lo quería ya.

Yūji se giró en su sitio para poder ver de frente a su amado, sin cerrar las piernas y dejando que su pecho subiera y bajara con dificultad para recomponerse.

—Ah, mucho mejor —alcanzó a pronunciar—. Apresúrate y… —Yūji tomó su propio pene, imponiendo un bombeo gentil—, déjame esto a mí. —Quería hacer algo para no dejar a Satoru con toda la carga.

Los ojos de Satoru no sabían cuál era su ángulo favorito para observar. Estaba tan embobado con la escena, que no entendió exactamente qué le dijo Yūji y mucho menos le importó que de su propia nariz escurriera un fino hilo de sangre, que a los pocos segundos se transformó en un riachuelo que desembocaba en la nada, manchando no sólo el cuerpo de su pareja, sino las cobijas y la ropa desperdigada bajo su cuerpo.

—Entendido —respondió Satoru como si le hubiesen dado un comando militar, además de sonar ronco por la excitación, le resultó bastante difícil de pronunciar.

Quería estar dentro de Yūji, embestirlo toda la noche y hacerlo suyo tantas veces fueran posibles hasta ahogar la cordura en el placer.

«Gojō. Gojō. ¿Gojō? ¿Estás bien?». Aunque Satoru escuchaba aquel pensamiento con la voz de Yūji, pensó que quizá comenzaba a alucinar, pero… ¿Desde cuándo él se llamaba a sí mismo por su apellido?

Tomó uno de los tobillos de Yūji y lo elevó para imprimir besos y mordidas en cuando alcanzara de la pierna. Eso le estaba sirviendo para contenerse y no dejarse ir como un animal, pero… pero…

«Ah, maldición». Ver al chico en esa posición, haciendo esos gestos, gimiendo para él… No podía. Era demasiado.

Satoru continuó sacando y metiendo los dedos en el esfínter de Yūji, cuando el delgado hilo que sostenía su fuerza de voluntad se rompió.

—Yūji. —Satoru interrumpió la dilatación ejercida por su mano y tomó una almohada cercana para colocarla tras la espalda baja de su amante, esperando que de esa forma la posición le resultara menos incómoda—. He esperado mucho, ya no puedo más —añadió como últimas palabras, antes de pasarse el dorso de la mano bajo la nariz para apartar la sangre (que no dejó de fluir), y tomar las piernas de Yūji por la parte posterior a las rodillas para flexionarlas.

No sabía que tanta elasticidad tendría ese cuerpo, pero se disculparía más tarde si estaba siendo muy rudo.

Sin perder más tiempo, casi de forma brusca, acomodó la punta de su miembro en la entrada de Yūji y presionó hasta que el glande estuvo dentro. Un jadeo de éxtasis escapó de sus labios.

«¡No va a entrar!» exclamó Yūji para sus adentros, mientras un par de lágrimas se acumulaban en la parte inferior de sus ojos. Extendió una mano para llamar la atención de Satoru, pues sus palabras se habían desvanecido, así como el raciocinio de su pareja.

Sin embargo, Satoru avanzó hacia el interior, sintiendo cómo aquellas paredes internas presionaban deliciosamente su hombría y, en lugar de seguir con la introducción paulatina, terminó por meterlo en una fuerte estocada y varios jadeos no se hicieron de esperar al percibir dicha calidez y presión. Se quedó quieto en esa posición, fijando sus ojos en el rostro de Yūji, a la espera de algún gesto que le indicara que podía moverse.

No obstante, Yūji emitió un gemido que no podría describirse como «masculino», aunque tampoco llegó a ser agudo. Se ahogó en el aire a medio camino y contrajo las piernas sin éxito, pues las manos de Satoru las mantenían en su lugar. Arqueó la espalda y echó hacia atrás la cabeza, sin terminar de procesar lo ocurrido.

Aferró las manos a lo primero que pudo alcanzar: los brazos de Satoru, donde las uñas se encajaron, sin la intención de hacerle daño.

Yūji maldijo en su mente con los ojos cerrados, a la espera de que Satoru lo llenara de besos como hacía al inicio, aunque siendo incapaz de ponerlo en palabras. Aún se estaba recomponiendo.

Para Satoru, las uñas marcando su piel tuvieron un efecto tan delicioso y exquisito, que no dudó en irse encima de Yūji, con la esperanza de que decidiera pasar las manos por su cuello y espalda, para dejar marcas y laceraciones por donde rozaran.

Pese a guiarse por diferentes motivaciones, dentro del silencio que compartían, manos obtuvieron lo que querían: Yūji comenzó a respirar con menos pesadez al sentir los besos de Satoru sobre la piel y Satoru fue arañado con fuerza cada que se movía de adentro hacia afuera y viceversa.

Entonces Satoru bajó la boca hacia el punto medio de las clavículas de Yūji, dejando varias marcas rojizas en el camino; luego, subió con suavidad por el cuello y el mentón, además de un rastro de sangre por la hemorragia nasal que jamás se planteó en frenar.

Los labios de Satoru buscaron los opuestos, demandando un fiero contacto para descargar parte de la pasión con la que deseaba arremeter, asimismo aprovechar para distraer con eso a Yūji, lográndolo con éxito.

Tal vez estaba siendo demasiado impetuoso, porque le parecía que a Yūji le costaba mantener el ritmo. Así que decidió enfriar su cabeza −hasta donde fuera posible por la situación− y ser más consciente sobre el estado de su pareja antes de continuar.

Quería ser egoísta y saciar sus deseos, aunque no a costa de herir a su novio en el proceso. ¡Santo cielo! ¿Quién adivinaría que Yūji podría descontrolarlo hasta ese punto?

Sonrió para sus adentros, antes de exteriorizarlo con un gesto cálido.

—El dolor sólo será al inicio. Prometo que pronto se sentirá bien. —Controlarse le resultaba sofocante, pero debía intentarlo.

—Antes, cuando… —habló Yūji entre jadeos—, cuando me estabas dilatando… Presionaste algo que se sintió bien. Quizá si lo vuelves a hacer… —Intentó animarlo para que continuara. Si lo analizaba con calma, no era tan doloroso tener la erección de Satoru abriéndose paso en un sitio tan delicado, tal vez todo estaba en su imaginación al encontrarse nervioso, pues el dolor había disminuido considerablemente a cuando fue penetrado de golpe.

Satoru dio inicio a un vaivén constante.

—¡Pe-pero despacio! —exclamó Yūji, obligando a Satoru a ir con un ritmo más lento y casi tortuoso para ambos.

—Ok, déjamelo a mí. —Satoru recordaba más o menos la dirección en la que empujó los dedos momentos atrás, así que inclinaba la cadera con cada embestida para intentar hallar el sitio—. Sólo…

—¡G-Gojō! —No fue una exclamación placentera, si no un reclamo.

—Santo cielo, Yūji. —¿Cómo iba a encontrar el punto P de su amante con lo estrecho que estaba? Tendría que enseñarle algunas cosas primero—. Vamos a hacer esto juntos, ¿de acuerdo, Yūji? Así que atiende a mis indicaciones un segundo. Necesito que relajes aquí atrás —comentó, acariciando uno de sus glúteos—, aún si te cuesta trabajo, debes aflojar mientras lo retiro —luego de eso, extrajo de forma paulatina su pene, sin llegar a sacarlo por completo—. Ahora aprieta un poco, como si lo quisieras dentro, no muy fuerte, o será doloroso para ambos —algo así como si lo «succionara», sólo que Satoru no quería usar esa palabra.

Yūji asintió a cada indicación y puso todo de su parte para hacerlo como Satoru le indicaba.

—Eso es, justo así —lo felicitó Satoru. A decir verdad, las contracciones opuestas le resultaban bastante irregulares como para moverse con libertad, pero estaba bien con eso—. Cuando te acostumbres, tu cuerpo lo hará de manera involuntaria.

Mientras tanto, grababa en su memoria cada expresión que Yūji hacía. De cierta forma, le resultaba muy lindo… y sexy.

«Oh, maldición». Seguía siendo tortuoso por la lentitud. Si tan sólo tuviera un poco de lubricante todo sería más sencillo… ¡Un momento!

Una idea «indecente» cruzó por la cabeza de Satoru.

—Se me ocurrió algo. —Decidió retirar por completo su virilidad y se masturbó un poco, deseando que aquellas apretadas paredes lo envolvieran de nuevo.

Llevó tres de sus dedos a introducirse en el esfínter de Yūji, para que éste siguiera habituado a estar dilatado. Ahora se le hacía un poco más fácil moverlos, tal vez porque era menor el diámetro a comparación de su erección (aunque no lo decía por alardear).

—Concéntrate en decirme dónde quieres que toque —agregó con una sonrisa pícara, refiriéndose, claro, a su punto más sensible.

Casi de inmediato bajó el rostro hacia el miembro de Yūji. Con su mano libre lo tomó por la base, comenzando a subir y bajar con firmeza, mientras con la lengua recorría la extensión hasta la punta, justo antes de rodear el glande con sus labios para dar un húmedo masaje.

Sin importar el aguante de Yūji, Satoru haría que se corriera. Tenía en mente utilizar su semen para que su pene deslizara con mayor facilidad en su interior, porque la hemorragia nasal había frenado y pensaba que forzar otra fuese una buena idea, en especial porque ese fluido tendía a coagular y secarse.

Se introdujo todo el pene de Yūji en la boca. Nunca antes había hecho una felación, pero más o menos sabía cómo realizar una. Evitó que sus dientes rozaran y bajó lo más que pudo para introducirlo en su garganta.

Agradecía que la erección de Yūji fuera de un tamaño… justo para no asfixiarlo y no tener que abrir de forma exagerada la mandíbula.

Al principio su vaivén fue lento, lo apresuró cuando se habituó y también decidió estudiar a Yūji, percatándose de que, cuando presionaba la punta de su miembro al subir, su esfínter se contraía alrededor de sus dedos.

Cualquier cosa que le indicara que Yūji lo disfrutaba, lo repetía sin dudar, alternando entre cada movimiento.

«Vamos, Yūji. Eyacula para mí» pensaba con algo de insistencia mientras a su memoria venía aquella erótica escena en la que su pareja se marturbaba. Tenía grabada la forma en que la mano de Yūji marcaba el ritmo sobre sus ingles, a veces apresurado, a veces pausado y acariciando el glande. Intentaba imitar eso usando su lengua y sus labios.

—Tu boca es tan cálida —se le escapó de los labios a Yūji, interrumpido de forma constante por sus propios jadeos.

No supo cómo ni cuándo, pero al poco tiempo se encontró gimiendo mientras Satoru presionaba de manera constante su próstata.

Puso las manos sobre el cabello de Satoru y, por puro instinto, lo empujó contra su entrepierna en el momento que sintió un cosquilleo característico entre las ingles, dejando que su esperma llenara la boca de su pareja.

Escuchar el orgasmo de Yūji fue como música para los oídos de Satoru y por más que deseaba tragarse el semen, debía contenerse y usarlo para su propósito original.

Satoru se retiró poco a poco, cuidando de no derramar ni una gota de lo que mantenía en la boca.

—Gojō… Ah, Gojō…

«Me gustaría que dijeras mi nombre» pensó Satoru, convencido de que habría más ocasiones para pedírselo durante una noche tan pasional como esa.

Acto seguido, colocó a Yūji boca abajo, obligándolo a elevar la cadera en pocos movimientos. Le cubrió los glúteos con ambas manos y los separó con los pulgares, deleitando la vista con ese rosado anillo por el que se disponía a entrar por segunda vez.

Sin pensarlo demasiado, repaso aquella zona tan íntima con la lengua, ayudándose con los dedos para abrirla un poco y dejar que se deslizara en su interior el semen.

—¡¿Qué…?! ¡¿Qué estás?! —Los ojos de Yūji se abrieron de par en par, incapaz de articular algo más, pues aún no se recomponía del todo de su anterior orgasmo.

Las piernas le temblaban, algo que Satoru sintió en su totalidad, haciendo que sonriera sin dejar de lado su tarea de llenar a Yūji con su propio esperma.

—Yūji —pronunció Satoru en un tono nublado por la lujuria.

Sin pensarlo dos veces, tomó nuevamente su erección con una mano, restregando la punta contra el ano de Yūji, antes de penetrarlo sin reparos. Entró mejor que la primera vez, de eso no había duda alguna, aunque no por eso Yūji se mostraba menos agitado. Es más, dejó escapar un gemido agudo, aunque no de dolor, sino por recordar la primera intromisión.

—E-esto… —Lo bueno de no tener a Satoru de frente, es que no podía ver lo rojas que se le habían puesto las mejillas—. Gojō, creo que puedes…

Tras momentos de espera para que Yūji finalizara la oración, Satoru dejó escapar una risilla previa a responder.

—Entiendo, Yūji, entiendo. Déjamelo a mí.

En esta ocasión, el vaivén de las caderas de Satoru dejó de ser pausado como al inicio, tampoco apresurado, aunque sabía que estaba siendo brusco por la forma en que sus cuerpos chocaban y el obsceno sonido que producían. Era una sensación embriagante.

Lo único que no le gustaba a Satoru, era la manera en la que Yūji decidía ahogar sus gemidos contra la almohada.

—Vamos, Yūji. No te contengas, déjame escucharte.

Para Yūji ya no había casi nada de dolor, sólo placer y nada más por eso dejó que Satoru escuchara cada gimoteo que salía de su boca, acompasado a la forma en la que era penetrado.

—Dios, Yūji, estás increíble. —Satoru no lo decía por halagarlo de más o brindarle confianza, en verdad, su interior le proporcionaba un éxtasis incomparable. Su cabeza sólo tenía espacio para lo que estaban realizando, el calor y el aroma característico del sexo que le invadía, convertía el momento en algo digno de repetir cada noche.

Los sonidos que emitía Yūji al ser sobreestimulado en la próstata, a la par del magnífico calor que proporcionaba sobre la erección de Satoru propiciaron el momento perfecto para que este alcanzara el clímax.

Si bien, deseaba postergarlo tanto como fuera posible, también estaba deseoso de llenar a Yūji con su esperma y, de un momento a otro, su mente quedó en blanco, liberándose dentro del cuerpo de su joven y humano amante, por el que había perdido por completo la cabeza: Itadori Yūji.

Fue en ese instante que Satoru se percató de que el deseo insano por hacer suyo a Yūji y mantenerlo a su lado, excedía cualquier límite moral y racial; no dejaría que nadie se interpusiera entre ellos.

Pese a mantener su relación oculta por el momento, tarde o temprano tendría que lidiar con las consecuencias de ser el líder de la familia Gojō y prefería estar muerto antes que verse involucrado en algún matrimonio político.

O se quedaba con Yūji o se quedaba con Yūji.

No dejaría que nadie le dijera que hacer, por muy pésima que vieran su decisión; tampoco es como si fuera la primera vez que un humano y un elfo se veían involucrados en un romance.

Siendo precisos −y sin contar a Megumi y Suguru− ellos eran el segundo caso existente y pese a que Satoru no sería el primero en encabezar un drama entre castas, nada podía ser mejor que mantenerse en el corazón de su amado Yūji.

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