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—Sabes que nunca te dejaré marchar, ¿verdad? Te mataría antes que dejar que cualquier otro te poseyera.
—Jungkook...
—¡No empieces! Eres mía, Anya, siempre serás mía... de una forma u otra.
—Estás loco...
—¿Por ti? Quizás... pero sabes que no suelo amenazar en vano —dijo Jungkook. Sus ojos negros brillaban cruelmente—. Créeme, puedo hacer que desees no haber nacido. Pagarás por lo que has hecho y seguirás siendo mi mujer, Anya, mi mujer.
El rostro severo y atractivo parecía estar esculpido en piedra.
—¡No!
Profirió un grito de tormento que la despertó bruscamente y le hizo incorporarse en la estrecha cama.
No la había encontrado... todavía. Sólo había sido un sueño, aunque demasiado vívido como para poder reprimir los temores que mantenía a raya a la luz del día.
La encontraría. Sacudió la cabeza para apartar el suave cabello dorado de su rostro sudoroso. Había sido una locura huir de aquella manera. Nadie contrariaba a Jeon Jungkook y se salía con la suya, y menos su joven esposa después de tres meses de matrimonio.
Los tentáculos de su poder e influencia llegaban a todas partes. ¿Qué podía hacer? Nada. Agotada, bajó de la cama y cruzó a pasos quedos la pequeña habitación cuadrada. Encendió la cafetera con un hondo suspiro al tiempo que miraba por la ventana alta y estrecha a la lejanía, más allá del viejo muro de piedra que cercaba el jardín y de los verdes campos en cuesta. La luz gris y fría de primeras horas del día llenaba la habitación de un pálido resplandor.
Jeon Jungkook, un extraordinario magnate de negocios norteamericano, duro, dinámico, con reputación de implacable, y aún así... Con ella había sido amable, tierno, cariñoso, y había demostrado ser tan comprensivo como no podría haberlo soñado en un hombre tan arrogante y viril.
—Déjalo ya, Anya —se dijo en voz alta. No serviría de nada. Aunque lo amaba no había tenido otra elección que marcharse, y nada había cambiado.
Horas más tarde, mientras se arreglaba para ir a trabajar, el clima inglés, caprichosamente variable, había cambiado de pálido y húmedo a soleado, y una fragante brisa de aire fresco del condado de York invadía la pequeña habitación de aromas de los tupidos brezales de los páramos y de las flores salvajes de las lejanas colinas, recordándole que el verano estaba a la vuelta de la esquina. Aquél habría sido su primer verano de casada...
Todavía pensaba en ello cuando llegó al pequeño restaurante pasada la una, pero en pocos minutos, el bullicio de la minúscula cocina redujo la angustia que sentía a la habitual desazón de fondo.
Había tenido suerte al encontrar aquel trabajo, pensó, recorriendo la reluciente sala que se saturaba de gente si había más de un puñado de personas a la vez. Cuando, tres meses antes, había llegado a la región de los valles de Dales, en el condado de York, conmocionada y destrozada por el gigantesco paso que había dado, no había pensado con claridad en el futuro, sólo en esconderse durante unas pocas semanas de Jungkook antes de abrirse paso en el extranjero, tal vez.
Pero después, la calma del lugar había cautivado su maltrecho corazón, y cuando se quedó sin dinero, la casera de la pequeña casa de huéspedes donde se alojaba le había hablado de aquel trabajo. No quiso usar ni un penique de la abrumadora cuenta corriente que Jungkook había dispuesto para ella; era necesario que se mantuviera por sus propios medios...
La ayudante de cocina, camarera y chica para todo que la había precedido, se había ido con un vendedor de fuera, dejando a su marido y a sus hijos. «Menuda pieza irreflexiva», había dicho la maternal señora Cox con una mueca de desaprobación, meneando su canosa cabeza como una paloma regordeta. El dueño del restaurante había recibido a Anya con los brazos abiertos incluso antes de oír que había estudiado economía de abastecimiento de comidas durante tres años en la universidad. De modo que se había quedado allí.
—¿Estás bien, Anya? —inquirió Arthur Kelly, observándola con suavidad con su semblante franco—. ¿Estás deprimida, chica?
—No, estoy bien, Arthur. Lo siento, estaba soñando despierta.
Sonrió rápidamente y salió de la cocina en dirección al comedor. Arthur era el típico hombre del condado de York, amable, directo, pero guiado por el principio de no meterse en los asuntos de los demás, algo de lo que Anya estaba profundamente agradecida
Tanto él como su casera debían de preguntarse por qué había llegado tan inesperadamente a su pequeña comunidad, pero no le habían interrogado, ni siquiera cuando sus profundas ojeras habían hablado por ella en algunas ocasiones.
Acababa de colocar dos cuencos de sopa humeante y una cesta de panecillos recién hechos frente a la joven pareja que los había pedido, cuando la vieja y tradicional campana de la puerta de entrada anunció la llegada de otra persona.
—Hola, Anya —dijo con voz suave, demasiado suave.
Sus ojos entornados eran devastadores.
—Jungkook...
Mientras palidecía fue consciente de la punzada de alegría que sintió al volverlo a ver. Después, a medida que le invadía el honor de la situación, pensó que se iba a desmayar.
Fue obvio que él pensó lo mismo, porque se movió rápidamente y la obligó a sentarse, diciéndole con voz áspera.
—No pongas esa cara de sorpresa. Sabías que te encontraría algún día; sólo era cuestión de tiempo.
—Jungkook...
—El mismo —replicó, mirando implacablemente los ojos azules y aturdidos con sus brillantes ojos negras. Su rostro era duro como el granito, igual que en el sueño. El sueño... Había sido un aviso—. Ahora, levántate.
—¿Qué?
—He dicho que te levantes.
Su mirada la habría aterrorizado de no ser porque no sentía nada, pero entonces oyó a la joven pareja moverse detrás de ella y vio al hombre aparecer a su lado.
—¡Oiga! —exclamó. No podía tener más de veintiún años y era evidente que estaba muerto de miedo—. ¿Ocurre algo, señorita? ¿Llamo a alguien?
—No...
Su voz se apagó cuando el gruñido grave de Jungkook irrumpió en la tensión del ambiente.
—No interfieras en cosas que no te conciernen, hijo —dijo sin mirar al joven. Sus ojos no se habían apartado del rostro de Anya desde que había entrado en el restaurante.
—Mire, no creo que quiera hablar con usted...
Jungkook lo dejó sin habla con sólo dirigir toda la fuerza de aquella maligna mirada a su pálido rostro, y Anya sintió admiración por el chico por no poner pies en polvorosa.
—Ve a sentarte donde estabas. O te sentaré yo.
—¡Déjalo! —exclamó Anya, levantándose de golpe. Vio la mirada de terror en el rostro del joven y, súbitamente, la calma inmóvil que la invadía se transformó en furia—. No lo intimides.
—¿Que no lo intimide?
El colosal cuerpo de Jungkook se puso rígido. Anya se volvió al joven.
—No pasa nada, de verdad. Por favor, váyase y coma.
—¿Está segura? —preguntó. El alivio combatía con el orgullo masculino, pero el alivio venció y se escabulló.
—¿Qué quieres, Jungkook?
Anya tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. Sobrepasaba el metro ochenta de estatura y Anya, a su lado, parecía pequeña pese a su metro sesenta. Pero, con las alpargatas que llevaba puestas para trabajar, daba la impresión de que era todavía más alto.
—Sabes exactamente lo que quiero, así que no intentes hacerte la tonta. ¿Vas a salir de aquí conmigo voluntariamente o tengo que sacarte yo?
—No puedo irme sin más, trabajo aquí...
—Claro que puedes, Anya. Y eso es exactamente lo que vas a hacer.
—No voy a volver, Jungkook...
—¿Quién te lo ha pedido? —inquirió con aspecto lúgubre—. ¿No creerás que quiero que vuelvas después de lo que has hecho? Sería el hombre más tonto del mundo —le dijo. Algo se agitó en sus ojos mientras hablaba, y su voz se volvió más áspera—. Pero quiero que hablemos y quiero saber dónde está, ¿me entiendes? Vais a aprender una lección que nunca olvidaréis.
—¿Dónde está? —repitió Anya vagamente—. ¿Quién?