Capítulo 1
El cielo gris de Dalseongnae parecía llorar junto a Jimin. La tierra bajo sus pies a causa de su descalce, se sentía húmeda y fría, estaba cubierto de barro mientras los guardias lo arrastraban sin miramientos por el camino empedrado que llevaba a la entrada del castillo. Su respiración era pesada, entremezclada con la humedad del aire de la noche y el dolor que sentía en las muñecas, donde las cuerdas se afilaban para clavarse en su piel. El viento azotaba su rostro, despeinando sus cabellos rubios mientras sus pasos eran desiguales a cada tirón de los soldados.
—¡Suéltenme! —gritó Jimin con su voz rota por la ira y la desesperación.
Intentó liberarse, pero los dos hombres que lo sujetaban eran demasiado fuertes, y su resistencia solo servía para tensar aún más las cuerdas que lo mantenían prisionero.
Uno de los guardias, sin mirarlo, soltó una risa seca por los torpes intentos, ignorando completamente sus protestas. No había compasión en sus ojos, solo la firme obediencia a las órdenes de su rey. Jimin podía sentir la humedad del barro traspasando la tela de sus pantalones mientras lo arrastraban por el suelo, sin importarle su dignidad.
El castillo de Dalseongnae se alzaba ante él como una oscura fortaleza, tan imponente y fría como la vida que lo esperaba allí. Había crecido escuchando historias de ese lugar, pero jamás pensó que sus pasos lo llevarían hasta allí contra su voluntad, vendido como si fuera un objeto, un sacrificio más para poder conseguir dinero y continuar con vida a sus familiares. Su estómago se revolvía de solo pensar en la traición. Su propia sangre lo había entregado, eligiendo el dinero sobre su propia felicidad.
“Todo por el bien de la familia”, le había dicho su padre antes de entregarlo. “Pudo ser peor Jimin”, dijo su madre. “Por lo menos no estás comprometido con un viejo”, como si eso pudiera contentarlo.
Su rabia creció con cada paso, con cada mirada indiferente de los guardias. Sobre todo cuando cruzó esas grandes paredes de ladrillos, ahí encontró más miradas duras y ninguna compasiva. Quería gritar, pelear, golpear a todos aquellos que lo mantenían cautivo, pero sabía que cualquier intento sería en vano. Estaba solo. No había escapatoria.
Al llegar a las enormes puertas de la entrada principal del castillo, estas se abrieron con un crujido profundo y amenazante. Los guardias no se detuvieron, lo arrastraron hasta el vestíbulo principal, donde un hombre alto y esbelto los esperaba con una sonrisa en los labios. Jung Hoseok. El hijo del rey. El hombre que sería su esposo.
Nunca antes lo había visto, porque Jimin pertenecía al reinado vecino, Haegeum. Por lo cual no puede comprender porque decidieron viajar tantos kilómetros para traerlo exactamente a él. ¿Acaso no habían mujeres guapas en sus tierras? O hombres, posicionándonos en sus gustos.
Era la primera vez que lo veía y ya quería romperle la cara a golpes.
Los ojos de Hoseok brillaban con una mezcla de entusiasmo y curiosidad. Jamás había tenido una pareja, y la idea de conocer a Jimin lo llenaba de una emoción que apenas podía contener.
Su padre le había hablado muchas veces sobre la persona que consiguió para gobernar a su lado. Que a falta de hijos de la realeza y de la alta sociedad con los cuales relacionarse, tendría que conseguir a alguien sin estatus. Pero que era la persona correcta para poder seguir con su línea de descendientes. Y su padre no se equivocaba, Jimin era hermoso…
Su voz era suave y amable cuando habló, completamente ajeno al dolor y la furia que se dibujaban en el rostro de Jimin.
—¡Suelten al chico! —dijo Hoseok, alzando una mano para que los guardias lo dejaran. Su mirada se posó en Jimin con un aire de admiración—. No hay necesidad de sujetarlo como si fuera un prisionero. Ha viajado mucho, debe estar exhausto. —Sonrió, genuino, sin percatarse del odio en los ojos del rubio.
Al parecer, el color celeste de los ojos del chico bonito pronto sería reemplazado por el color rojo.
Los guardias, obedientes, aflojaron las cuerdas que mantenían atado a Jimin. Pero tan pronto como lo hicieron, el joven rubio se apartó de ellos bruscamente, retrocediendo varios pasos mientras sus ojos celestes se clavaban en los de Hoseok con una frialdad que contrastaba con la amabilidad del príncipe.
Los guardias se apartaron unos cuantos pasos, dando el espacio necesario para que Jung se acercara al chiquillo. Normalmente se esperaría que Jimin, por su posición inferior, diera la reverencia correspondiente, Pero Hoseok sabía que era demasiado pedir. No quería hacer sentir aún más presionado a su invitado, así que para aflojar un poco la tensión, extendió la mano en un saludo.
—No quiero que me toques —espetó Jimin, su voz tensa, cargada de desprecio. Se frotó las muñecas, aún adoloridas por la presión de las cuerdas, y sus ojos se llenaron de furia—. Ni tú ni nadie de este maldito lugar tiene derecho sobre mí.
Hoseok parpadeó, sorprendido por la dureza en la voz de Jimin. Estaba acostumbrado a que la gente a su alrededor lo tratara con respeto, incluso con sumisión, pero había algo en este chico que lo descolocaba. A pesar de ello, una parte de él encontraba fascinante la rebeldía de Jimin. Nunca antes había conocido a alguien que no se doblegara ante él, y eso solo intensificaba su curiosidad.
Su mano fue retirada, para luego juntarse con la contraria detrás de su cuerpo. Eso le otorgó un aire de superioridad que solo logró provocar más odio en el interior del de ojos celestes.
—Lo entiendo —respondió con calma, acercándose un paso más—. No estás aquí por elección propia, pero espero que... con el tiempo, llegues a sentirte más cómodo. Aquí estarás a salvo, lo prometo.
Una segunda sonrisa de dibujo en los labios del de cabello rojo, tratando de que la situación se tornará tolerable – sería una completa desfachatez tratar de que todo fuera más cálido, ya que Jimin se sentía más acorralado que gato en pelea de perros–.
Pero sus palabras solo avivaron el enojo de Jimin.
—¡No necesito tu protección! —gritó, dando un paso hacia Hoseok—. No eres nada mío y yo no soy nada tuyo. Ni ahora ni nunca.
El salón quedó en un silencio tenso, roto solo por la respiración entrecortada de Jimin. Los ojos de Hoseok reflejaban confusión, pero antes de que pudiera responder, una figura más imponente apareció en la entrada del salón: el rey, padre de Hoseok, caminaba con pasos firmes y su expresión era dura como el hierro. Observó la escena con una mezcla de desprecio y desaprobación.
—¿Qué clase de insolencia es esta? —tronó la voz del rey, haciendo eco en las paredes del castillo—. ¿Así te atreves a comportarte frente a la realeza?
La mierda del superior jerárquico lo analizó como si se tratara de una fruta que elegirías en un mercado. Jimin de repente sintió vergüenza por sus ropas rotas y manchadas. Recién se dio cuenta de que sus pies repletos de lodo estaban manchando la alfombra gris. Odiaba que la gente lo hiciera sentir tan pequeño e insignificante, por eso odiaba a la realeza.
Jimin no respondió. Apenas levantó la mirada hacia el rey, pero no mostró señales de arrepentimiento. Su desdén hacia Hoseok era palpable, y eso fue suficiente para que el rey se acercara a él con furia contenida.
—¡Arrodíllate! —exigió el rey, pero Jimin no se movió — Perdonaré tu falta de modales si te arrodillas ahora y le pides disculpas a mi hijo. ¡Arrodíllate!
Pero el de ojos celestes ni siquiera se movió. Solo desvió la vista, ignorando por completo las palabras que fueron escupidas en su rostro, junto con un par de gotas de saliva.
El rey, furioso ante la desobediencia, levantó una mano y, sin más preámbulo, lo abofeteó con fuerza, haciendo que el sonido resonara por todo el salón. La cabeza de Jimin giró por el impacto, y un ardor intenso se extendió por su mejilla.
—¿Cómo te atreves a insultar a mi hijo de esa manera? —bramó el rey, acercándose aún más mientras Jimin se tambaleaba ligeramente, intentando mantenerse en pie.
Hoseok se adelantó, alarmado por la acción de su padre. Puso una mano en el brazo del rey, con suavidad pero con firmeza.
—Padre, por favor —intervino—. No es necesario.
—¡Claro que es necesario! —respondió el rey, con los ojos encendidos de rabia—. Este niño debe aprender a comportarse frente a sus superiores. No toleraré esta clase de insolencia en mi castillo.
Jimin no dijo nada. Aunque sentía el ardor en su mejilla y el dolor en su corazón, no mostró debilidad. A pesar del miedo que picaba en sus manos no iba a arrodillarse ante ellos, ni hoy ni nunca. Si estaba destinado a ser prisionero en ese castillo, lo haría con la cabeza en alto.
Hoseok, aún con su mano en el brazo de su padre, miró a Jimin con algo que se asemejaba a una disculpa en los ojos, pero no dijo nada. No podía.
El rey, finalmente, soltó un bufido y dio media vuelta, alejándose del joven rubio con una expresión de desdén.
—Llévenlo a su habitación. Que este chico aprenda que su vida ahora nos pertenece —ordenó.
Los guardias, sin perder tiempo, volvieron a tomar a Jimin por los brazos, aunque esta vez con menos fuerza. Jimin no luchó. Sabía que no había escapatoria. Pero en su interior, un fuego comenzaba a crecer. No se rendiría fácilmente. Algún día, encontraría una forma de liberarse.








