Predestinados. Introducción.
Mi canal donde subo memes y actualizaciones de mis fics, pasa el QR para estar al pendiente:

Tom sorbe el té de jengibre con cuidado para evitar quemarse. Saborea el líquido dulzón (Tom acostumbra a agregar una cucharada de miel) y no puede evitar gemir de placer cuando el calor del líquido raspa su garganta. Lo relaja en momentos de estrés como ese en donde no logra decidirse con rapidez. Analiza fotografías de algunos trabajos artísticos que un pintor independiente le envió el día anterior; son muy buenos, utiliza una técnica difícil de una manera asombrosa; no obstante, Tom encuentra un algo. Un algo evita su aprobación. ¿Mucho uso de colores cálidos? No, el artista supo moderarse. ¿El tema carece de fuerza? Quizás.
Su mano levanta el teléfono. —Eva, comunícate con Peter Schneider, el pintor que estuvo aquí la semana pasada y envió su trabajo ayer. Necesito concretar una cita con él, ¿podrías hacerlo? Y que sea en esta semana, por favor.
—Por supuesto, señor Kaulitz. Enseguida.
Cuelga.
El reloj marca las seis de la tarde, su día laboral concluye. Suspira preso del cansancio. Se encuentra estresado, también satisfecho. Acaba su té en tres sorbos grandes antes de apagar la computadora, guardar las imágenes en su portafolio y acomodar todo para salir. Su secretaria, Eva, le sonríe al entregarle una carpeta llena de documentos e itinerarios para el día siguiente. Tom le regala una mueca amable; la guapa señora posee un carisma innato, una paciencia enternecedora y por si fuese poco, la responsabilidad juega un papel muy importante para el favoritismo por parte de Tom. Luego de tres años de trabajar para él, existe algo así como un cariño y respeto.
—Ahí está todo. Los dos contratos de esta semana con sus respectivas copias y el itinerario de mañana. Recuerde que tiene una cita con su socio, el señor Listing. —Eva informa sin titubear—. Además ya realicé la cita con el señor Schneider: viernes a las dos de la tarde. ¿Algo más antes de que se vaya?
Tom sonríe complacido. —Nada, Eva. Si no tienes pendientes puedes retirarte más temprano, por mí no hay problema. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana, señor Kaulitz.
Los pies de Tom siguen un camino establecido. La monotonía lo asfixia día con día, el patrón de movimiento maneja su organismo antes de siquiera procesar sus actividades. Mismos cinco metros, mismo botón “PB” en el elevador, mismas buenas noches a Stella, la recepcionista y a Jared, el nuevo vallet parking. Y mientras espera por su coche, planea sus actividades posteriores. Quizá irá a ese lugar promiscuo a las afueras de Hannover, quizá se dirija al bar de siempre a calentar un poco su cuerpo con alcohol; sin embargo, la idea de corn pops, películas y Lois durmiendo en su regazo le seduce de tal manera que declina las anteriores.
El camino a casa dura aproximadamente hora y media. Bajo el tráfico sofocante de la ciudad, Tom comienza a pensar en su vida, como siempre. Ambientado con un par de baladas ochenteras, el ánimo de Kaulitz decrece hasta soltar suspiros disconformes, tristes, nostálgicos. Los transeúntes con rostro alegre semejan pequeñas cuchillas en su piel «parecen tan felices…» piensa al maniobrar una curva «¿qué es la felicidad?». Tom no lo sabe, se lo pregunta cada día.
Para muchos la felicidad consiste en riquezas, poder, influencias fuertes y éxitos continuos. Tom tiene todo eso. A veces interpreta el sentimiento como la satisfacción cuando algo sale bien, cuando obtiene un sí, cuando observa a sus elegidos triunfar y, por ende, él también. Posee casa propia desde sus tiernos 18 años, la microempresa fundada a los 20 sólo creció hasta convertirse en el imperio (K)unst. Famoso, importante, influyente. Y no para.
Tom se considera productivo, admirado. Envuelto en las paredes color salmón de su oficina su ego se eleva, los sueños, las metas, las ambiciones. Un mundo perfecto que se desmorona una vez cruza las puertas de su hogar. Entonces le abraza una pesadez asfixiante. Nadie sospechaba de sus desdichas, de su soledad. Lois (una gata angora cuyo pelaje mantenía enamorado a Tom) es el único ser vivo en el planeta que acompaña a Tom en los días fríos. Lois celebra con él sus logros, Lois ronronea cuando Tom guarda silencio y rasca sus orejas, Lois calienta sus piernas en bajas temperaturas, Lois entretiene a su dueño cuando el aburrimiento es tanto que se pone a corretearla.
Tom ama a Lois, pero aún queda un vacío en su pecho.