Primera ráfaga
Había una vez una pequeña gota salada del mar que saltaba sin cesar en cada embestida que daban las olas.
Cada vez que notaba que el aire le secaba la piel, se concentraba, suspendida sobre el mar con los ojos cerrados. Se empapaba de la sensación de flotar en medio de la nada. Por un instante se detenía el tiempo y solo podía escuchar su respiración. Era su sensación favorita. Vivía cerca de la superficie, atenta para aprovechar el empuje del mar que la desprendía del resto y confiando en que el colchón de las olas la recibían de vuelta para disolverse.
¿Te imaginas? Salir y ser única para volver y pertenecer. Tantas veces como quieras aprovechar el empuje del mar. Y volver para mecerte a la deriva. Sentirse única en lo más alto porque sabe que a la vuelta se disuelve. Cuánto poder hay en la separación, cuánta paz se siente en la disolución.
Salir disparada y llenarse de potencial. Flotar. Sentir vértigo, y dejarse caer. Volver a la solución, a mezclarse sin perderse ni desaparecer.